Mi problema Me falta valor
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Me falta valor

Le hice caso a Gloria y esa misma tarde me acerqué hasta la casa de Lucía.

Aparqué cerca de su bloque y, desde el interior del coche, la vi en el portal de su casa hablando con alguien; supuse que era un vecino.

Al bajarme del coche, la verdad, estaba bien convencida y firme en mi objetivo de abrirle el corazón a Lucía y decirle, sin frenos, todo lo que sentía por ella.

Pero mis pasos se volvieron pesados, lentos y cobardes; cada vez me costaba más alzar los pies con normalidad y convicción, como si un poderoso miedo tirara con fuerza de mí hacia atrás, haciendo caso omiso de mi corazón, que sí quería alcanzar a Lucía.

La observé a través de la vidriera de la entrada. Avanzaba hacia las escaleras, ajena a mi vigilancia. Se paró frente a los buzones, abrió el suyo y leyó los remitentes de las cartas extraídas.

Ya que mi cobardía no me dejaba hacer ningún movimiento con mi cuerpo inseguro, mi mente llegó a pensar que quizás una carta fuese la solución.

Una carta sincera, sentimental, que expresara con claridad mis intenciones y anhelos, que explicara mi urgencia por tenerla, mi necesidad de verla y, por supuesto, mi estúpida cobardía.

Deseché la idea al instante; la consideré ruin.

Creí que aquello debía afrontarlo de otra manera, no sabía bien cómo, pero con un enfoque distinto, cara a cara.

Alcé la mirada y aspiré con fuerza, recuperando algo de empuje, y al instante descubrí los ojos de Lucía mirándome, sorprendida.

Adiviné el movimiento de sus labios, que me hablaban tras el cristal.

«¿Qué haces aquí?», me decía, mientras ya avanzaba para abrirme la puerta.

Mi valentía volvió a apagarse al instante y sentí deseos de salir corriendo.

—¡Qué sorpresa! —dijo, voceando—. Pasa, por favor, Nuria, pasa. ¿Sabías dónde vivo?

Y me plantó dos besos.

—No, no exactamente. Te he visto en la calle entrar en este portal y he… he corrido a saludarte —dije, nerviosa.

Me miró desafiante y sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo.

—¿Me estabas siguiendo? —me dijo, achinando los ojos.

Un calor insoportable me recorrió todo el cuerpo; las mejillas me ardían y sentí en mi interior el corazón latir a una velocidad incontrolable.

La luz artificial de la escalera se apagó y Lucía estiró el brazo hasta el interruptor, prendiéndola de nuevo.

Aún nos mirábamos, quizá con más intensidad, pero las palabras seguían sin salir, ni de mi boca ni de la suya.

Ella esperaba una contestación y yo no sabía cómo explicar mi presencia allí.

Recordé, no sé por qué, pero me vino a la mente justo en ese momento, esa frase tan típica de «vale más una imagen que mil palabras», y la puse en práctica en aquel mismo instante, ya que era incapaz de articular palabra alguna.

Avancé tres pasos hacia ella, sus ojos me esperaban, muy abiertos.

Sentí cómo una fuerza sobrehumana me empujaba hacia ella, como si una energía dominante emanara de su cuerpo, atrayéndome hacia Lucía sin poder resistirme.

Y lo hice: di con convicción el paso, el último paso que me puso frente a Lucía, a un centímetro de su figura.

Sus ojos se agrandaron y me miraron con el mismo deseo que los míos a ella.

Su aliento acelerado acariciaba mis labios e incliné ligeramente la cabeza para encajar mi boca con la suya, que me aguardaba semiabierta, ofreciéndome su miel.

La luz de la escalera volvió a apagarse.

Lucía hizo el gesto con el brazo para encenderla de nuevo, pero mi mano frenó la suya y nos quedamos envueltas en la cómplice y tenue luz que provenía del exterior.

Si algo o alguien debía frenar aquello, ese era el momento exacto, pero nada nos entorpeció y todo siguió el camino que ambas queríamos.

Perdido el sentido de la visión, dejé que el tacto, el oído y el olfato guiaran mi objetivo.

Su perfume me hipnotizaba y me atraía hacia ella, como una dulce marea que te obliga suavemente, poco a poco, a alcanzar la arena.

Como un ciego sin bastón me guie con las manos, acaricié su cuello y toqué su cara; mis dedos rozaron su boca y su nariz.

Ella mordisqueó dulcemente mis yemas y sentí su lengua acariciarlas.

Oí cómo su respiración imploraba la mía y su aliento me nombraba en silencio.

Uní su boca a la mía sin prisa, como una sutil caricia, y ella me ofreció la ternura que me aguardaba en sus labios.

La rodeé por la cintura y el beso se tornó más intenso y pasional.

Sus manos se elevaron hasta mi cuello, enredándose en mi pelo; las mías perdieron su timidez y mi boca dejó de ser mía para someterse al injurioso beso de Lucía, del que ya no podía escapar y del que solo quería respirar.

Nuestro beso se vio truncado por un ruido que provenía de la puerta de la calle.

En la cerradura se oyó un tintineo de llaves, el picaporte giró y la puerta se abrió, entró una brisa del exterior; acto seguido, alguien encendió la luz del rellano.

Interrumpimos al instante nuestra ferviente unión y, con los ojos entornados por la luz, nos miramos envueltas en una especie de suspensión entre el asombro ruboroso y una culminación desafortunada que apenas nos dejaba respirar con normalidad.

Un hombre grueso, desaliñado y muy malhumorado nos miraba extrañado, sin decir nada. Con el pelo largo y gafas anchas, nos observaba parado en el portal con cara de «¿qué coño estáis haciendo?». Lucía cortó la situación, incómoda.

—Ahora que ya tengo las cartas, ¿me ayudas a subir la compra? —Se dirigió solo a mí.

—Claro, claro, sí, sí que sí —dije, aturullada, siguiéndole el juego.

Ambas cogimos las bolsas y nos dirigimos hacia el ascensor. En voz baja le hice un comentario a Lucía que provocó su risa más prudente y silenciosa.

—¿Este tío quién es?, ¿de la Inquisición?

Ella me miró de reojo y, sin apenas mover los labios, dijo:

—Es el «capullo» del segundo.

Las dos giramos la vista hacia él, que aún nos miraba desde la puerta.

—Está solo desde hace años; es un amargado, maleducado, machista, misógino…, y seguro que homófobo también. La mujer y los hijos ya no vienen por aquí.

Lucía accionó el botón del ascensor mientras exponía la biografía de aquel personaje.

—Mi padre solía decir de él que era un moribundo del amor. Él siempre tan romántico y comprensivo, pero yo creo que «capullo» lo describe mucho mejor.

Nos aguantamos la risa como pudimos.

Las puertas del ascensor se cerraron y, ya en su interior, volvimos a quedarnos solas, en una soledad de metro por metro, y no necesitábamos más. Lucía levantó la vista para fijarse en la mía.

—Me encanta que hayas venido a lo que has venido —me dijo, flirteando.

—Ah, ¿sí? —dije, coqueta.

—Sí —afirmó Lucía—, pero odio las cosas a medias.

Nuestros cuerpos ya estaban nuevamente frente a frente cuando yo le planteé a Lucía:

—Y si…, ¿y si proseguimos lo que ha interrumpido el «capullo moribundo»?

Antes de terminar la frase, Lucía ya me besaba colgada de mi cuello.

Soltamos de golpe las bolsas de la compra y un par de naranjas rodaron por el suelo, sin hacerles caso.

Las puertas del ascensor se abrieron en su planta, pero se volvieron a cerrar, pues nadie subió y nosotras no nos bajamos, muy ocupadas en nuestros quehaceres.

Volvimos a bajar ajenas a su movimiento.

Al llegar a la planta baja, ya nos habíamos separado y recogido la compra al oír a alguien al otro lado de las puertas.

Se abrieron lentamente y volvimos a encontrarnos con aquel vecino inquisitivo que, con ojos instigadores, nos miraba con aún más rareza, pero esta vez fue algo más educado: nos dio un «buenas tardes», subió y pulsó su piso.

Lucía le devolvió el saludo y subimos todos en silencio.

Nos quedamos quietas tras de él, pero Lucía no podía disimular su elevada euforia y su mano furtiva se escurrió tocando la mía.

La miré ruborizada, pero sus ojos de niña traviesa me parecían tan imprudentes como atrayentes y recordé las palabras de mi padre, que se quedaron grabadas en mi mente como hierro ardiente: «amárrate con fuerza a lo que te haga feliz, a quien te motive sueños y risas, como lo más necesario, como si entre sus manos existiera el elixir de la inmortalidad».

Y no pude hacer otra cosa que estrechar la mano de Lucía contra la mía, con una codicia tan necesaria como desesperada.

El vecino bajó en su planta y nosotras seguimos hasta la de Lucía.

—Lucía, necesito hablar contigo —le dije.

—¿Me ayudas a entrar las bolsas? —me preguntó, ignorando mis palabras—. Le dejamos la compra a mi madre y, si quieres, hablamos —añadió más en serio.

Entramos y su madre salió a nuestro encuentro al oír el portazo.

—¿Lucía, te ha pasado algo? Has tardado —dijo su madre al final del pasillo. Entonces vio que su hija volvía acompañada y el tono de voz se volvió más tranquilizador y afable—. Ah, ¿te has encontrado con una amiga?

—Sí, mami, es Nuria —dijo Lucía, cariñosamente—. Ella es mi madre, Elena.

—Hola, chiquilla —me dijo su madre, abalanzándose hacia mí para darme dos besos.

—Mucho gusto, doña Elena —dije yo, educada y pudorosa.

—Qué guapa eres, niña —me dijo sonriente, y me sujetó la cara con las dos manos. Yo sonreí, modesta.

Aquella mujer bajita y delgada poseía los enormes ojos verdes que Lucía había heredado. Su cabello teñido de rubio y recogido hacia atrás le daba un aire bondadoso y sincero, que transmitía también con sus gestos y su voz.

Entramos la compra hasta la cocina y ella lo agradeció con una sonrisa sincera. Lucía le aclaró que teníamos que hablar de un par de asuntos y nos retiramos a su habitación. Su madre asintió con la cabeza; mantuvo su eterna sonrisa.

Lucía cerró la puerta y nos quedamos a solas en su cuarto.