Mi problema Te miro #3
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Te miro #3

La miré desorientada, sin entender su reclamo.

—¿Vas a contarme por qué te prohíbes llenar el lado izquierdo de tu armario?

Quise restarle importancia.

—Es una simpleza. No tiene interés. Son paranoias mías.

No bastó. Sus ojos obstinados esperaban una explicación más clara.

—No sé exactamente si es un cuento, una leyenda antigua o una creencia de alguna tribu con su chamán.

Creo que proviene de la India, aunque no estoy segura.

—Sus ojos se abrieron, curiosos—. Se trata de anticiparse a lo que deseas.

Cuando quieres algo o a alguien, de antemano has de asignarle un sitio, algo suyo, para que ya tenga su espacio cuando se cumpla lo que anhelas.

Lucía me escuchaba, pensativa.

—¿Como comprar las velas un mes antes del cumpleaños?

—No es para que todo salga perfecto, sino para acelerar lo deseado, porque ya tiene un lugar en tu vida.

—Y en tu armario ya hay un sitio para una segunda persona —añadió, prudente.

—Veo que lo has entendido. Siempre he vivido acompañada: de mis padres, con mi marido, incluso en la facultad compartí piso. Odio volver del trabajo y que la casa no revele actividad alguna. El sitio para alguien más ahí está. Crucemos los dedos.

—¿Y por qué no te mudas con tus padres?

Nos miramos y rompimos a reír.

—Perdona, sería peor. No he querido mortificarte —dijo abochornada—. ¿Por qué no alquilas la habitación vacía?

—No. Esa habitación, no.

Guardó silencio unos segundos.

—Entiendo. ¿Esa habitación también forma parte de tu creencia?

—Sí. Siempre he querido tener hijos, y ellos también necesitan su sitio en la casa. ¿No crees que un bebé necesita su espacio?

—Sin duda. Además, creo que un niño ocupa más espacio que un adulto. Si no, espera al día de Reyes.

Reímos.

—No quiero compartir piso. Quiero a alguien que desee la maternidad compartida y que duerma conmigo, no un amigo en la habitación de al lado.

Me miró valorando mis palabras.

—Te dije que era una simpleza.

—Para nada. Hay quien reza para pedir lo mismo. Por lo menos tú haces algo. Otra cosa es que los dioses estén a tu favor. Sin duda más posibilidades tendrías tú, que quien espera un milagro con las manos en los bolsillos.

Sus palabras nos dejaron en una reflexión silenciosa. Lucía comenzó a recoger sus cosas con cierta prisa.

—Gracias por acompañarme y por tu comprensión —dijo—. Siento que no hayas podido ver el concierto completo por mi culpa.

—No tienes que disculparte. Lo repetimos otro día, si quieres.

—Claro. Pero ahora tengo algunos asuntos que resolver.

Por supuesto que tenía cosas que hacer, seguro que había cosas más interesantes que escuchar, toda la noche, las tonterías de una paranoica con la casa medio vacía y la otra llena de guitarras. No creo que Lucía tuviera algún espacio vació en su casa, en su vida, y mucho menos en su corazón.

Me sentí estúpida y ridícula por sentir esos celos extraños por su pareja, por experimentar antipatía de alguien a quien ni siquiera conocía. A buen seguro, fuera una buena persona agradable y especial, con la cabeza asentada y con todos sus espacios llenos y repletos, de Lucía.

Se despidió con dos besos rápidos y en pocos segundos ya bajaba las escaleras.

—Espera, cojo las llaves y te acerco.

—No hace falta, llamo a un taxi.

—No seas así, me pongo la chaqueta y te acompaño.

—Arrivederci, bambina —gritó desde el portal.

—Addio, bella —dije, apenada, con la certeza de haber dicho algo que precipitó su marcha y con una amarga sensación de remordimiento por no saber el motivo.

Me propuse cambiar. Cambiar de actitud, desechar mi problema de la mente y de la vida, aunque sabía que físicamente era imposible.

Deseaba con todas mis fuerzas retomar las riendas, ser dueña de mi propia salud y de mi corazón.

Sabía que vivir encadenada a la ilusión de hacer reales mis sueños junto a Lucía me arrastraría a una espiral de suplicio y desamor, de la que no podría salir airosa ni compensada en la balanza.

Me convencí de que merecía algo mejor, a alguien semejante en aspiraciones amorosas, con proyectos compartidos, alguien libre, joven, simpático, soñador, romántico; alguien heterosexual.

Creí haberme subestimado durante demasiado tiempo, forzándome a idealizar a Lucía como un objetivo necesariamente recíproco.

Atribuí mi obsesión a la soledad, a la enfermedad, a la falta de entereza, a una voluntad escasa y hasta a una ceguera persistente que apenas me dejaba ver la realidad y obstaculizaba mi propósito de ser un poco, solo un poco, feliz sin necesidad de que Lucía lo protagonizara.

Necesitaba liberarme del influjo que ejercía sobre mí, de la adicción a querer verla, del aislamiento que me imponía su ausencia.

Quería alejarme de todo eso, volar lejos, desprenderme de lo que me la recordaba y dejar de sufrir por un amor inexistente que me hundía más de lo que me elevaba.

Volver a empezar, con otros colores, con otro rostro, con un latido nuevo que se entregara por igual, y vivir, vivir lo que me quedara, feliz y correspondida.