Solo yo
Abrí los ojos totalmente mareada. No sabía ni entendía qué me había pasado, solo sabía que estaba en casa, pero no comprendía por qué estaba tirada en el suelo.
Oía una musiquita ratonera que no dejaba de sonar una y otra vez.
Giré la cabeza hacia un lado y vi que el móvil estaba sonando.
Estiré el brazo para alcanzarlo, me costó horrores hacerlo.
Sentí el cuerpo como apaleado, débil, engarrotado por completo, y una angustia doliente clavada en la cabeza que bloqueaba mis movimientos, me nubló la vista y el razonamiento. Supuse que llevaba mucho tiempo tendida en el suelo.
Miré el móvil y me sorprendió descubrir que la pantalla estaba rayada, partida en mil trozos. Era Lucía quien me llamaba, y descubrí que había muchas más llamadas registradas, de ella y de mi madre también.
Me incorporé, me quedé sentada en el suelo. Estaba encima de un charco de agua, tenía toda la ropa empapada. ¿Agua?, ¿seguro? Me olí la mano.
«Joder». Era pis. Estaba sentada en mi propia orina.
En ese mismo instante dejó de sonar el móvil; no lo atendí. Totalmente aturdida, asustada y sola, solo pude hacer una cosa: echarme a llorar, muerta de miedo.
Llamé a mi madre para tranquilizarla por su llamada perdida. Por supuesto, no le conté mi…, ¿cómo lo llamaría yo?, mi desfallecimiento. No quise preocuparla, pero yo sí que lo estaba, y mucho.
Tuve que ser más convincente para explicarle mi ausencia de llamadas a Lucía.
No sé qué hacer. No sé cómo decirle lo de mi problema sin que cambie algo entre nosotras, o en su forma de mirarme.
No quiero que se quede conmigo por lástima, pero tampoco sé cómo evitar que sienta pena por mi situación.
Y en esta encrucijada, no puedo hacer otra cosa, gracias a mi cobardía, que seguir disimulando y mintiendo sin compasión, y visitar lo antes posible a mi médico sin contárselo a Lucía.
—Mi niña, ¿cómo te encuentras? ¿Me oyes? —me dijo, con ternura, una mujer entrada en años.
Me costaba mantener los ojos abiertos, los párpados me pesaban y la mujer seguía hablándome, pero no podía seguirle la conversación. No tenía fuerzas para continuar despierta y mis ojos terminaron cediendo.
Volví a despertarme. No sé cuánto había dormido, pero me sentía dolorida.
Alguien intentó nuevamente hablar conmigo, un hombre de pelo canoso y bata blanca que no había visto en mi vida.
Me hizo varias preguntas, creo que esperaba que no volviera a dormirme: «¿Te duele?
», «¿Sabes dónde estás?», «¿Recuerdas algo? ».
Totalmente aturdida y desvanecida, le dije entre dientes que me dolía mucho la cabeza, pero que no recordaba nada. Apenas podía escuchar mis propias palabras y cada vez me sentía más cansada. Creo que volví a dormirme, o no sé, no lo recuerdo bien.
Tiempo después me contaron que estaba ingresada desde hace días y que me habían operado de urgencia.
Fueron pasando los días en el hospital en una especie de ensueño intermitente, un bucle repetitivo del que no podía escapar.
Dormía, me despertaba un rato, me hablaban, me contaban, volvía a dormirme y despertaba otra vez en blanco, me tenían que explicar nuevamente todo lo anterior.
Era incapaz de retener apenas nada.
Cada vez, me explicaban todo lo ocurrido, pero yo no lograba recordar nada ni a nadie.
Lo llaman «amnesia global transitoria». Según los médicos, era solo cuestión de tiempo que comenzara a recordar todo, o casi todo.
Parece ser que estadísticamente esta intervención rara vez provocaba pérdida de memoria, pero en mi caso ocurrió.
No fue algo que me agobió o preocupó entonces, pues me aseguraron que solo era cuestión de días o de semanas que todo volviese a la normalidad.
Lo peor para mí fue que, debido a la operación, una parte de mi cuerpo, el lado izquierdo, quedó semiparalizado.
La pierna apenas podía apoyarla y el brazo tenía la movilidad muy reducida.
No tenía fuerza alguna con él y utilizarlo era en vano.
Aun así, con ejercicio y rehabilitación, me aseguraron que lograría recuperar la movilidad, pero, en aquel momento, tenía que utilizar silla de ruedas.
Al menos, volvía a oír perfectamente. Totalmente jodida, pero auditivamente genial.
Tardaron, pero me dieron el alta. Recogí mi ropa y enseres; volví a casa bastante repuesta, la recuperación pendiente se podía hacer desde casa, sin necesidad de estar ingresada.
Mi marido, David, se encargó de ordenar y guardar todo el papeleo que generaron tantos días de hospitalización, y mis padres hicieron una pequeña maleta con mis cosas. Yo solo podía mirarlos sentada, sin poder contribuir en nada, esperando que me ayudasen en todo.
Ya en el coche de vuelta al barrio, ninguna calle, bar o tienda me resultaba reconocible.
Miré a través del cristal muy atenta, observando todo el recorrido, pero nada me era familiar.
A pesar de sentirme como si me hubieran colocado en medio de un planeta extraño, había empezado poco a poco a recordar cosas y personas, pero vagamente.
Mis padres fueron los primeros que reconocí, a David también, y algunos amigos y amigas que me habían ido visitando en el hospital, sobre todo Gloria.
A ella la tenía muy presente. Me había hecho mucho bien hablar con ella y rememorar momentos de juventud y lugares.
Esos días también noté mucho su ausencia, la eché de menos.
Durante parte de mi hospitalización, tuvo que estar fuera de la ciudad, pues asistía a una convención con sus jefes y compañeros de trabajo de la que no podía huir.
Gloria me había conseguido una fisioterapeuta «amiga de las dos», según ella; en aquel momento, yo no la recordaba, pero si ella decía que sí, sería.
La fisioterapeuta iba a venir todos los días a mi casa para ayudar a recuperar lo antes posible mis articulaciones y músculos en pierna y brazo. Esa misma tarde teníamos la primera sesión.
Entramos en casa y todo lo que veía me parecía extrañísimo. Me miré en el espejo del recibidor y apenas me reconocí. Recorrí todo el piso como pude, a mi manera, con la silla de ruedas, para situarme un poco. Entendía que era mi sitio, pero no conseguí gran cosa.
Entonces llegué hasta esa pared.
Me abrumó esa pared.
La pared llena de guitarras colgadas.
Las miré, asustada, totalmente intimidada.
No me vino a la memoria ningún acorde, ni melodía alguna. Me derrumbó ese «no recuerdo» tan importante para mí y ahora tan borroso y baladí.
David no le dio ninguna importancia a mi «no recuerdo» musical y optó por la frase hecha de «ya irás recordando». Pero no me valió. Me aterró no poder volver a tocar mis instrumentos con la agilidad de antes.
David me ayudó a cambiarme, a ponerme cómoda y a adaptarme un poco.
Comimos algo ligero y rápido. Él tenía que volver al trabajo.
Me lo dejó todo a mano y el teléfono fijo también, por si ocurría alguna urgencia.
Descubrimos que mi móvil no funcionaba. No recordaba el PIN y, además, estaba completamente destrozado. Ninguno de los dos sabía por qué.
—Si puedo, te traigo un móvil nuevo y le ponemos tu tarjeta. Quizá recuperes algo, ¿sí? —dijo David.
—Te lo agradecería. Estaría bien volver a activarlo —dije yo, amable.
Se despidió y volvió a su oficina; durante unas horas me dejó envuelta en el interrogante de un piso entero. Yo me preparé para la visita de la fisioterapeuta, aunque la verdad era que quedaban horas para eso. Seguí recorriendo la casa, esperaba recuperar más recuerdos.
Sonó el interfono. Le abrí abajo sin preguntar, porque sabía que era ella, Gloria me había dicho que era religiosamente puntual. Tardó unos minutos en subir en el ascensor, pero el timbre de la puerta reveló su presencia ya en el rellano de mi piso.
Al abrir la puerta y verla, lo primero que pensé fue: «jo, qué guapa». Sus ojos verdes me eran familiares, pero en mi mente siempre había un «pero».
—Hola, soy Lucía —Alargó la mano para estrechármela.
Yo hice lo mismo cortésmente y, al tocar su mano, sentí un escalofrío incomprensible que me recorrió todo el cuerpo, una especie de conexión cuyo significado no entendía.
Me sentí ridícula con aquella sensación tan confusa.
Ella exhaló aire profundamente, resignada, y me miró con sus hermosos ojos bien abiertos, como esperando algo más, un no sé qué, y yo no supe el qué.
Encogida en mi silla, solo pude preguntar:
—¿Dónde quieres que nos pongamos para empezar las sesiones?
—Donde estés tú más cómoda, ¿qué te parece en la cama? —me dijo.
Me siguió pasillo adelante hasta la habitación principal. Al llegar, me pidió que me acostara y lo hice sin rechistar, aunque me tuvo que ayudar a incorporarme.
Llevaba un macuto del que empezó a sacar cremas, aceites y ungüentos. Se sentó en una silla frente a mí y me miró muy seria.
—No esperaba verte así, en silla de ruedas —me dijo, apenada, y a mí me dolieron sus palabras.
—Utilizo también las muletas, pero me cuesta mucho porque me duele el brazo —le conté.
—¿Empezamos con el brazo? Si tienes buen apoyo con los brazos, lograrás recuperar antes la pierna.
Y comenzó, despacio pero sin pausa, a masajearme el brazo, embadurnándolo con una especie de aceite que ella misma me iba untando.
Deslizaba las manos con suavidad, pero sus yemas apretaban con firmeza, a la vez que me obligaba a hacer diferentes movimientos repetitivos para fortalecer los músculos.
Lucía seguía su tarea con rigor y sin interrupciones, y yo solo podía observarla, fascinada.