Mi problema Lo correcto y sensato #2
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Lo correcto y sensato #2

—Me encuentro muy bien, de veras. —Fingí una sonrisa y una vitalidad inexistente—. ¿Acaso no parezco espléndida?

Ella se quedó pensativa y, mirándome de reojo, me dijo:

—Parecerte, parecerte, te pareces un poco a Julia Roberts.

—¿Julia Roberts, la actriz? —contesté, asombrada.

—Sí, bueno, te das un aire. Si no tuvieras esa costumbre de recogerte siempre el cabello, seguro que, si te lo soltaras, la bordarías.

Alzó sus manos a la altura de la cara. Creí que iba a acariciarme. Todos los músculos se me contrajeron, y se me erizó el vello. No pude reaccionar con naturalidad, no supe qué decir ni qué hacer.

Deslizó sus manos detrás de mi cabeza, dejó su cara frente a la mía.

Noté cómo su perfume lo invadía todo, me bloqueó todos los sentidos.

Me despojó de las ataduras de mi trenza y sus dedos juguetearon en mi nuca, enredándose en mi pelo, desmelenándome el cabello, separando los mechones uno a uno, cayéndome en los hombros en cascada.

Cerré un segundo los ojos, disfrutando de aquel dulce escalofrío que me sometía y me elevaba del suelo. Rauda, volví a abrirlos para fijarme en ella, en sus ojos, en su boca. Sentí un enorme deseo de tocarla, de besarla, de acariciarle los labios con los míos y respirar su aliento.

Ella me bajó de la nube y me estampó contra el suelo sin piedad, cuando soltó mi pelo y su cara, su perfume, su boca, se alejaron de mí unos centímetros, para agacharse y arrancar una florecilla que justo estaba a nuestros pies.

Volvió a alzarse y colocó la flor en mi cabello, a la altura de mi oreja. Entornó los ojos y me miró de reojo, afinando la mirada. Me sonrió y me dijo:

—¿Lo ves? Ahora sí que te pareces.

Es curiosa la vida: cuanto más te empeñas en no coincidir, más se encaja todo para toparte de frente con lo que llevas tiempo esquivando.

Siempre vuelves, inconscientemente, a donde empezaste a correr, de quien empezaste a huir.

Ella, que sin pedírselo me eleva hasta las puertas del cielo, haciéndome creer que estoy allí porque ella también lo desea y, sin tan siquiera rozar el umbral, me devuelve a la tierra, a la realidad, donde su amor por mí no existe y solo queda la evidencia de este dolor de cabeza que siempre me acompaña.

Lucía se giró hacia las demás, que estaban adecentando un sitio para comer. Con un enérgico grito llamó su atención.

—¡Chicas! ¿Se parece o no Nuria a Julia Roberts, la actriz de Hollywood?

Entre risas y aplausos, asintieron con la cabeza y le dieron la razón a Lucía.

Desenredé la flor de mis cabellos rojizos, la olfateé y la observé con detenimiento. Era una margarita. Comencé a contar sus pétalos, sin arrancarlos, con la creencia de que aquella flor silvestre me proporcionaría un poco de esperanza:

Me quiere… No me quiere… Me quiere… No me quiere…

En su noveno y último pétalo, la esperanza fue favorable y mis dudas se iluminaron con un pequeño rayito de confianza. Guardé la flor en un bolsillo de la camisa, cerca del corazón.

Las demás eligieron una de las mesas para improvisar una comida campestre. Todas las mochilas tenían algo de comer o de beber y prepararon un manjar a base de fiambres variados.

Yo seguí en mi empeño de no dejar que los encantos de Lucía dominaran la situación y, para no darle pie a ello, me senté alejada de ella. Pero mis ojos siempre se iban hacia ella, como un pequeño «tic» que no podía dominar ni evitar.

Durante la comida, todas profundizamos más en nuestra corta amistad y nos contamos cada una algo de nuestra vida afectiva.

Ana nos explicó que era abogada, como Gloria, que llevaba cinco años casada y que querían ya tener niños. Que vivía cerca de la playa y que su marido trabajaba en un centro comercial, no especificó en qué.

Silvia dejó bien claro que para ella eso era inalcanzable, pues los hombres le duraban tan poco que era imposible que llegaran a sentir junto a ella la paternidad.

Ella misma aprovechó para aclarar mi nueva condición de «soltera», cosa que no me hizo ninguna gracia y se lo hice saber con una mirada de enfado.

Gloria reconoció que lo suyo, «lo de su nuevo novio», estaba durando mucho porque todavía no le había propuesto matrimonio.

Lucía, sin quererlo, terminó apuñalándome a corazón abierto, inconscientemente claro, con su confesión de que tenía pareja.

Cosa que me fastidió, pero que no me extrañó.

Era imposible que una mujer como ella estuviera sola.

Flor tan bonita no podía estar sin maceta.

Aun así, no pude evitar que me doliera saberlo.

La comida transcurrió divertida, familiar, y al llegar a los postres la conversación se puso más seria. Ana y Gloria hablaban de los diferentes casos que llevaban, cada una en su respectivo bufete. Historias complicadas, enrevesadas y con mal final, que todas escuchamos alucinadas, sin parpadear.

Quería pasar desapercibida, cogí una pequeña botella de agua que ya estaba vacía y me levanté muy lentamente; me alejé de la mesa, de las chicas y de su conversación.

En el borde del río me incliné y llené la botella de agua.

Saqué de mi bolsillo un puñado de pastillas.

No recordaba cuál era para el dolor de cabeza y, por un instante, un momento fugaz, pensé: «¿por qué no tomármelas todas y acabar con todo de una vez? ».

Levanté la vista y admiré aquel lugar para llevármelo conmigo.

No creo que hubiera mejor lugar que aquel como último recuerdo, para grabarlo en mi mente como el membrete de haber pasado por esta vida.

Giré la mirada hacia ellas, para llevármelas también, junto a la dulce sonrisa de Lucía, y así partir con el corazón un poquito lleno.

No vi con ellas a Lucía, ¿dónde estaba? Miré a un lado y hacia el otro. Allí estaba, junto al río, unos metros más allá, hablando por teléfono.

A veces me observo a mí misma diciendo y pensando gilipolleces, cosas que no quiero hacer.

Es curioso no querer abandonar esta vida y, a la vez, en momentos, ayudar yo misma a que el final se acelere, sin saber a ciencia cierta si mi problema tendrá un fatídico final.

Aun así, lo sospecho y, en ocasiones, me abandono y me dejo convencer, ayudándome a irme ya, pronto.

Me puse a espaldas de Lucía y miré nuevamente la mano llena de pastillas. Me decidí por la blanca. No estaba segura de que fuera aquella, pero solo me tomé una, me ayudé a tragarla con el agua de la botella.

Volví a mirar a Lucía, supongo que para cerciorarme de que no advirtiera mi trago oculto. La verdad es que no tenía ganas de dar explicaciones. No creo que pudiera soportar la lástima en su mirada.

Ella me miró y se acercó. Yo avancé unos pasos también hacia ella.

—Vaya sitio chulo para tener una casita junto al río. Venir aquí cada fin de semana debe de ser regenerador —me dijo, mientras se sentaba en una piedra enorme.

Yo hice lo mismo y la acompañé.

—Sí, tienes razón. Alejarse del estrés de la ciudad y poder descansar al final de la semana aquí tiene que estar muy bien.

—Gloria me ha dicho que trabajas con tus padres —indagó, interesada.

—Sí. Aunque más que trabajar, les ayudo a no hundir el negocio.

Mientras se reía de mí, me pregunté si Gloria le había informado de mi situación laboral o si, por el contrario, fue Lucía quien quiso saberlo. Para mí no era lo mismo si su interés era desinteresado o porque le atañían directamente todas mis cosas.

Reparé en que yo no sabía su oficio y le pregunté. Me contó que era arquitecta. Trabajaba para una constructora, diseñando bloques de oficinas y naves en polígonos. Eran más bien croquis industriales. Conoció a Gloria en la universidad, a través de Ana, que ya era amiga suya desde el colegio.

—Igual que todo músico desea escribir una obra maestra musical, a vosotros os pasa lo mismo, ¿no? Me refiero a los arquitectos. Supongo que ya tendrás algún trazo o boceto del diseño de tu propia casa —aventuré.

—Sí, algo hay. Tengo una idea inicial, pero me falta lo más importante. Un terrenito en un lugar como este, donde las estrellas se divisen en todo su esplendor. Y alguien con quien compartirlo, toda la vida.

—Uff…, ¿toda la vida? —le dije, agobiada—. Eso es mucho tiempo. ¿Lo sabes? ¿No?

—Lo sé. Llámame tonta, pero cuando estoy con alguien quiero creer que va a ser para siempre. La verdad es que, hasta ahora, no ha sido así. No les echo la culpa; supongo que, en ocasiones, he ayudado a que la relación se consumiera.

Nos quedamos las dos unos segundos sin hablar, analizando sus últimas palabras, sin saber muy bien cómo reanudar la conversación. Solo se me ocurrió añadir una simpleza, algo que en realidad describía muchas situaciones diferentes de la propia vida.

—Supongo que todo tiene un final.

—Sí, todo lo tiene —dijo ella, muy seria—. Pero solo hay dos tipos de final: los que la naturaleza te impone, como la muerte, y los que nosotros mismos aceleramos no valorando ni cuidando a quien tenemos en casa. No es lo mismo vejez que dejadez.

—Yo lo veo desde otro punto de vista —dije, analítica—.

Creo que hay dos tipos diferentes de personas: las que se pasan la vida currándoselo para evitar el final de su matrimonio, y a veces funciona, y las que curran un montón olvidando por completo su matrimonio.

No es lo mismo quererte en la distancia que distante te quiero.

Lucía esbozó una sonrisita y me dijo con franqueza:

—Me gusta tu punto de vista, porque no es lo mismo ausencia que presencia.

—Claro —añadí.

Nos quedamos un segundo mirándonos fijamente y, las dos a la vez, rompimos a reír. Las carcajadas salieron de nuestra garganta sin control, igual que aquella cascada no dejaba de emanar agua. Hicimos de unos pensamientos reflexivos un momento divertido e inolvidable. Era extraordinario verla reír.

Oímos la voz de Silvia que nos llamaba. Nos giramos las dos hacia ella.

—¡Chicas, vamos a recoger, que volvemos! —gritó Silvia.