Voy a ir #2
—Pues, precisamente, cuando se convirtió en romance.
Una tarde Juanito se me declaro, uff, se enamoriscó de mí y del susto casi me ahogó con un trozo de chocolate.
Me vi obligada a tener que pasar de él, porque en realidad no me gustaba y tuve que renunciar a su amistad.
Tuve que rebajarme y volver hablar con los demás de clase.
Porque una cosa era ser amiga de Juanito y su fiel defensora, y otra muy distinta era ser la novia de Juanito, el empollón, gordito y comilón.
Todas se rieron del final y yo aproveché para fijarme en la expresión que radiaba la cara de Lucía.
Los ojos se le humedecieron por las continuas carcajadas, le brillaban de una forma especial y aún se le embellecieron más, se tornaron de un verde más intenso.
Supongo que la luz tenue del local ayudó bastante a aquella especie de efecto; a mí me maravillaban.
Sus labios, perfectamente perfilados por el carmín, eran carnosos y atraían, y, dentro de la boca, tenía los dientes bien alineados y blancos, gracias a años de ortodoncia.
Sus mejillas estaban encarnadas, imaginé que era por el vino, no porque supiera que yo la estaba observando.
La cena no se alargó mucho más, pues tras el viaje todas estábamos cansadas y nos fuimos a dormir.
Al subir al apartamento nos despedimos con un «buenas noches».
Tras pasar todas por el baño, nos fuimos cada una a nuestra habitación.
Al entrar en la mía, Lucía ya se había cambiado.
Se había quitado el atuendo que llevaba y se había colocado un camisón de invierno, con manga larga y de color fucsia, lleno de florecitas que recorrían toda la tela.
Experimenté una sensación como de decepción por haberme perdido el momento en el que ella estaba sola entre aquellas cuatro paredes, despojándose de sus ropas, quedándose unos segundos desnuda, sin que hubiese nadie, nadie para admirarla; ni siquiera yo.
Me sorprendí de aquel pensamiento tan osado, de desear algo que, hasta entonces, no había sido imprescindible para mí.
Sin darle más importancia y, esperando a que ella no se diera cuenta de mi actitud, me acerqué a mi maleta y saqué lo necesario para cambiarme yo también.
Al girarme, Lucía me estaba mirando y me dijo:
—¿Una camiseta de AC/DC?, ¿siempre duermes así?
Me miré el pecho y admiré mi estampa. A mí no me parecía tan horrible, solo era una camiseta negra con unas siglas. La miré a ella y le contesté:
—No, no suelo dormir así; siempre duermo desnuda. Pero, para estos días, he decidido ser más…, ¿cómo diría yo?, más comedida.
Lucía sonreía con la boca abierta, yo seguí hablando y, molesta, subrayé:
—¿Pues no sé de qué te ríes? Seguro que esta camiseta raída y mil veces lavada es más cómoda que tu camisón floreado hasta los pies.
—¿Me estas llamando clásica?, pelirroja pecosa.
Igual que en nuestra presentación, volvió a ser cruel y sus palabras me ofendieron de nuevo. Deseé decirle algo que le doliera a aquella flacucha, pero, antes de añadir nada, ella extendió su mano, esperando estrechar la mía. Le cogí la mano y, al hacerlo, me dijo:
—No te enfades, mujer, no me estoy riendo de ti. Este camisón es un regalo de mi madre y no he querido hacerle un feo al no ponérmelo. Porque yo, como tú, siempre, siempre duermo desnuda.
«¿Y por qué no damos rienda suelta a nuestras costumbres durmientes?», pensé; pero no dije nada, ruborizada de mis propios pensamientos.
Me soltó la mano y se dirigió hacia mi guitarra, la cogió por el mástil y me la puso delante. Y me dijo coqueteando y con los ojos casi cerrados:
—Si me tocas algo bonito, te perdono.
—¿Qué me perdonas? —pregunté, sorprendida.
—Va, venga —dijo ella, sin contestarme—. Toca algo flojito que no moleste a las demás.
Le quité la funda al instrumento y me senté en la cama, ella se sentó en frente, en la suya, con los ojos impacientes, igual que un niño que estuviese esperando su regalo de Navidad. Y le advertí:
—Solo tocaré para ti, si algún día lo haces tú para mí.
Le sorprendió mi propuesta y caviló un instante antes de contestarme:
—Lo prometo. Ahora tócame algo guay, pecosa.
Esa era mi intención, pero su último atrevimiento volvió a molestarme. Decidí vengarme con la canción.
Tras afinar las cuerdas, comencé a rasgar los acordes del estribillo. La canté muy bajita, para que no me oyeran en la habitación contigua. Más que cantarla, la susurré.
«La flaca». La flaca. Jarabe De Palo, 1996.
(Fa) Por un beso de la (Sol) flaca daría lo que (Lam) fuera,por un beso (Re) de ella, aunque solo uno (Fa) fuera.(Sol) Por un beso de la (Lam) flaca daría lo que fuera,por un beso (Re) de ella, aunque solo uno (Fa) fuera.Aunque solo uno (Lam) fuera. (Mi)
Noté cómo sus ojos me observaban con interés y, mientras interpretaba la canción, ella se arrodilló frente a mí, apoyó sus manos en mis rodillas y se acercó aún más.
Cuando sus pechos aprisionaron mis dedos contra las cuerdas, entorpeciendo mis manos al tocar, me miró.
Me miró a los ojos, a un centímetro de la cara, sentí mucho calor; un calor que me recorrió todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta el flequillo y, entonces, sin mediar palabra, me besó.
Unió sus labios suaves y carnosos a los míos con una suavidad extrema.
Para mí ocurrió a cámara lenta. Solo fue una leve caricia, pero no supe qué otra cosa hacer que abrir los ojos aún más.
Me quedé quieta sin saber muy bien cómo reaccionar.
Solo fue un segundo, o aún menos, pero a mí me pareció una eternidad y noté como mi propio calor corporal aumentaba, dejándome las mejillas ardiendo y la boca pobre. Pobre de tan poquito beso.
Lucía, de un brinco, apoyándose en mis rodillas, se puso en pie y acercándose a la ventana me dijo:
—Vale, vale, he captado la indirecta de tu canción, ahí queda ese beso.
Abrió la ventana y se puso a hablar de las estrellas, como si lo que acababa de pasar fuese lo más normal del mundo.
Quizá solo a mí me pareció algo flipante y para ella solo fue un gesto cariñoso, pero me dejó petrificada, sentada en la cama mirando mi guitarra como esperando que aquel trozo de madera me proporcionara la explicación de lo ocurrido unos segundos antes.
Allí seguía sentada en la cama, cuando Lucía me llamó.