Voy a ir
Las tres de la madrugada y aquí estoy, más desvelada que un búho, sentada en el borde de la cama con las piernas colgando, acariciando con los deditos de los pies el gélido suelo, tengo un calor espantoso.
Me he tocado la frente, creo que tengo algo de fiebre; y este dolor de cabeza tampoco ayuda para nada a conciliar el sueño.
Ya me he pasado con la pauta de pastillas para el dolor y tomarme una más sería rozar la sobredosis.
No creo que me sentara nada bien, tengo también algo revuelto el estómago y la quemazón de los ardores no da tregua a descanso alguno.
Se aproxima un puente festivo de tres días. Gloria tiene un apartamento en la montaña y ha quedado con dos amigas de la universidad para pasarlos en aquel pueblecito nevado, recordando viejos tiempos.
Silvia y Gloria comenzaban a ser bastante cansinas; llevan días intentando convencerme de que fuésemos todas juntas al pueblo, estaríamos entretenidas y me juran que será divertido.
Sé que lo hacen para que no me quede sola esos días.
La verdad es que no me apetece mucho ir, pero quedarme todos los días de fiesta sola, mucho menos.
Mañana mismo le digo a Gloria que me guarde cama, que me apunto seguro. Además, va también Silvia y, donde va ella, van las risas.
Silvia es una amiga común, nos conocimos en el gimnasio que frecuentamos las tres; es muy divertida y espontánea, aunque está un poco loca.
Bueno, ¿y quién no? Es una tía superjipi, toda su vida se rige por energías positivas y estelares, comidas naturalistas e inciensos de todos los olores.
Los hombres desfilan por su vida, siempre de paso.
Termina agobiándolos, trata de inculcarles sus creencias y sus energías astrales; más bien, los asusta.
Entre lo poco femenina que es, sus experimentos culinarios y la caña que les mete en la cama; porque, eso sí, a Silvia nunca le duele la cabeza y, si puede ser más de un polvo, mejor… Lo que yo decía, los asusta.
Trabaja de cajera en un supermercado, oficio que le encanta, porque siempre tiene broncas con algunas «viejas arpías», como ella las llama.
Clientas entradas en años llenas de manías y de ridiculeces, que siempre intentan liar y molestar a la pobre Silvia.
Con cuatro voces las pone a todas en su sitio y marcando el paso, más firmes que un militar.
Cuando salimos de noche, las tres juntas a cenar o de copas, siempre acaban siendo veladas jocosas llenas de anécdotas alegres gracias a Silvia.
Sobre todo, cuando nos cuenta sus experiencias con la tercera edad, historias muy divertidas, que explica con todo lujo de detalle y siempre suceden en su trabajo «con sus viejas arpías».
Al decidir que iría con ellas a aquellas minivacaciones, empecé a relajarme y el sueño comenzó a hacer mella; supongo que tantas pastillas algo tuvieron que ver también.
Tras la aprobación de mi médico, a los pocos días ya tenía la pequeña maleta con poca ropa y un arsenal de medicinas que debía seguir tomando.
Silvia nos recogió con su coche a Gloria y a mí sobre las seis de la tarde.
Se había ofrecido para conducir porque se marea de copiloto.
El camino se me hizo corto a pesar de tardar varias horas en llegar.
Fui todo el trayecto adormilada por culpa de una de las mil pastillas que me había tomado antes de partir.
Ellas fueron hablando todo el tiempo, de las cosas que podíamos hacer todas juntas en aquellos cuatro días, pero entre el sueño y mi eterno dolor de cabeza, no les presté mayor atención a sus propuestas.
Las otras chicas debían de llegar más tarde, mientras estuvimos subiendo las maletas al apartamento.
También subí mi guitarra, que siempre viaja conmigo.
Luego, nos sentamos a tomar un refresco.
Cuando al cabo de una hora sonó el timbre de la puerta, Gloria dio un brinco de la silla y salió corriendo a abrirles, mientras decía:
—Son ellas, son ellas. Veréis qué tías más geniales.
Silvia y yo nos miramos con los ojos muy abiertos y nos reímos del entusiasmo de Gloria.
Minutos después entraba al comedor una chica con el pelo rizado rubio, con los ojos marrones y una dulce sonrisa.
Su físico era más bien corpulento, era la más bajita del grupo y se llamaba Ana.
La saludé con dos besos. Después conocimos a Lucía.
«Qué lindo nombre», pensé nada más oírlo.
Ella era más alta y muy delgada. De esas mujeres a las que le queda genial el pelo corto, su cabello era castaño, con un peinado moderno y cortito.
No estaba anoréxica, pero, al lado de su amiga Ana, parecía más flaca de lo que era en realidad.
No pude evitar fijarme en sus hermosos ojos verdes.
Me pareció guapísima, con la piel blanca, lisa, sin ni un lunar, ni un granito. Inmaculada total.
Primero saludó a Silvia y, al acercarse a mí, me dio la mano y me dijo:
—¡Vaya! Nunca había conocido a una pelirroja tan pecosa.
Me enfureció su osadía y decidí pagarle con la misma moneda.
—Pues yo tampoco había conocido nunca a una flacucha tan blanca —le respondí.
Sin soltarnos las manos, nos miramos las dos muy seriamente, con los ojos ardientes, y, por supuesto, no hubo beso alguno con el saludo. Gloria notó la tensión y se entrometió para intentar apagar aquel fuego.
—¡Vamos, chicas! Relajaos. Primero os conocéis y, si os tenéis que degollar, os degolláis. Pero daros tiempo a vosotras mismas, ¿sí?
Todas nos echamos a reír y nosotras nos soltamos las manos. Las dos bajamos la guardia.
Gloria estaba hambrienta y nos animó a ir a cenar a una pizzería que estaba cerca. Pero antes decidimos elegir quién dormía con quién y dejar las maletas cada una en su habitación. Silvia y yo nos miramos, cómplices.
Las otras dos se miraron también, pero Gloria dijo en voz alta:
—Ah, no, no. Aquí hemos venido a conocernos, así que Silvia y Ana en esta habitación; yo en la mía, por supuesto, y las dos músicos en la del fondo.
Las dos nos miramos extrañadas y preguntamos a la vez:
—¿Músicos?
Lucía frunció el ceño y añadió:
—¿Tocas algún instrumento?
—Sí, la guitarra. ¿Y tú?
—El violín.
Se nos dibujó una leve sonrisita en la comisura de los labios. Nuestro fatal comienzo quedó en el olvido y, a partir de entonces, solo reinó el buen rollito musical.
Descubrir que una perfecta desconocida comparte tu principal afición es como encontrarte dos motoristas ruteros en una gasolinera.
No se conocen de nada, se miran, se hablan y, desde ese preciso momento, son amigos, hermanos de por vida, solamente por su apego común a rular en moto.
Con la música ocurre exactamente lo mismo.
Entre miles y miles de personas en el mundo, cuando topas con alguien con esa única y misma peculiaridad, ya nunca se te acaba la conversación con esa persona, todas las batallitas que le cuentas poseen una melodía, todas tienen un final musical.
Desde un viaje, a un concierto, desde una exposición, a una película.
Hasta una tarde en la biblioteca puede ser una buena fábula, cuando encuentras esa partitura que llevabas años buscando y, sin querer, la encuentras olvidada en una estantería polvorienta.
Todo, todo son historias sobre música y, lo mejor de todo es, que su interés es real, su atención es verdadera, fiel y totalmente cortés.
Además, ella incluyó también sus propias historias, que, por descontado, escuché sin pestañear.
Una vez dejadas las maletas en las habitaciones, ya en el restaurante, Lucía y yo nos buscábamos con la mirada, para poder sentarnos juntas. Dejamos que las demás eligieran su sitio en la mesa y las dos últimas sillas contiguas fueron las nuestras. Nos salió perfecta la jugada.
El plato fue el mismo para todas, pizza.
Apenas la probé, me atraían más los ojos de Lucía y su conversación.
Me juró mil veces que tenía una foto junto a Mick Jagger, la consiguió en uno de los últimos conciertos que dio en nuestra ciudad, Barcelona.
Aquella foto superaba a cualquiera de las mías, solo tengo con grupos nacionales.
Silvia triunfó contando algunas de sus historias, haciéndonos reír a todas durante un buen rato. Ana era la más retraída y se dedicó a escuchar y a reír todo. Después, durante los postres, Gloria se puso melancólica y le dio por contar cosas del pasado, de cuando nosotras dos éramos crías.
—Pues sí, sí. Nuria era la defensora de todas las causas perdidas, todo lo que rechazaban los demás por despecho, ella lo defendía a muerte. ¿Te acuerdas aquella vez que estuviste todo un año sin hablarte con nadie de tu clase porque se burlaban de aquel niño gordito?
—Sí, me acuerdo de él; era Juanito, Juanito, el gordito —confirmé, desganada.
Todas se rieron del pareado, pero yo recordé la poca gracia que me hacía a mí en aquel entonces escuchar cuando se lo decían a él. Aun así, conté la historia.
—Fue mi mejor época en la escuela primaria.
Mis padres estaban orgullosísimos de mis notas.
Todas las tardes me iba a casa de Juanito a hacer los deberes y a estudiar.
El tío era un empollón, un estudioso sin apenas esfuerzo.
A su lado aprendí muchísimo, los estudios me fueron mejor que nunca.
Lo mejor de todo eran los pedazos de bocadillos de pan chocolate que nos merendábamos en su casa.
Juanito no estaba gordo por su metabolismo, sino porque era un grandísimo glotón y comía muchas cositas dulces.
Mientras todas volvían a reírse, Gloria añadió:
—¡Joder!, es verdad, en la media hora del patio nunca se traía bocadillo, siempre pastelitos de chocolate y crema.
Y la cabezona de Nuria seguía sin hablarse con ninguno de sus compañeros, aprovechaba esa pausa para desahogarse hablando un rato conmigo, casi no le daba tiempo de comerse el bocata de tanto hablar, de hablar y de quejarse.
Silvia quiso saber algo más y pregunto:
—¿Y cuándo se acabó vuestro romance?
Y yo contesté: