Te miro #2
La hice pasar al salón. Muy educadamente, le pedí que se sentara. Le ofrecí tomar algo caliente para reconfortarla y ella accedió. Un té. Mientras calentaba el agua en la cocina, la voz de Lucía intentaba comunicarse conmigo desde el comedor, pero no oía bien lo que decía.
—¿Cómo se llama?
Entré en el salón con dos tazones de té humeantes, los puse en la mesita frente al sofá y pregunté:
—¿Cómo se llama quién?
Ella acariciaba con sus dedos las cuerdas de mi guitarra, que, tumbada en el sofá, le hacía compañía. Me miró a los ojos y con serenidad me dijo:
—Es tu compañera de piso desde hace años. Cómplice de alegrías y llantos, colega en tus viajes y amiga fiel. Es parte de tu vida. No creo que la trates como un simple trozo de madera. Tendrá un nombre.
Escuché fascinada cómo cada una de sus palabras clavaba con exactitud mi realidad.
—Se llama Dolores —le contesté, sincera—.
Han sido muchos días y horas de ensayo, de repetir mil veces el mismo tema, de noches enteras sin dormir componiendo.
Eso provoca, aparte de un placer interior, unas rampas horribles en el antebrazo y un dolor en la yema de los dedos terrible.
No pude bautizarla de otra manera más significativa. Sin remedio alguno, se llama Dolores.
—¿Y por qué no la haces hablar tocando algo? —La elevó a mi altura y la puso frente a mí—. Tócame algo tuyo, ¿sí? —me suplicó.
Me senté junto a ella en el sofá, abracé a Dolores con desesperación y mi recuerdo voló al mismo instante en que nos besamos por primera vez.
Mis manos temblaban y mi mente intentaba clasificar, elegir una canción clave, perfecta, directa para aquel momento, algo que expresara mis sentimientos, que le hiciera entender mis intenciones sin decírselo.
Quizás aquella provocación incitara en Lucía la misma reacción que la primera vez que toqué para ella.
Lo deseaba más que nada y afiné con tiento, jugándolo todo a una sola carta, mirándola a los ojos y esperando su beso al final.
Ella bebió un sorbito de su té y en su rostro se reflejó esa expresión que queda tras haberse quemado la lengua. Volvió a colocar la taza en la mesa y encajó su cuerpo en los cojines del sofá. Me miró expectante, relajada y paciente, dándole tiempo a mi exhibición.
Sonaron los primeros acordes y sus ojos seguían con atención todos mis movimientos. Sentí mi corazón martillar mi pecho mientras la música surgía de mis dedos y de mi boca la letra. Pero su cuerpo siguió comedido, quieto en el sofá, escuchando mi canción.
«Que pueda ocurrir». Paqui M2, 2008.
Dedicada a J. M. G. G.
(Re) Qué daría por besarte una vez,(La) qué daría por tocarte la piel,(Sol) amanecer arropada en tus besos y,(La) enredada en tu pelo, volver (Mim) a nacer, volver a (Sol) creer.Qué (La) pueda ocurrir…Que bebas (Re) de mí…Que (La) bebas de (Sol) mí.
La última nota sonó y la canción llegó a su fin. Su cuerpo, su boca y su beso se quedaron inmóviles, sin la reacción esperada. Lo que tanto deseaba no se hizo real y yo sentí que me apagaba un poco cuando movió los labios solamente para decir:
—Es muy bonita.
—Gracias —dije, sonriendo, fingiendo para que no notara mi pena.
Le propuse enseñarle el piso. Me pareció algo animado, con la esperanza de borrar de su rostro el hastío que aún le duraba. Le gustó la idea y me lo hizo saber con una sonrisa franca. La visita comenzó por el mismo sitio en el que nos encontrábamos, el salón comedor.
—Te habrás percatado al instante del estilo victoriano de esta estancia, ¿no? —dije en tono burlón.
Lucía miró a su alrededor y añadió, elevando la voz:
—Lo he advertido al momento. Resalta el estilo romántico gótico de 1838, mucho sí.
—No, de 1839 —rectifiqué entre risas.
—Perdón, disculpa mi ignorancia. «Del 39», sí, está claro —dijo haciendo reverencias a su fallo histórico.
—Como verás, aquí la decoración ha cambiado —expliqué abriendo la puerta de la cocina—. De la mismísima Francia del siglo xvii, estos módulos blancos estilo rococó, acordes con la pica de barro, de la que emana agua de manantial.
—¿Agua de manantial? —me interrumpió a carcajadas—. ¿No es agua depurada como en todos sitios?
—¿Acaso no me crees? —dije apretando los dientes para no caer en la risa—. Cedida expresamente por nuestro ilustrísimo Luis XV.
Nos reímos las dos. Avanzamos hasta la siguiente puerta, el baño. Al abrirla, Lucía recalcó:
—¿Supongo que el bidé es auténtico francés?
—Por supuesto —dije altiva—. Procedente del mismo siglo xviii, ¿lo dudas?
Verla sonreír disipaba su tristeza y a mí me resultaba fácil quererla cuando la veía así. Lucía se anticipó a la siguiente puerta y la abrió de par en par.
—¿Y esta de qué estilo es?
La devoré con la mirada. Más que observarla, la diseccioné en partes deseables y adorables, la recorrí entera, desde el flequillo hasta los tobillos, en apenas segundos, me era irresistible no hacerlo.
Su vestido y sus movimientos me fascinaban y me resultaban imposibles de esquivar.
Su presencia despedía un efluvio tan personal como embriagador; bastaba con que moviera la mano para dar color a cualquier cosa.
Contemplar una sonrisa suya era como ver desplegarse un arco iris entero.
Se quedó en el centro de la habitación, rodeada de silencio. Miró suelo, paredes y techo, y se volvió sorprendida.
—La tienes vacía.
—Esta habitación todavía busca su estilo —dije, escueta.
Volvió a mirar alrededor y añadió entusiasmada:
—Podrías montarte un pequeño estudio aquí para grabar tus maquetas, incluso insonorizar las paredes, colgar tus guitarras, poner un ordenador aquí y conectar algún micrófono y también…
Movía los brazos al hablar, como si quisiera dibujar sus ideas en el aire.
—No —dije de inmediato.
Me miró sorprendida.
—En esta habitación, no —repetí más seria.
Asintió y salió sin comentario, cerrando la puerta. Aceptó ver mi dormitorio más por educación que por interés. Unos muebles de caoba decoraban la estancia. La cómoda, las mesitas, el armario, todo en maderas oscuras y las paredes en gris perla le daban un aire clásico y silencioso.
Caminó despacio por la habitación, mirando todo con detalle, como quien observa los trazos de un pincel en un cuadro. Vio otra de mis guitarras presidiendo la cama, pero no dijo nada. Se detuvo frente al armario, acarició las puertas y dijo con voz suave:
—Siempre le oí decir a mi madre que a las personas se las puede analizar viendo sus casas, cajones y armarios.
Y lo abrió de par en par sin pedir permiso.
—Según ordenas tus cosas, organizas tu vida y cabeza.
No dije nada. Supuse que encontró todo correctamente ordenado. Menos mal que el armario no revelaba el desorden de mi corazón. Se giró hacia mí.
—¿Por qué estos estantes están vacíos?
Miré el interior. Todo estaba ordenado por temporadas, pero el lado izquierdo estaba completamente vacío.
—Porque sí —contesté, seca.
El juego terminó en ese instante. Cerró el armario en silencio y cruzó la habitación con gesto molesto. Al pasar a mi lado dijo, sin mirarme:
—Veo que no me vas a revelar el gran secreto de los espacios vacíos de tu casa.
Siguió por el pasillo con un aire orgulloso que acompañaba el contoneo de sus caderas.
—Y tú, ¿me vas a contar qué te ha pasado en el teatro? —le dije, atrevida.
Se paró un segundo a escuchar mi pregunta y, sin mirar atrás, reanudó su paso en silencio hasta el comedor. Me senté junto a ella en el sofá. Lucía rebuscaba algo en su bolso, lo encontró y lo puso en mi mano. Era aquel pequeño papel que tanto volteaba en su butaca.
Abrí el tríptico y en su interior todos los actos del concierto estaban encuadrados por orden. El primer tema para interpretar por la orquesta se titulaba «Lucía». En letra pequeña aparecía el nombre completo del padre de Lucía. La miré avergonzada y arrepentida. Ahora todo encajaba.
—El primer tema lo compuso mi padre hace años —añadió—.
Lo habré escuchado mil veces, o quizá más.
Pero al volverlo a oír después de tanto tiempo ha sido como remover todos los recuerdos, los sentimientos que guardo para que no duela su ausencia.
Todos han salido a flor de piel, arañándome la memoria y el alma.
Ahora comprendo por qué mi madre no quería venir.
Bajé la mirada, completamente compungida y muda.
—¿Y bien? —dijo ella, alzando un poco la voz.