Mi problema Inerte
39%

Inerte

Tras unos minutos apartadas de la pista, comencé a experimentar una sensación de energía excesiva, un vigor poderoso; un poder que me arrastraba, me poseía, me elevaba por encima de todas aquellas cabezas. Todos a mi alrededor menguaron y los veía por debajo de mis rodillas; o yo me crecí.

Todo mi campo de visión se centró en un solo lugar, en una sola persona, en un objetivo fijo. No podía dejar de mirar a Lucía. Danzaban alrededor suyo, bella, sensual, cautivadora; todo aquel grupo de gente comenzó a sobrarme y a incordiarme.

Me sentía valiente y atrevida: valiente de aventurar mis sentimientos sin temor; atrevida de acercarme a ella y mostrárselos sin pudor alguno. En mi atrevimiento rozaba incluso la posibilidad de llegar a tocarla, quizás abrazarla.

Mis pasos cada vez eran más lentos, más pesados, y mi propósito empezó a parecer inalcanzable. La música aumentó de decibelios en mi cabeza y sentí latir mi corazón en el centro de mi cerebro. El estómago revuelto me provocó contracciones que me dejaron temblando; me hervían los ácidos por dentro.

Todos aquellos cuerpos y sombras comenzaron a dar vueltas a mi alrededor, incluso el local. Las paredes se movían y el techo subía y bajaba al compás de la música, aquella música que perforaba mi cabeza como si fuesen puñales.

Sentí un mareo, sentí náuseas, sentí… no sé, me sentí fatal y cerré los ojos para aspirar un poco de aire, aire que no estaba en toda la discoteca. Noté unas palmadas en la cara que me dolieron y me atosigaron. Abrí los ojos. Era Gloria, con la cara desencajada, y repetía una y otra vez:

—¿Cómo estás? ¿Te encuentras mejor?

Miré a mi alrededor, estábamos las dos solas en la calle.

—¿Puedes andar? —me dijo tiernamente, palpándome la frente.

—¿Qué ha pasado? —dije, aturdida.

—Te has mareado dentro y, entre todas, te hemos sacado. Ellas han ido a por los abrigos y bolsos.

Sabiendo de antemano que nada de lo que dijese remendaría lo ocurrido, me embargó una enorme vergüenza, una ridiculez trémula, una especie de «mierda, la he cagado» sin arreglo alguno.

—Lo siento, os he aguado la fiesta.

—No digas tonterías, Nuria. Sabes perfectamente que la discoteca era pésima, no nos hemos perdido nada. ¿Has bebido algo? —me preguntó, muy preocupada.

—Sí —dije con franqueza.

—Joder, Nuria, sabes perfectamente que en tu situación no debes probar el alcohol —me recriminó.

—Lo sé. Solo quería divertirme y olvidar por un instante mi… mi problema.

Entonces me habló como una profesora de matemáticas enfadada, como si llevara semanas sin entregarle los deberes.

—No quiero que vuelvas a probarlo. ¿Me oyes, Nuria? No bromeo. Como vuelvas a beber, yo te… te mato. ¿Me comprendes?

—No te va a hacer falta matarme —le dije mirando al suelo—. Solo hay que dejar que mi problema siga su curso. No creo que se demore.

Fijó su mirada en la mía y, durante un instante, el tiempo se paró, creando entre las dos una pausa fría como el hielo. Sus ojos se tornaron cristalinos y me miró triste, derrotada, con compasión. Se aferró a mi cuello, me abrazó con fuerza y, casi sin dejarme respirar, me dijo al oído:

—No vuelvas a decir eso nunca. Esto va a acabar bien. No te quiero volver a oír decir eso nunca más.

Pero las palabras son, a veces, tan pequeñas para un problema tan grande, que nada de lo que me dijese doblegaría mi sospecha de entrever un final no deseado para nadie.

Cuando las chicas salieron del local, nosotras fingimos saber el motivo de mi indisposición: «un corte de digestión». Ellas aceptaron con credibilidad el diagnóstico, aunque algo extrañadas. Le había pedido a Gloria que no les contara nada sobre mi problema y ella había aceptado.

Hicimos el trayecto hasta el apartamento de Gloria muy pausado, sin prisas, a paso lento, pero ante la atenta mirada de todas hacia mi persona.

Tras mi dosis de barbitúricos, me deslicé entre las sábanas, como un pez escurriéndose entre las olas del mar.

Acurrucándome, intenté fortalecerme cerrando un segundo los ojos, buscando algo de estabilidad en la cabeza.

Debí quedarme dormida durante un instante, pues me sorprendió descubrir a Lucía sentada a mi lado, al borde de la cama, tocándome la frente y hablándome con suavidad.

Me parecía maravilloso tenerla tan cerca, como la primera noche. Toda la tormenta, truenos y relámpagos de mi cabeza se apaciguaban a su vera. Supuse que las pastillas ayudaron también, pero yo prefería creer que era ella quien me curaba.

—Creo que tienes algo de fiebre. ¿Te encuentras mejor?

—Sí, algo sí. Siento mucho que nuestra escapada nocturna acabara así —le contesté.

—Me asusté mucho al verte en el suelo —me dijo, acariciándome un mechón de pelo—. Ahora entiendo por qué no bebes ni fumas.

Quise apaciguar la conversación riéndome de mi propia situación, pero en verdad me costaba hasta sonreír.

—Estoy segura de que, en ese momento, no tenía ni tan siquiera un ligero parecido con Julia Roberts —le dije.

Adiviné un ligero gesto en la comisura de sus labios que ni siquiera llegó a ser sonrisa. Sin añadir nada, se levantó, se acostó en su cama, apagó la luz y me dijo en voz muy tenue:

—Intenta dormir algo. Mañana estarás mejor.

Me sentí culpable, culpable por haberles hecho pasar a todas por aquello. No sabía qué añadir ni qué hacer para enmendar lo irreparable. Antes de que el sueño nos arrastrase, volví a mencionar su nombre.

—Lucía.

—Dime —me dijo afablemente.

—Siento mucho lo de tu padre.

Durante unos segundos se quedó en silencio y creí haberla dañado aún más, me sentí miserable; pero, tras una pausa, retomó la palabra.

—Gracias, Nuria. Te hubiera gustado conocerlo, era un tío genial. Musicalmente hablando dejó cosas que algún día te mostraré.

Volvió a hacer una pausa de varios segundos para terminar diciéndome:

—Duerme, Nuria. Duérmete, que cuando duermes el daño es inerte.

¿Inerte? Inerte. Aquella palabra golpeaba mi mente una y otra vez.

Cobraba tanto sentido, una simple palabra en mi vida, en mi corta vida.

Me preguntaba si algún día, alguna mañana inesperada, me sorprendería a mí misma en otra vida, en otro mundo, en otro espacio, inerte, esperando mi sitio, mi purgatorio, mi cielo, mi infierno, sola.

Sola en mi realidad inerte, sin despedidas, sin abrazos, sin amigos, sin familia, sin mi guitarra… , sin Lucía.

¿Arrastraría a mi alma conmigo a esa otra vida o, por el contrario, se quedaría en esta, vagando como una lacra al lado de la persona amada?

Ocupando y acomodándose en otro cuerpo, esperando paciente ser descubierta por el alma por la que ha suspirado.

¿Podré yo vivir en mi eternidad inerte, o más bien morir, sin mi alma… , sin Lucía?

A la mañana siguiente desperté con la cabeza abotargada. Todo era confuso. El mal sabor de boca y la resaca no me dejaban recordar con claridad la noche anterior.

Abrí los ojos al sentir movimiento a mi espalda.

La habitación estaba en penumbra y la poca luz existente entraba en forma de hilillo a través de la persiana entreabierta.

El espejo del armario volvió a ser espía mudo, cómplice de mis más oscuros deseos, pero aquella mañana fue distinta a la anterior y la suerte se tornó propicia a mi favor.

Lucía, ya despierta y de pie junto a su cama, se reflejaba en el espejo con el torso completamente desnudo. Sus pechos turgentes urgían las telas calientes que, con dificultad, buscaban sus manos en la oscuridad.

Al espejo, clavados mis ojos como puñales, inmóviles, mudos, perplejos ante tanta belleza hurtada.

Ella ponía gran hincapié en no hacer el más mínimo ruido, ajena a mi quietud acechante y embustera. Se despojaba de su ropa de noche, colocándose otra de más abrigo, palpando con las manos las prendas escogidas, evitando encender la luz, igual que lo haría una persona carente de visión.

De repente, se abrió la puerta, dejándome completamente deslumbrada. Una luz blanca, brillante, se clavó en mis pupilas como agujas, cerré los ojos y simulé somnolencia.

Unos pasos se acercaron a la cama y me tocaron la cara. Abrí como pude los ojos. Era Gloria, con aspecto dulce y despejado. Hablamos de mi salud y la convencí de que no debía levantarme, que me repondría mucho más en la cama que con un buen desayuno, que seguramente terminaría vomitando.

Lucía, muy cortés, salió de la habitación, nos dejó que habláramos con mayor libertad.

Le pedí a Gloria, le rogué, le supliqué que no se quedaran en casa por mí, que por favor llevara a las chicas a visitar algo bonito mientras yo me quedaba descansando. Si algo necesitaba mi cabeza, y mi humillada persona, era silencio y quietud durante horas.

Ella comprendió perfectamente mis súplicas y se fueron sin mí a pasar el día por ahí.

Se despidió con un «hasta luego», no sin antes asegurarse de que siguiera a rajatabla todas mis pautas médicas.

Pasé gran parte de las horas como en un ensueño, medio despierta, medio drogada, sin tener apenas fuerzas para abrir los ojos, abatida completamente y envuelta en una especie de malestar extraño y tortuoso.

Solamente en los pocos instantes de lucidez, esforzándome muchísimo, pude pensar en Lucía.

En un par de ocasiones soñé con ella, pero fue algo fugaz y borroso; no recuerdo bien su contenido.

En varios momentos sonó el teléfono. Mis padres, a los que mentí nuevamente al no revelarles nada de mi recaída y fingiendo una vivaz energía que se creyeron, ajenos a mi estado febril.

Mi marido, al que no me acostumbraba a llamar «exmarido» y al que no me molesté en contestar.

Y Gloria, que, sintiéndose culpable y preocupada, llamó en distintas ocasiones.

Nada más colgar, me arrastraba la debilidad a volver a acurrucarme bajo las sábanas, sin poder evitar ese hipnotismo de ensoñación y debilidad.