Mi problema David
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David

Al llegar a casa, él no estaba, como siempre.

Le llamé al móvil y le pedí que viniese lo antes posible.

Me respondió que no podía, que tenía cosas urgentes que terminar en la empresa.

Con tono despectivo, le dije que sabía con seguridad que no estaba en su trabajo y, antes de colgar, le hice saber que le estaba esperando en casa para comunicarle algo importante.

Habían sido tantas las excusas, tantas quejas y mentiras en las que me aseguraba que acababa de terminar de trabajar, de las que volvía a casa tardísimo y agotado.

Cuando yo sabía desde horas antes que no estaba en su puesto de trabajo, gracias a la recepcionista de su empresa, que me aseguraba que hacía horas que se había marchado del despacho.

Sabía que aquella noche era una de esas de trabajo inventado y no necesité llamar a su empresa para confirmarlo, estaba segura de que el trabajo era un embuste.

El muy estúpido tenía la convicción de que yo no sabía que estaba con alguien, o con varias.

No sé quién era más estúpido de los dos: yo, por seguir dejando que pasase aun sabiendo sus engaños, o él, por ser un torpe indiscreto.

Nada nos unía ya desde hacía mucho tiempo y sus mentiras habían dejado de irritarme demasiado; hasta aquella misma noche.

Media hora más tarde se presentó en casa, con una sonrisa falsa y un montón de excusas.

No escuché ninguno de sus bulos, le pedí que me escuchara con atención y comencé a relatarle todo, desde mi primer problema auditivo, hasta mi visita al Hospital de aquella misma mañana.

Atónito se sentó a escucharme, con los ojos muy abiertos y en silencio, sin dar crédito a mi historia.

No supo qué decir al término, pero yo sí, lo rematé con una puntilla final. Le pedí el divorcio.

—¿El divorcio?, ¿ahora? —dijo él, asombrado.

—No, ahora no. Mañana hablamos con Gloria e intentamos que sea lo más justo posible para ambos, y lo más amistoso posible.

»Si puede ser, claro —añadí, sarcásticamente.

—Pero, mujer…, ¿crees que es el mejor momento?

—No. Creo que el momento tenía que haber sido mucho antes —aclaré con sinceridad.

Intenté que comprendiera mis motivos. No le descubrí nada nuevo al decirle que nuestros sentimientos mutuos ya no eran los mismos de años atrás, cosa que reconoció.

Ser conocedora de terceras personas por su parte tampoco ayudaba nada en nuestra relación.

No quería que estuviese a mi lado por lástima, ni esperaba un sacrificio de su tiempo libre para acompañarme a pruebas y visitas médicas, ni, por supuesto, una dedicación absoluta a cuidar de mí en posibles convalecencias.

No quería nada de él, tampoco lo esperaba.

Poco a poco fue entrando en razón. Tras exponerle todos mis argumentos, descubriendo que no había ya amor por el que luchar, era mucho mejor seguir cada uno por su lado, sin perder el contacto ni la amistad y, de mutuo acuerdo, repartir las cosas materiales sin rencor alguno.

Así, en armonía, decidimos que él se quedaba el coche nuevo, ya pagado, y un pequeño apartamento que teníamos en la playa, al cual todavía le quedaban un par de años de cuotas del banco, y al que nunca íbamos por culpa de su trabajo.

¿O era por culpa suya?, ya daba igual. Yo me quedaría con mi pequeño coche de segunda mano, para mí era más que idóneo, y el piso en el que habíamos estado conviviendo, que, para mí sola, me parecía enorme; viviendo en soledad, aún mucho más.

No sé si fue un buen convenio, ni quién de los dos salió más favorecido, me dio totalmente igual. Un sitio donde dormir y un coche para desplazarme me pareció justo y no quise regatear.

A pesar de estar prácticamente toda la noche discutiendo por cosas tan banales, terminó confesándome que le apenaba mucho mi problema, que sentía mucho nuestro alejamiento y, con lágrimas en los ojos, reconoció, sin duda alguna, que fui la mujer de su vida, que no lo había sabido apreciar, y que no dudara en pedirle cualquier cosa que necesitara en todo el proceso que estaba por llegar.

A pesar de nuestro emotivo abrazo, para mí ya no había vuelta atrás y, a la mañana siguiente, se lo expuse todo a Gloria, a la que no le extrañó nada mi decisión; ella sabía ya de nuestros problemas y se puso a tramitar todo el papeleo.

No quería alargar más tiempo una relación que para ninguno de los dos tenía sentido, ni obligar a nadie a fingir lo que no sentía por pena. Y así decidí caminar yo sola los últimos días, siendo fiel a mi decisión.

Parto de una creencia optimista, de saber, de creer fielmente que, cuando una persona toma una determinación superimportante y drástica en su vida, de aquellas que saben que va a poner todo patas arriba, que va a cambiar su vida y hará que nada vuelva a ser lo que era, y, aun así, la toma, es porque es lo que debía ser para prosperar.

Creo firmemente que todo lo que ha de llegar será mucho mejor que lo ya vivido.

Un viaje por todo el mundo. Un número de lotería premiado.

Un amor; un apasionado y gran amor. ¿Quién no ha soñado alguna vez con un amor así?

De los que te enamoras sin buscarlo, que te libera de tu melancolía y, con tan solo una mirada, te alivia todos tus problemas pasados; que te regala caricias en los peores momentos y de los que sus palabras al oído suenan como suave poesía.

¿Por qué no puedo tener yo algo así? ¿Por qué no puedo creer en algo así?

No sé si me espera algo o alguien que llegue rompiendo todos mis esquemas y que me haga vivir mis últimos días como los mejores.

Solo estoy segura de que, si ocurriese, seria posiblemente mi última oportunidad de rozar un poco de felicidad, de tener lo único que vale la pena, el motivo por el cual nadie se quiere marchar de esta vida: la dicha de saber que hay alguien que piensa en ti mucho más de lo que lo haces tu misma, que espera cada atardecer sola y únicamente para acabar el día junto a ti y despertar a la mañana siguiente a tu lado, sin esperar nada a cambio, solamente a ti misma y a tu amor.