Mi problema Inerte #2
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Inerte #2

Las chicas regresaron al atardecer, muy contentas y alborotadas.

En la comodidad oscura y cálida de mi cama, las oí entrar como una jauría.

Mi tranquilidad había llegado a su fin y debía levantarme para compartir algo del día con ellas.

Aunque mi realidad era que solo deseaba fervientemente ver a Lucía.

Enseguida la puerta de la habitación se abrió y la luz encendida del pasillo entró como un fogonazo, volviendo a perforar mis pupilas.

Sabía que la preocupación de Gloria se haría presente en el mismo instante en que volviera.

La puerta se cerró nuevamente y todo quedó en silencio y a oscuras.

Preferí manifestar mi despejada mejoría.

—Acércate, estoy despierta —dije.

En la oscuridad completa, unos pasos avanzaron hasta el borde de mi cama y, al sentarse, le dije:

—Me encuentro mucho mejor y voy a levantarme.

Su mano izquierda se posó en mi frente y acarició con ternura mi sien hasta llegar a las mejillas.

La derecha tocaba mimosamente el pelo de mi nuca, deslizándose con timidez por mi cuello hasta alcanzar la garganta.

Su masaje me pareció muy estimulante y lo disfruté con los ojos cerrados.

La yema de sus dedos palpó con suavidad y lentitud todo el contorno de mis labios y, entonces, abrí los ojos de par en par, abrumada, pues me descolocó completamente que Gloria me obsequiara con tanta sensualidad desmedida.

Sentí su respiración a centímetros de mí y su aliento rozaba la piel de mi cara como una brisa tenue al borde del mar. Pero fue su perfume el que me reveló que no era Gloria quien no me hablaba.

La puerta se abrió de par en par y la luz se encendió acto seguido.

Gloria nos miraba en silencio desde el quicio de la puerta.

Me observó unos segundos sin añadir nada, con mirada desconfiada y recelosa.

Sin girar la cara, solamente con un ligero movimiento de ojos, miró a Lucía, que se había levantado bruscamente justo en el instante en que el pomo de la puerta había girado para abrirse, se había quedado de pie a mi lado, como en suspensión.

Me volvió a mirar. Miró a Lucía. Nuria. Lucía. Nuria…

Intenté arreglar aquella situación tan extraña e incómoda y clarifiqué diciendo:

—Le decía a Lucía que estoy mucho mejor.

—Y va a levantarse —dijo Lucía al momento, corroborando mi mejoría.

—Ya…, ya veo —dijo Gloria con desconfianza—. Pues te preparo algo caliente para cenar, ¿vale?

Salieron las dos de la habitación sin dirigirse la palabra y me quedé sola, sin saber qué ponerme y con una duda indescifrable sobre lo ocurrido minutos antes.

Al entrar al comedor miré hacia la mesa. Solo había un plato con comida, un enorme tazón de sopa humeante. Deduje que era mi exclusiva y suculenta cena y me adelanté para ocupar mi asiento ya asignado.

Todas se dirigieron a mí, atentas e interesadas en mi salud. Tras la explicación previa a sus amables preguntas, me senté en mi sitio a esperar que las demás me acompañaran.

Al instante entró en la sala Gloria con un par de platos de comida, mucho más jugosa que la mía. Me dirigió una leve sonrisa, alegrándose de mi mejora y de mi presencia allí. Las demás pusieron los cubiertos, platos y bebidas, completando así la mesa.

Me quedé quieta, en silencio en mi asiento, advirtiendo de reojo cómo Gloria se separaba unos pasos hacia atrás, esperando a que cada una eligiera su sitio en la mesa.

Lucía se apresuró a sentarse a mi lado y me regaló una dulce mirada mientras me decía:

—¿Todo bien?

Asentí con la cabeza y bajé la mirada, incómoda, ruborizada por completo, sabiendo perfectamente que Gloria nos estaba mirando, implacable, acechando nuestros movimientos, intentando adivinar algo entre nosotras, inexistente.

Me sentí débil, inquieta y pequeña al percibir su desconfianza y vigilancia.

Me noté como descalza en un suelo de cristales rotos, ante el filo cortante de su mirada, ante una especie de celos enfermizos que ni siquiera yo comprendía.

Sabía que esperaba captar entre nosotras un hilo de algo, un idilio, un romance, algo que solo vivía en su absurda sospecha.

Gloria se sentó la última a la mesa. Quise mirarla, pero me prometí varias veces no hacerlo.

Finalmente levanté la vista con tiento, lentamente, atendiendo a las palabras de Silvia, disfrazando la mirada para poder ojear disimuladamente a Gloria, que, desafiante, buscaba la mía, esperando clarificar sus dudas y reclamándome una explicación.

Silvia contaba con detalle la excursión que hicieron aquel día a un pequeño pueblecito totalmente edificado en pizarra y piedra.

Gloria les había mostrado la iglesia, un reducido edificio románico con su campanario restaurado.

Todas hablaban alucinadas del grabado de figuras y rostros que lucía aquel sencillo retablo del siglo xi, tallado en madera, que se alzaba en la bóveda más alta y central de la iglesia.

Con una voz templada, Lucía se dirigió a mí, como intentando, con su tono leve, no romper el fino hilo que me unía a mi carente apetito, a mi casi renuncia a volver a levantar la cuchara llena de sopa.

Seguí comiendo a mi pesar. Preferí eso a una descomunal reprimenda por dejar el plato lleno.

—Me ha dicho Gloria que no te gustan nada las iglesias —me comentó Lucía.

Me sorprendió el interés de Gloria por contarle cosas de mí a la persona que, se suponía, la irritaba por manifestar su «desmedida afiliación» hacia mí.

—No me molesta para nada el edificio en concreto, más bien los que viven dentro —le dije sinceramente—.

Si Dios está en todos los sitios, en todas las cosas, ¿para qué grandes templos y majestuosas catedrales?

Si él te puede ayudar en cualquier lugar, en el mercado, en la biblioteca, en la piscina…

Creo que no se necesita derrochar edificando algo estrambótico para, simple y únicamente, pedir con humildad un poco de amparo.

Me parecen lugares muy cultos y bellos para visitarlos, pero me molesta la hipocresía de quien los mantiene en pie.

Improvisé un discurso que Lucía escuchaba con atención y convicción, mientras yo no podía dejar de pensar lo guapa que estaba aquella noche y cuánto la había echado en falta durante el día.

Silvia colocó un par de velas en el centro de la mesa, creando una luz más tenue y acogedora.

Con el reflejo de aquella pequeña llama, los ojos de Lucía se tornaron de un verde oliva oscuro.

Con el pelo mojado y peinado hacia atrás, su cara lucía más brillante y despejada.

Sus labios carnosos, perfilados de carmín, dibujaban una prominente sonrisa que me dejó totalmente hechizada.

Tras los cafés, me ausenté un instante a mi habitación para tomarme las pastillas. Las puse todas en mi mano y las miré un segundo.

«¿Por qué tengo que tomármelas?», me pregunté.

Sabía con certeza que Lucía era quien anulaba mi problema, lo disipaba.

Sus palabras amainaban el dolor como en una dulce melodía.

Su voz me inducía al sueño y a la sanación.

Toda dolencia se desvanecía a su lado. Y, tras aquella noche, ¿quién sanaría mi problema?

Al día siguiente, cada una partiríamos hacia nuestras respectivas casas, siendo aquella noche la última cena junto a las chicas y Lucía. Aquel pensamiento me atormentaba. Pensar que posiblemente fuese la última vez que la vería comenzaba a agobiarme o, más bien, a aterrarme.

Me tomé las pastillas todas de una vez e intenté serenarme, sentándome en la cama abrazada a mi guitarra, pues no hay tristeza sin canción.

«Moriría por vos». Estrella de mar. Amaral, 2002.

La última (Sol) cena (Sol7) para los (Do) dos,pero esta (Sol) noche moriría por (Do) vos.

Levanté la vista y, al abrir los ojos, me sorprendió la presencia de Lucía, apoyada en el marco de la puerta, escuchando mi lamento musical.

—Vaya, esta canción me gusta mucho más que la que me dedicaste la otra noche —me dijo, mordaz—. Podríamos ir juntas algún día a ver un concierto, ¿sí?

Con una sonrisita de asombro le contesté que volver a vernos con música estaría más que bien. Pensar que, después de aquella noche, pudiera haber otras más para ver a Lucía me hizo sentir mejor, aunque no duró.

La tristeza, por momentos, me envolvía sin poder desenredármela.

Saber que, tras aquel día, no quedaría nada de mi compañera de habitación me martirizaba.

El fantasma de su partida me recordaba cada instante que la mañana siguiente sería la última que amanecería junto a ella y que, después de aquellos días vividos en el apartamento de Gloria, nada volvería a ser igual.

Todo aquello me hervía por dentro. Sentí coraje, rabia por no poder eludir el final, lástima de mí misma por no hacer nada que pudiera cambiar aquel fin.