Mi problema Perfecta armonía #2
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Perfecta armonía #2

Una idea retorcida me perseguía, un plan estúpido y, a la vez, lógico para mí, crecía por dentro, en mi entendimiento. Un pensamiento me rondaba, me preocupaba y se me repetía en bucle, robándome la tranquilidad, sin apenas dejarme dormir.

Que Lucía ignorara aún lo de mi problema me inquietaba y me dolía. Ir engordando mi cruel secreto con silencio me hacía sentir horrible y, cada vez, me costaba más disimularlo y mucho más ocultarlo.

Yo nunca le contaba mis visitas médicas y ella me vio en varias ocasiones tomando mis pastillas, pero ante sus preguntas, yo, como siempre, buen capitán del reino de mentiras llenas, lo achacaba todo a mis dolores de espalda, sin contarle la verdad.

Ella, ignorante de mis mentiras, me creía a ojos ciegos y, dolida por mi dolencia, terminaba dándome un masaje tierno y reparador.

«El artista del alambre». Gato negro, dragón rojo. Amaral, 2008.

—¿Qué tal? ¿Te encuentras mejor? —me decía Lucía.

—¡Oh!, mucho mejor, si no fuera por tus masajes, no podría seguir otro día. Y a ti, ¿cómo te ha ido el día?

—Bien —dijo, escueta, y cambió enseguida de conversación—. ¿Cenamos algo?

—¿Y solo me dices que «bien»? Esta mañana tenías una reunión muy importante en el trabajo, ¿no?

—Bueno, sí, algo hemos hablado, pero todo va a seguir igual, porque no me interesa el cambio. Me han propuesto un puesto mejor, mejores proyectos y más sueldo. Pero no, está todo mejor como está.

—¿No te interesa que todo sea mejor en el trabajo? No te entiendo, Lucía —le dije, extrañada.

—El puesto de trabajo es fuera de aquí, muy lejos de esta ciudad, y no para unos días, sino para estar lejos muchos años. Y no quiero prescindir de ti, de esto nuestro.

—Espera. Espera un momento, ¿has dicho que no en tu trabajo por mí?

Me invadió una enorme sensación de culpabilidad, como si todo su futuro estuviera en mis manos, pero también sentí deseos de arrodillarme y suplicar que no se fuera nunca.

La sensatez me decía que debía convencerla de lo contrario, de que aprovechara aquella buena oportunidad.

Sabía que yo no podía dejar tirados a mis padres y machacarme, ni dejar mi trabajo.

Pero ella no quería ni hablar de la posibilidad de seguir nuestra relación a distancia.

Cansada ya de escuchar mi palabrería, que ya no atendía desde hacía rato, se acercó a mí, me apretó las manos y, mirándome a los ojos, me dijo, sincerándose:

—Nuria, escúchame, no puedo ni quiero esperar a verte de vez en cuando. No me voy a conformar con oírte solamente por teléfono. Nada vale la pena si no puedo abrazarte cada día. No puedo vivir ya sin nada de lo que me das y no quiero renunciar a nada de lo que tengo contigo.

Ella siempre abriendo su enorme corazón para dar rienda suelta a sus palabras más sinceras y amorosas, haciéndome sentir segura y querida, y yo, una mentirosa compulsiva, ocultándole despiadadamente lo de mi problema; era incapaz de dar con la palabra idónea para hacerla sentir la más amada, y me sentía cada vez más indigna.

Pero no podía decirle lo de mi problema, no sabía cómo hacerlo sin hacerla sufrir, y la idea de evitárselo cada vez cogía más forma en mi estúpido plan.

Me mentalicé de que dejar lo nuestro era lo mejor, era lo mejor para ella.

Si al final lo de mi problema acababa mal, creí con toda clarividencia que, al no estar juntas, ella sufriría menos y lo visualicé como la mejor opción.

Aun sabiendo que perdería su fundamental presencia, mi imprescindible pilar, ella, mi eterna felicidad y el gran amor que tanto me resarcía, decidí sufrirlo todo yo para que a ella le doliera menos.

Un día lo planeé todo a conciencia y, al llegar a casa, con toda seriedad, expuse el final de lo nuestro, sin motivo alguno.

Con toda la crueldad del mundo le dije que era lo mejor.

Ella me miraba incrédula y totalmente pasmada, me pidió explicaciones con mil preguntas sin respuesta alguna.

Yo solo quería, a toda costa, evitarle daños que ya me dolían, y le dolían.

De un impulso se levantó. Aturullada y nerviosa recogió sus cosas en un segundo.

Su bolso, sus llaves, su chaqueta, todo se enredó en sus muñecas, todo lo abarcó en un abrazo apretándolo contra su pecho, como quien lleva un saco de patatas a punto de rajarse.

Se dirigió apresurada hacia la salida, con paso acelerado y firme.

Más que pasos, eran zancadas alargadas y sonoras.

Seguía despotricando palabras ofensivas hacia mi persona, hacia mi desconfianza, hacia mi poca delicadeza, hacia mis crueles e incomprensibles razones y motivos para provocar aquella situación. Nada. Nada me dolía. Todo estaba ocurriendo según mis planes. Todo, excepto verla llorar.

La seguí por todo el pasillo. Hacía caso omiso de mis plegarias para que no se fuera así. Sentí miedo. Miedo al vacío, al vacío de mis manos, al vacío de su voz y al de su presencia. Miedo de escuchar tanto silencio, a perder mi única fuerza, mi verdadero empuje. Su amor.

«Tan sola». La felicidad. Sole Jiménez, 2008.

Y justo en el momento en el que ella abría la puerta para marcharse, envuelta en un mar de lágrimas, la abracé.

Le rodeé la cintura con mis brazos, frenando su paso.

Mi pecho se unió a su espalda y la agarré con firmeza, besándole el pelo de la nuca.

Mis labios se deslizaron hasta su oído, donde le mordisqueé el lóbulo y le supliqué con ternura que no se fuera.

—Quédate hoy, quédate siempre al despertar. Quédate más.

«Quédate más». Dónde está la vida. Francisco Céspedes, 2000.

Soltó el pomo dorado de la entrada y dejó caer todas sus cosas al suelo, se enredaron en sus pies, y yo empujé ligeramente la puerta, cerrándola de nuevo. Durante unos segundos degustamos en silencio aquel momento, yo abrazada a su espalda y ella oyendo mi respiración.

Se giró para mirarme. La liberé de la prisión de mis brazos y, con los ojos aún cuajados de lágrimas, me dijo, enfadada:

—¿Crees que puedes tratarme así y después, como una gatita mansa, pedirme que me quede?

La miré firmemente a los ojos y le contesté con arrogante descaro:

—Sí.

Ella puso su cara frente a la mía, a un milímetro, desafiante, y con rabia me dijo, apretando los dientes:

—Eres una… una… malvada pelirroja descarada.

Y me besó.

Me propinó un beso largo, profundo y doliente, que nos desplazó unos pasos hacia atrás, nos adherimos a la pared.

Sus labios apresaron los míos con tal fuerza que apenas podía respirar.

Su ímpetu me abrazó, aprisionándome contra ella, sin dejar el más mínimo espacio entre nuestros cuerpos.

Sus manos, aprisa, me despojaron de la ropa, y las mías recorrieron toda su piel con urgencia bajo su blusa, evaporando al instante sus lágrimas y enfados de minutos antes, volviendo a llenar todos mis vacíos y acallando mis miedos de golpe, prendiendo una ferviente llama que ardió toda la noche.