La última noche #2
Se hizo un silencio sepulcral. Miré hacia Lucía, que, semiincorporada en la cama, me miraba con el ceño algo serio.
—¿Qué es lo que no crees? —me dijo, extrañada.
Me levanté, sentándome de nuevo en la cama. Ella me clavaba su mirada, esperando una explicación. Tragué saliva antes de hablar. Las ideas en mi cabeza iban revolucionadas intentando aclarar lo dicho anteriormente.
—Creo que la base de la reencarnación es… —Las palabras se me aturullaban en la boca—. Su fundamento es volver nuevamente a la vida siendo alguien que jamás fuiste en la otra, alguien totalmente diferente, para enmendar o mejorar lo que hiciste mal en tu vida pasada.
Ella me atendía poco convencida.
—¿Quieres decir que mi padre podría volver de nuevo siendo un simple carnicero? —dijo Lucía, recelosa.
Su interrogación hacía parecer frágil mi reflexión.
—Está claro que no solo somos algo físico.
Nuestra propia alma, nuestra energía, siempre queda ahí, en suspensión —dije, temerosa—.
Quizás a ese simple carnicero le quede un resquicio, unas pequeñas gotas de esencia de quién fue y, a pesar de su humilde profesión, aún tenga un buen oído musical, aunque en su nueva vida no llegue nunca a tocar ningún instrumento.
Lucía volvió a tumbarse boca arriba y añadió, socarrona:
—No me imagino a mi padre cortando chuletas y, a la vez, escuchando la Séptima de Beethoven.
Las dos nos miramos al instante y Lucía soltó una carcajada que retumbó en toda la habitación.
—Bueno, quizá no se dedica a eso en concreto. Podría ser un camionero, un obrero, un pintor o, no sé, ubicarlo en alguien más «pijo», más serio, un agente de bolsa, un político.
—¿Pijo?, ¿mi padre? ¿Político? —dijo, parecía enojada—. Me es imposible imaginarlo amasando dinero o creando una plataforma política heterosexista y conservadora.
—Sí, bueno, pero no todos son unos ladrones y unos mentirosos embaucadores —dije, temerosa.
—Ah, ¿no? ¿Tú crees? —añadió con mirada burlona.
Era imposible no reírse de sus opiniones y las dos lo hicimos con tales ganas que llegué a sentir la mandíbula agarrotada.
En sus frases se escondían verdades realistas, aunque con unas gotas de sarcasmo.
Me resultaba desconcertante su humor. En ocasiones, no sabía si hablaba en serio o si invitaba a la risa más alocada.
Indudablemente, sus burlas me eran indiferentes. Ángel o diablo, yo la adoraba igual.
A la mañana siguiente amanecí con un mal humor poco habitual en mí, aparte de mi dolor de cabeza de costumbre. El día era sombrío y frío y yo me sentí igual que el tiempo, nublada y, sobre todo, lluviosa por dentro.
Apenas nos dirigimos la palabra. Un «buenos días» fue el principio y el final de nuestro diálogo matutino. Recogimos la habitación prácticamente en silencio, guardamos lentamente cada una sus enseres, como si no nos conociéramos de nada.
Quería decir tantas cosas que no sabía por cuál empezar, algo que no fuera discordante con la situación.
Cualquier cosa me hubiera bastado, cualquiera que originara una leve conversación con Lucía.
Ni siquiera dio resultado el típico «qué mal día hace, ¿no?
». Solo obtuve un «sí», rotundo y seco, ni siquiera me miró a la cara.
La lluvia no cesaba en mí. Cuanto más avanzaba la mañana, más se acercaba el final, me sentía cada vez más frágil, triste y desvalida.
Desayunamos sosegadamente, todas juntas en la minúscula cocina de Gloria, como colofón de aquellos días en comunidad. Hicimos balance del tiempo compartido y el resultado positivo fue unánime. Juramos y perjuramos repetir la hazaña y, así, sellamos el encuentro para después de Navidades.
¿Cómo podía esperar tanto tiempo?
Sentí deseos de levantarme y oficiarles en voz alta un mitin extensísimo de todos mis motivos para quedarme allí para siempre; exponer todas mis urgentes razones de por qué no podíamos pasar horas, días, meses hasta volver a vernos.
Pero ¿qué podía decir que no sonara estrambótico y con un mínimo de lógica y comprensión?
Opté por quedarme quieta frente a mi café con leche, aun sintiendo la sangre hervir de rabia en mi interior. Obligué a mi rostro a delinear un aspecto comedido y complaciente, que nada tenía que ver con mis desesperados pensamientos.
Bajamos las maletas de Ana y Lucía y las cargamos en el coche.
No podía dejar de mirarla. De reojo indagué sus movimientos, como esperando que fuesen similares a los míos.
Pero sus gestos eran solitarios, serios y crueles.
Y mi aturdido juicio caía sin remedio en un oscuro abismo del que no era capaz de resurgir.
Llegó el momento. Ana se despidió besándonos a todas con el típico «hasta pronto».
Lucía besó a Silvia, abrazó a Gloria y conversó algo con ella. Me congeló la espera y se me hizo eterna; quería mi pequeña dosis de atención, la ansiaba. Las dos se reían elocuentes y, entonces, se giró hacia mí, zanjando así el último comentario con Gloria.
Nuestras miradas se quedaron fijas en el espacio y el tiempo, como imantadas, sin poder desviarlas durante unos segundos. El tiempo se paró y todo a mi alrededor se insonorizó. Así lo sentí yo.
Las chicas hablaban entre ellas, pero yo no las oía. Los coches pasaban cerca, pero sus motores no despedían ruido alguno. Solo podía atender a los pasos de Lucía, que avanzaba hacia mí a cámara lenta.
Extendió su mano derecha y yo la estreché en la mía. Me clavó una mirada severa y me dijo:
—Encantada de conocerte.
Su frialdad me dejó totalmente atónita, petrificada, no pude ni parpadear. Cualquier palabra o argumento fue inútil para mi bloqueo cerebral, permanecí en blanco. Aquella despedida glacial y su mano helada en la mía me transmitieron una lejanía doliente e incomprensible.
Lucía se echó a reír y, tirando de mi brazo hacia sí misma, me dijo sonriente:
—Dame un abrazo, tonta.
Se agarró a mi cuello con desesperación, descongelando con su tibio cuerpo mi corazón, que apenas latía del asombro, aliviando al momento el duro golpe.
La estreché por la cintura y dejé que su fragancia me hiciera olvidar por un instante su partida.
Se despegó de mí y, mirándome de frente, me dijo:
—¿Creías que no quedaba un cariñito para ti?
—Creí que te habías ya reencarnado en un serio político —le contesté.
—No digas tonterías —añadió socarrona—. Sabes que no me atrae para nada la política, pero sí quedar contigo algún día para hacer un café.
—Claro que sí —dije rauda. Me plantó dos besos, uno por mejilla.
«19 días y 500 noches». Joaquín Sabina, 1999.
Sus labios, pegados a mi oído, musitaron unas palabras:
—En la habitación he dejado mi número, llámame.
Aquel dulce «llámame» rebotó en mi cerebro y un agradable escalofrío alcanzó mi alma.
Se despidió de todas con un grito de «¡nos vemos, chicas, un placer!». Ana la esperaba al volante y ella se sentó a su lado. Las despedimos con la mano alzada, como quien dice adiós a un barco que zarpa.
El coche azul metalizado de Ana arrancó y se alejaron lentamente, mezclándose con la velocidad de los demás vehículos que rugían a su alrededor, formando una serpiente larguísima de colores que, en pocos segundos, me privó de alcanzarlas con la vista.
Su azul metalizado, empujado por todos aquellos colores con ruedas cada vez más rápidos, me arrebató el arcoíris entero, dejándome solamente los tristes grises y negros en mi mente, cuerpo y alma.
Silvia, Gloria y yo volvimos a subir al piso. Recogimos nuestras cosas y lo cerramos todo a cal y canto.
Antes de marcharnos, me encerré en la habitación que había compartido con Lucía. Apoyada en la puerta cerrada, miré a mi alrededor, intentando encontrar el presente que Lucía había dejado para mí.
El sutil olor de su perfume aún se podía percibir entre aquellas cuatro paredes, recordando una vez más a mi desolada vida su ausencia.
La mesita que dividía las dos camas me llamó la atención.
El cajón superior estaba entreabierto. En dos zancadas me puse frente a él y lo abrí presurosa, descubrí la nota en su interior: un papel cuadriculado perfectamente doblado.
Lo desdoblé y una letra redondeada y ligeramente inclinada hacia la derecha me hizo coger aire antes de comenzar a leer:
«Mi alma perdida». Pájaros en la cabeza. Amaral, 2005.
Ojalá nunca cambieesa forma que tienes de estar en el mundo.Ojalá que el tiempono te cambie.
636 21 8X XX Lucía 🎶
Sus palabras me llegaron muy adentro y repercutieron en mi desconsuelo de no verla. Me guardé su número como un tesoro. Era mi salvavidas, mi única oportunidad, el fino puente que podría unirme nuevamente a Lucía.
El papel desprendía un olor peculiar. Me lo acerqué a la cara y aspiré su aroma, a la vez que cerraba los ojos. Durante unos segundos advertí su presencia física en aquella habitación, como si estuviera realmente a mi lado, susurrándome melodiosamente «llámame, llámame».
Quise creer que había perfumado la nota aposta para mí. No lo sabía con certeza, pero mi añoranza necesitaba creerlo así.
El trayecto de vuelta lo hice totalmente en silencio.
Gloria y Silvia no paraban de hablar de mil cosas, pero yo no las alcanzaba a oír, envuelta en mis innumerables recuerdos, analizando todos los momentos vividos en aquellos tres días: sus palabras, su risa, su voz, su torso desnudo y su beso, que se reproducía una y otra vez en mi entendimiento, cruelmente.