Mi querido enemigo CAPÍTULO 1. #2
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CAPÍTULO 1. #2

Mi estómago se tensó. Conocía ese coche de sobra.

Lo veía cada mañana, siempre en el mismo punto, siempre con la misma precisión irritante.

Era el coche de Logan Dawson: el chico más popular —y, con diferencia, el más prepotente— de todo St. Thomas.

Pertenecía a una de las familias más influyentes de la ciudad, propietaria del club deportivo más exclusivo de toda Carolina del Sur.

Un lugar al que acudía la gente bien los fines de semana para jugar al tenis, cerrar negocios y fingir amistades eternas; un escenario donde Logan había crecido, aprendiendo desde niño a moverse entre apellidos compuestos y esnobs de toda índole.

Ralentizamos el paso mientras lo observábamos esperar a que el chófer le abriera la puerta con una reverencia casi teatral.

Logan salió del coche con la calma despreocupada de quien sabe, sin lugar a dudas, que el mundo se detiene a observarlo. Y, en cierto modo, no le faltaba razón.

Era alto —rozando el metro ochenta y cinco—, atlético, con una belleza insolente que exhibía sin el menor pudor. Vestía unos vaqueros caros y una camiseta aparentemente sencilla que, en su cuerpo, adquiría la precisión de una prenda hecha a medida.

Sonreía apenas, con esa sonrisa calculada que bastaba para dejar sin aliento a ese séquito de niñatas que lo seguían constantemente, y colocó su mochila en la espalda mientras alzaba ligeramente la barbilla, llevándose la mano al pelo con un gesto casi automático, cargado de una seguridad que rozaba la arrogancia.

Todo en él hablaba de privilegios, de alguien que nunca había tenido que dudar de su lugar en el mundo.

—Ahí está el imbécil ese… —murmuré sin poder evitarlo.

—Y mira… por allí vienen los otros dos, el borreguito con piernas y la Barbie repelente —susurró Paige, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia el aparcamiento.

Seguí la dirección de su mirada.

Desde el aparcamiento se acercaban los otros dos miembros de aquel maquiavélico trío que, para mi desgracia, lideraban el instituto: Troy Jhonson y Madison Hale.

Troy, de sonrisa fácil y cabello oscuro de rizos indomables, proyectaba una ligereza casi calculada, como si hubiera aprendido a moverse por el mundo sin permitir que nada lo afectara demasiado.

Madison caminaba a su lado con paso firme; encarnaba ese tipo de belleza clásica típicamente norteamericana: cabello rubio oscuro, largo y brillante, piernas interminables y un rostro de proporciones impecables, digno de protagonizar cualquier campaña de perfumes de alta gama.

El año anterior había salido con Logan, aunque lo verdaderamente llamativo no era que lo hubieran hecho —eso, en cierto modo, parecía inevitable—, sino que, tras la ruptura, hubieran logrado mantenerse como íntimos amigos.

Junto a Troy formaban un trío compacto, blindado, una pequeña pero influyente élite dentro de St. Thomas.

Ellos decidían qué era cool y qué no, qué nombre ascendía en la escala social del instituto y cuál quedaba relegado al olvido, a qué fiestas merecía la pena acudir o no.

Fiestas a las que yo jamás estaba invitada, por cierto.

Paige y yo avanzamos un poco hasta cruzarnos con ellos en la entrada del recinto.

—Bonitas zapatillas, Bennet —dijo Madison, sonriendo de forma maléfica—. ¿Son… vintage?

Noté cómo el calor me ascendía por las mejillas. Les encantaba hacer aquello: humillarme, recordarme, una y otra vez, que yo no pertenecía a su mundo.

Antes de que pudiera responder, Paige se adelantó.

—Preocúpate por tu vida, Madison. A ver si un día te explota el cerebro de decir tantas tonterías.

Madison soltó una risa suave, sarcástica.

—Uy, mira quién habla. La ratita con gafas.

Troy se carcajeó por lo bajo.

—Además —añadió él, mirándola de arriba abajo—, se te está poniendo mala cara con tanta dieta, Paige.

Paige se tensó. Vi cómo apretaba la mandíbula. Yo respiré hondo, pues llevábamos ya dos cursos soportando aquel circo.

—Guau —dije, fingiendo indiferencia—. Qué originales sois. ¿No os cansáis de meteros siempre con lo mismo? Sois un auténtico coñazo…

Logan, hasta ese momento, había permanecido callado, observándome con esa expresión de superioridad natural, como si yo fuera una especie de animal curioso, algo digno de estudio.

Me permití examinar su rostro sin disimulo.

Tenía los ojos de un color imposible de definir —entre miel y ámbar— y sus facciones estaban trazadas con una perfección irritante. Su piel bronceada, la mandíbula marcada y el cabello castaño oscuro impecablemente cortado completaban un conjunto que, he de admitir, era impresionante.

Sentí, una vez más, que el odio fluía por mis venas. Lo odiaba por lo que era, por lo que representaba, pero sobre todo lo odiaba porque, cuando estaba demasiado cerca, mi cuerpo parecía olvidarse de que debía odiarlo.

Y eso me aterrorizaba.

—Vámonos, Lexi —murmuró Paige, agarrándome del brazo y obligándome a avanzar—. Pasando de estos idiotas.

Logan sonrió por fin.

—Eso. Desfilando —dijo con voz lenta, arrogante—. Que aquí sobráis...

La rabia me golpeó como un puñetazo. Tuve el impulso de girarme y encararme con él, pero Paige apretó más mi brazo. Me contuve.

Lo mejor sería enfrentarme a Logan donde de verdad importaba: en clase. Porque, aunque aquel cretino fuera inteligente —y lo era—, por mucho que se esforzara nunca conseguía superarme. Estaba a punto de perder de nuevo el León de Plata, el reconocimiento reservado al mejor alumno de cada curso.

Aquel año volvería a llevar mi nombre y ambos lo sabíamos, aunque Logan Dawson no era de los que se conformaban con un segundo puesto.

El hecho de que tuviera que verme subir al estrado otra vez, recibir el aplauso de los demás y sostener el trofeo delante de todo St. Thomas, era algo que, estaba segura, le escocía más de lo que jamás admitiría.

Nos alejamos mientras yo giraba un poco la cabeza para verlos cuchichear a nuestras espaldas.

Idiotas.

Algún día ajustaría cuentas con ellos.

Algún día.

LOGAN.

—Vaya con Cara rota … Cada vez está más subida —murmuró Madison mientras observábamos a Lexi y a su inseparable Paige alejarse hacia el edificio principal.

—Y la ratita con gafas ahora hasta enseña los dientes —añadió Troy con una media sonrisa—. Antes no levantaba la vista del suelo, pero desde que va pegada a Bennet se cree intocable.

No les faltaba razón.

Aquel dúo se había vuelto incómodo, casi imperturbable ante cualquier comentario ajeno. Sobre todo, Alexandra.

Alexandra Bennet.