Mi problema Ni tú ni yo
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Ni tú ni yo

—Estamos separados desde hace más de un mes, casi dos.

Bueno, legalmente aún no, porque falta algún papel, pero eso ya es cosa de Gloria.

Tus padres querían que te fueras con ellos a su casa para cuidar de ti al salir del hospital, pero tú insistías tanto en que querías irte a casa que me pidieron que viviera contigo un tiempo hasta que te recuperaras.

Solo querían que no estuvieras sola, que no te pasara nada malo, y a mí no me importó haceros el favor a todos.

Sabía perfectamente que esta situación solo duraría hasta el momento en que tú recordaras todo.

Solo queríamos ayudarte y que tú estuvieras lo más cómoda posible.

Estaba tan enfadada escuchando tal necedad que solo quería cogerle del cuello.

—¿Y eso incluía también acostarte conmigo? ¿O lo que ha pasado antes en casa solo me lo ha parecido a mí? —dije apretando los dientes.

—Bueno, mujer, un polvo es un polvo, a nadie le amarga un dulce —me dijo con una especie de mueca socarrona.

—¿Pero tú te estás oyendo? Tienes ahí dentro a tu nueva mujer y un futuro hijo, ¿y tonteas conmigo?

Sin poder evitarlo, le miré con asco. No podía entender su forma de pensar tan anticuada, tan mujeriego, pero entendí claramente al momento el porqué de nuestro divorcio.

Me miró con cara de querer añadir algo lógico y coherente a sus arcaicas palabras, pero bajó la mirada, no sabiendo bien qué decir.

Su forma tan penosa de actuar conmigo lo decía todo.

Y con ella, la otra Nuria, ¿qué?, aún peor.

Menudo futuro le esperaba con semejante personaje a su lado.

Abrí mi mano y le mostré lo que llevaba en ella.

—Toma las llaves de tu coche, que a eso he venido yo. Y dame ahora mismo las de mi casa.

—No te pongas así, mujer, espera a estar algo mejor y ya me iré yendo —me dijo, acelerado.

—Creo que no lo entiendes, David. Eres un hijo de puta que está engañando a dos mujeres a la vez.

A mí, con esa chica de ahí dentro, la otra Nuria, que no está embarazada de dos meses, está de mucho más.

Y a ella, conmigo, porque seguro que le has contado que me estás haciendo un favor, pero que no hay nada entre nosotros, y en verdad sí quieres algo conmigo.

No quiero volverte a ver y no quiero tu ayuda. Dame las llaves de mi casa. ¡Ya!

Las sacó de un bolsillo de su pantalón y las puso en mi mano, pero antes de marcharme le pregunté:

—¿A qué te referías cuando dijiste que me busqué a otro? ¿Qué otro?

—No sé, nunca os vi juntos, pero sé que estabas con alguien, o más bien lo presentía. Estabas radiante, eufórica y eras más feliz que nunca. Seguro que estabas enamorada, era amor, seguro. Estabas igual de dichosa que al principio de salir conmigo.

Me di la vuelta y me marché sola.

—Nuria, espera, mañana te llevo un móvil nuevo, ¿vale?

—David, ¡vete a la mierda!

Y me marché, hice caso omiso de su insistencia de acercarme él a casa.

Ya en el ascensor, la cabeza me iba a estallar con tanta información.

No sabía qué hacer ni a quién acudir para aclarar, para saber la verdad de todas las cosas que me había explicado David.

¿Quién podría saber a ciencia cierta lo de mi supuesto romance?

¿Gloria, quizá? Joder, no estaba. ¿Mis padres? Ellos seguro que tenían que saber algo.

Necesitaba más que nunca saber la verdad de todo aquello. Sabía que me faltaba algo en mi vida, quizás aquello fuera lo que tanto buscaba, esa pieza que me faltaba. No podía esperar a averiguarlo.

Y al salir a la calle, esperé un rato en la acera hasta que pude parar un taxi para que me llevara a casa de mis padres. Tuve que pedirle al chófer que me ayudara a subir, pues apenas podía ya doblar la pierna.

Ya en la puerta de mis padres, esperé paciente a que me abrieran. Supongo que debo tener una copia de las llaves de su casa, pero ¿quién sabe dónde? Se asustaron horrores al verme sola, y sin David aún más.

Les expliqué con todo detalle lo que había pasado, pero aún no sabían el motivo de estar yo allí.

—¿Cómo me habéis podido hacer esto? Meter en mi propia casa al lobo para que conviva conmigo —les recriminé.

—Ay, mi Nuria, lo hicimos con la mejor de las intenciones, para que no estuvieras sola y tener ayuda. De hecho, fue él el que lo propuso y, en su momento, nos pareció muy buena idea —dijo mi madre, apenada.

—No te preocupes, mañana mismo lo llamo y le digo que no aparezca más por aquí —añadió mi padre.

—Creo que no va a hacer falta, se lo he dejado yo bien claro, pero necesito haceros una pregunta.

Los dos se miraron entre ellos, como intentando adivinar lo que les iba a decir, pero ambos estaban totalmente sorprendidos.

—David me ha dado a entender que, antes de operarme, yo estaba liada con alguien.

Volvieron a mirarse entre sí, desconcertados.

—¿Vosotros sabéis quién es esa persona? Porque yo voy poco a poco recordando cositas, pero hasta ahí aún no he llegado.

—No, ni idea —dijo mi madre, pero mi padre añadió algo de luz.

—Sí, sí estabas con alguien. —Mi madre le clavó la mirada, alucinada. —Estabas radiante, contenta y llena de vida, pero no sé quién era, nunca te pregunté, quise darte tu tiempo.

Y mi madre añadió, enojada:

—¿Y no me lo comentaste a mí?

—¿Y quién creéis que podría saberlo? —les pregunté yo.

—Si alguien sabe algo secreto de ti es Gloria, sin duda. Sois como hermanas, ambas lo sabéis todo la una de la otra —aseguró mi madre.

Mi padre lo reafirmó con la cabeza.

—Llámala ahora mismo —dijo mi madre.

—No tengo móvil y mucho menos su número.

—¿Cómo que no tienes móvil? —dijo mi madre, extrañada.

—Es una historia larga que ya os contaré, ahora me urge más el número de Gloria.

—¡Yo lo tengo! —dijo mi padre, mientras raudo marcaba ya su número, dándome el teléfono a mí en la mano para atenderlo.

Sonó varias veces y yo esperaba paciente. Mis padres se fueron de la habitación para que pudiera hablar tranquila y a solas con Gloria. Aunque mi madre se fue a regañadientes; quería quedarse para enterarse de todo, pero mi padre tiraba de ella, autoconvenciéndola de salir ambos de la habitación.

Descolgaron la llamada y al otro lado se oyó la voz de Gloria, acelerada.

—¿Le ha pasado algo a Nuria?

—No, no, tranquila, soy yo, Nuria, y estoy bien.

—Joder, Nuria, me he asustado. Como me llamas con el móvil de tu padre, me temía lo peor. ¿Y tu móvil?

—Eh, mmm, digamos que está muerto.

—Jo, Panocha, pues me he asustado de verdad. ¿Cómo han ido estos días los masajes en casa?

—Bien, sí, muy bien. Me han ido genial los ejercicios. Aún no estoy recuperada del todo, pero he recobrado mucha movilidad y fuerza.

—Pero tú no me has llamado para esto, ¿verdad? —me dijo directamente.

—No, especialmente para esto no. Necesito hacerte una pregunta.

—¿Y bien? —dijo, expectante.

—Parece ser que… he descubierto que…, bueno, me han contado que…

—¿Qué? —apuntó, impaciente.

—Que yo estaba con alguien, que tenía un romance, un lío, un algo con no sé quién. Y pensé que tú sabrías decirme. Lo que tengo claro es que con David ya nada de nada. Pero con la otra persona, ni idea.

Al otro lado de la línea, Gloria se quedó muda, como examinando su contestación y, segundos después, dijo:

—Ante todo, decirte que estuve totalmente en contra de la cenutria idea de que David se fuera contigo a casa. No entendí nunca de dónde salió esa idea. Y veo que vas recordando, pero a muy poquito. ¿Con Lucía todo bien?

Me extrañó esa pregunta en ese preciso momento, pero, aun así, contesté:

—Sí, muy bien, ella viene todos los días y cumple perfectamente su cometido.

—¿Y nada más? —añadió.

—¿Qué? —dije yo totalmente descolocada por su pregunta—. Nada más, ¿de qué?

—Creí que sería más fácil para ti verte cada día con ella, o para tu memoria, pero ya veo que la cosa es algo más complicada de lo que yo pensaba.

Medité sus palabras, analicé todo lo que me dijo, pero me supo a…

a nada. Agradecida estaba por tener una amiga como ella, tan entregada, preocupándose siempre de mí y buscándome una masajista que me ayudara lo antes posible con mis problemas físicos, pero de eso a que no me contestara directamente mi pregunta… , no entendía nada.

Esperé que añadiera algo más que clarificara mi duda, pero la línea seguía muda y ambas seguímos calladas. Finalmente fui yo quien terminó añadiendo algo.

—Me siento perdida. Noto que algo no va.

No me refiero a las cosas que aún no he podido recordar, esas cosas no me preocupan, ya irán llegando, seguro.

Me refiero a algo o a alguien en concreto.

Alguien que no puedo explicar, porque no sé…

, pero que me duele muy adentro. Alguien que tenía y me revivía, alguien que me insuflaba vida, fuerza.

Una fuerza que me falta ahora para seguir.

»La verdad es que no sé de lo que estoy hablando, pero desde que salí del hospital me siento como si me hubieran desmembrado; algo profundo, como si me faltara un brazo, un dedo o una oreja, pero no sé qué es lo que me han amputado. Pero que me falta algo, me falta. Y no soy capaz de encontrarlo.

»Cada vez estoy más perdida y desesperada, pues, aunque no sé quién es o qué es, no me veo llevando una vida normal sin ese miembro amputado.

En mi desesperación pensé que tú sabrías ayudarme para dejar de sentirme así de mal.

Cuando David dejó caer la posibilidad de que en mi vida hubiese alguien más que yo no recordaba, mi cuerpo entero se estremeció con un «ahora lo entiendo todo».

Y creo que este malestar o presentimiento que llevo a cuestas va en esa dirección, en la de averiguar de quién estamos hablando.

—Es la segunda vez que hago esto por ti —dijo Gloria finalmente—. Te voy a dar la dirección de Lucía.

—¿La de Lucía? —dije, extrañada—. ¿Ella puede saber algo de esa persona?

—No es que lo sepa. Es que es ella —afirmó Gloria.

Inspiré una bocanada de aire, llenando mis pulmones de pura clarividencia.

De repente todo tenía sentido. Aunque estaba sorprendida, todo encajaba.

No intuía que pudiera decirme la verdad, pero sabía que lo era, lo sentía: que sí, que sí que era ella, Lucía, exactamente y, sin duda, la pieza que buscaba.

Gloria me explicó algunas cosas más, de Lucía y nuestras. Me pidió que me tranquilizara y que descansara antes de hablar con ella, no sin antes darme su dirección y teléfono. Me sentía algo inquieta con aquel descubrimiento, un poco aturdida por aquella nueva situación, pero, sobre todo, aliviada.

Tuve que explicárselo todo a mis padres, que tras la otra habitación esperaban con impaciencia la respuesta de Gloria.

Asombrados aún tras resolver mi enigma, intentaban amilanar mi nerviosismo, convenciéndome de que me quedara aquella noche a dormir en su casa para no estar sola en la mía y meditar mejor y más tranquila las cosas.

No transigí. Quería estar sola, necesitaba estar sola y, en aquel momento, más que nunca.

Mi padre me llevó con su propio coche a mi casa, durante el camino condujo en silencio y yo seguí aturullada por los miles de pensamientos que martilleaban mi cabeza, no hacía otra cosa que observar y dejar pasar la ciudad a través de la ventanilla, con sus viandantes, su devenir de vehículos; en verdad, no miraba nada concreto.

—Nuria, cariño —dijo mi padre, ya en la puerta de mi bloque—, intenta dormir algo y, mañana, más sosegada, tu primer propósito del día debería ser quedar con esta chica, verla, hablarlo todo sin nervios, aclararlo todo y después, a más tardar, se lo cuentas todo a tus padres, que se desviven y se preocupan por ti.

Los dos nos miramos achinando los ojos y se nos escapó una sonrisa cómplice.

—Solo queremos que estés bien y, si es ella tu bienestar, pues bien, bienvenida sea. Pero, por favor, cálmate, descansa y, sobre todo, mañana hablamos, ¿sí?

—Gracias, papá —le dije con ternura, mientras, mimosa, le tocaba la mejilla.

Él acarició mi otra mano y dejó en ella un móvil.

—Es de última generación. Me lo regaló tu madre… a mí, que no me aclaro ni con la calculadora a pilas.

Sin poder evitarlo, ambos nos echamos a reír.

—Ahora, para salir del paso, úsalo tú, no quiero que estés incomunicada en ningún sitio. Y cuando ya tengas el tuyo, me lo devuelves y me das una clase intensiva de manejo, ¿sí?

Asentí con la cabeza.

—De esto ni pío a tu madre, eh, que no sabe que sigo usando el viejo.

—Promesa de boy scout, no diré nada —le prometí, aguantándome la risa.