Mi querido enemigo
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CAPÍTULO 1.
ALEXANDRA.
La voz metálica del conductor se coló por los altavoces del autobús anunciando la siguiente parada, y me obligó a levantar la vista del libro en el que estaba completamente absorta.
Se trataba de un ejemplar de El conde de Montecristo, cuya historia estaba leyendo por segunda vez en lo que iba de año.
Tenía las páginas dobladas, el lomo vencido y ese olor a papel usado que a mí me parecía casi embriagador.
Siempre me había gustado leer, perderme en historias de aventuras, héroes valientes y venganzas feroces.
Los libros eran de las pocas cosas capaces de arrancarme de la realidad, de silenciarla, aunque solo fuese durante un rato, y mientras mis compañeros de clase no paraban de hablar de cantantes virales, influencers y actores de moda, yo prefería pensar en personajes inventados por escritores como Verne, Dumas o cualquier autor capaz de recordarme que la vida podía ser algo más que ese desfile constante de sonrisas falsas y privilegios heredados que tanto abundaba en el instituto.
Hasta en eso era distinta a ellos.
¡Idiotas!
Dudaba mucho que alguno de ellos supiera siquiera quién era Edmond Dantès, el protagonista de aquella maravillosa historia que tenía entre manos.
Tal vez me obsesionaba tanto con él porque, en el fondo, me reconocía en su historia.
Yo también llevaba años arrastrando esa extraña sensación de injusticia, como si el mundo me debiera algo…
o, peor aún, como si me lo hubiera arrebatado antes siquiera de darme la oportunidad de alcanzarlo.
Para empezar: una familia, pero eso, a mis diecisiete años, ya lo daba por perdido.
Nunca supe quién fue mi padre. De mi madre —muerta por una sobredosis cuando yo apenas tenía diez años— no guardaba demasiados buenos recuerdos, la verdad.
A veces pensaba, incluso, que fue una bendición que desapareciera tan pronto.
Con su muerte, y ante la ausencia de parientes dispuestos a hacerse cargo de mí, pasé a estar bajo la tutela del Estado, y aquello, por absurdo que pudiera parecer, me ofreció algo que nunca había tenido: cierta estabilidad y la posibilidad de ir al colegio con regularidad.
A lo largo de los años pasé por distintas casas de acogida en las que nunca terminé de encajar. Siempre era la nueva, la inconformista, hasta que, finalmente, me trasladaron a un centro para adolescentes en circunstancias similares a la mía.
Sabía que, en cuanto cumpliera los dieciocho, tendría que irme y que el mundo no me esperaría con los brazos abiertos.
Por eso necesitaba entrar en la universidad, y no en cualquier universidad: quería una de las buenas, una de esas con bibliotecas interminables y edificios antiguos cubiertos de hiedra, lugares que abren puertas que, para alguien como yo, solían estar cerradas a cal y canto.
Princeton. Harvard. Una de esas. Pero para mí solo existía una forma de acceder a ellas: las becas, y para eso, en mi último año de high school , necesitaba mantener una media impecable, casi perfecta, de sobresaliente constante.
Quería una existencia diametralmente opuesta a la que me había tocado vivir hasta el momento. Solo necesitaba un poco de suerte y algo de paciencia, porque ambición, desde luego, me sobraba.
Con el tiempo había llegado a entender que la mayoría de las personas tardan demasiado en madurar. Incluso muchas de ellas jamás llegan a descubrir qué demonios querían de la vida.
No era mi caso. Yo lo tenía claro. Quería aquello con lo que llevaba soñando desde niña, aunque entonces no supiera ponerle nombre: poder. Y el poder, tarde o temprano, siempre encontraba su camino a través del dinero.
La voz del conductor irrumpió de nuevo en mis pensamientos a través de los altavoces, anunciando mi parada.
Me levanté con rapidez, guardé el libro con cuidado en el fondo de la mochila y me situé frente a las puertas plegables, esperando a que se abrieran.
El cristal devolvió mi reflejo y, como tantas veces últimamente, me descubrí analizándome con una severidad casi implacable, la misma con la que el mundo parecía observarme.
Tenía los rasgos algo angulosos, pero equilibrados: la nariz recta, la frente despejada, el mentón firme.
Mis ojos eran grandes, de un gris oscuro, casi tormentoso, como si siempre contuvieran algo a punto de estallar.
El pelo, abundante y oscuro, lo llevaba recogido en una coleta tirante y brillante, más por comodidad que por estética.
El conjunto, en realidad, no estaba mal.
Pero ahí estaba: la cicatriz. Me cruzaba el rostro desde la mitad de la frente hasta la mejilla izquierda, atravesando el puente de la nariz como una frontera imposible de ignorar.
La odiaba. Le confería a mi expresión una dureza que no siempre sentía, un aire inquietante que parecía invitar a las miradas ajenas.
Nunca supe cómo me la hice. La llevaba conmigo desde siempre, como una herencia sin historia, y mi madre jamás quiso explicarme su origen.
Quizá fuese mejor así. Algún día me la quitaría. Algún día.
Bajé del autobús con agilidad y consulté el reloj.
Era más tarde de lo que pensaba. A primera hora tenía matemáticas, y la señora Rivers —mi tutora y profesora— se regía por una norma inquebrantable: quien llegaba tarde a su clase se quedaba fuera, sin excepciones.
Ni siquiera, aunque llevases una excusa firmada por el mismísimo presidente.
Cuando puse un pie en la acera, inspiré hondo y empecé a caminar a paso rápido. Quince minutos separaban la parada del instituto, y mi humor se agrió al recordar qué día era.
Viernes.
Odiaba los viernes.
Era el único día en que los alumnos de St. Thomas Academy prescindíamos del uniforme, y eso hacía todavía más evidente la brecha existente entre ellos y yo: mis vaqueros gastados, mi sudadera básica y unas sneakers de outlet hacían un contraste ridículo con la ropa de marca del resto de alumnos.
St. Thomas Academy era un centro de élite, el más prestigioso de todo Harbor City.
Un colegio mixto en el que abundaban los hijos de políticos, empresarios, artistas y familias impecablemente posicionadas.
Un lugar que olía a dinero antiguo, a privilegios heredados y a esa insoportable seguridad de quienes jamás han tenido que preguntarse qué ocurriría si lo perdieran todo.
Solo unos pocos, como yo, estábamos allí gracias a becas financiadas por la asociación de padres, dentro de un programa destinado a estudiantes con buen expediente y escasos recursos. Una anomalía cuidadosamente tolerada.
Por fortuna, aquel era mi segundo y último año entre esas paredes. La educación sería, sin duda, excelente, pero sus alumnos no eran más que un desfile interminable de esnobs, atrapados en una arrogancia tan hueca como su pretendida grandeza.
Yo los detestaba con todas mis fuerzas, lo admito.
Un claxon sonó a mi espalda y di un respingo. Me giré, sobresaltada, y vi a mi única amiga en ese lugar, y quizá en el mundo entero: Paige. Me saludaba sacando medio cuerpo por la ventanilla del copiloto del coche de su padre, sonriendo con una alegría contagiosa.
Paige era la única que me había tratado con amabilidad cuando llegué el año anterior, sin mirarme como si fuese una intrusa, una presencia incómoda en aquel precioso cuadro de vidas perfectas.
Sus padres no eran ricos, ni famosos, ni miembros importantes de la comunidad, pero tenían la suficiente estabilidad económica como para permitirse llevar a su hija al mejor instituto de la ciudad.
Paige también era, a su manera, una nota discordante en St. Thomas, aunque por motivos muy distintos a los míos: su carácter tímido, su cara aniñada, sus gafas enormes y su figura bajita y redondeada la habían convertido en el blanco fácil de las burlas de los demás.
Quizá por eso se acercó a mí.
—¡Lexi! ¡Espera! —gritó bajando del coche tras darle un beso rápido a su padre, lo que me provocó una punzada de envidia que intenté ignorar—. Necesito que me revises los deberes de Física… Últimamente no entiendo nada.
—No entiendes nada porque en clase estás en la luna en vez de escuchar —repliqué, dándole una colleja suave en el cuello a modo de saludo.
Paige era una pésima estudiante, aunque no por falta de inteligencia; sencillamente, le faltaba voluntad. Si estaba sacando adelante el curso, era, en gran medida, gracias a mi ayuda.
—Oh, ¡por favor! —bufó—. ¿Cómo quieres que atienda a esa mujer? No soporto ni su voz. Además, para ti es muy fácil decirlo. Ni siquiera necesitas prestar atención. Estoy segura de que sabes más que ella…
Siempre me fascinaba esa idea absurda que tenían algunos de que los buenos estudiantes nacíamos sabiendo, como si la excelencia se nos hubiera instalado en el cerebro por arte de magia y no a base de horas de estudio.
—Ojalá —murmuré—. Me ahorraría muchos problemas.
—Vamos, Lexi. Eres la mejor de la clase; entrarás en la universidad que quieras —declaró Paige con convicción. Me gustaba la fe ciega que siempre tenía en mí—. Y ahora cuéntame… ¿Qué tal va la venganza del tal Dantès?
Paige odiaba leer, pero le encantaba que le narrara las novelas que yo leía, como si fueran series de televisión, aunque ella era más de historias románticas que de aventuras.
Abrí la boca para empezar a contarle uno de mis episodios favoritos, la huida del Château d’If, cuando mi mirada se detuvo en el coche que acababa de detenerse frente a la entrada principal del instituto.
Se trataba de un vehículo enorme, negro, impecable, con un conductor uniformado al volante.