Lo correcto y sensato
A la mañana siguiente, me desperté mirando al lado del armario.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue aquel majestuoso armario, con cuatro puertas y altillo, de color pino, a juego con la mesita que dividía las dos camas.
Sus dos puertas centrales eran espejos y, en ellos, vi reflejado que Lucía ya no yacía en su cama.
Me giré de repente para comprobar su ausencia.
No estaba en su cama ni fuera, no había nadie en la habitación.
Al girar la cabeza e incorporarme rápido, noté un pinchazo en la sien y un mareo intenso que hizo que toda la habitación se moviera a mi alrededor.
Volví a tumbarme boca arriba para esperar a que se me pasara, a que parara mi terremoto interior, mientras miraba la pequeña lamparita de cristal que colgaba del centro del techo, esperando a que se acabara el baile y todo dejara de danzar en torno a mí.
Me prometí alejarme de lo irreal y acercarme mucho más a lo posible, a lo sensato, a lo existente, y dejar de construir castillos de algo que solo yo estaba levantando.
Era evidente que vivir sola me estaba pasando factura.
Dormir sola, comer sola, hasta hablar sola.
Tal vez, sin darme cuenta, inconscientemente yo misma intento de alguna manera cambiar esta situación y, sin pretenderlo, me aferro a un clavo ardiendo, para quizá ralentizar el morir, para dejar de morir tan rápido.
Morir, siempre tan presente en mi mente, en mis horas, en mis sueños y en mi vida; en mi corta vida.
Sé que estoy perdiendo la batalla, que cada vez me gana más terreno y me deja menos tiempo.
Tiempo para acercarme a lo posible, a lo sensato, a lo existente.
Tras unos minutos de calma y reflexión, todo dejó de moverse y fui yo la única que lo hizo para levantarme y vestirme.
Me puse ropa cómoda y abrí la ventana para airear la habitación.
Hacía un día espléndido, con un sol radiante.
Me sorprendió aquella brisa polar que cortaba la piel y calaba los huesos; aun así, era un día de postal y aquel frío regeneraba cualquier mente atormentada, como la mía.
Salí al pasillo. En el cuarto de baño oí ruidos, deduje que estaba ocupado y no empujé la puerta. El olorcillo a café recién hecho me hipnotizó, me atrajo hacia la cocina. En ella estaba Gloria sirviéndose un tazón de café con leche. Me miró sonriente y me dijo:
—Oh, qué sorpresa. Buenos días, Panocha. ¿Cómo has dormido?
—Buenos días, Gloria. Bien, muy bien.
—Aquí tienes café caliente. En este armario hay galletas, magdalenas y demás. Tú misma, ¿vale? —me indicó gentilmente, mientras ella ya se sentaba con su tazón humeante.
La cocina no era muy grande, pero los muebles blancos ayudaban a que no se viera pequeña. Tenía un ventanal enorme por el que entraba buena luz y un sol reconstituyente que justo daba sobre la mesita, siendo aquel rincón el más calentito y cómodo de todo el piso helado.
—¿Quién está en el baño? —pregunté.
—Lucía. Entró cuando yo salía.
Me estaba sirviendo un café cuando sentí el hombro de Gloria pegado al mío. Se había levantado a coger el azúcar y me dijo en voz baja:
—Por cierto, qué conversación tan macabra tuviste anoche con tu compañera de habitación, ¿no?
—No debiste contarle nada —añadí con un hilo de voz.
—¿Yo? Llevas años sin hablar de tu hermano. No sabía que todavía te martirizara —me dijo, preocupada.
—No sucedió como crees, fue totalmente una broma. No debiste contarle nada.
—¿Que no debí? —me dijo, enojada—, pero si se lo contaste tú, yo solo resolví sus dudas.
—Ya lo sé, pero no debiste aclararle nada…
Antes de terminar mi frase, oímos pasos en el pasillo. Las dos nos callamos y miramos hacia la puerta. En unos segundos apareció Lucía, con una sonrisa y envuelta en un albornoz azul claro.
—Buenos días.
Respondimos al unísono a su saludo.
—Qué ducha más buena me he dado, me he quedado como nueva —añadió.
Gloria y yo nos miramos y disimulamos bebiendo café. Con la cafetera en la mano, miré a Lucía y le pregunté si quería uno. Asintió con la cabeza y se sentó junto a Gloria.
Intenté alardear de mi destreza, llevando en una mano mi taza y la suya y, en la otra, un paquete de galletas; pero todo se desmoronó al llegar a su altura.
Al sentarse Lucía ocurrió lo inesperado, el albornoz se le deslizó, quedándole las piernas al descubierto, unas larguísimas y delgadas piernas desnudas.
La parte del cuello se le quedó entreabierta y, desde mi posición, le vi todo, su generosa intimidad.
No pude evitar fijarme. Antes de poner la taza en la mesa, ya tenía la mirada clavada en su canalillo.
Me sentí como un halcón acechando a su presa. Ella, abajo en la llanura, sin advertir mi vigilancia, indefensa, sin sospechar el peligro. Y yo, en las alturas, controlando todos sus movimientos y su espléndido canalillo.
Con tanta distracción, la que no controló nada fui yo. Las galletas se me cayeron y el café se me escurrió. Gloria se apresuró a ayudarme para que no se volcara. A Lucía se le escapó la risa mientras recogía las galletas desparramadas por toda la mesa. Gloria me miró asustada y me dijo:
—Nuria, ¿no te encuentras bien?
—Sí… Perdona. Es que… se me ha resbalado la taza —contesté, aturullada.
Me puse colorada como un tomate y sentí una vergüenza enorme al pensar que alguna de las dos pudiera haberse dado cuenta de mi interés por el cuerpo femenino. Estaba tan sofocada que me tomé el café de un trago y pensé que lo mejor sería irme a la ducha, una ducha de agua bien fría.
Tras mi espectacular actuación, no podía articular palabra.
Ellas comenzaron una conversación trivial que yo no podía seguir.
La mente se me quedó en blanco y el bochorno no me dejaba decir nada coherente.
Estar frente a esas dos mujeres en silencio empezó a incomodarme y salí de la cocina diciéndoles que me iba al baño.
Salí rauda del baño cuando oí que todas estaban listas.
Tras varios litros de agua bien fría por el cuerpo, el pelo bien seco, un ligero maquillaje y mi pequeña dosis de optimismo, esa que guardo en el compartimento de mi maleta, estaba lista para dejar de hacer el ridículo y pasar un día agradable.
Todas subimos al coche de Silvia. Todo el camino fue cuesta arriba y recorrimos unos cuarenta y cinco minutos de carretera para llegar a nuestro objetivo. A mitad del trayecto pasamos cerca de unas pistas de esquí. Deporte que Ana nos confesó que practicaba asiduamente con su pareja.
Lucía reconoció, frustrada, que alguna vez se había puesto unos esquís, pero que estaba más tiempo en el suelo que en pie.
Aproveché para manifestar que yo también era muy patosa en la nieve.
Silvia protestó, añadió que era un deporte «pijo» y materialista.
Imaginé que lo decía porque, como casi todas, no tenía habilidad ninguna sobre los esquís.
Es más fácil decir que lo desconocido no te gusta que reconocer el fiasco que es que te supere.
Gloria no entró en la conversación, se quedó callada, ausente, y nadie le preguntó. Creí entender que todas eran sabedoras de que ella y Roberto eran expertos esquiadores y nadie quiso molestarla.
Silvia conducía con precaución, pues había tramos en los que el asfalto estaba helado. Guiada por Gloria, nos llevaron hasta un parque nacional abrigado por un enorme valle, cuyas hermosas montañas, plagadas de árboles, se perdían en el horizonte, apenas dejaban entrar el sol.
Gloria nos asignó una mochila a cada una y organizó una pequeña excursión a pie. En fila india seguimos todas sus pasos, sin desviarnos del sendero junto al río. Un río cristalino y caudaloso que nos acompañó en todo momento, igual que el sonido agradable de sus aguas y el piar de los pájaros.
Decidí ir algo más rezagada, dándole conversación a Ana, básicamente porque Lucía seguía de cerca los pasos de las primeras. Preferí alejarme del peligro, de mi propio peligro: Lucía.
Llevábamos media hora andando cuando empecé a advertir una fatiga extrema, sudores, náuseas, frío, calor y un terrible dolor de cabeza que me nublaba la vista.
Fatiga que, en cuestión de minutos, aumentó.
Me sentía mareada y, en dos ocasiones, tuve que esforzarme para no vomitar.
Notaba el latir del corazón en el centro del cerebro, me causaron pinchazos, pequeños espasmos de escalofríos que me recorrieron todo el cuerpo.
El trayecto se convirtió en un infierno para mí, traté por todos los medios de que nadie notara mi malestar. Seguí andando, siguiendo a las demás, pese a llevar el paso descompasado.
Sentí alivio cuando, unos metros más adelante, Gloria gritó:
—¡Ya hemos llegado!
Todas soltamos los bártulos y yo aproveché para sentarme junto al río y serenarme. Las chicas estaban alborotadas, hablando de aquel sitio tan bonito y del paseo tan agradable. Para ellas, claro.
Metí las manos en el agua transparente. Estaba helada, pero no me importó, me regeneraba. Me refresqué la cara y bebí, sacié mi garganta seca. Cuando mi respiración se normalizó, admiré aquel lugar realmente bonito.
Gloria nos llevó entonces hasta un merendero. Allí, unos enormes árboles agrupados daban sombra sobre unas mesas y sillas de piedra, piedra autóctona de aquel lugar.
Llamaba la atención la pequeña cascada que presidía aquel rincón de bosque. Se oía un gran estruendo al caer el agua, al golpear contra la superficie y las piedras. Formaba a sus pies una alfombra de espuma que se mezclaba en el fondo con los peces y las piedras.
Me asusté al descubrir a Lucía detrás de mí.
—¿Te encuentras bien, Nuria?
Embelesada con aquel lugar, ni siquiera oí sus pasos acercándose. La miré unos segundos sin hablarle, aspiré el aire puro que todo lo envolvía y le contesté:
—¿Quién puede encontrarse mal en este pequeño paraíso?
—Sí, es bonito este sitio, sí. Es de película romántica, ¿verdad? —añadió.
Se acercó aún más a mí y su mano tocó mi frente, con la otra mi mejilla. Me miró a los ojos y me regaló una sonrisa mientras me decía:
—No sé, es que te veo mala cara.