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Abrí los ojos con dificultad. Estaba cansado, somnoliento, y en cuanto fui consciente de mi situación, me di cuenta de que me encontraba tumbado en la cama de mi habitación de hotel.
Me costaba pensar con claridad y al intentar incorporarme, comprobé que tenía los brazos abiertos en cruz y estirados hacia arriba y me habían atado las manos con unas cinchas, que aprisionaban mis muñecas.
Tiré, pero me habían inmovilizado muy bien y al mirar hacia abajo fue cuando descubrí que estaba completamente desnudo y con la polla erecta.
No parecía haber nadie más en la habitación y entonces intenté pensar cómo había llegado hasta allí.
Me venían flashes de lo que había ocurrido durante la noche después de cenar, pero no lograba visualizar la escena al completo.
Sí, estaba con Fran, Sandra y Andrea en la barra del bar, tomando una copa, pero no recordaba nada más.
Entonces salieron del baño juntas y agarradas de la mano. Sandra y Andrea. Fue como una aparición celestial.
Sublime.
Las dos con un conjuntito de lencería negra, en zapatos de tacón, medias negras y transparentes, ligas, ligueros y mi elegida llevaba una especie de sujetador con tan solo el contorno de las copas, mostrando los pechos y en la parte de abajo se había puesto el liguero, sin braguitas.
Me quedé mirando su sexo desnudo unos segundos y después me fijé en Sandra, ella sí lucía un bonito sujetador, que apenas soportaba el peso de sus increíbles tetas y un tanguita minúsculo que se encargó de que viera bien, dándome la espalda a los pies de la cama.
Ese culazo y sus caderas no eran ninguna broma.
La rubia estaba realmente buena. Impresionante. Y Andrea le agarró de la cintura de una manera muy sensual.
Hice fuerza e intenté incorporarme y liberarme de las ataduras, pero no había manera. Estaba a su completa merced.
―¡Kira, suéltame! ―le ordené, pero ellas no me hicieron caso, y se situaron frente a frente, mirándose a los ojos, acariciándose la cintura―. ¡Kira, suéltame o lo pagarás muy caro, te lo prometo! ―repetí, pero ellas siguieron a lo suyo y acto seguido comenzaron a besarse delante de mí.
Y cuando Andrea descendió un poco, posando los labios en el cuello de Sandra, la rubia me miró jadeante y sonrió. Os prometo que aquella sonrisa y su mirada perversa me dejaron helado y supe al instante que esa noche no pintaba demasiado bien para mí...