La busco
Volver a la ciudad y entrar en mi piso fue, posiblemente, lo peor. Un piso frío, silencioso, lleno de ecos y vacío de calor humano. En ese preciso momento caí en la cuenta de lo sola que estaba.
Romper mi matrimonio tan radicalmente, de la noche a la mañana, me había acarreado un empezar de nuevo casi obligado.
Un despertar sin depender de nadie y sin esperar a nadie al final del día; tomar decisiones sin contar con una segunda persona, hasta comprar y cocinar solamente para mí.
Aun así, no había llegado a experimentar una soledad creciente, un vacío completo, hasta ese día.
Separarme y obligarme a no compartir mi hogar y mi vida con alguien no me había creado un trauma ni nada por el estilo, pues antes de firmar nada ya me sentía sola y, al hacerlo oficial, solo me supuso estar igual, solo que con papeles.
Pero en ese momento, justo al entrar al piso, ahí, cerré la puerta de mi casa y se inundó todo con un frío hueco desolador que antes no percibía.
Las habitaciones parecían más grandes y las paredes más altas.
La cama estaba fría como un témpano y ni tan siquiera el televisor me brindaba la compañía no física que antes me bastaba.
No puedo dejar de pensarla. Y mi cruel realidad de no verla, saber que no conversaré durante unos minutos con ella antes de dormir, me oprimía la razón y me ligaba a una nostalgia enfermiza con la que no podía luchar, y mucho menos ganar.
Me vinieron momentos, situaciones vividas en los días previos, que viajaron en mi cabeza de allá para acá sin control.
Caí en la cuenta de que ella no tenía mi teléfono.
Planeé y medité fórmulas para que Lucía también pudiera llamarme.
Varias ideas me rondaron, pero no acabaron de gustarme.
Pensé en marcar su número y charlar un instante y, de ese modo, mi número quedaría grabado en su móvil, pero mi pronta llamada podría dejar al descubierto mi desesperación y asustarla.
No quería parecer vulnerable. Opté por algo menos comprometido: un guasap directo y escueto.
«¿Todo bien en el viaje? ¿Habéis llegado sanas y salvas a puerto?».
Respondió. Tardó unos minutos en contestar, pero lo hizo. Mi plan surtió efecto. Ahora sabía cuál era mi número.
«El viaje bien, hemos remado con fuerza y ya estamos en casa. Eres encantadora. Un beso».
Y su beso lejano, inexistente, no palpable, me dolió en la comisura de los labios.
Los días que siguieron a aquellos tres días de puente festivo fueron insulsos y monótonos.
Gran parte de las horas las pasaba intentando reprimir mis impulsos, unos impulsos irrefrenables de llamarla, de marcar su número y escuchar su voz.
No existía minuto del día en que no quisiera hacerlo, ni segundo en que no me acordase de ella.
Era una lucha encarnizada entre mi más ardiente urgencia de verla otra vez y la antinatura de mi propia condena de no transigir en volverla a llamar, intentando no rozar la locura y actuando con moderación.
Sin poder evitarlo, me paré cada noche a mirar el cielo.
Cuando estaba tan oscuro y profundo que ni tan siquiera las luces de la ciudad podían alterar su ébano natural.
Cuando el concentrado de estrellas lo inundaba todo, alzaba la mirada a lo más alto sin pestañear, fijando un punto en el infinito, con la ilusión, con la única esperanza, de que una poderosa fuerza sobrehumana transportase mi insípida vida a la suya y poder volver a estar junto a Lucía, nuevamente hablar con ella, verla sonreír; solamente sonreír.
Vivía mis horas anhelando y recordando algo que nunca fue mío, y mis días pasaban lentos, con sus habituales costumbres y manías, sus mismos lugares e iguales momentos, pero ahora los revivía como si no fueran míos, como si la rutina que antes hacía y deshacía a mi gusto no me perteneciera.
Me arañaba el alma cada vez con más fuerza su ausencia y me arrastraba a un laberinto sin salida en el cual siempre volvía al mismo punto, donde esperaba con ansia que esa fuerza poderosa sometiese al teléfono y lo hiciera sonar con la voz de Lucía.
Y, con el alma llena de empeños, la buscaba en cualquier sitio adonde iba. No me importaba la hora ni el lugar: en la calle, en el metro, cualquier sitio me era propicio para observarlo todo a mi alrededor, «como quien mira la vida pasar».
«Todas las flores». Siete. Presuntos implicados, 1997.
Todas las caras eran importantes para mí. Cualquier gesto era una excusa para buscarla, como si encontrarla fuese lo más fácil en esta gran ciudad, como si antes de conocerla ya hubiera ocurrido. Jamás había visto antes a esa mujer, ¿por qué tendría que toparme con ella por azar?
Pero, a pesar de mi cruel destino, sumaba todas mis energías y plegarias para que sucediera, e incluso ensayaba nuestro encuentro como si ocurriera de verdad: fingía una enorme sorpresa en el rostro y juraba mil veces, totalmente pasmada, que había sido casual vernos en aquel inventado lugar; como si no llevara días buscándola.
Sentía el corazón crepitar en el fondo del pecho al imaginarme la situación. La vivía en mi mente y la sentía en mi alma como cierta, igual que un creyente cree ver el camino a través de los ojos de Dios. Soy religiosamente creyente en ella.
Pero, parada en un semáforo en rojo, acechaba cada rostro femenino y ninguno de los ojos que miraba y me miraban eran los suyos.
Antes de que mis sentidos descubrieran su notable belleza en este mundo, mi vida era mucho más fácil y llevadera.
Todas mis carencias las sustituía con mi afición.
No creo que haya manera más auténtica y sincera que dejar fluir la música entre mis dedos, despojándome de complejos e inquietudes, liberando el alma y dándole alas al sentido del oído, completando ese día y mi vida.
Y, sin remedio, sentía que su ausencia no la suplía nada.
Todo lo que antes me revivía, entonces perecía en el olvido, tenía que mendigar al cielo un poco de auxilio para que este pobre corazón solitario, que ya no latía igual sin la presencia de Lucía, lograse palpitar como antes, sin esa añoranza doliente.
Al otro lado de la moneda estaba mi guitarra.
Me miraba sola, triste y sin vida, apoyada contra la pared.
Me miraba, siempre receptiva a mis dedos, esperando mi música para poder hablar.
No comprendía su destierro, mi hastío, mi escasa inspiración, mi vaga creatividad.
Ya nada me impulsaba a estar en su compañía.
Horas y horas tocándola, persistiendo acordes, inventando arpegios…
, ya nada me arrastraba a su mundo, donde siempre había estado protegida, a gusto y feliz.
Todo había cambiado, pero la estreché entre mis manos, intenté recuperar algo de lo que tuvimos; todas sus melodías no hacían otra cosa que recordarme mi más doloroso anhelo.
«Si tú no estás aquí». Lunas rotas. Rosana, 1996.
Si (Mi) tú no estás aquí, (Fa) no sé qué (Sol) diablos hago (Do) amándote.Si (Mi) tú no estás aquí, (Fa) sabrásque (Sol) Dios no va a entender por qué te vas.
Pero un día sonó el móvil. Su timbre repetitivo se manifestaba insistente, reclamaba mi atención.
Totalmente pasiva, por más que se jactara en pitar, no era para nada mi prioridad.
Mi vago interés se inclinó hacia el aparato chillón.
Mis ojos se abrieron de par en par, sorprendidos: en su pequeña pantalla se iluminaba el nombre de Lucía, parpadeante.
Mi superasombro provocó que casi se me escurriera de entre las manos y mi respiración se aceleró al instante, sentí fluir la sangre por mis venas a mil por hora. Y, por fin, descolgué antes de que se acallara su timbre.
—Hola, qué sorpresa —dije, atolondrada.
—Sorpresa la mía, que pensé que no querías descolgar —me recriminó.
—Sí, mujer, es que no… no lo escuchaba bien dentro del bolso.
—Buenas tardes. ¿Cómo va todo? —dijo ella, airosa.
—Eh…, bien. Trabajando —respondí, bloqueada.
—¿Qué haces el jueves a las seis de la tarde?
—Acabo a esa hora de trabajar. Si es necesario, mis padres son flexibles con los horarios. ¿Qué propones?
—Pensé si te… ¿te apetecería acompañarme a un concierto?
El corazón me iba a estallar de alegría. Íbamos a vernos y quería verme a mí; había pensado en mí para ese concierto. Me sentía halagada y emocionada, y mi voz no pudo disimular mi entusiasmo.
—¿Un concierto? Genial. ¿De quién?
—No es un concierto de música moderna.
—No importa. Sí, sí, dime —dije muy interesada.
—La orquesta donde tocaba mi padre da un concierto en un pequeño teatro. Es más bien una reunión de amigos y familiares para recaudar fondos. Es algo que suelen hacer anualmente y siempre me gusta colaborar. Y este año a mi madre no le apetece ir y pensé que tú querrías, si podías…
—Sí, sí, vale, ¡me apunto! —dije rauda, interrumpiéndola—. ¿Cómo quedamos? ¿Tomamos un café antes?
—Te mando un mensaje el jueves y te digo cuándo y dónde, ¿vale? Hoy todavía no sé si podré salir antes del trabajo. Estoy algo liada con diferentes planos; mi jefe es un poco… acaparador. —La oí reír.
—Me parece bien —le dije, resignada—. Como mejor te vaya a ti.
Se hizo un mutismo de unos segundos entre las dos. Oí su respiración a través de la línea y me pregunté si ella también se sentiría partícipe de la excitación de volver a vernos, igual que yo la experimentaba.
Alocados, hervían mis sentimientos a flor de piel en mi interior.
Me apetecía horrores charlar un buen rato con ella.
Echaba tanto en falta aquellas conversaciones antes de dormir.
Pero aún me perduraba el impacto de su llamada, que interfería, obstaculizando mi hipotálamo, bloqueando mi genialidad y no dejándome articular un comienzo de algo interesante y fluido.
—¿Aún estás trabajando? —dije al azar.
—Sí. Te llamo desde las oficinas. Aún me quedan un par de horas.
—¿Y cómo te va?
¿Qué me importaba a mí su trabajo? Yo solo quería escuchar su voz y alargar aquel momento.