Mi problema Autoestima
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Autoestima

Tenía la sensación de estar desperdiciando mi escaso y valioso tiempo, sin aprovecharlo como merecía. No estaba haciendo las cosas bien para mi propio beneficio y solo me quedaba una oportunidad, solo queda una vela encendida en medio de la tarta, y se quiere consumir.

Me regalé una ducha de cuarenta y cinco minutos y un desayuno abundante, que después vomité entero, pero que no consiguió mermar mi júbilo elevado. De camino al trabajo encendí la radio, en una emisora al azar. Sonaba una canción contagiosa que me empujó a cantar su letra y a subir el volumen.

(Sol) ¡Puede ser mi gran (Lam) noche!

No podía dejar de repetir una y otra vez el estribillo; acrecentaba por mil mi ánimo incombustible.

Antes de entrar en la oficina, donde me esperaba mi pésima secretaria, compañera, amiga y jefa «mamá», me topé en las escaleras con Julián.

Julián Crespo era, básicamente, el mecánico de la empresa, el chico para todo. Se encargaba de revisar, rearmar y reparar una y mil veces las viejas máquinas de papá, que tanto se resistía a cambiar.

Como todas las mañanas, me regaló una sonrisa y un vigoroso «buenos días» que encajaba a la perfección con mi nivel de vitalidad y con la canción de la radio que aún se reproducía en mi cabeza.

Su interés por mí era palpable. Se manifestaba en sus gestos amables, en los encuentros junto a la máquina de café y, sobre todo, en que no lo ocultaba, pidiéndome en más de una ocasión quedar fuera del trabajo para tomar algo, especialmente después de saber de mi reciente separación.

Julián era un año menor que yo. Alto, moreno, con el pelo castaño brillante y unos ojos marrones pequeños que se agrandaban tras las lentes de alta graduación, siempre sostenidas por su nariz prominente, que no afeaba su rostro.

Era deportista y tenía un cuerpo fibroso, esculpido por horas de gimnasio.

También estaba separado desde hacía años y tenía un hijo de siete años que lo traía siempre de cabeza con sus trastadas.

Me atraía su simpatía, aunque no sabía si era producto de su afecto por mí o si era así con todos.

En cualquier caso, me apetecía conocerlo mejor.

Aquella mañana era especial. Yo me sentía así, y se la hice especial a él también al responder que «sí» a su duodécima propuesta de salir a tomar algo juntos.

El día elegido fue ese mismo. Quedamos para cenar y, más tarde, tomar una copa.

—¿En serio? —me dijo, me imraba atónito—. Pues genial, hoy salimos sí o sí.

El restaurante lo elegimos entre los dos.

Ya sentados en la mesa, decidimos qué pedir.

Habían pasado muchas horas desde mi despertar animado y el entusiasmo de las primeras horas se había atenuado.

Me sentía más tranquila y la furia por cambiar mi destino estaba apagándose.

Aun así, tenía curiosidad por aquella especie de cita improvisada.

Sentada frente a Julián, lo miraba hablar sin escucharlo.

Me aislaba en mis pensamientos, arrastrada de nuevo por la melancolía que había esquivado durante el día.

Él hablaba de su vida y yo pensaba en ella.

Me hablaba de proyectos y yo revivía recuerdos.

Derrochaba simpatía y yo estaba pendiente del móvil, esperando que fuera ella quien llamara y me liberara de aquella mentira que me pesaba más de lo que me agradaba.

Miré a través de la cristalera. Los transeúntes pasaban ajenos a mi vigilancia y yo deseaba ser uno de ellos y escapar.

—¿Esperas alguna llamada importante?

—¿Qué? —contesté distraída.

—No dejas de mirar el móvil, como si esperases algo crucial.

—Sí —dije al fin—. Una llamada importante.

—¿A estas horas?

—Sí. Es algo relacionado con… con mi grupo de música.

—Ah, ¿tenéis previsto tocar pronto?

—Bueno…, algo así. Aún no es seguro.

Me miró con incredulidad. Sentí vergüenza por mi torpeza y el rubor me subió a las mejillas. Evité su mirada.

Me ausenté con la excusa de ir al baño. En realidad, no soportaba mi conducta.

La estupidez de mis actos no me daba tregua y el dolor en la sien derecha no me dejaba pensar con claridad una salida digna.

En el baño me refresqué la cara con agua fría y cerré los ojos unos segundos, intentando ordenar mis ideas.

Pero solo apareció su imagen, la cara de Lucía, ella siempre dueña y señora de esta sin razón.

«El perfume de la soledad». La fuerza de la voluntad: grandes éxitos. David Demaría, 2007.

Repuse fuerzas y, algo más optimista, volví a la mesa. Estaban a punto de traer los postres y, justo cuando me sentaba de nuevo, Julián me dijo:

—Ha sonado tu teléfono.

Miré la mesa. Allí estaba mi móvil, olvidado junto al plato.

—¿El mío? —lo cogí de inmediato.

—Sí, el tuyo. Espero que no te haya molestado, pero he descolgado.

«No me lo puedo creer. ¿En serio? ¿De qué va este tío?», pensé, asombrada.

—Como esperabas una llamada importante, me pareció correcto que no se extraviara y la he atendido.

—¿Cómo? —dije, descolocada—. ¿Y quién era?

—Creo que una amiga tuya. Ha preguntado por ti.

Miré el registro de llamadas. La última era de Lucía. Mierda. Me había ausentado apenas un par de minutos y justo entonces me llamó ella. Sentí rabia.

Julián comenzó a relatarme la breve conversación que había mantenido, pero yo me levanté dejándolo con la palabra en la boca.

Marqué el número de Lucía de inmediato. Tras varios intentos no logré contactar; el móvil ya estaba desconectado.

Aun así, le mandé un mensaje con alguna excusa torpe, pero insistir no sirvió de nada.

Con una furia contenida que apenas podía sostener, me lamentaba por dentro, atrapada en una impotencia confusa que me arañaba la cordura y me dificultaba respirar.

Sentí deseos de salir corriendo y gritar, pero mi propósito de hacer de mi vida algo más racional me mantuvo allí, atada a aquel restaurante y a una cena que se me atragantó.

Comprendí al instante mi torpeza. Aquella contrariedad podía alejarme de Lucía sin posibilidad de explicarme. Presentí un pánico difuso, no sabía a qué, pero dolía como un golpe seco en la cara. Esa sensación me hundía con la misma intensidad con la que horas antes me había elevado.

Y mi corazón empezó a anticipar un suspense que duele, una lejanía tajante, con el padecimiento de una herida abierta que comenzaba a sangrar, derribando en mi mente toda esperanza de reconciliación.

«Lobos». Casa mía. Vanesa Martín, 2025.