Solo yo #2
Me era imposible dejar de mirarla. No sabía el porqué de mi fijación, pero toda mi atención estaba en ella.
Le miraba las manos deslizándose por mi piel y sentía un deseo extraño de tomárselas y acariciárselas también.
Y su boca…, no podía dejar de observarla.
Me era imposible evitar clavar mis ojos en ella y analizar con lentitud todo su perfil.
Y de su boca a su respiración, era casi hipnótico seguir su inspiración y exhalación, que iban sosegando mi dolencia, amasando mi calma y adormeciéndome los párpados.
No entendía el porqué de mi embobamiento, pero me era imposible ignorar sus movimientos, y quise saber algo más de ella.
—Te recuerdo de un día que viniste a visitarme al hospital.
Lucía me miró, asombrada.
—Sí, fui un día con las chicas a verte, pero estabas recién operada y no muy lúcida.
—Es verdad, al principio estaba muy jodida. Lo de la memoria me está costando. Voy recordando cositas, pero muy poco a poco. La familia me está ayudando mucho a recordar, Gloria también y, sobre todo, mi marido.
Lucía paró las manos al instante y me miró, atónita.
Se quedó unos segundos callada, pensando cómo retomar la conversación, como queriendo añadir algo importante, pero no lo hizo.
Dejó de masajearme el brazo y se puso con la pierna.
Me pareció intuir incomodidad en ella, pero, en aquel momento, no entendí por qué.
—¿Llevas tiempo trabajando de esto? —pregunté para aliviar el ambiente.
—No, no trabajo de fisio. Soy arquitecta.
—Ostras, esta respuesta no me la esperaba. Pensé que te dedicabas a esto.
—En su día, sí. Hice unos cursos relacionados con masajes y fisioterapia y, mientras me ganaba un dinero con ello, fui sacándome la carrera de arquitectura. Cuando Gloria me propuso ayudarte de esta manera, me pareció perfecto. No me supone ningún problema venir y lo hago con gusto.
Se lo agradecí varias veces, pues sabía que su ayuda iba a ser clave en mi recuperación.
Aun así, no entendía su seriedad. Me desconcertaba que fuese tan rigurosa en sus gestos.
Quizás esa era su verdadera forma de ser y yo, en mi línea de no acordarme de nada, no recordaba que esa había sido siempre su actitud, pero no me encajó.
Se oyó el tintineo de llaves al final del pasillo, un portazo en la entrada y unos pasos que se acercaban. Apareció David en la puerta de la habitación y nos saludó a las dos muy animado.
Yo, cortésmente, le presenté a Lucía.
—No sé si ya os conocíais. David, mi marido. Ella es Lucía, amiga de la pandilla.
Lucía se levantó para saludarlo. David estiró la mano para estrechársela y, con galanteo, añadió:
—No nos conocemos, no. Si nos conociéramos de antes, me acordaría, seguro.
Me extrañó mucho que, siendo amiga mía, no conociera a mi marido. No sé, me pareció algo raro.
Lucía se apresuró a mostrar sus manos impregnadas de ungüentos, planteándole a David el no estrechamiento de manos, y así ocurrió, no se produjo el saludo. Ella, con las manos unidas entre sí para no manchar nada, se dirigió a mí, proponiéndome zanjar ya la sesión de aquel día.
—Mejor lo dejamos aquí, ¿sí? Mañana seguimos, ¿qué te parece?
Asentí con la cabeza a su propuesta y ella pidió permiso para lavarse las manos en el baño, permiso que se le concedió. Sin necesidad de preguntar, salió al pasillo y se metió en el cuarto de baño a asearse para marcharse.
Aquello enrareció aún más la situación. Sin preguntar, conocía perfectamente la distribución de mi casa, sabía dónde estaba el baño de antemano.
Entendí que era porque había estado alguna otra vez aquí, quizá con las amigas en alguna ocasión anterior.
Y, aun así, ¿no conocía a mi marido? Sin duda, era extraño ese desconocimiento mutuo.
Le quité hierro yo misma a todo aquello, achacándolo a mi problema de memoria.
Se despidió con una mueca singular en los labios, pero sin llegar a sonreír. Se marchó hasta el día siguiente y, sin saber por qué, me invadió una especie de tristeza inexplicable y, sin remedio, la eché de menos.
David recogió y clasificó unos papeles en su mesa de escritorio y, después de prepararme algo de cena, me explicó que tenía que volver otra vez al trabajo, a gestionar y solventar algo que se les había quedado a medias.
Sin dar muchas más explicaciones, se fue, asegurándome que no tardaría en volver.
Y ahí estaba yo, en esa vida que no conocía, que no entendía y que no me completaba.
Desconocía los tiempos de mi vida, el porqué era así, tan solitaria, tan no sé. No entendía por qué dejé, o dejamos, que fuese así. O quizá ya nos iba bien así a los dos y era lo normal. Pensé que era lo que queríamos ambos, aunque yo en ese momento no lo comprendiese.
Volví a mirar a mi alrededor, al triste interior de mi vivienda —o de mi vida— y visualicé con claridad las ataduras que me encadenaban a ese lugar sombrío, del que no comprendía por qué no escapaba.
No me sentía completa. Algo no iba, algo me faltaba, algo no encajaba.
Había una pieza suelta, la pieza que no encontraba, la que faltaba en el puzle, y empezaba a molestarme, a agobiarme, a intrigarme.
Y no sabía por dónde empezar a buscar. Era tan raro no conocer tus emociones, tu forma de ser, tus propios secretos…
, y tan cansado, a la vez, estar veinticuatro horas intentando encontrar esa pieza.
Salí a la terraza con la esperanza de airear un poco las ideas. Observé la ciudad desde las alturas, pero seguía sin aportarme nada, una ciudad que solo me ofrecía la extrañeza de mirarla por primera vez.
Desvié la mirada al cielo, a las pocas estrellas que comenzaban a brillar, pues ya empezaba a oscurecer y la luna estaba por salir. Pero era tan extraño recordar con exactitud dónde estaba la constelación de Casiopea y no saber de dónde salía ese conocimiento.
Solo observé una estrella en concreto. La cara de Lucía vino a mi pensamiento en forma de luz, de destello, de resplandor en mi imaginación.
Un resplandor atrayente que me cegó el poco juicio que aún me quedaba, pero que no me dejaba comprender esa obsesión descubierta por ella, que se apropiaba de mi voluntad, que se adueñaba de mi cabeza.
Después de pasar una mañana movidita, recibiendo la visita de unos amigos de la facultad y, por supuesto, la de mis padres, que no fallaban ningún día, yo solo deseaba y esperaba con impaciencia, con ilusión de niña chica, la segunda visita de Lucía a mi casa.
Pero para ese momento aún quedaban varias horas y el reloj de la pared se convirtió en cómplice callado de mi más anhelado deseo.
Cuando sonó el interfono, acudí lo más rápido que pude a abrirle el portal.
Por la hora que marcaba el reloj, sabía que era ella, Lucía.
En pocos minutos ya estaba arriba, en casa, y me propuso de nuevo mi habitación para la nueva sesión.
En segundos se puso con sus ungüentos y pomadas a masajearme el brazo.
Ese día, especialmente, no sé por qué, estaba más bella que el día anterior, muchísimo más, o a mí me lo parecía.
Quizá mi opinión no fuera del todo objetiva.
Yo estaba totalmente prendada de esa mujer, ciega perdida, y ni siquiera sabía por qué sobrevaloraba a una mujer de la que no conocía prácticamente nada.
Estaba totalmente flechada por ella. Adoraba su sola presencia en mi casa, su vestuario, su peinado, hasta su perfume me resultaba tan atrayente como reconocible.
Pero ignoraba aquella situación, como casi todo lo que me pasaba desde que había salido del hospital.
Era como vivir en el cuerpo de otra persona, en la vida de otra.
—¿Cómo te ha ido hoy el trabajo? —dije yo con la intención de entablar algo de conversación.
—Bien —me dijo sin levantar la cabeza—. Hoy ha ido todo muy tranquilo.
»¿Cómo va lo de tu memoria? —dijo ella, interesándose.
—Bueno, lento. Empieza a agobiarme esta situación.
Olvido pequeñas cosas, es algo espontáneo, sucede sin querer, pero me ocurre a menudo.
Suelen ser conversaciones, lugares, nombres.
Empiezan a preocuparme mis pequeños devaneos, esos descuidos que vienen y van sin control alguno.
En ocasiones me pregunto si algún día olvidaré algo fundamental.
Algo crucial, algo que sería fatal no volver a recordar, algo que yo olvidara hacer y desencadenara un malogrado final, algo grave, algo serio, algo que lo cambiara todo.
—No te agobies, mujer, ya te irán viniendo —me dijo para animarme—. ¿Qué te han dicho los médicos respecto a esto?
—Pues eso, que ya me irán viniendo, pero a mí me sabe a poco.
—Yo lo que haría, si fuera tú, sería mirar en toda la casa, buscar recuerdos —me propuso Lucía.
—¿Buscar en casa? —dije, extrañada.
—Buscar pistas. A veces un vestido, una prenda de ropa, una joya o un perfume te lleva a un momento, a un lugar vivido en el que te agradó estar, o te hizo sentir algo especial, o te marcó.
Quizás, al volver a ver ese objeto, te transporte a ese recuerdo y a las personas que estuvieron en ese mismo instante.
Me quedé embobada escuchando sus palabras y me parecieron de lo más lógicas del mundo.
Alargué la mano hacia una pequeña cajita de madera de caoba tallada que estaba encima de la mesita.
Recordé que el día anterior la había abierto sin darle importancia y sabía que estaba repleta de pendientes, anillos y abalorios varios.
Los volqué todos encima de la colcha y los fui analizando con la esperanza de encontrar pistas.
Lucía no paraba en su empeño de amasar mis músculos, mientras seguía con su exposición de buenas ideas.
—Tienes en el comedor una hermosísima estantería con una estupenda colección de vinilos.
Está claro que eres una muy buena melómana.
¿No crees que la música también pudiera ayudarte?
Te podría ayudar a recordar canciones que sabes tocar o, incluso, que te traslade al momento en que sonó por primera vez, o a algún lugar donde la escuchaste, o la tocaste tú misma.