Mi problema
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Miedo
Cuando peor lo paso es por la noche, cuando me acuesto.
En ese espacio de tiempo, antes de dormir, mis peores temores vienen a visitarme, consiguen que no pueda reposar tranquila.
A veces es peor, los malos pensamientos se meten en mis sueños y, dormida ya, se repiten en bucle, no me dejan descansar y me levanto a la mañana siguiente agotada y con resaca, como si me hubiese tomado cinco copas de whisky en la cena.
En ocasiones me arrepiento del divorcio.
La idea es una estupidez, la descarto en el mismo momento en que la pienso.
Separarnos ha sido lo mejor para los dos.
Vivir con David era como estar igual o peor que ahora, no éramos pareja desde hacía mucho tiempo y el sexo era inexistente; solo dormíamos juntos, como compañeros de piso.
Además, casi nunca estaba en casa. No hay nada peor para la soledad que un marido adicto al trabajo.
No sé, era diferente. No me sentía tan sola al saber que había alguien.
No nos aportábamos mucho; supongo que de alguna manera nos hacíamos compañía, aunque no hubiera caricias.
Estos pensamientos me abordan cada noche, al acabar el día.
Por las mañanas, cuando todo es luz, cuando empieza un nuevo día y hago mi vida a mi modo, no lo echo de menos; pero por las noches todo cambia de color.
Un color oscuro que invade el pensamiento y no da razón a nada, a nada bueno.
Suelo leer antes de dormir o rasgo algún acorde a la guitarra, pero llega antes el hastío que el propio sueño.
La música es mi gran pasión, le da sentido a todo en mi vida y, aunque tengo poco tiempo libre, siempre hay un momento, un ratito, un lugar, donde tocar algo, o aprender un compás o un acorde nuevo.
No podría sustituirla con otra cosa. Lo que siento con un instrumento en las manos, al acariciarlo y notar desde los dedos cómo nacen ritmos y melodías es, sin duda, sublime.
Es indispensable en mi vida. La forma en la que me expreso.
Soy muy musical, no le hago ascos a nada: conciertos, óperas, musicales; música clásica, rock, jazz…, si posee una melodía, me apunto.
Mi profesor es genial, un tío divertido, y superprofesional.
Algunos compañeros de clase hemos formado un cuarteto de jazz y solemos quedar para ensayar; tenemos un pequeño local al que acudimos varios días de la semana.
En ocasiones, incluso, hacemos conciertos en algún bar o sala.
Son estupendos y paso muy buenos ratos en su compañía.
Adoro tocar con ellos. La música me ayuda mucho a evadirme de los temores que irrumpen en mi cama.
A raíz de la música fue como descubrí mi problema; lo llamo «mí problema» por no decir su horrible nombre, es doloroso para mi nombrarlo.
Siempre había padecido de migraña, y últimamente se habían vuelto constantes; los dolores de cabeza se convirtieron en continuos y tortuosos, hasta el punto de que empecé a notar molestias en el oído derecho y perdí audición, cada vez escuchaba peor.
No es buen pronóstico para un músico y me preocupé.
Estaba la posibilidad de acabar como Beethoven, pero yo no soy un genio y no me iba a ir como a él.
Las primeras pruebas que me hicieron no revelaron gran cosa. Un día me metieron en cueros dentro de una máquina, me escanearon la cabeza y, por fin, encontraron a mi despiadado problema.
Un tumor en la cabeza, justo encima del oído derecho. Estaba oprimiéndome el tímpano y anulaba las audiofrecuencias acústicas del oído. Cabía la posibilidad de que siguiera creciendo y que, poco a poco, fuese perdiendo más audición y, por supuesto, la vida también.
Recuerdo el día que me dieron la noticia, me había levantado muy contenta porque después de la consulta tenía ensayo y había cogido la tarde libre en el trabajo, ajena, al día que iba a vivir.
Me había preparado un buen desayuno, lo había seguido de una ducha bien larga, y me había abrigado bien pues, aunque estaba soleado, corría viento y hacía mucho frío.
Al menos tuve suerte para aparcar el coche, casi en la misma puerta del hospital, siempre me había tocado estacionar lejísimos. Aquel día estuve certera.
Cuando dijeron mi nombre, pasé a una sala blanca muy pequeña, con un escritorio en el centro y una estantería a la izquierda, estaba toda llena de cosas para hacer curas: vendas, gasas, desinfectantes y demás.
Me invitaron a sentarme frente a la mesa, al otro lado estaban una enfermera y un médico muy atractivo.
Un cuarentón morenazo con unos increíbles ojos azules.
Ella también era muy guapa, más joven, rubita, delgada y con unos labios muy carnosos; me pareció que operados o retocados.
Llevaba unas gafas anchas de montura roja que le quedaban monísimas con sus enormes ojos oscuros y achinados.
Todo cambió de color cuando me dieron la noticia. La habitación ya no era tan blanca y ellos no estaban tan guapos. Y miré hacia aquella estantería, no había nada que pudiera curar lo que yo tenía.
Aquel día todo se frustró y me fue imposible actuar con naturalidad.
No pude, no tuve fuerza alguna para asistir al ensayo.
Si hubiera sabido que podía ser un diagnóstico tan cruel, tan horrible, a mí me pareció horrible, no hubiera acudido a la visita sola.
Estaba segura, totalmente convencida de que iba a ser una tontería; algo sin importancia, alguna especie de tapón o un quiste, algo leve, y, por conjetura, una intervención fácil, rápida y para casa.
Nunca imaginé que pudiera tener tal magnitud y gravedad.
La palabra «tumor» se pronunció solo una vez en toda la conversación, pero en mi cabeza se había quedado grabada y se reproducía una y otra vez.
La enfermera se apresuró a tranquilizarme mientras el doctor me explicaba todas mis opciones.
Me aclaró, sin andarse con rodeos, que tenía células cancerígenas en los conductos auditivos y que, sin duda, la radioterapia o la quimio serían inevitables, pero antes tendrían que intervenir quirúrgicamente para extirparlo.
Trató de ser amable. El primer paso sería saber con exactitud su tamaño.
Sin remedio, aquel día sería la antesala de otros de pruebas, analíticas y demás chequeos.
Aturdida con tanta información, el miedo de una operación tan precipitada y de tanto riesgo me bloqueó cualquier decisión lógica. Miedo por si las secuelas físicas serían muy jodidas, y porque quizá la gloria ansiada no sería el final esperado.