Te miro
Me había sorprendido muchísimo la llamada, pero también me había alegrado escuchar al otro lado de la línea la voz de Lucía para invitarme al concierto. Claro que acepté. Los cascabeles de mi alegría estaban totalmente a full, impacientes por verla.
La esperé, inquieta, en la entrada del teatro.
Hacía un frío polar y soplaba un viento molesto; aun así, la gente se amontonaba en la taquilla para obtener el pequeño papelito de su entrada al paraíso musical, donde eludían durante una hora los quehaceres diarios y recargaban con energía nueva sus oídos y sus almas para comenzar de nuevo, con más fortaleza, la rutina.
La música reúne todo tipo de personas y personajes.
No importa la edad, la orientación, el idioma ni tan siquiera el origen.
Todos caben en su abrazo si tienen la sensibilidad de intuir lo que transmiten unos compases, de sentir las notas muy adentro.
Si lo sentías, eras la persona idónea para estar allí.
La vi acercarse desde la lejanía con un elegante abrigo beige que le cubría hasta las rodillas.
Me divisó entre la multitud y me saludó alzando la mano antes de llegar a mi altura.
Observé con todo detalle el contoneo de sus pasos, elegantes y pausados, aproximándose hacia mí, lo asocié a una suave melodía.
Sus tacones golpeaban los adoquines del suelo y originaban un sutil compás, un dos, un dos, un…
, como lo haría un reloj de pared con péndulo perfectamente ajustado.
Al acercarse, su zancada se avivó y yo respondí adelantándome un poco hacia ella.
Cambió la frecuencia de su paso, de su melodía al caminar ligera, un dos tres, un dos tres, un…
Un delicado vals flotaba y avanzaba hacia mí en la metamorfosis de una bella mujer, con unos ojos verdes penetrantes y una boca tan deseable como inalcanzable.
Me saludó con un enérgico «¡hola!» y dos besos generosos, que yo correspondí por igual. El nerviosismo por verla me estaba traicionando y, en el interior de mi pecho, percibí una especie de taquicardia, como si el corazón necesitara más espacio, como si no me cupiera.
—Uf, casi no llego. Un atasco descomunal no me ha dejado llegar antes —aclaró con rapidez.
Su respiración acelerada me hizo imaginar que quizá mi ansia por vernos fuera también la suya.
—No te preocupes, solo llevo un rato esperando.
La verdad era que llevaba más de cuarenta minutos pasando frío y ya no sentía los dedos de los pies, pero mi calor corporal se reavivó nada más verla. Al igual que lo harían dos ancianos paseando por el parque, entrelazó su brazo con el mío y, amarrándose con vigor, me dijo airosa:
—Aquí hace mucho frío. ¿Pasamos al salón, signora?
—La acompaño con piacere —le contesté.
Una escalera ancha de mármol blanco, con barandilla metálica dorada, nos llevó hasta las primeras butacas de la platea, a los pies del escenario.
Justo al entrar, Lucía se topó con un hombre de edad avanzada a quien abrazó efusivamente. Su conversación era jocosa y feliz; ambos se regalaban elogios y no disimulaban su afecto y complicidad.
En ese momento, al ver aflorar la felicidad de Lucía, me di cuenta de que, a pesar de estar más acompañada que nunca, me sentía sola mirándola entre la multitud.
Te veo a lo lejos, aventurándote sin mí.Solo tu figura alivia a mis ojos,que te buscan sin descanso entre la gente.Te miro y envidio los abrazos que regalas en mi ausenciaa personas a las que aprecias, a tus amigos, a tus amados,y no ser yo el hombro donde descanse tu mano afable.Codicio la cercanía de tus gestos afectivosy la respiración de tus suspiros,que se pierden, sin ser disfrutados, en mi boca.
Lucía tuvo el detalle de presentarme al hombre con el que hablaba, don Alejandro.
Era un gran amigo de su padre, socio fundador y organizador del evento.
En sus gestos y palabras se adivinaba a una persona encantadora, aunque su rostro fuera severo y anguloso, marcado por una clara alopecia.
Nos presentó también a su mujer, doña Josefa, que conversaba unos pasos más atrás con un grupo de personas.
Todos conocían a Lucía y se acercaron a saludarla. Me aparté de aquel corro y de su charla, dejándoles libertad para hablar del pasado, del presente y de su padre ausente.
Escuché de fondo las primeras notas afinando los instrumentos y miré al escenario.
Las cortinas entreabiertas dejaban entrever a los músicos, ya sentados y pacientes en su orden de colocación.
Cada uno ordenaba su atril, sus partituras y daba el visto bueno a su instrumento.
Todos vestían de riguroso negro: ellos con traje y corbata, y ellas con vestidos de noche.
El teatro no era muy grande, pero sus butacas y palcos estaban muy bien aprovechados.
Las paredes, forradas de terciopelo rojo, ofrecían una sensación de calidez acogedora, de aspecto antiguo.
Destacaba, sobre todo, el techo: ornamentado con enormes ménsulas grabadas, larguísimas cornisas blancas y, en el centro, una majestuosa lámpara repleta de pequeños cristales tallados y cientos de bombillas luminiscentes que irradiaban luz hasta cualquier punto del teatro.
Sentí una mano posarse en mi hombro. Bajé la vista de las alturas y me topé con la Lucía terrenal, que, con un gesto de sus ojos verdes brillantes, iluminados por aquella lámpara celestial, me indicó que la siguiera. Abandonamos la platea y subimos por una escalera interior hasta un palco.
—¿Has visto qué detalle? Nos han reservado un balconcito —me dijo, ilusionada.
—Es todo un detalle, sí. Desde aquí lo veremos todo muy bien —respondí, avivando aún más su ilusión.
Ella apartó las cortinas rojizas y se adentró en nuestro palco exclusivo.
Se despojó del bolso, del pañuelo que cubría su cuello y del larguísimo abrigo, dejando al descubierto su ceñido vestido, que resaltaba su silueta, su figura: «Dios, estaba bellísima».
Elegante, cautivadora, y su nuca al desnudo me parecía tan atrayente como excitante.
Como un destello de luz, igual que una ráfaga de viento, me sobrevino en ese mismo instante un recuerdo: la imagen de su pecho desnudo en aquella habitación oscura en la montaña.
—Acércate, mujer, y siéntate, está a punto de comenzar —me dijo, emocionada, girándose hacia mí.
Al mirarnos de frente, me descubrió el espléndido escote de su vestido, del cual tuve que apartar la mirada para que no notara mi acecho.
De su cuello colgaba una cadena de plata con un colgante en forma de letra china, a juego con los pendientes.
El significado de aquella letra oriental me intrigaba, pero no quise hacer eco de mi observación y no pregunté nada sobre su joya.
Me senté a su lado y el público esperaba expectante, ya en penumbra.
En el escenario, el director de orquesta levantaba los brazos dando paso a las primeras notas del concierto.
Una exquisita melodía arrancó en los violines y dio paso a los instrumentos de viento y percusión.
En su cuarto movimiento, un coro de voces infantiles hizo acto de presencia, dándole un toque más dulce y lento a la obra.
Me pareció una composición bellísima y quise hacérselo saber a Lucía.
Pero, al mirarla, su semblante era rudo y ausente.
Observaba malhumorada e inquieta el tríptico, el pequeño folleto que contenía el repertorio del recital.
Bailaba entre sus dedos de arriba abajo, de izquierda a derecha, sin rumbo fijo, al azar, por la tensión acumulada entre sus manos.
La música seguía su compás y el melodioso contenido de las notas no apaciguaba su intranquilidad.
—¿Va todo bien? —le pregunté.
Su mirada no cambió de posición. Seguía clavada en el papel impreso, haciendo caso omiso al concierto y a mí.
No entendía su indiferencia e inquietud y reconozco que me asustó la idea de que quizás estuviera molesta por algo que yo hubiera hecho o dicho.
Puse las manos sobre las suyas y se detuvieron al contacto de las mías.
—Lucía, ¿estás bien? —insistí.
Me miró a la cara con una amargura contenida.
Del contorno de sus ojos se escurrieron un par de lágrimas, que hicieron un fino camino por las mejillas hasta su barbilla.
La tristeza de sus ojos cristalinos se clavó en mi pecho como agujas ardiendo, y mi incapacidad de comprensión nos envolvió en una mudez distante e indescifrable.
Se levantó bruscamente y dio unos pasos hacia atrás, retirándose de cualquier mirada indiscreta que pudiera descubrir sus lágrimas. Desconcertada, la seguí tras las cortinas.
—¿Te importa si nos vamos? —me dijo, de repente.
—¿Irnos? —contesté, pasmada—. Pero si… querías venir, ¿no?
Y justo en ese momento rompió a llorar. Sus lágrimas brotaron sin control, su respiración se aceleró y las palabras se volvieron inconsolables.
Nada de lo que dije la calmó ni acalló su angustia y no pude hacer otra cosa que abrazarla, esperando que un gesto ayudara más que unas simples palabras de aliento.
Reconozco que durante unos minutos fui egoísta y olvidé por completo su dolor, aprovechando aquel abrazo para enardecer mi propio ego, escondido tras el telón de la hipocresía, fingiendo un apoyo totalmente desinteresado, tejiendo una telaraña de amistad, de soporte y afecto, que solamente era una simulación falsa para poder abrazarla y, avivando aún más mi egoísmo, sentir y disfrutar su contacto como lo principal, antes que su necesario alivio.
De camino a mi piso, sus labios siguieron sellados y su semblante fue reservado y afligido.
Tardamos solo unos minutos, vivía bastante cerca.
Pensé que trasladarnos a un local lleno de humo y bullicio no era lo más indicado para su estado, y mi propuesta de irnos a mi piso, para estar más tranquilas, le pareció correcta.