Lo correcto y sensato #3
Nos levantamos y, en silencio, comenzamos a ayudar a las demás. Yo me acercaba a la mesa pensando lo agradable y relajante que me parecía hablar con Lucía. Jamás me acordaba de mi problema cuando conversaba con ella, era totalmente curativa. Nunca recordaba mis dolores a su lado.
La vuelta a pie no me pareció tan horrible; fue en bajada y lo hicimos en menos tiempo.
Cargamos todas las cosas en el maletero y cada una se sentó en el mismo asiento en el que habíamos venido.
Al volver por la misma carretera pasamos nuevamente por las pistas de esquí, pero esta vez nadie añadió nada.
Silvia nos anunció a todas que Gloria quería llevarnos esa noche de fiesta a una discoteca que había en el mismo pueblo, y dio su opinión:
—Así podemos beber lo que queramos, sin necesidad de coger el coche. Además, en estos sitios apartados siempre suele haber algún hombretón desvalido que necesita de mi calor humano.
Ana protestó, añadiendo:
—No irás a traerte un «maromo» esta noche a la habitación, ¿dónde voy a dormir yo?
Silvia esbozó una sonrisa y le contestó:
—Lo primero es lo primero. Tú hoy duermes en el balcón si es necesario.
A todas se nos escapó la risa y el interior del vehículo se inundó de carcajadas. Hasta a la propia Ana le lloraban los ojos por la graciosa ocurrencia de Silvia.
Llegamos al piso y, por tandas, fuimos pasando al baño para refrescarnos con una ducha antes de cenar. Yo esperaba mi turno echada en la cama junto a mi guitarra, que emanaba acordes muy apropiados para mi propósito en vano de olvidar a Lucía.
«Sin miedo a nada». ¿Qué pides tú? Álex Ubago, 2001.
(Sim) Me muero por (Sol) conocerte,(La) saber qué es lo que (Re) piensas.(Fa#) Abrir todas tus (Sol) puertas…
Entre todas hicimos tres tortillas de sabor diferente.
Yo me adjudiqué el trabajo de pinche; Gloria y Lucía, el de cocineras.
Silvia preparó una ensalada y untó pan con tomate.
Hasta Ana se atrevió a hacer una sangría que todas, entusiasmadas, alabaron por su rica mezcla; menos yo, claro, lo tengo totalmente prohibido.
Silvia es también una excelente cocinera.
Les da un toque personal a las comidas que no sé explicar bien qué es, pero le salen buenísimas.
A pesar de su media inclinación vegetariana, cocina todo tipo de platos, aunque tengan carne.
Me encanta ir a cenar a su casa, porque es de las pocas veces que termino rebañando el plato.
Todo estaba listo en el comedor y las cocineras presentaron las tortillas en el centro de la mesa.
Gloria dijo: «¡venga, a cenar!», y fue la primera en sentarse.
Yo estaba junto a ella y ocupé el asiento contiguo.
Ana, tras de mí, se puso a mi otro lado, pero, antes de acercar la silla a la mesa, me percaté de que Lucía le susurró algo al oído.
De reojo espié astutamente cómo las dos amigas cuchicheaban algo durante unos segundos. Ana se desplazó un asiento más allá y Lucía ocupó la silla que había quedado vacía junto a mí. Yo disimulé atendiendo a mi comida, que ya estaba en el plato.
Gloria partió las tortillas en partes iguales y repartió un trozo diferente a cada una para que probáramos los distintos sabores. Miré mi plato, estaba totalmente colmado. Me propuse devorarlo todo, aun sabiendo de antemano que me engañaba a mí misma.
Elegí una de las porciones y le corté un trocito. Cuando acerqué la comida a mi boca, justo antes de que tocara mis labios, noté un ligero golpecito en el brazo. Cautelosa, me giré antes de ingerir nada. Era Lucía tocándome con su codo. Me miraba sonriente y me dijo:
—Espero tu aprobación, esta es mi obra culinaria.
No dije nada. Volví a mirar el trozo de tortilla que aún presidía la cima de mi tenedor. Lo probé ante su atenta mirada. Le hubiera mentido piadosamente si hubiese degustado lo más horrible del mundo, pero me sorprendió gratamente su exquisito sabor.
La patata se deshacía en la boca como mantequilla, el huevo casi líquido, ligeramente cuajado, se resbaló por mi lengua y noté levemente un sabor a pimiento verde. Estaba riquísima y le di mi opinión más sincera.
—Joder, está buenísima de veras. Buena, buena.
Orgullosa de su manjar, se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
Todas aclamaron un aplauso para las cocineras y yo me uní a la jauría.
Lucía se puso roja como un tomate. Avergonzada, no paraba de sonreír y de dar las gracias a todas.
Era maravilloso presenciar su felicidad, verla sonreír.
Los ojos le brillaban llenos de vida y sus labios se arqueaban en una enorme y resplandeciente sonrisa, marcándosele aún más los hoyuelos de las mejillas, justo al lado de la comisura de los labios, y aquellos dientes marfil presidiendo el buen júbilo que despedía su aureola, el buen rollo, la energía positiva que fluía cuando ella arqueaba los labios y los ojos se le llenaban de vida.
Observando su sofoco, me sobrevino una idea.
Aquella mujer ruborizada, sonriente y espontánea posiblemente fuese la mujer más perfecta del mundo.
Simpática, inteligente, guapa, con un cuerpazo, buena cocinera y, además, entendía de música; por lo tanto, también sensible.
Estaba segura de que Lucía rozaba la perfección.
Y si en la cama también era buena…, uff, sería ya la bomba.
¿En la cama? ¿Y a mí qué me importaba eso?
¿Acaso no me he autoconvencido de no decir sandeces y seguir el camino de lo sensato?
¿Qué me importaba a mí la intimidad de una persona a la que no le interesa la mía?
Me lo repetí una y mil veces, pero mi realidad era otra.
En verdad, sí me interesaba saber esas cosas de ella, y más.
El cometido impuesto por mí misma, mi propia persuasión de no seguir el camino que emanaba su particular aureola, no estaba dando resultado.
No amainaba mi interés por saber algo de su intimidad, por saberlo todo de ella.
Me envalentonaba con la arrogante idea de acercarme a ella y atreverme a dar el paso, de exhibir mis deseos transparentes, dejando atrás la ingenuidad y relatar mis anhelos junto a ella.
Pero me atenazaba el pánico, el miedo al «no». Y seguía nuevamente el camino más fácil, el de la sensatez, pero a la vez el más estéril y casi imposible de sobrellevar.
Aquella noche Lucía estaba muy parlanchina.
Supuse que le ayudó bastante la sangría.
Por supuesto, la conversación musical fue obligada y buscada, pero puso más empeño hablando de su familia.
Su padre, de origen italiano, había sido su mentor, quien le había enseñado a tocar el violín, pues él era presidente fundador y músico de una orquesta de más de cincuenta componentes, subvencionada por el Ministerio de Cultura de la Generalitat.
Sus ojos se tornaron cristalinos y, en sus palabras, se adivinaba el añoro de la ausencia paternal.
Me parecía insufrible verla intentando una y otra vez mantener la entereza para no sucumbir en lágrimas.
La garganta se le acongojaba y hacía pequeñas pausas para respirar y seguir con la conversación.
Deseaba decirle algo que menguara su dolor. Quise abrazarla, mimarla, acariciarla y curarle un poco su herida, pero me quedé sin mover un solo músculo del cuerpo, parada en mi silla, quieta en mi lado más correcto y sensato.
Entonces, Gloria nos preguntó si queríamos ir a bailar y, para todas, fue de agrado la idea.
Pasamos andando varias calles hasta llegar a la discoteca.
Fuimos juntas a pie, soportamos el frío con mucha alegría.
Silvia amenizó todo el trayecto contando chistes, provocando cada dos minutos una contagiosa progresión de carcajadas que retumbaban en aquellas fachadas empedradas.
Las estrellas nos seguían, cómplices de nuestros pasos y risas, y el cielo, ausente de nubes y repleto de miles de lucecitas, me hizo recordar la afición de Lucía a bajar trocitos de cielo unos segundos para narrar su verdadero origen en la historia.
Noté cómo alguien se enganchaba de mi brazo y deseé que fuese ella, pero era Gloria quien me abrazaba con fuerza.
—Por fin puedo hablar contigo —me dijo en voz baja—. Ya no puedo ni preguntarte cómo te encuentras sin que estés escoltada por tu «compañera de lecho».
Sus palabras sonaban enojadas, aunque yo sabía que era más añoranza que enfado.
—Es mi compañera de habitación, no de lecho —recalqué—. Me encuentro muy bien, de verdad.
—Solo digo que pronto voy a tener que ponerte un fax para poder saber de ti, con tanto buen rollo musical.
¿Cómo explicarle a mi mejor amiga que aquella mujer que tanto la irritaba era la sanadora de todos mis males? El hada madrina que, con tan solo su presencia, mermaba mi problema, no dejando rastro alguno de desidia en mi cabeza.
¿Cómo hacerle entender que empezaba a sentir que era algo más que una simple compañera de habitación y que, para mí, no me importaría que se convirtiera en mi compañera de lecho, sin que Gloria se escandalizara?
¿Cómo explicarle que me sentía atrapada, cautiva por un beso efímero, embriagada por sus palabras, atraída por una sonrisa y unos ojos que esquivaba para que nadie descubriera mi adicción por ella?
Una mujer a la que conocía desde hacía solo un día y con la que no compartía el lecho. ¿Cómo lo iba a entender?
Quise restarle importancia a su enfado y recurrí al camino más fácil.
—Noto como un cierto resquemor…, como de celos.
—¿Celos?, ¿yo? —dijo Gloria, arrogante.
—No te enfades, mujer —le dije—. Sabes que me encanta hablar contigo. Solo intento ser simpática con tus amigas. Lucía es genial y lo sabes, y Ana también —añadí a Ana para que no sospechara de mi predilección.
—Ya sé que son estupendas —dijo con voz prudente—. Lo que intento decir es que no me gusta que tengas guardaespaldas. Ahora estás muy sola, vulnerable y confusa. Y, además, te aviso de que Lucía es…
Justo en ese momento, sin llegar a terminar la frase, se plantó en medio de la calle y gritó:
—¡Alto, chicas, es aquí!