Mi problema Perfecta armonía
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Perfecta armonía

Me levanté con un dolor de cabeza espantoso, la cazoleta me iba a estallar en cualquier momento.

La noche anterior me salté a la torera mi rigurosa toma medicinal, impuesta por mi fastidioso médico de cabecera, que se encarga personalmente de recordarme en todas mis visitas a su consulta cuán importante es que no me olvide del protocolo de las tomas.

Por la ventana ya entraba un hilillo de luz mañanera que me dejaba observar con más detenimiento la habitación de Lucía.

Miré al otro lado de la cama, Lucía dormía plácidamente y apenas se la oía respirar.

Su espalda estaba al descubierto y, con lentitud ingrávida, intenté que no se despertara al taparla.

Al ver su figura tumbada en su propia cama y yo junto a ella, pensé: «¿Cuántas otras estuvieron allí antes que yo?

¿Cuántas tuvieron la suerte de abrazar el cuerpo desnudo de Lucía en el mismo sitio en el que ahora yo descansaba?

». Me sobrevino la perforadora duda de no saber con certeza si mi contribución solamente había aumentado la lista de amigas con derecho a roce de Lucía o, por el contrario, había estado a la altura de todas las demás.

Pero el único juez y parte que podía dictaminar a mi favor y arrancar de cuajo aquel irritante interrogante dormía a mi lado, en un estado apacible, ajena a mi incertidumbre.

En mi mente se repetían una y otra vez fugaces detalles de los momentos vividos la noche anterior.

Las horas de pasión pasadas junto a Lucía todavía me erizaban la piel al recordarlas.

La miel de sus labios aún perduraba en los míos, y su piel todavía permanecía aromatizada con las caricias ardorosas y humedecidas que ambas nos habíamos otorgado, empapadas en deseo.

El solo recuerdo de sus besos me hacía desearla de nuevo, y sentía el impulso de despertarla, pero no lo hice.

La poca luz que se filtraba por la persiana se proyectaba justo sobre el escritorio de Lucía.

El pequeño retrato en el que una Lucía adolescente rebosaba felicidad volvió a ser de mi interés y pensé: «¿Cuánto de aquella niña risueña de la foto aún perduraba en Lucía?

». Me eché a reír con una carcajada contenida, contestándome yo misma, pues sabía que aún algo quedaba.

Me encantaban sobremanera sus rebeldes momentos de adolescente adulta y sus todavía gestos de niñez.

Volví a sentir ese deseo por abrazarla, imposible de contener. Sigilosamente, sin apenas rozarla, me acoplé a su cuerpo, ciñéndome a su cintura lentamente para no despertarla. Lucía se revolvió en su lado de la cama y se giró hacia mí, con los ojos legañosos, abiertos y algo achinados.

—Buenos días —me dijo, acariciándome la cara.

—Muy buenos días, Lucía —dije yo estrechándola contra mí—. No conocía esta faceta tuya.

—¿Cuál? —dijo Lucía abriendo los ojos de par en par.

—La de… dormilona.

Se echó a reír, contagiándome sus risas. Avergonzada, hundió su cara en mi esternón y sentí su aliento caliente y fatigado en mi piel.

—Qué vergüenza, seguro que llevas un buen rato despierta —dijo Lucía, escondiendo aún la cabeza como un avestruz—. Pensé que ibas a referirte a lo magnífica y diestra amante que soy, y lo único que ha dejado huella en ti, después de esta noche de amor, es esta mañana de agotamiento.

Enredadas entre las sábanas, las dos rompimos a reír a carcajada abierta. Le tapé la boca a Lucía, con la intención de que el ruido que ambas hacíamos no traspasara las paredes de la habitación.

—Ssssh, nos va a oír tu madre —le susurré al oído.

Ella emergió de las profundidades de mi canalillo para decir:

—No está.

—¿No? —dije yo, sorprendida.

—No —reafirmó Lucía—. Sale a caminar todas las mañanas con unas vecinas amigas y vuelve casi al mediodía.

Con la boca abierta, la miré con un gesto de embobamiento casi malicioso y Lucía arqueó los ojos en una clara mueca de travesura y me propuso:

—¿Qué prefieres: salir a desayunar algo o que te muestre que no estoy tan agotada ni dormida?

Miré al techo unos segundos y, haciendo gala de mi interpretación, medité un momento mi respuesta. Con los ojos llenos ya de deseo la miré y le dije, mientras la atraía hacia mí:

—No conozco a nadie que se haya muerto por no desayunar un día.

Y nos besamos raudas, con la misma pasión de la noche anterior.

Nos volvimos inseparables y dependientes la una de la otra.

No vivíamos juntas, pero era raro el día que no dormíamos en la misma cama, en su casa o en la mía.

Los encuentros eran inevitables y ansiados, hacíamos lo indecible para acabar el día juntas, fuese como fuese.

Aquella nueva vida me tenía suspendida en un contentamiento tan eufórico que escasamente rozaban mis pies el suelo; flotaba de tanta felicidad.

Vivía enamorada, ilusionada y alucinada por todo lo que estaba disfrutando a través de los momentos, días y horas junto a Lucía.

Me gustaba acariciar su cuerpo desnudo. Su piel de terciopelo se erizaba al contacto con la mía y su abrazo revelaba el deseo mutuo por tocarnos el alma a través de las manos.

Sus curvas perfectas y redondeadas me hacían imaginar, equiparar su cuerpo en cueros al de un instrumento musical de cuerda, de aquellos de las grandes orquestas, los que liberaban un enorme «la» al final de cada acto.

Cualquier contacto con ella, fuese abrazo, beso o caricia, todo me parecía musical, o más bien, se transformaba en música.

Hacerle el amor era melodioso y dulce, como el sonido de un clarinete, que se tornaba en ocasiones en un creciente «fa» mayor, potente y desenfrenado.

Y, como el instrumento que era, había de ser afinado con tiento, con paciencia de pescador, poco a poco, y cuando lo lograba, todo sonaba en perfecta armonía.

«Actriz». El pan y la sal. Presuntos implicados, 1994.

Cualquier poro de su piel emanaba una tonalidad en perfecta consonancia. Todas sus curvas poseían una escala, unos compases, un tiempo a seguir, desde su cabello hasta sus pechos, desde sus pechos a sus muslos, su cuello, su espalda…, cualquier parte suya era un cambiante armónico que seguir.

—Escucha, escucha con atención —le dije un día, tumbadas en la cama. Enredé mis dedos entre su pelo, por encima de su oreja, y los deslicé por su nuca—. ¿Lo oyes? Esto sin duda es un «si».

—¿Un «si»? —dijo Lucía, intrigada.

—Sí, sí, un «si» de «si», quiero acariciarte.

—Y tu espalda —le dije, acariciándola de arriba abajo, con suave lentitud—. ¿Lo oyes? Esto es un «la». Sí, un «la» de «la» quiero acariciar siempre.

Donde la espalda perdía su nombre, la agarré con fuerza y rebosé mis manos todas llenas de su piel, estrechándola contra mí y, con convicción, le dije:

—Y esto es un «re». ¿Lo notas? Es un sin «re»medio tengo que acariciarte.

Ella me contestó con un sí cómplice. Supe que le gustaba el juego cuando me susurró al oído, a la vez que me los besaba:

—¿Qué nota de la escala son mis pechos?

Sus manos acompañaron a las mías hasta posarlas en sus senos y, acariciándolos con delicadeza, le dije:

—Un «do» mayor. De ¿«do»nde puedo estar mejor que aquí, acariciándote?

Lucía cerró los ojos a su propia excitación y me musitó al oído dulcemente:

—Y, más abajo, ¿qué nota es?

Resbalé mi mano por su vientre, hasta hundir los dedos en su pubis, los moví en su humedad, como descargas de acordes sin control.

—Un «fa», un enorme «fa» sostenido —le contesté—, de es «fa»scinante acariciarte.

De su garganta se escapó un gemido con mi nombre y noté cómo su boca urgía a la mía, pero antes de unirlas le dije:

—Y tu boca…, tu boca, un «sol» mayor resplandeciente. «Sol»amente quiero acariciarte.

Y la besé con furia, la besé sintiendo cómo todo su clímax musical se escapaba por los poros de su piel, fundiéndonos en una sinfonía de caricias y besos que concluyeron en una suave lírica, agotadora y extasiada, que nos dejó sin fuerzas y sin aliento.

La observaba dormida cuando no me veía, cuando ya no podía verme, cuando apenas distinguía sueño de realidad. Yo esperaba paciente a su somnolencia, acechando sus movimientos, su respiración, su silencio.

Su indefensa quietud me indicaba que comenzaba a abandonar este mundo para entrar en el de los sueños y, entonces, cómplice de su ceguera, aliada de su agotamiento, la observaba dormida durante horas, sin poder evitarlo, sin querer esquivarlo.

Esperaba cada noche ese dulce momento como un ritual, como una oración.

Revivía cada noche esta espera como si estuviera conmigo en cuerpo y mente. Yo lo vivía y lo disfrutaba igual, como si me estuviera mirando, como si me hablara. No quería desperdiciar ni un segundo con ella, ni tan siquiera de sus sueños.

Me pregunto…, ¿soñará conmigo?, como yo lo hago a cada instante, aun estando despierta. La observo dormida, inmóvil, tumbada en la cama, desnudos el alma y el cuerpo.

«Te debo este sueño». Magia. Rosana, 2005.

No podía evitar sentirla tan vulnerable, tan quebradiza, tan bella, expuesta a todo mal, sin protección alguna, y sentía el deber de velarla toda la noche, escudarla de cualquier veneno y defender su sueño como lo más importante y necesario para poder seguir observándola dormir.

Constantemente necesitaba ahuyentar su frío, quererla y ampararla, abrazándola contra mí…

, ¿o de mí? ¿Cómo protegerla de las cartas malas que aún no le he mostrado?

De mi media mentira y mi peor verdad. Cómo querer ser el valeroso caballero y salvaguardar a la bella doncella, cuando en realidad mi otra cara de la moneda es aversión.

El dragón que, sin piedad, le arrancará el corazón, proporcionándole el dolor más horrible, el único carente de antídoto: la ausencia forzada, el adiós sin despedida, la soledad obligada, herida, engañada, perdida.

¿Cómo protegerla de mí misma? Del enemigo que descansa cada noche en su cama, observándola dormir, cuando ya no puede verme.