Mi problema Me falta valor #2
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Me falta valor #2

Me hizo sentar en la silla con ruedas de su escritorio y ella lo hizo a los pies de su enorme cama de matrimonio.

Miré unos segundos disimuladamente a mi alrededor.

Era una habitación amplia y ordenada. Las paredes blancas estaban vacías de cuadros o de cualquier imagen.

Los muebles claros combinaban perfectamente con los colores de las cortinas.

En su escritorio se amontonaban planos, presupuestos y documentos que apenas dejaban sitio para poder utilizar el ordenador portátil. Entre aquella multitud de papeles, pude adivinar un pequeño retrato enmarcado en plata de un hombre y una niña abrazados sonrientes en una playa.

Él, un hombre de unos cincuenta años; ella, una cría adolescente con los mismos ojos verdes de Lucía. Debajo del escritorio, en una estantería, advertí un pequeño estuche negro con cremallera, semiescondido. Supuse que era su solitario violín, algo ya olvidado en su vida.

—Y bien, ¿qué querías decirme? —dijo, finalmente, Lucía.

La miré aterrada. Las palabras se me aturullaban en la boca, no dejándome expresar mi gran deseo por ella. Me sonrió coqueta y me dijo con ternura:

—¿Por qué no me lo dices desde aquí? —Me indicó con la mano que me sentara en la cama junto a ella.

Lo hice, pero mi timidez seguía bloqueando cualquier palabra de amor. Cómo podía haberla besado con la pasión más arrebatadora y ahora resultarme imposible expresarlo en palabras.

Lucía acarició mi pelo y su mano se posó en mi mejilla. El verde de sus ojos, a centímetros de mí, se me antojaba aún más hermoso y cautivador.

—Quédate a dormir esta noche —me suplicó Lucía.

Supongo que mi cara de asombro y mi escasa contestación hicieron que Lucía optara por pedírmelo nuevamente, de forma más convincente, más física.

Deslizó suavemente sus manos por mi cuello, con una calma tan excitante como seductora, aproximó su boca a mi oído y, con un tono más tentador, manifestó de nuevo su deseo de que me quedara.

—No tiene por qué pasar nada —me aseguró—. Solo quédate.

Pero su entonación revelaba otras intenciones.

Su tentativa era tan contagiosa como irresistible, pero mi irritante bloqueo formaba una barrera infranqueable en mi iniciativa, en mi valor; en esa especie de brío que se necesita en este tipo de ocasiones, en las que dejas a un lado los prejuicios vacilantes y, con determinación, arramblas con todo sin titubeos.

Saber que su madre estaba en las habitaciones contiguas me hacía proceder como una torpe adolescente, cohibiendo mis actos más fervientes.

Mi figura de palo de acero, doble e inflexible no daba lugar a un consenso afectivo.

Me costaba darme mi propia aprobación para pasar la noche junto a Lucía, tachando miedos y recobrando confianza en sus labios.

Supuse que Lucía intuyó mi indecisión y tomó las riendas del camino. Su camino. Rozó mis labios con los suyos y, sin besarme, con un hilillo de voz me dijo:

—Dime lo que quieres decirme sin hablar y compláceme quedándote a dormir sin decírmelo.

La proximidad de sus labios me hacía arder el rostro y su aliento me acariciaba la piel.

Sus manos se tornaron más intrépidas y no dudaron en bucear bajo mi blusa con una minuciosa lentitud que, más que caricias, parecían un delicioso masaje.

Un masaje delicado y conciso, que se recreaba con calma en los puntos más vulnerables y sensitivos de mi rendida anatomía; como lo haría, con exactitud, una experta terapeuta oriental, anestesiándome los músculos con tan solo la presión de sus dedos.

Mis manos perdieron peso y, más aligeradas y menos temerosas, codiciaron la misma suerte que las de Lucía.

Las posé sobre sus muslos. Ella advirtió la presencia de mi piel y la suya al instante y, antes de besarme, exhaló un minúsculo suspiro de suspensión que nos adentró en un beso ardientemente deseado.

Caímos sobre la cama y su boca lujuriosa me arrastraba sin remedio a su voluntad, con la más sumisa de mis aprobaciones. Sus dedos arañaban mis vestiduras con un enfurecimiento devorador tan efusivo que logró descolocarme por completo, refrenando, en apocado, mi descaro de minutos antes.

Lucía percibió mi retroceso, mi cortedad, y la brusquedad de sus gestos se dulcificó, aplacando de algún modo mi perplejidad.

Embriagada con los besos que Lucía me concedía en cuantía, volví a recuperar aplomo y a mis manos les retoñaron nuevamente alas, retomando el vuelo por su piel.

Su boca fogosa impedía mi respuesta y su abrazo envolvente me retenía en una prisión hirviente, tan hipnótica como asfixiante.

Noté esa sensualidad ardorosa que desprenden dos seres que se conocen por primera vez a través de la epidermis, esa especie de energía volcánica que irradia la unión de dos cuerpos nuevos, las caricias electrizantes que te proporcionan unas manos con gesto impulsivo, de depredador insaciable.

Aquella situación me excitaba, como también me intimidaba.

Un incómodo muro revestido de fatiga no me dejaba seguir con naturalidad. Me paralizaba una especie de opresión aterradora y todo aquello comenzó a agobiarme, hasta el extremo de experimentar una pequeña crisis de ansiedad.

Me senté en el borde de la cama, separándome ásperamente de Lucía. Las palabras se dibujaban confusas en mi mente. Ella se incorporó a mi lado, en silencio.

—Perdona —le dije, avergonzada.

—Perdóname tú a mí —se apresuró ella a decir—. ¿Quizás esto es… demasiado precipitado para ti?

—No, no es eso —dije, algo desorientada—. Necesito decirte cosas que ya estoy haciendo y me parece…

—¿Mal? —dijo ella con estupor—. ¿Te parece mal lo que hacemos?

—No, claro que no. Es solo que creo que no estoy haciendo lo correcto. Es como si entrara a hurtadillas por la ventana, sin permiso, como si me hubiera saltado algo importante de todo esto y debiera volver hacia atrás para enmendarlo.

»Y necesito…, quiero hacerlo bien.

Lucía entrelazó sus manos con las mías, con ternura, y mirándome a los ojos me dijo con sinceridad:

—Perdona si te he forzado a algo de lo que no estuvieras segura. Siento si te he molestado. Me gustaste desde el primer instante. Siento una atracción por ti de la que no puedo escapar y, al saber que tú también…

De inmediato corté las palabras de Lucía y, exaltada, necesité añadir yo algo:

—A eso me refería. Eso mismo quería decirte yo y, sin embargo, llego tarde y sigo haciéndolo mal.

Ella se echó a reír, con una sonrisa más calmada, y me dijo:

—¿Qué importa quién lo diga? Ya me lo repetirás tú en otro momento. ¿Acaso no nos vamos a ver más?

Yo asentí rápidamente con la cabeza, con un claro «sí».

Ella acercó su boca a la mía y, sin besarme, me dijo en voz baja:

—Pues quédate esta noche y, con la luz apagada, me dices al oído mil veces cuánto te gusto.

Su aliento me convencía, pero mis dudas no me dejaban dar el paso.

—¿Y tu madre no va a decir nada al respecto?

Volvió a reírse, pero esta vez de mí.

—Ella respeta mi espacio vital, que es este, mi habitación. Es una convivencia perfectamente hablada y pactada. Si no pudiera hacer en su casa lo mismo que haría viviendo sola, no conviviría con ella, ni con nadie.

Mientras me explicaba su posición en casa de su madre, comenzó suavemente a desabotonarme los pocos botones que aún quedaban cerrados en mi blusa. Me acarició la cintura desnuda y me desabrochó el pantalón, bajándome la cremallera también.

Me mordí el labio inferior, intentando controlar mi respiración agitada y mi elevada excitación.

Me miró a los ojos y me dijo, mansamente:

—Ella no tiene nada que decir, porque también es mi casa.

Me quitó la blusa, dejándola caer suavemente por mi espalda, deslizándose levemente por mis brazos, como una cascada de agua tibia. Acariciaba mis brazos de abajo arriba, con pausada sensualidad, y cuando llegó a mi cuello yo pronuncié su nombre.

—Lucía.

Lucía se paró en seco para escuchar con toda atención mis palabras.

—Lucía, yo…, yo nunca he estado con una mujer.

Ella paró rápidamente mi frase, colocando sus dedos en mi boca, acallando mi explicación, y me dijo acto seguido:

—Yo tampoco he estado nunca contigo. Y siento el mismo nerviosismo de principiante y, a la vez, imparable, de tocarte por primera vez.

Nuestras miradas se quedaron enclavadas la una en la otra, detenidas durante unos segundos en el espacio-tiempo de nuestra propia reflexión.

¿Qué me importaba a mí toda su experiencia?

¿Acaso soy una niña virginal, una aprendiz casta y pura o, por el contrario, soy una adulta diestra en el arte de dar y recibir placer?

¿Qué es lo que tengo que temer? ¿Acaso no es la misma ciencia, las caricias que yo he experimentado con hombres, como iguales son las que ahora me doblegan, aun siendo manos de mujer?

¿Qué importancia tiene si la boca es de hembra o de varón?

¿Acaso no hay la misma fogosidad en unas y otras?

¿Qué es lo que tengo que temer entonces?

Me lo decía a mí misma, tratando de acallar mis propios pensamientos.

Agarré la cara de Lucía con ambas manos y, sin mediar palabra, la besé.

Le propiné un beso largo, penetrante y descarado, como nunca nos habíamos besado.

La intensidad de nuestra unión labial nos transportó a una profunda adicción por tocar el sumo placer de la otra, a través de la humedad de nuestras bocas, de las caricias posesivas y del comernos con los ojos.

Lucía, en un arrebatador gesto de pasión, se adentró con su mano y sus dedos inquietos bajo mi ropa interior, descubriendo mi más húmeda y silenciosa excitación. No pude por menos que complacer el deseo de Lucía de quedarme a dormir y recordarle, en cada instante, cuánto era mi deseo por ella.