Lo correcto y sensato #4
Todas giramos la mirada hacia una fachada pintada de color lila.
En la parte superior del enorme portón de entrada varias luces de neón descubrían el nombre del local: Gramola Disc.
Deduje que aquel lugar era el centro oficial de la marcha en el pueblo, por el ruido musical que ya emanaba de su interior.
No supe bien qué intentaba decirme Gloria con tanta protección y advertencia, pues no reanudamos la conversación al entrar en el local. Si su intención era protegerme de que no me hicieran daño, la verdad es que su recelo me dolía más que nada.
Silvia tomó del brazo a Ana y dijo:
—Venga, entremos a mover el esqueleto.
Tiró de ella hacia el interior de la música, y Ana cogió a Lucía, y Lucía atrapó mi mano, arrastrándonos a Gloria y a mí hasta el oscuro local.
Gloria observó el gesto de nuestras manos entrelazadas y, en voz baja, me dijo:
—Luego me negarás que no tienes guardaespaldas.
Opté por reírme de su ironía, restándole importancia, aunque sabía que aquello no quedaría así. No he conocido en la vida una persona más intuitiva que Gloria.
El local estaba completamente lleno. Creo que nosotras ocupamos el único hueco por metro cuadrado que quedaba libre.
La gran mayoría de personas eran veinteañeros.
Chavales jóvenes que bailaban todos del mismo modo, como poseídos por aquella música ratonera que repetía una y mil veces el mismo ritmo.
A nadie le importaba que la melodía careciera de creatividad, todos la bailaban como si fuera la última danza de sus vidas.
Las pocas personas de nuestra edad estaban sentadas en la barra y emparejadas.
Silvia fue la primera en animarse a bailar.
Se metió en el bullicio y no tardó en ser poseída por los mismos espasmos y movimientos de los demás.
Nos unimos a ella. Cada una, a su manera, intentó seguir aquel estrafalario ritmo, pero yo no conseguía lograrlo.
Me era imposible coordinar mis caderas con aquella música tan «chin chin pum», y los empujones de los demás tampoco me ayudaban.
Lucía me miraba y se reía. Supuse que era por mi torpe baile. Se acercó a mi oído para comentarme algo.
—Estas melodías modernas ofenden al oído, ¿verdad?
Es lo malo de entender realmente de música, que todo lo que no lo es, molesta.
—Sí, y mucho —le contesté.
—Pero yo tengo el antídoto —dijo, intrigante.
Era imposible abarcar visualmente todo aquel local, tan grande, oscuro y con tantísimas cabezas por encima de la mía. Lucía y Ana se alejaron de mí y, apoyadas en la barra, me hacían señales con la mano para que me acercara.
Cuando llegué a su altura, después de varios roces, codazos y empujones, me esperaban con una resplandeciente sonrisa y un chupito en la mano. Sin darme tiempo a rechazarlo, Ana ya me lo había entregado. Levantaron los suyos por encima de sus cabezas y, con un gesto vikingo, brindaron.
—¡Por nosotras! —gritaron las dos a la vez.
En una décima de segundo engulleron el líquido del vasito y acto seguido me miraron. Sus ojos expectantes esperaban mi respuesta. Miré el chupito en mi mano, las miré a ellas y volví a mirar el vasito indefenso.
Era un líquido transparente, parecía inofensivo, como agüita de manantial, pero en su fuerte olor se adivinaba su potencia. Me dije a mí misma que tampoco era para tanto. Sentí vergüenza de rechazar algo tan minúsculo. Levanté la mano ante ellas y lo bebí de un golpe.
Se reían orgullosas de la proeza, pero aquella odiosa bebida me quemó garganta abajo y me provocó un escozor en la lengua difícil de disimular. Noté un súbito calor que me bullía en el fondo del estómago y se me filtraba por los poros de la piel.
Volvimos a la pista con las demás y descubrí que me era aún más difícil coordinar los movimientos que al principio. Silvia se separó del grupo un momento y volvió enseguida. Con una señal de sus ojos, nos desplazó a todas a un lado de la pista, dejando atrás el centro y el bullicio.
Con prudencia, lentitud y reserva, nos mostró su secreto.
—Mirad lo que me ha dado una chica en los lavabos.
Abrió la mano, descubriendo su indiscreción. Era un porro, un canuto, un peta; en resumidas cuentas, marihuana. Nos reímos, cómplices de su osadía, y ella lo prendió. Aspiró la primera calada cerrando los ojos, degustando su sabor y, acto seguido, lo puso en mi mano.
—Pruébalo y pásalo —me dijo en voz baja.
Sin darme tiempo a hablar, Lucía se adelantó a mi criterio.
—Nuria no fuma.
Gloria clavó su mirada en la mía y, con sarcasmo, dijo:
—Vaya, no sabía que tu compañera de habitación tuviera poder de decisión sobre ti.
Silvia y Ana me miraron extrañadas. Sabían que ocurría algo, algo que no alcanzaban a descifrar, pero no añadieron nada, a pesar de sorprenderles el comentario molesto de Gloria.
Decidí pasar a la acción sin mediar palabra y demostrar delante de todas mi libertad emocional y de decisión. Puse el cigarro humeante en mi boca y lo aspiré un par de veces, acallando así dudas y comentarios. Se lo pasé a Ana, y ella a las demás, que siguieron la misma tónica de probarlo.
Lucía no hizo comentario alguno, aunque su decepción era palpable.
Gloria no dejaba de mirarnos, mientras disfrutaba de su triunfo y de su parte de cigarro ilegal.