La última noche
¿Y qué podía hacer yo? Yo, que no era nada para ella, que tan solo giraba alrededor de su vida, exactamente igual que un satélite a miles y miles de años luz, sin poder rozar su estela, sin siquiera poder llegar a soñar su amor.
Yo, que no podía ofrecerle un futuro y que carecía de tiempo, anhelaba el suyo.
Sin todavía perderla, ansiaba sus horas, sus días, mucho más que poseer yo misma más horas, más días, más tiempo.
Decidimos acostarnos algo más pronto, pues al día siguiente, temprano, habría que recoger todo y cada una marcharse a su respectivo hogar.
Al salir del baño, después de un buen cepillado de dientes, me propuse como principal objetivo cerrar los ojos y olvidar aquel día tan melodramático para mí.
Parada en la puerta de mi propia habitación, medité el dilema: si llamar o no antes de entrar.
Si lo hacía, mi acción quedaría muy discreta y educada.
Pero, si me saltaba las normas, cabía la remota posibilidad de pillar a Lucía de forma indecorosa, sorprendiéndola a medio vestir, intentando tapar su pudor con las palmas de las manos y yo, tunanta, pidiendo perdón por mi entrada, con los ojos bien atentos, acechantes de depredador.
«Pasaporte». Kany García. Kany García, 2012.
Toda aquella chispeante probabilidad me mantenía palpitante, en un subidón de emoción, dándome un pasaporte hasta la luna de euforia.
¡Maldita sea! ¿Quién quería ser políticamente correcta la última noche?
Abrí la puerta de sopetón.
Lucía, apoyada en el borde de la ventana abierta, estaba fumando un cigarro. La suerte no me era propicia y mi decepción, unida a mi cara de tonta, extrañó a Lucía, que me miró con rareza.
Cerré la puerta y, a pesar de que entraba un frío que pelaba a través de la ventana abierta, la acompañé, arrimándome al margen de la ventana.
—¿Cuándo vas a perder esa mala costumbre de oler a cenicero? —le dije descaradamente.
Sin mediar palabra miró al infinito, repleto de silencio y con mil antenas que rasgan el cielo gris. Aspiró el cigarrillo y, tras unos segundos, soltó la calada al exterior, que se disipó lentamente en el viento.
«Los tejados». La danza de la ciudad. Cómplices, 1990.
—No quiero marcharme —dijo, sin contestar a mi pregunta.
Me quedé inmóvil mirándola, percibiendo cómo una extraña oleada de tristeza me erizaba la piel. Me transmitió su melancolía al instante, bloqueándome cualquier posible palabra ocurrente. Solo ella cortó el silencio que nos distanciaba, añadiendo:
—Fumo muy poco, solo alguno cuando estoy nerviosa.
¿Nerviosa? ¿Qué era lo que la ponía tan nerviosa? ¿Nosotras?, ¿este lugar? ¿Quizá yo? Qué más quisiera ser yo el motivo de todas sus inquietudes. Después de la confesión que acababa de hacer, ¿a quién le importaba ahora su nerviosismo? Quería seguir aprendiendo más de ella, que se abriera más a mí.
—¿Por qué no quieres irte? —le dije, dejando atrás lo del cigarro.
—He estado muy a gusto estos días y odio volver a la rutina y al trabajo cuando lo paso tan bien —me dijo mirándome y posando su mano en mi hombro—. Además, estás tú.
Sentí que las piernas me flaqueaban y la garganta se me secó al instante.
—Eres una tía genial —añadió, y su mano subió hasta mi cuello—. Además de una pecosa guapísima, y tú me…
Llamaron a la puerta, acallando sus palabras. Quitó al instante su mano de mi cuello y, mientras las dos mirábamos hacia la entrada, a mi cara se le adhirió esa expresión de cuando, de repente, te cae un cubo de agua fría sin saber el motivo.
—Chicas, mañana ponemos todas el despertador a las ocho, ¿vale? —Era Silvia.
—Vale, gracias, Silvia. Hasta mañana —dijimos las dos al unísono.
Aún miraba la puerta cerrada cuando me percaté de que la atención de Lucía seguía siendo yo.
Aún me miraba. Sentí su mirada clavada en mi nuca y me armé de valor, girando la cabeza para encontrarme con sus ojos, que, de repente, apartó, volviendo a admirar el cielo estrellado, sin reanudar la conversación.
Aproveché su pudor para adorar su presencia en silencio.
Sabía de antemano que su mirada no volvería atrás.
Observé sus piernas bajo el pijama, su cuerpo, sus pechos, su cuello blanco y estilizado.
Sentí deseos de tocarla, de besarle el cuello.
¿Quizá no lo interpretara como un acto sexual?
Y todo podría quedar como un gesto amable y sin importancia.
Ella poseía esa forma de actuar que tienen algunas personas, de tocarte, de acariciarte mientras te hablan o te explican algo, sin que pasara nada. ¿Quizá no le moleste? Aunque un beso en su cogote no creo que lo encajara como un gesto infantil.
Yo, que deseaba fervientemente tocarla, abrazarla, acariciarla, no hacía ni el más mínimo acercamiento por miedo al rechazo.
Sin embargo, ella, en todo momento y conversación, elevaba su mano a la vez que su voz y acompañaba sus palabras con acciones, de piel a piel, como si de antemano se le hubiera dado permiso.
Volví atrás en el tiempo, en las horas, en los días pasados, y no recordaba haber visto en ningún momento que se valiera de esa misma costumbre con las demás.
Eso me hacía sentir valorada, pero a la vez muy confusa.
Apoyé los codos en el marco de la ventana, me arrimé hacia ella y, cuando mi brazo se pegó al suyo, le dije mirando a la nada:
—¿Te gusta el mar? A mí me gusta mucho, me encanta el mar, la costa, mojarme en sus aguas, nadar contra las olas, sentir el salitre resbalando por mi piel. El sol, las rocas, el agua, la arena, la fauna e incluso el típico chiringuito, todo me gusta.
»Creo que el paraíso debe de ser como una isla desierta, rodeada por un inmenso mar verde azulado, repleta de arena fina y blanca como el mármol, y un sol cálido, protector y regenerador.
»De niña, siempre veraneábamos en un apartamento en la costa, en una pequeña cala bastante solitaria.
A mi padre le encantaba pescar y a mi madre nadar.
Yo, sin embargo, habré construido cientos de castillos de arena y atesorado miles de conchas de diferentes tamaños y colores, pues me maravilla bucear.
Me encanta dormirme con el sonido del vaivén de las olas, el permanente sabor salado en los labios y esa brisa fresca y húmeda con olor a sirena que lo inunda todo.
Es una afición de la que no puedo prescindir.
Y lo que más me cuesta del mundo es abandonar una playa para volver a la rutina.
»Es horrible empezar de nuevo en casa cuando has estado en un sitio que te encanta. Entiendo perfectamente lo que sientes.
—Yo las estrellas y tú el mar. No es mala conjunción, ¿no crees? —me dijo, con un brillo en los ojos de niña traviesa.
—No es mala, no, pero solo nos veríamos de noche —dije yo, pensativa.
—No importa —añadió Lucía—. De noche sube la marea y estaríamos aún más juntitas.
»Además, a diario contemplaríamos el amanecer. También nos despediríamos todas las noches con el brillo de la aurora. No es para nada mala despedida, ¿no crees?
¿Intentaba seducirme o solo me lo parecía a mí? Me quedé pasmada, queriendo añadir algo coherente que siguiera la línea de aquella charla, pero mi sorpresa no me dejó dar ni un paso ni añadir nada con un poco de gracia.
Ojalá se hubiera manifestado de alguna manera su costumbre de tocarme mientras me daba conversación.
Me habría dado pie a reafirmar mis suposiciones y quizás algo de valor.
Pero no supe qué decir. Tiró el cigarrillo, cerró la ventana y se dispuso a introducirse sola en su cama, echando al traste toda posibilidad de que su cielo y mi mar se fusionaran de alguna manera durante aquella noche.
Yo sola, en la frustrada soledad de mi cama, atendiendo a mi ropa de noche, cambiándola por la de día, preparándome para acostarme, pero, a la vez, como un buen «agente secreto», de reojo, espiaba a Lucía.
Ella, quieta, descansando en la suya, observando el techo con veneración, como si de él emanaran recuerdos hechizantes a los que no pudiera dejar de atender.
Me miró para hacerme un comentario.
—A mi padre le encantaba también el mar.
—Hizo una pausa, pensativa—. Decía que el movimiento de las olas acariciando a las rocas en la orilla era un perfecto metrónomo natural que poseía la madre naturaleza para inspirar y guiar al artista, e irradiarle la energía de sus cambiantes mareas, despertarle y estimularle la imaginación hacia obras maestras latentes en su mente, las que esperan nacer.
Sentada en el borde de mi cama, escuché sus palabras atentamente y, durante unos segundos, mi mente me proyectó en una playa desierta.
Bañada por la luz de luna, envuelta en caricias de arena fina rozándome los pies, y unas olas mansas haciéndome cosquillas al cubrirme los tobillos.
Frente a mí, Lucía, extendiendo sus brazos hacia mí, esperando paciente estrecharme las manos, mirándome deseosa, dulce, sonriente; cubriendo su delgado cuerpo con una blusa clara, porosa y transparente, dejando entrever su delicada desnudez.
La voz de Lucía me espabiló de mi sueño transitorio, me despertó impulsivamente.
Seguía hablándome de su padre, pero mi mente aún permanecía embelesada en aquella playa.
Analicé lo dicho por su padre y reafirmé sus palabras como ciertas.
El mar sí que despertaba la imaginación. Lo pensé en propia piel.
—Lo recuerdo horas y horas, tardes enteras practicando, ensayando frente al mar, con su habitual sombrero de paja y su fiel violín perfectamente afinado.
Tenía muchos amigos artistas que vivían en la costa, desde escritores a tenores, poetas, pintores, escultores.
Aprovechaban la brisa del mar y sus atardeceres para reanudar sus inspiradas creaciones.
Todos se abastecían del ascenso de las mareas para reavivar a sus musas y poder perfeccionar sus obras.
Estoy totalmente segura de que estará allí arriba, reencarnado en algún pequeño querubín alado, intentando sacarle alguna buena nota a su arpa.
—No creo —dije tumbada en mi cama, mirando el techo que tanto agradaba a Lucía.