Papá y mamá
Lo peor fue explicárselo a mis padres. Gloria me sugirió que lo hiciera de inmediato, quiso pedirse el día de descanso en el trabajo, para estar conmigo y así ir juntas a hablar con ellos, pero no se lo permití; me hizo prometerle que se lo diría aquel mismo día y cumplí mi promesa.
Volví a la fábrica y, nada más entrar por la puerta, me encontré de cara con mi madre, que se quedó muy sorprendida de mi llegada.
—Nuria, ¿qué haces aquí?, ¿no hacías hoy fiesta? —No contesté y le formulé yo otra.
—¿Dónde está papá?
—Dentro con los tejedores, ¿por qué?
—Por qué no vas a buscarlo, tengo que hablar con vosotros —le dije.
—¿Ha pasado algo malo? —Me miró asustada.
—Cuando estéis los dos aquí os lo cuento todo. —Le propiné un ligero golpecito en el hombro—. Va, mami, ve a buscarlo, por favor.
Ella hizo caso a mi plegaria y se marchó, pero antes de salir de la oficina, me miró con recelo. Yo me senté en mi mesa a esperarlos, ensayando mi discurso, sin saber muy bien como sortear airosa aquel temporal, cómo hacerles menos daño.
Trabajo con mis padres en su pequeña fábrica de textiles.
Mi padre ejerce de encargado de los operarios, de técnico y mecánico de las máquinas.
Mi madre y yo trabajamos en la oficina; aunque, la verdad, el papeleo lo llevo prácticamente yo sola.
Ella no se aclara mucho con el ordenador, dice que son máquinas odiosas.
Ante su poca capacidad de dominarlo, no me queda más remedio que intentar que no se hunda la empresa llevando al día todos los albaranes, los pedidos y, por supuesto, a mediados de año, Hacienda.
A veces me las veo y me las deseo para hacer cuadrar todos los números, pues, en ocasiones, el dinero no es de su color original, a veces es negro, y eso es más complicado de solventar.
Mi madre se encarga de las tareas de relaciones públicas, ella tiene más labia con los clientes, es más convincente y se le da mucho mejor que a mí; yo prefiero la retaguardia.
Los dos tienen la misma edad, cincuenta y ocho años, desean fervientemente jubilarse y dejarme a mí el legado de la fábrica, pero su suculenta ofrenda para nada es de mi interés.
Creen que su deseo de que me quede a cargo de su empresa es mío también; no es el caso.
Mi aspiración desde hace años es terminar mis estudios y obtener una titulación como profesora de música, para poder dar clases de musicoterapia a niños o a chavales adolescentes. Nunca encuentro el momento de explicarles y hacerles entender a mis padres cuáles son mis verdaderos planes.
De niña me ocurría muchas veces esto: no saber contar con claridad mi verdadero objetivo, proyecto o voluntad.
Siempre que creía que iba abrir la caja de los truenos, no sabía bien si hacerlo o dejarles en la ignorancia de creer que todo iba a ir como ellos pensaban.
Como tampoco sé cómo empezar a contarles lo de mi problema; supongo que, a partir de ahora, mis proyectos a largo plazo tendrán que pasar a estar en un plazo algo más corto.
Mi padre entró en la oficina algo fatigado, con un churrete de grasa en la mejilla y limpiándose las manos con un trapo más sucio aún. Mi madre venia tras él y cerró la puerta.
—Dime, mi niña, ¿qué pasa? Nos tienes totalmente intrigados —dijo mi padre con ojos de interés.
Los hice sentar a los dos y, poco a poco, les fui narrando mi visita al médico.
Observé las diferentes facetas de sus caras mientras les contaba mi horrible relato.
Primero, sus rostros esbozaron incertidumbre; después frustración.
Los días siguientes mantendrían dibujada la de desolación.
No pude evitar que termináramos todos llorando al concluir la narración de mi problema.