Mi problema Lucía
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Lucía

—Nuria, ven, mira. Mira qué bonito está el cielo.

Dejé la guitarra encima de la cama y, aún algo aturdida, me acerqué a ella.

Era bien cierto, la noche estaba despejada de nubes y totalmente estrellada.

Desde aquella altura se divisaba gran parte del pueblo, una extensión de tejados de pizarra, rodeadas de lomas y montañas llenas de vegetación y árboles altísimos.

Un bellísimo e infinito cielo negro plagado de estrellas nos regalaba su hermosura.

Me sentí algo incómoda al volver a estar tan cerca de ella. No sabía a ciencia cierta si volvería a darle rienda suelta a su espontaneidad. Aunque mi verdadera incomodidad se debía a que no me desagradaba la idea de que volviera a besarme.

—¿Entiendes de astronomía? —me preguntó, entusiasmada. Me miró.

—No mucho. Supongo que como la gran mayoría de gente. La Osa Menor, la Mayor…, y no mucho más.

Giró la cara hacia el exterior y alzó la mirada al cielo, y me comenzó a contar una historia sobre aquellos astros luminosos.

Yo solo podía mirar la luz que radiaban sus ojos.

El brillo de sus pupilas aumentó considerablemente con el entusiasmo de sus historias mitológicas.

Admiré, embobada, el perfil de su rostro iluminado por la luna.

Su cuello largo y estilizado, sus pómulos, su pequeña nariz; su boca.

Su boca, después de haberla probado, era imposible para mí no desearla de nuevo.

—Mira, Nuria, allí. —Estiró el brazo hacia el cielo y, con el dedo, señaló un montoncito de estrellas agrupadas—.

Mira, esas al lado de la Osa Menor son Casiopea.

—Yo bajé de mi nube de abobamiento para atender a lo que Lucía señalaba con tanto interés; ella siguió hablando—.

Casiopea era una reina bellísima, admirada por todos, pero la castigaron por presuntuosa.

Los dioses la dejaron en el cielo para toda la eternidad, boca abajo, por ser una jodida presumida.

A mí solo se me ocurrió pensar que yo podría perfectamente estar toda la vida frente al rostro de Lucía, castigada, obligada toda la eternidad a mirar sus enormes ojos verdes, y su boca…

, su deseable boca. Por supuesto, no se lo dije a ella, preferí disimular atendiendo a la historia de la tal Casiopea, que tan mal final tuvo.

La verdad es que estaba asombrada de mis propios pensamientos, derrochando estrógeno a mansalva sin motivo alguno.

Pero mientras yo estaba inmersa en mis propias historias, Lucía seguía hablándome de las suyas.

—Algunas estrellas solo se pueden ver con telescopio —me informo Lucía, superinstruida. —Mira, al otro extremo de Casiopea está el Cuervo, fue la mascota de Apolo, dios de la poesía y de la música.

—Vaya —dije yo—. Esta constelación sí que me mola.

Y ella añadió:

—Sí, es verdad; fue la primera que aprendí, por su buen rollete musical.

Al terminar de hablar, me miró directamente a los ojos y yo la miré a ella, nos quedamos las dos en silencio durante unos segundos frente a frente.

Su piel era aún más blanca a la luz de la luna y su pelo más oscuro.

Ansié que me mostrara alguna señal, algo que me hiciera saber que todo lo que yo estaba sintiendo en intervalos, ella lo anhelaba también.

Deseé su boca, deseé de nuevo su beso, deseé que ella lo deseara también, pero no fue así.

Segundos después, se giró y dejó de mirarme, se acercó hacia su maleta y, mientras rebuscaba algo dentro de ella, me dijo:

—Este es el mejor momento para esto.

Se dio la vuelta y me mostró una cajetilla de cigarrillos rubios. Volvió a acercarse y me ofreció uno, mientras ella se prendía otro. Negué con la cabeza. Y Lucía apuntó con donaire:

—No te he visto beber vino en la cena ni fumar, tampoco te has excedido con la comida. ¿No querrás hacerme creer que eres una buena chica, correctísima y virginal, que jamás has probado el hachís y que ni siquiera has fumado tabaco? —Las dos nos reímos a carcajadas y me vi obligada a contestarle.

—Respecto a lo de buena chica, si te refieres a que nunca he robado ni violado ni matado a nadie, pues sí, soy una buena chica. Las drogas y el tabaco los he probado, pero puedo decir bien alto que nunca me he enganchada a nada, ni tan siquiera a las flojas.

Si Lucía hubiera visto el compartimento de mi maleta predestinado a las pastillas que debía tomar, no me hubiera creído; más bien hubiera pensado que era un camello.

—El vino me da dolor de cabeza, sobre todo si es peleón.

—Preferí decirle eso a explicarle la verdad.

Me encanta el vino tinto, pero no debía tomarlo por mi problema.

No hubiera sido buen cóctel: vino y pastillas—.

Y mi telita vaginal —añadí, airosa—. Gracias a Dios, se rompió hace años.

Bueno, más bien gracias a mí y a mi primer novio, que algo tuvo que ver en todo aquello.

Lucía volvió a reírse y a ofrecerme un cigarrillo.

—Va, mujer, nos fumamos solo uno, para relajarnos.

Irrumpió en mi mente un fugaz análisis de sus palabras, de sus motivos para llenarnos los pulmones de humo.

¿Para relejarnos? ¿Relajarnos de qué? Pero si estábamos de días festivos y sin trabajar.

¿De qué había que relajarse? Si más relajadas no podíamos estar; ¿acaso mis nervios también son los suyos?

, cuando se me acerca y me mira… Se puso tan cansina y fueron tantas mis negativas que comenzó a agobiarme la insistencia.

La miré directamente, firme y muy seria, y le dije:

—¿Crees que después de ver morir a un hermano de cáncer de pulmón, me quedan ganas de pegarle una calada a este veneno?

No creas que lo peor es enterrarlo. Verlo derrumbarse como personas cada día, cada mes, cada año, eso sí que es lo peor.

Si me ha de pasar a mí, que sea porque siempre fue mi sino, no porque yo di el primer paso para que ocurriera.

Lucía se quedó mirándome, anonadada, atendiendo a todo lo que yo decía y no me interrumpió en ningún momento, se quedó unos segundos paralizada. Tiró medio cigarrillo por la ventana y me dijo:

—Yo… Lo siento, Nuria, de veras, no sabía nada, no he querido molestarte, yo… Yo no…

Intentó disculparse de todas las maneras posibles, aunque no muy airosamente.

Quiso decir algo para arreglar aquella situación, pero cada vez se aturullaba más y noté que se sentía muy culpable.

A mí se me fue dibujando una sonrisita, cada vez más pronunciada.

Ella seguía sumando palabras para remendar su bochornosa situación, y a mí ya se me escapaba alguna carcajada al presenciar su apuro.

Lucía me miraba desconcertada, intentaba arreglar su error y yo no escondía que estaba partiéndome de la risa.

No entendía nada y, de repente, lo vio, lo entendió al instante. Me miró muy seria y me dijo:

—Es mentira, ¿verdad?

Yo asentí con la cabeza, pues la risa ya se había apoderado de mí y no podía ni hablar.

—¡Eres una cabrona! ¿Cómo has podido hacerme esto?

—dijo enojada. Comenzó a darme pequeños puñetazos en los brazos y en los hombros, incluso un coscorrón en la cabeza.

De su boca comenzaron a manar miles de palabras ofensivas que aumentaron más su cabreo y su tono de voz—.

Eres una malvada hija de… ¿¡Cómo has podido! ?, me lo he creído todo, eres lo peor.

Entre risas y con lágrimas ya en los ojos.

—Joder, Lucía —le dije como pude—; me lo has puesto en bandeja.

Me vengué de ella de un plumazo, de los apodos que, con maldad, me había asignado.

Entonces, Gloria llamó a la puerta y las dos a la vez dimos permiso para que entrara. Venía a regañarnos.

—Pero bueno, ¿a vosotras qué os pasa? La musiquita, las risitas… ¿No queréis dormir?, ¿no tenéis sueño?

Yo aproveché para salir un momento de la habitación, dejé a Lucía disculpándose con Gloria. Recordé que me tocaba tomarme una de mis múltiples pastillas y no quería dar explicaciones a Lucía, así que fui al baño.

Al volver a la habitación, Gloria ya no estaba; Lucía había cerrado la ventana y, tras ella, quedaron las estrellas y sus historias. Ella se encontraba ya calientita dentro de su cama.

Mientras me preparaba para acostarme en la mía, le pregunté:

—¿Se ha enfadado mucho Gloria?

—No, no mucho. Mañana nos lleva a un sitio muy bonito y quiere que estemos descansadas.

Lucía bostezó y deduje que le quedaban pocas ganas de hablar. No alargué más la conversación y me acosté, nos dimos las buenas noches y nos quedamos en silencio.

Como siempre, me costó mucho dormirme, pero aquella noche, al menos, no fue por pensar en mi problema, sino por mis propias vivencias. Lo acontecido en aquella habitación se repetía y me atormentaba, y no me dejaba cerrar los ojos.

El recuerdo de su beso lo invadió todo; aquel beso espontáneo, fugaz, mínimo, lo reviví una y otra vez en mi mente y, como si pudiera rebobinar el tiempo, echaba hacia atrás aquel momento, soñaba despierta cómo besarla con un nuevo beso mejorado, más profundo, húmedo y largo.

Pero siempre volvía al inicio, al verdadero beso insulso que fue, al que en efecto me dio.

Al beso minúsculo, corto, frío y sin pasión.

Comenzaron a desorbitarse las fantasías desmedidas de algo que creo que, solo a mí, me pareció venerable.

Intenté por todos los medios dejar de pensar que toda mi existencia se centrara sola y únicamente en aquel instante tan…

, tan efímero. Cerré los ojos, con la esperanza de que me ayudara a centrarme en la veraz realidad y así dejar de cavilar todos aquellos antojos que, en verdad, no me conducían a nada y no eran recíprocos.

Desee que mi mente se quedara en blanco, arrastrándome a un profundo sueño.

Pero cuando más relajada estaba, cuando estaba a punto de claudicar, escuché a Lucía llamarme:

—Nuria.

—Sí —contesté, asustada.

—Siento mucho lo de tu hermano.

Durante unos segundos me quedé asombrada por sus disculpas, no entendía cómo…, ¿de dónde lo había sacado?, ¿cómo sabia…? Y, de repente, me acordé de Gloria y del instante en que las dejé a solas. Rumié un momento mi respuesta y, al final, le contesté con sinceridad.

—Muchas gracias, Lucía, pero fue hace muchos años; ya no duele tanto. Aunque la pupa siempre está ahí.

Volvimos a quedarnos en silencio y, tras un buen rato, el sueño hizo acto de presencia.