Solo yo #3
—Pues tienes razón, no había pensado en todo eso. Es curioso —dije, cambiando de tema—, he encontrado en la cajita un pendiente de plata, con la misma letra china que la cadena que luces tú en el cuello, pero solo hay uno, no tengo el compañero.
Lucía bajó la cabeza y no opinó nada respecto a mi descubrimiento, me extrañó; pero sí se apresuró a comunicarme que la sesión llegaba a su fin y que se marchaba.
Se lavó las manos y, al recoger sus botes, me percaté de que en una oreja llevaba un pendiente con un pequeño brillante, pero en la otra le colgaba el mismo pendiente que yo había encontrado en mi cajita.
—¿Quedamos mañana a la misma hora?
—Sí, claro —contesté.
Me dio la mano como gesto de despedida y, antes de irse, me regaló unos últimos consejos.
—Mirar fotos que tengas en algún álbum antiguo, o las almacenadas en WhatsApp o en emails, también te podrán ayudar a recordar, seguro.
Le di la razón y la despedí con un «hasta mañana». Al cerrar la puerta, miré al techo, malhumorada, y pensé:
«Mierda, el móvil, sigo sin tener móvil».
Minutos después, llegó David a casa con cara de cansado y agobiado.
—¿Ya se ha ido Lucía? —Miró a un lado y a otro, y vio que ya no estaba—. Y los masajes, ¿cómo van?
—Y mi móvil ¿qué? —le dije, irritada.
—Joder, Nuria, es verdad, nunca me acuerdo. Mañana, seguro que sí —me dijo poniéndose la mano en la frente.
Mientras yo me duchaba, David preparó algo de cena ligera (tengo que admitir que es mañoso cocinando).
Al terminar de ducharme, como siempre, tuvo que ayudarme a salir del plato de ducha debido a mi debilitada pierna, para evitar accidentes menores.
Muy atentamente me acercó la toalla y, amable, se prestó a secarme la espalda.
Puso en mi hombro desnudo su mano tibia, acercó su cuerpo a mi espalda y noté su respiración en mi nuca. Me dijo al oído:
—Siempre tienes la piel tan suave.
Me abrazó la cintura y juntó mi cuerpo al suyo, en un acto de cariño sensual.
Me quedé totalmente paralizada, todos los músculos de mi cuerpo se encogieron, sin saber qué hacer.
Él me besaba la nuca con ternura y sus manos iban lentamente deslizándose en busca de mis pechos.
Y yo solo sentí un escalofrío de repelús que me recorrió el cuerpo entero, sin poder evitarlo ni pararlo.
No entendía mi rechazo, no me entendía a mí misma, a mi cuerpo. Era lo más normal del mundo que aquel hombre reclamara ese momento de afecto. ¿O no es normal que tu marido te desee? Es la cosa más maravillosa que puede obtener una esposa. En cambio yo, ahí, encogida de miedo.
No alcanzaba a entender la contradicción de mi propio cuerpo. Aquella situación me pareció lo más extraño del mundo. Sentí rechazo, hastío, pena. Sentí un agobio irracional que apenas me dejaba respirar. Y, en un arrebato de necesitar mi espacio vital, me separé de él y con ternura le dije:
—David, creo que no me siento preparada. Perdóname, pero no estoy cómoda —añadí, acariciándole la mejilla.
—No, mujer, discúlpame. Perdón por mi insensibilidad, es precipitado para ti, seguro que sí —dijo con la mirada baja.
¡Dios! Se sentía horrible, culpable por lo que él me había mendigado.
Y yo, conmovida por su malestar, me sentí la mujer más ruin del mundo, después de aquel rechazo desmerecido.
David, aparentemente, no le dio la mayor importancia; en apariencia, para que yo no me sintiera mal, pero la verdad era que me sentía fatal.
Él picó algo rápido de comida y me dijo que se tenía que volver al trabajo, a terminar algo que no podía dejar para mañana. Yo, después del desplante, del chasco que se llevó conmigo, no quise añadir nada, no me vi con el derecho de protestar. Y se marchó a toda prisa con una carpeta de papeles.
Allí me quedé, otra noche más sola en casa y sintiéndome lo peor por mi comportamiento.
No podía dejar de pensar y revivir una y otra vez aquel momento amargo con David y, mientras mi cabeza no dejaba de recapitular todo aquello, me percaté de que las llaves del coche de David estaban encima del recibidor de la entrada. No di crédito. ¿Cómo se había ido al trabajo?
En un arrebato de intentar hacer algo bueno por David, me puse una chaqueta y, con la ayuda de las muletas, me planté delante del ascensor; llegué al portal de abajo con la esperanza de toparme allí con él y darle las llaves lo antes posible.
No estaba, y me sorprendió no verlo, pues pensé que ya estaría volviendo al descubrir que no llevaba las llaves encima.
No fue así, y no entendí dónde se había metido.
Salí a la calle pensando que quizá me lo encontraría, pero tampoco estaba fuera.
Miré a un lado y a otro de la calle y, a lo lejos, lo vi andando con bastante brío.
Casi llegaba ya al final de la calle. Tuve el impulso de llamarlo, pero desistí, pues sabía que no me iba a escuchar con el bullicio de los coches.
Apareció la duda. ¿Dónde iba? ¿Al trabajo? Era imposible que decidiese ir andando.
No sé qué me motivó, ni de dónde saqué las fuerzas, pero eché a andar tras él.
Quizá no había encontrado aparcamiento cerca y había dejado el coche mucho más lejos de casa.
Estaba obcecada totalmente en hacerle el favor y, sin apenas pensarlo, seguí andando, costándome horrores dar cada paso, pero ahí estaba yo, cabezona como siempre.
Vi cómo cruzaba a la otra acera y entraba en otra calle.
Yo hice lo mismo. Llegué hasta el final de la calle, exhausta, e intenté cruzar a la acera de enfrente; pero, ¡Dios!
, qué alta estaba la acera, tuve que apoyarme en un coche aparcado para evitar caerme al bajar.
Aquel escaloncito se me antojó a un metro de altura.
«Despacito». Despacito. Luis Fonsi, 2017.
Al llegar al principio de la otra calle, a lo lejos, vi que David entraba en un bloque de pisos. Logré llegar hasta allí, como dice la canción, despacito, pero sudando sangre.
Cuando llegué frente al edificio miré hacia arriba y el bloque, en sí, era una edificación pequeña, tan solo tenía tres plantas.
Fui cavilando posibilidades varias. Quizá venía a visitar a algún familiar, quizás era la casa de mis suegros.
Pero ¿por qué no me lo dijo? Entonces caí en la cuenta de que mis suegros no me habían venido a visitar en ningún momento, ni al hospital ni a casa.
Me di cuenta de que no tenía ni idea de quiénes eran mis suegros ni por qué no habían hecho acto de presencia.
Envuelta en mi mar de dudas, la puerta del bloque se abrió.
Del edificio salieron dos chicos de unos veinte años, ambos totalmente ensimismados en su conversación, jocosos.
Se alejaron de mí sin tan siquiera verme y yo sujeté la puerta antes de que se cerrara con la muleta.
Entré en el vestíbulo, sin permiso, y me sobrevino un miedo, un «¿qué estás haciendo?»; pero ya no podía parar y me ceñí a muerte en el empeño de descubrir a dónde había ido David. La duda me estaba quemando por dentro y me era imposible suspender la investigación.
Me acerqué a los buzones. En la primera planta: un dentista, lo descarté enseguida por el horario.
En el segundo: un tipo inglés, un tal William.
No creí ver que tuviese nada que ver con mi marido.
En el tercero, un nombre de mujer. Me sobrevino un mal pálpito y pensé: «¿En serio, una tía?
». Aquello no se podía quedar así y, antes de pensarlo, me subí en el ascensor.
Me planté delante de la puerta de aquella «tía» y dudé unos segundos antes de llamar, pero terminé tocando el timbre. Pasaron unos segundos, finalmente abrió.
Era una mujer embarazada, algo más joven que yo. Ambas nos mirábamos y no dijimos nada, pero a ella se le quedó grabada la cara de «tierra, trágame». Me miraba aterrada. Era evidente que me conocía, pero no sabía el porqué de su temor y yo no sabía bien, bien cómo explicarme.
Se oyó, en la lejanía del interior del piso, una voz de hombre:
—Nuria, ¿quién es?
Acto seguido apareció David al lado de la chica. Se quedó pasmado mirándome. Los ojos casi se le salieron de las órbitas y, medio tartamudeando, me dijo:
—Pero, Nuria, ¿qué haces aquí?
—Vaya, me has quitado la pregunta de la boca —dije sarcástica—. Parece que solo te gustan las Nurias.
La chica agachó la cabeza, avergonzada, y él seguía tartamudeando sin saber cómo salir bien parado de todo aquello. Le hizo una especie de mueca a la chica, como de «ahora vuelvo», y cerró la puerta tras de sí. Nos quedamos los dos solos en el pasillo de acceso a la escalera.
—Pero ¿cómo se te ocurre venir hasta aquí? Mujer, te podía haber pasado algo en tu estado.
—Aquí la única que está «en estado» es ella. ¿Es tuyo? —dije con malicia—. Me merezco una explicación, ¿no?
—Bueno, bueno, tampoco te pongas tan melodramática, que a ti tampoco te faltó tiempo para buscarte a otro y yo todavía no te he echado nada en cara —protestó.
Me quedé boquiabierta, sin saber de qué cojones hablaba o qué me estaba echando en cara. A continuación, antes de que yo siguiera con mis preguntas, él comenzó a aclarármelo todo; yo estaba flipando con toda aquella situación, me sonaba todo a chino.