Mi problema La busco #2
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La busco #2

—Bueno…, digamos que desde aquí las estrellas no brillan igual que cuando estábamos allí arriba, en la montaña. Y me imagino que, desde ahí, desde tu trabajo, el mar no se ve ni por asomo, ¿no?

—Edificios, casas, comercios. Es lo único que veo a través de la ventana —dije, melancólica—. El agua solo se ve cuando llueve.

Escuché su risa.

—Supongo que lo que menos tenemos más anhelamos.

—Echo de menos los días que pasamos allí arriba, en el apartamento de Gloria —dijo al momento Lucía.

Quise decir lo mismo en referencia a su persona, pero mi escudo de contención volvió a hacer acto de presencia, acallando mis palabras más sinceras.

—Es verdad, estuvo genial —dije finalmente—. La próxima vez podríamos hacer todas juntas un viaje, algo más largo, de más días.

—Oh, sí, sería fabuloso. ¿A una isla, quizá? —dijo exaltada.

—¿A una isla? —dije yo, con estupor.

—Sí, mujer, a una de estas cercanas que tenemos aquí en España. No a una salvaje llena de cocos y tiburones, sino a una con restaurantes y carreteras —dijo, burlona.

—Ah, ¿una con camas cómodas y agua corriente? —dije yo, hábil.

—¡Exacto! —añadió Lucía con una carcajada en la voz—. La próxima vez intentamos convencer a las demás de todo esto. Quizá les guste la idea —dijo más en serio.

—Seguro que sí —añadí, ya convencida.

—Nuria…

Escuché mi nombre con tono bajito, suave, como un hilillo de voz dulce. Durante unos segundos deseé que sus palabras me hablaran sinceramente, directamente al corazón, sin medida.

—Nuria, nos vemos, ¿vale? Me reclaman por aquí.

—Claro, nos vemos. Espero tu mensaje —dije, atajando.

—Te llamo, un beso.

«Jo…, ¿un beso?», pensé. Cuánto me dolían sus besos no físicos.

—¿Y esa sonrisita?

Miré hacia la puerta. Era mi padre, me observaba con mirada cómplice y una leve mueca en los labios. Aún miraba el teléfono entre mis dedos, reviviendo la agradable y corta conversación con Lucía. A lo mejor mi expresión, claramente entontecida, incitó su pregunta burlona.

—¿Qué sonrisita? —dije, simulando no saber.

—La de tu cara —recalcó—. La de niña mala, que está a punto de cometer alguna malicia, pero que aún no la ha perpetrado; esa cara. ¿O es amor? —añadió, impulsivo.

Le miré directamente a los ojos, perpleja por su acertada conjetura. Y, mientras se me aproximaba y se sentaba cerca de mí, preferí recalcar su locura transitoria de padre metomentodo.

—No digas tonterías, papá. Sabes que soy una «niña muy buena y correcta» y que tú eres un padre que ve donde no hay —dije con el dedo bien firme.

—¿Y por qué?

—¿Y por qué… qué? —No entendía su pregunta.

—¿Por qué eres tan correcta?

No podía creer lo que escuchaba. Años de «eso no se hace», mil correcciones de «eso no se dice» y, ahora él, el malvado profesor duro e inflexible, me preguntaba a mí por qué soy quien él quería. Era inaudito.

—¿Por qué? Porque me lo habéis inculcado a base de tirones de oreja —añadí, cruelmente.

Hubo un silencio. No parecía que quisiera aclarar ni replicar a mi cruda contestación.

—¿Te acuerdas de tu hermano José? —me dijo con mirada melancólica, atusándome el cabello.

—Me acuerdo, sí, vagamente. Pero apenas recuerdo su cara.

—Eras muy niña, es normal que olvides detalles.

Los últimos meses hospitalizado hablamos mucho y en diferentes ocasiones.

Se arrepentía de no haber hecho algunas cosas, de no decirlas, de no haber estado.

Cosas que hubieran cambiado su vida o, más bien, se la hubieran hecho más agradable.

No le faltaban fuerza ni ilusión; solo necesitaba tiempo, lo único que no tuvo.

Su melancolía me erizaba la piel y, de su voz cada vez más tenue, surgían frases más largas y afligidas.

Sus ojos tristes y derrotados no me miraban de frente, pero sus manos frías sí buscaron las mías como apoyo.

Revelaban un dolor imborrable e incurable.

Mis ausentes palabras eran inexcusables, pero me resultaba imposible sumar algo que aliviara su herida.

¿Quizá su cura fuese esa? Hablar. Y dejé que se desahogara cuanto quiso, lo escuché atentamente, sin interrumpirle, volviendo a ser de nuevo la niña buena y correcta que él había moldeado durante años.

—Lo único que quiero decirte y que entiendas —me dijo, alzando la voz y los ojos hacia los míos— es que no te dejes nada por hacer. De lo que tu energía, tu economía y tu pasión puedan abarcar, hazlo ahora. Olvídate un poco de correcciones y de normas. Hazlo todo ya, si puedes, claro.

Nos miramos cara a cara, sin mediar palabra.

Su franqueza me provocaba una cobardía contenida que atravesaba mi cuerpo de arriba abajo, como un escalofrío helado.

¿Cómo podía explicarle a mi padre mi reciente homosexualidad y esperar comprensión, cuando yo misma había creído en mi heterosexualidad, forjada en años de matrimonio con David?

Tampoco fui capaz de contarle la verdad de mi visita al médico aquella mañana.

Era más fácil callar que revelar el mal agüero de mi diagnóstico, que no daba tregua a mi problema.

No me apetecía dar malas noticias a nadie.

No quería que se preocuparan por mí más de lo necesario.

Pero no hacerlo aumentaba mi inquietud y agrandaba la bola de mi cargo de conciencia.

—¿Comprendes lo que intento decirte? —me dijo con tono bondadoso.

—Sí —le contesté, sensata—. Que aproveche ahora, antes de que algo vaya mal.

—Todo va a salir bien —me respondió, apaciguando—.

Lo percibo aquí —dijo, golpeándose el pecho con la mano derecha—, en el corazón.

Lo siento ahí. Sé con certeza que esta vez todo va a acabar bien.

Pero hay que ser realistas y, sea para bien o termine mal, lo que hayas logrado hacer será lo que querías y necesitabas vivir en tu vida.

»Aférrate con uñas y dientes a la vida, a los sueños, al amor. Amárrate con fuerza a lo que te haga feliz, a quien te motive risas y sueños, como si entre sus manos existiera el elixir de la inmortalidad. Busca la eternidad sin descanso en tus acciones y anhelos.

Me dijo todo aquello apretándome las manos con tal fuerza que su alianza quedó marcada en mis dedos.

Sus palabras y sus pupilas clavadas en las mías me dejaron boquiabierta.

Sentí su intensa mirada penetrando mi córnea, como si a través de ella pudiera encajar más rápidamente su mensaje en mi entendimiento, como si quisiera grabar sus ideas en mí a la carrera para que las usara cuanto antes.

Me besó la frente y me dijo que me quería. Se despidió con un cariñoso «hasta mañana» antes de salir del despacho. Y allí me dejó sentada, envuelta en un mar dubitativo a flor de piel que no podía ordenar ni acallar.

Sentí un deseo irrefrenable de llamar a Lucía, de revelarle real y sinceramente lo que quería que supiera de mí. Pero la conversación con mi padre se repetía una y otra vez en mi cabeza, y no pude hacer otra cosa que echarme a llorar.