Mi problema Gloria
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Gloria

Ahora, respecto a ligues va sobrada. Es muy guapa y no sufre carencia de amores.

Nunca se compromete, cuando quieren pasar a la fase de «algo más», termina de cuajo con la relación, y jamás convive con ninguno de ellos.

Su última adquisición parece que va bien, lleva casi un año con él y todavía no lo ha largado; eso sí, cada uno en su casa.

—Pero, Nuria, ¿qué haces aquí tan temprano? Casi no me pillas, estoy a punto de irme a la oficina. Pasa, mujer, pasa. Termino de maquillarme y estoy contigo.

Se alejó por el pasillo hasta el baño. Estaba guapísima con el traje chaqueta pantalón marengo de raya diplomática, unos zapatos de tacón negros y el pelo oscuro recogido en un moño, le resaltaban sus ojos grandes y marrones, aunque solo llevase maquillado un ojo.

Cerré la puerta y entré hasta el comedor, me senté en el enorme sofá de color crema a esperar que estuviese disponible para poder hablar conmigo.

Me fijé, embelesada, en sus nuevos bonitos muebles clásicos, de madera maciza hechos a medida.

Cuando murió Roberto, cambió todo el mobiliario de la casa, hasta arrancó los módulos de la cocina y se los colocaron de otro color.

Nos dijo que no quería nada que le recordara a su otra buena vida.

La oí desde el baño vocearme algo.

—¿Has desayunado algo, Panocha?

Le contesté que sí y seguí esperándola. Al cabo de un rato, entró en la sala y se puso a ordenar un montón de papeles que tenía encima de la mesa, luego los clasificó y comenzó a guardarlos dentro del maletín.

—¿Y bien? ¿A qué debo esta visita tan grata? —me dijo sin mirarme, mientras atendía a su montaña de papeles.

Me quede en silencio, sin saber cómo empezar; ella noto la rareza de aquella pausa y me miró muy seria, vio mi cara y soltó los papeles sin guardarlos. Se acercaba a mí y me preguntó:

—Nuria, ¿qué tienes?, ¿qué ha ocurrido? —Se arrodillo ante mí y apoyó sus manos en mis rodillas, me acarició la mejilla y añadió—. Nuria… Mírame… Dime ¿qué te pasa?

Rompí a llorar, no pude evitarlo, y ella, sobrecogida, me abrazó con ternura y, entre sollozos, le conté todo lo acontecido en aquella mañana horrible. Terminamos las dos llorando a mares; echando a perder todo su maquillaje y su intachable puntualidad al trabajo.

Intentó consolarme, trató de convencerme de que todo iba a salir bien, y yo quise creerla.

Es todo tan distinto en la soledad de mi habitación.

En esa oscuridad nocturna es cuando menos te acuerdas de las palabras de apoyo que te muestran los que de verdad te quieren.

Mientras esas mismas palabras te animan y te reviven durante el día; por las noches se olvidan y terminas hundiéndote y muriendo un poco.