Solo nosotras
Ya arriba, sola en casa, mi cuerpo no podía más. Sentada en el sofá, el dolor horroroso de la pierna no me dejaba seguir estando en pie. Necesité, físicamente hablando, parar por un momento mi actividad.
Aproveché para intentar de alguna manera conectar aquel móvil y, tras unos minutos y varios intentos, conseguí conectarlo por fin.
Enseguida comenzaron a salir mensajes entre Lucía y yo y algunos eran bastante íntimos.
Fotos, muchas fotos de nosotras juntas, fotos que me ayudaron a recordar momentos nuestros, rellenando en mi memoria tantas y tantas páginas en blanco, que ya me empezaban a pesar, insatisfechas en mi entendimiento.
Sentí deseos de llamar a Lucía y de hablar con ella de todo aquello, pero en verdad no me sentía con fuerzas, con fuerzas de escuchar de su propia voz una negativa.
Sentí miedo, miedo de haberle podido provocar algún daño involuntario con mi ausencia de memoria imperdonable; miedo de que, posiblemente, ahora su interés por mí se hubiera desvanecido, apocándose irreparablemente.
No sabía qué hacer y, por primera vez, preferí hacerle caso a mi padre y esperar al día siguiente para verla y hablar con Lucía.
Me tomé un relajante muscular e intenté serenarme, esperando a que el sueño llegara lo antes posible y apaciguara el batiburrillo de recuerdos que iban y venían bailando en mi cabeza.
Frente al armario, buscando algún pijama limpio para ponerme, recordé uno de los consejos que Lucía me dio para ir rememorando lo olvidado.
Me puse a rebuscar entre mi ropa de calle algo que me llevara, que me arrastrara a algún momento de recuerdo y así rellenara alguna página más en blanco de mi cabeza.
Ninguna prenda logró despertar nada en mi memoria, hasta que toqué una blusa blanca con un pequeño bolsillo en la parte delantera, del cual asomaba algo.
No dudé en descubrir el objeto, que ya carecía de magia alguna, pues solo era una pequeña flor marchita, totalmente seca. La extraje sin apenas respirar, con toda la delicadeza del mundo, pues me pareció que cualquier movimiento brusco pudiera deshacerla en mil pedazos.
Recordé al instante con toda claridad el momento en el que lucía llena de vida en mis manos.
Y su ahora apagada marchitez me provocó una ternura doliente, una tristeza melancólica en el alma, un pellizco en el corazón, y me hizo llorar desconsoladamente, echó al traste mi serenidad y espantó el ansiado sueño.
Estaba claro que los sentimientos a flor de piel me afloraban sin control alguno.
A la mañana siguiente todo fue de otro color. No sabía bien cuál, pero supuse que color esperanza. Me sentía animada y esperanzada, pero el miedo y la incertidumbre no se habían evaporado y, aunque ansiaba ver a Lucía más que nada, a la vez me intimidaba ese momento y su reacción.
Respecto a mis problemas físicos, me sentía muy bien. La pierna apenas me dolía, el brazo lo tenía mucho más ágil y recuperado, y mis dolores de cabeza eran escasos, prácticamente… inerte. ¿Inerte? Es curioso, esa palabra me era familiar, pero… no sabía bien por qué.
Esperé paciente a nuestro encuentro habitual de cada día, más impaciente que nunca. Ella llegó puntual como siempre y, después de un breve saludo y el típico «¿cómo te encuentras?», se dirigió como siempre a la habitación, dispuesta a empezar su sesión de masajes, ajena a mi acecho y nerviosismo.
Mientras preparaba sus cremas para comenzar, yo ya planteaba cómo entrarle en conversación, sin saber bien cómo no asustarla.
—Lucía, ¿nunca has querido tener hijos?
Me miró, descolocada, pero tras una tenue sonrisa, terminó contestando.
—Sí, claro. Tres estaría bien.
—¿Tres? Uff, ¿en serio? Eso da un poquito de vértigo —dije, asustada—. ¿Y un hijo y un perrito no?
—Me gustan más los gatitos, los adoro.
—Ah, vale. Mucho mejor, te lo compro.
Me miró y asintió con sonrisa guasona.
Era maravilloso verla sonreír. Aún me parecía más bella contemplar cómo se ruborizaba elevando la comisura de sus labios para regalar una leve sonrisa.
Era de las mejores cosas que te podían pasar en el día.
La primera vez que había podido verla así, sonriente, feliz, desde que salí del hospital.
Experimenté una especie de pánico escénico al no saber cómo redirigir bien aquella conversación.
La duda de si mis palabras iban a recibir aplausos a raudales o miles de tomates me apocaba por dentro el atrevimiento.
—¿Crees que te puedes enamorar dos veces de la misma persona? —le dije, valiente.
—No lo sé, nunca me ha pasado —me dijo, sincera, con los ojos abiertos, más grandes que nunca.
—No tengo ni idea de por qué en mi casa hay tantos espacios y huecos vacíos, pero no veo mejor manera de llenarlos que con tu presencia, tu violín y con una futura familia contigo.
Todos los botes se le cayeron; más bien se le escurrieron de entre las manos. Se quedó paralizada mirándome, con total asombro, helada, miedosa y sin saber qué añadir.
—¿Por qué no me dijiste nada? ¿Nada de nosotras?, ¿de lo nuestro?
Hundida, clavó la mirada en el suelo. Supuse que meditaba una respuesta lo más franca posible.
—Me pareció que… —me dijo con la voz algo apagada—. Me pareció que estabas bien con David, que habíais vuelto y que entre vosotros volvía a funcionar todo, y no quise…, no me pareció correcto entrometerme. Además, que no me confiaras tus problemas de salud lo dice todo, ¿no crees?
Y yo, avergonzada, no dejé ni por un instante de disculparme. Lo negué todo insistentemente, intentando aclarar y suavizar todo aquel malentendido.
Conmovidas y agotadas las dos, nos observamos con lástima, con los ojos cristalinos, como cuando ves a un animalito cachorro herido, sufriendo. Así nos miramos. Sentí pena, pena de nosotras, pena por esta pérdida de tiempo injustificada entre ambas.
—¿Puedo abrazarte? —le dije, casi suplicante.
—Sí, claro —me dijo, rauda.
Y en silencio nos rendimos en un abrazo profundo, largo, lento y sensitivo. Gozamos de ese momento durante unos segundos, con los ojos cerrados y escuchando nuestros corazones, dejando que nuestra respiración lo envolviera todo, como atrapadas en un hechizo.
Mientras disfrutábamos de nuestro abrazo, le dije al oído:
—Quiero pedirte perdón. Perdón por ser tú uno de mis olvidos imperdonables, por hacerte daño, aun sabiendo ahora que no sabía que lo hacía.
Con la lágrima contenida y la respiración algo agitada, oí el lloro encogido de Lucía en mi nuca.
—Pido perdón por las lágrimas que hablan de mí, pido perdón por no haberte hecho partícipe antes de mi dolencia.
No fue por anularte o por no confiar en ti.
En verdad, nunca confié en que mi salud ganara la batalla de este problema mío que tanto ha obstaculizado mi propósito de hacer las cosas correctamente y, al intentar evitarte este dolor, solo provoqué distancia y poco acierto por mi parte.
«Devuélveme la vida». Semilla del silencio. Antonio Orozco, 2001.
»Ahora que creo haber esquivado a la muerte, que vuelvo a tener un presente y dejo atrás el futuro incierto que me martirizaba, mi problema, mi único problema ahora es saber si en tu corazón solo queda olvido o, por el contrario, si aún ves remedio en lo nuestro.
Si deseas retomar, como yo, lo que se quedó entre nosotras a medias.
Lucía no pudo aguantar más tiempo la presión y rompió a llorar con desespero. Necesitó soporte físico y yo aún la abracé con más fuerza. Acaricié su espalda con dulzura, queriendo atenuar su ansiedad.
Ella se fue reponiendo y, cuando ya pudo respirar con más sosiego, me miró de frente y se dirigió a mí:
—No sabes el tiempo que llevo esperando este preciso momento; cuánto lo he rogado y soñado, y cuánto me ha dolido que tú no supieras quién era yo.
No pude evitar manifestar lágrimas amargas deslizándose por mis mejillas al ver los ojos rojos, angustiosos, sin alivio, de Lucía.
Nos miramos, nos perdonamos, nos deseamos y nos dimos un beso hambriento, extenso y vigoroso, haciendo humo al miedo de ruptura y avivando un amor anhelado por ambas.
—Tranquila, tenemos universo de sobra.
«Tenemos universo de sobra». Casa mía. Vanesa Martín, 2025.