Mi problema Hazlo ahora
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Hazlo ahora

Te he soñado en varias ocasiones. Las primeras veces fueron inocentes y sin un patrón coherente.

Entras en mis sueños en momentos breves, sin largas frases ni intención clara.

Pero una noche, te soñé más allá de las palabras y de los gestos.

Te soñé con el alma en llamas, con los labios llenos de besos y el deseo mutuo de abrazarnos piel con piel.

Me declarabas tu amor con poemas que citaban mi nombre y me jurabas amor eterno, respirando en mí.

Y ahora vivo moribunda de aquel ensueño, intentando sobrevivir con nuestros pocos encuentros, apurando las migajas de tus mensajes y con la dura censura de reprimir mi necesidad de llamarte a cada instante para escuchar tu voz y tener un poco de ti.

A veces me quemas más de lo que me curas y el único antídoto para morir menos es revivir durante el día aquella noche de pasión como si hubiera sido cierta.

Pero la realidad no atiende a razones de amores desbordados y me despierta de golpe, en el cruce de mi verdad, en el momento en que tú giras a un lado u otro, donde nunca eres mía y yo sigo el camino recto de la prudencia, esperando volverme a dormir para hacerte el amor.

En ocasiones quedo con Gloria y Silvia para tomar un café y ponernos al día. No podemos todas las semanas, pero de vez en cuando lo acordamos. Últimamente, sin embargo, estoy desganada. No me apetece salir ni quedar con nadie, pero ellas llevan días reclamándome.

Recibí varias llamadas y mensajes de Gloria a los que no respondí.

Vivo abatida desde aquella llamada sin contestación, siempre en estado de espera, crucificada en mi tortura de revivir una y otra vez mi torpeza de aquella noche con Julián, castigándome a la soledad y a la incomunicación por no haber podido hablar con Lucía.

Pero Gloria era insistente, como buena amiga, y terminé abriendo por un instante la verja de mi encierro para contestar a sus llamadas.

Me pidió que nos viéramos. Rehuí varias veces su propuesta, pero su convicción me hizo ceder.

Y ya sentada frente a las chicas en la cafetería acordada para vernos, las preguntas empezaron a acumularse.

«Standby». Yo, minoría absoluta. Extremoduro, 2002.

—Últimamente estás muy ermitaña, ¿no? —dijo Gloria con un ligero tono de reproche.

—Es verdad, ya no vienes ningún día al gimnasio —añadió Silvia.

Las dos me miraban con atención.

—Bueno…, últimamente he tenido mucho trabajo —respondí.

—Ayer estuve hablando con Marcos —dijo Gloria.

—¿Marcos?

—¿Cuántos Marcos conoces? —Me clavó la mirada.

—Ah, vale, Marcos, el pianista.

—Sí, tu compañero de banda —continuó con voz seca—. Me dijo que llevas días saltándote los ensayos y que no has pasado por el local.

—¡Hostia! —saltó Silvia—. Para que tú no vayas a ensayar tiene que pasarte algo grave.

El camarero dejó los cafés en la mesa. Gloria no apartaba los ojos de mí, esperando escrudiñar algo. Pronto volvió a la carga.

—¿Cómo fue el concierto del otro día? —preguntó de repente.

—¿Has vuelto a tocar y no nos has dicho dónde? —dijo Silvia, sorprendida.

—No, su grupo no —aclaró Gloria—. Se ha ido a un concierto con alguien muy especial, ¿verdad?

Nos miramos desafiantes.

—¿Tienes ya a alguien en tu vida? —añadió Silvia, divertida—. Siempre soy la última en enterarme.

—No, para nada. Solo me invitaron a un concierto de orquesta clásica.

Silvia apuró el café y se levantó.

—Con lo interesante que se está poniendo esto y tengo que irme. Ya me contaréis cómo acaba.

Se marchó dejándonos a Gloria y a mí en silencio.

—La otra mañana vi a Lucía —dijo Gloria.

Levanté la vista, pero disimulé.

—¿Sabías que ya no tiene pareja?

Mis ojos se abrieron, pero seguí callada.

—Me comentó que ahora estaba muy interesada en una actriz de Hollywood.

—¿Cómo voy a saber yo eso? Hace días que no la veo.

—¿Seguro?

—Claro.

—Solo intento decirte que quizás, en tu situación, no veas con claridad lo que te conviene.

—¿Lo que me conviene?

—Creo que estás vulnerable y que Lucía te ha deslumbrado.

—¿Y tú sabes lo que me conviene?

—Sé que os estáis viendo. Intenté advertirte cuando estuvimos en la montaña.

—¿Advertirme de qué? ¿Es una asesina en serie?

—Claro que no —se apresuró Gloria a aclarar—. Solo digo que veo, que sé, que intuyo que entre vosotras hay conexión, interés, y quizá tomes una mala decisión por no querer quedarte sola.

»Joder, Nuria, ya estas pasando por mucho ahora, no quiero verte sufrir y no quiero que te hagan daño.

—¡Pero vamos a ver! —dije, ya algo amoscada—. ¿Qué interés puede tener esa mujer por mí? Si no tiene novio, ya tendrá otro.

Gloria me miró con seriedad.

—No le he conocido jamás ningún novio. A Lucía le gustan las mujeres. Siempre le han gustado. Y creo que su última ilusión eres tú.

Todo adquirió sentido en mi cabeza. Sentí unas alas revolotear en el pecho, como si los pulmones se me ensancharan y entrara más aire, aire fresco y esperanzador, renovado, que curó mis porques y me indicó el camino correcto: la estela de Lucía.

—Y, si eso fuera así, ¿qué? ¿No tengo derecho a tener un poco de felicidad?

—Claro que sí. Solo digo que deberías cuidarte más.

—Ya me cuido y aun así sufro. Puede que lo mío no termine bien. Puede que mi problema no tenga un buen final.

—No digas eso.

—¿Y si fuera así? ¿No tengo derecho a agarrarme a una ilusión? Pudiera ser la última.

Gloria fijó los ojos en su taza de café, reflexionando. Durante unos segundos meditó mis palabras, luego abrió el bolso, sacó una libretita roja, anotó algo, arrancó la hoja y la puso en mi mano. Miré la nota y la miré a ella. Ella misma, muy serena y calmada, aclaró su acción al momento.

—Panocha, tienes razón. Si vas a ser feliz, no pierdas ni un instante más. Esta es la dirección de Lucía.

Miré el papel.

—No puedo presentarme en su casa así porque sí…

Gloria me abrazó y me susurró:

—Hazlo ahora. No lo aplaces. Hay alguien ahí que te está esperando.