Mi primer vuelo 43
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Mi relación con Leticia ya no volvió a ser la misma.

Ni con Sandra tampoco. No coincidí con mi mejor amiga en el desayuno y durante el vuelo de vuelta a Madrid, no me dirigió la palabra.

Cuando nos sentamos detrás juntas, quise hablar con ella, pero estaba muy avergonzada por lo que había hecho y no me salieron las palabras.

No tenía explicación alguna a mi comportamiento. Y es que ni yo misma lo entendía.

Y al llegar a casa, me encontré con un nuevo problema. Sebas. Me estaba esperando en el sofá y enseguida me di cuenta de que tenía un cabreo considerable.

―¿Qué tal el examen, cariño? ―le pregunté.

―Mal, muy mal, voy a suspender...

―Pero, ¿y eso...?, si lo llevabas muy preparado, seguro que no es para tanto...

―Me ha salido como una puta mierda..., lo mismo es que no he ido a hacerlo en las mejores condiciones, no he pegado ojo en toda la noche...

―Vaya, lo siento...

―No podemos seguir así, Andrea, no sé qué es lo que te pasa, pero desde hace unos meses no eres la misma, estás muy cambiada desde que empezaste a trabajar, estás extrañísima, distante, ya ni follamos, ni tan siquiera dejas que me acerque a ti...

¿me vas a contar quién es esa tal Isabel?

, aunque has borrado los mensajes de whatsapp, tienes varias llamadas de ella y nunca me has hablado de esa compañera, ¿es que te estás viendo con otro?

―¿En serio me has mirado el móvil?

―Sí, tenía que hacerlo... pero no has contestado a mi pregunta.

―No me estoy viendo con nadie ―mentí con frialdad―, simplemente es que estoy pasando por una época en la que no me apetece tener relaciones, te lo he explicado mil veces, pero no quieres entenderlo...

―No es solo eso, son más cosas, estás como ida la mayor parte del tiempo, ausente..., mira, Andrea, sabes que esto para mí va a ser más duro que para ti, pero creo que lo mejor es que nos demos un tiempo...

Aquella frase fue muy dura. E inesperada. Es verdad que nuestra relación estaba pasando por muy mal momento, pero nunca pensé que Sebas se separaría de mí.

―¿Me estás dejando?

―No, solo te estoy pidiendo un tiempo, es que siento que ya no encajamos, nos gustan cosas distintas, mis amigos te caen mal...

, al final si seguimos en esta dinámica voy a decir o hacer cosas de las que luego me arrepienta, y prefiero parar ahora, analizar todo y ver qué hago, porque yo así no puedo seguir, no estoy bien, Andrea y tú tampoco...

―Y después de ocho años, ¿esto es todo lo que tienes que decirme?... ¡me parece increíble!

―¿Y qué más quieres que te diga?, ¿te parece poco?

No quiero discutir más contigo, nos pasamos todo el puto día discutiendo, yo soy el malo y todo lo que quieras, vale, que sí, no intentes tergiversarme, como haces siempre...

, ahora me voy a ir de casa un rato, y cuando vuelva no quiero que estés aquí, así que te pido por favor que recojas tus cosas...

―¿Me estás echando?, ¿y por qué no te vas tú?

―Porque esta era mi casa, el piso lo alquilé antes de conocerte y no me pienso ir...

―Vengo destrozada de currar y ahora no me apetece esto, recoger todo, son muchas cosas... ¿dónde cojones quieres que vaya?

―Llama a alguna amiga, o vete donde quieras, pero esta noche no quiero que sigas aquí...

―¡Es alucinante lo tuyo!, me estás echando como a un puto perro... ¡peor!

―No hace falta que te lo lleves todo, ya te he dicho que necesito un poco de tiempo para pensar...

―Ah, muchas gracias por el detalle... ¿y eso es todo?, ¿ya está?

―Sí, no me lo pongas más difícil ―y pasó a mi lado sin decir nada y después salió de casa.

Allí me dejó plantada, de pie, en medio del salón. En unas pocas horas acababa de perder a mi novio y a mi mejor amiga.

Fue muy duro tener que preparar la maleta en ese estado, no sabía ni a quién llamar, ni a dónde ir ni que ropa llevar.

Y en ese momento me sentí muy sola. Llené dos maletas pequeñas con los uniformes de trabajo, la ropa imprescindible para pasar unos días, cosas de aseo y busqué un pequeño hotel cerca del piso.

Ni tan siquiera me apeteció salir a comer. Y mientras me instalaba en la modesta habitación que había reservado, me llegó un mensaje de Ismael.

“Mejor así, ese capullo no te merecía. Es un perdedor. Sé que ahora estás un poco jodida, pero con el paso del tiempo, te darás cuenta de que ha sido lo mejor que te podía pasar”

No me reconfortaron en absoluto sus palabras y me pasé la tarde buscando casa en varias páginas de inmobiliarias. Los dos días siguientes visité tres o cuatro, pero se me escapaban de mi presupuesto, y al final tuve que alquilar una habitación y compartir piso con otras tres chicas.

Mi vida dio un giro de 180º.

Me senté en la cama de mi pequeña habitación de ocho metros cuadrados y me pregunté cómo narices había llegado a esa situación.

Estuve mirando las redes sociales y justo me llegó una noticia de Paula Fornells.

Aunque nos seguíamos escribiendo, no la había vuelto a ver desde que pasamos la tarde en el spa, y ahora, según la información que me entró, estaba saliendo con la famosa cantante catalana de trap, Marta Miranda “la china”.

Las habían cazado juntas, saliendo de la mano de un lujoso restaurante dos estrellas Michelín y mi amiga influencer, había subido 40. 000 seguidores en apenas unas horas.

Intenté dormirme pronto, pues al día siguiente me tocaba trabajar, pero antes cumplí con las órdenes de Ismael y después de visionar un video porno de BDSM que me había mandado, me masturbé durante diez minutos.

Al borde del orgasmo, decidí que me importaba una mierda si Ismael me castigaba, necesitaba ser suya, que me diera una buena reprimenda.

Era lo que merecía.

Y esta vez no me detuve, y me acaricié hasta correrme por primera vez en esa camita de noventa centímetros. Luego le mandé un mensaje a Ismael.

Andrea 10:45

Me he corrido esta noche

Lo siento, me he portado mal

El martes me tocó volar, por lo que no pude ir al Vivaldi por la mañana, pero yo sabía que en el siguiente encuentro con Ismael, me iba a acordar bien por haberle desobedecido por tercera vez.

Me ordenó llevar las pinzas puestas más tiempo de lo normal, incluso me hizo ponérmelas en un vuelo de dos horas, en el que llegué destrozada literalmente; ya ni sentía los labios cuando me las quité y también me prohibió tajantemente volver a tener un orgasmo hasta que no nos viéramos en persona.

Yo seguí cumpliendo lo que me ordenaba, veía los videos, escuchaba los audios, leía los libros que me pasaba y me masturbaba como mínimo dos veces, antes de comer y de la cena.

Diez días más tarde, seguía sin tener noticias de Sebas y aprovechando que él por las mañanas iba al gimnasio, me fui pasando poco a poco por su piso, para recoger la ropa que todavía tenía en su casa.

Y entonces ocurrió algo que no me esperaba.

Yo seguía teniendo las llaves del piso, ya apenas me quedaban por llevarme cuatro cosas y justo la última mañana que me iba a pasar por allí para terminar de recoger todo, abrí la puerta, no serían más de las once y nada más entrar, escuché unos gemidos que venían de la habitación principal.

Mi primera reacción fue irme, pero mi curiosidad fue más grande por saber a quién se estaba follando mi novio, o más bien mi ex, con el que en teoría nos estábamos dando un tiempo, así que decidida me planté en el dormitorio.

¡Menuda escenita que me encontré!

Sebas meneando su musculado culo a toda potencia, embistiendo duro y a cuatro patas a una chica que de primeras no llegué a conocer. Ella gritaba como una ramera y al descubrir quién era, me quedé a cuadros.

La muy zorra se había puesto uno de mis conjuntitos de lencería.

Justo el que iba a llevarme. Era negro, con transparencias y encajes y a ella le debía quedar como dos tallas más pequeño.

Sebas le había apartado el tanga a un lado y se la follaba mientras sus voluminosas tetas colgaban por encima del sujetador, bamboleándose delante y atrás.

―Vaya, vaya, esto sí que no me lo esperaba, ¿qué tal, Elvira?, ¿folla bien mi novio? ―les dije plantándome a su lado.

―¡Joder, Andrea...! ―exclamó Sebas, sacándole la polla a toda velocidad y ella se tumbó bocabajo, tapándose los pechos―. ¡¿Qué haces aquí?!

―Venía a recoger ese conjuntito ―y me agaché tirando del elástico del tanguita―, ¿te pone cachondo follártela con mi ropa interior?, ¡puto cerdo!..., ya te lo puedes quedar si te gusta, te queda muy bien, eh, Elvira...

―Tenías que avisarme si ibas a venir, ¡no puedes presentarte así en MI casa! ―protestó Sebas.

―¿Cuánto tiempo llevas follándote a la novia de tu mejor amigo?... por cierto, Elvira, os casabais, ¿cuándo era la fecha...?, que se me ha olvidado...

―¡Dile que se vaya, joder! ―farfulló ella, tapándose la cara con la almohada.

―Tranquilos, que ya me voy, para que podáis terminar, ¡estabais echando un buen polvazo!, es bueno en la cama, ¿eh?... ―dije mientras Sebas saltaba y me ponía las manos en los hombros para echarme de la habitación―. ¡Ni se te ocurra tocarme!

―¡Sal de aquí! ―me gritó.

―¡Madre mía!, ¿en serio te estás follando a esta sin condón? ―le pregunté señalando su polla―. Bueno, creo que ya no hace falta que me llames más...

―¡Que te largues!

―Y recuerdos a Valti ―fue lo último que le dije a Elvira, mientras Sebas me sacaba a empujones de la habitación.

Dejé las llaves en la mesa del salón y esa fue la última vez que vi a Sebas. Nuestra relación, ahora sí, se había terminado para siempre.

En cierta medida, me vino hasta bien pillar a mi chico con la choni de Elvira, y eso me ayudó a superar la ruptura con mucha más celeridad. Ahora, solo tenía que centrarme en mi trabajo y en Ismael, pero todavía seguía teniendo una preocupación que me rondaba la cabeza.

Sandra.

A ella sí quería recuperarla, era mi mejor amiga y la adoraba; y me pasé la tarde pensando en cómo podía hacerlo.

Al final, solo se me ocurrió escribir toda esta historia, como si fuera una terapia para exteriorizar mis sentimientos y en cuanto llegué a mi habitación, saqué el ordenador y tecleé el título de la novela.

Mi primer vuelo

Unos días después, llegó un nuevo encuentro con Ismael en el Vivaldi.

Sabía que tenía pendiente un buen castigo por desobedecerle, ya me lo había advertido y me presenté a la cita muy nerviosa y excitada.

Cuando quedaba con Ismael, mi mundo se reducía a él y durante esas horas en las que me transformaba en Kira, conseguía olvidarme de mi desgracias y sabía que al menos, siempre sería su sumisa favorita.

Su “elegida”.

FIN

∞∞∞

Cuando quedaba con Ismael, mi mundo se reducía a él y durante esas horas en las que me transformaba en Kira, conseguía olvidarme de mis desgracias y sabía que al menos, siempre sería su sumisa favorita.

Al menos siempre sería su sumisa.

Su “elegida”.

FIN

Tensó las caderas y apenas lo pudo sujetar con una sola mano, por lo que el libro se deslizó entre sus dedos, cayendo sobre las sábanas.

Se lo había leído casi del tirón en una sola tarde y cuando lo terminó ya de noche y en la cama, estaba demasiado cachonda; se acarició el coño con rabia, subiendo y bajando el culo, para llegar al orgasmo en unos pocos segundos.

Era la tercera vez que se corría.

Sandra se quedó jadeando, desnuda, pensativa, había sido demasiado excitante la historia de Andrea, y jamás se hubiera imaginado el gran secreto que escondía su amiga. Entonces, tras unos minutos de duda, cogió el móvil y le mandó un mensaje.

“¿Cuándo nos podemos ver?”

∞∞∞

Quedamos en la misma cafetería del centro de Madrid y cuando llegué, Sandra ya me estaba esperando dentro.

Por una vez había sido puntual y encima de la mesa tenía el libro que le había regalado.

Aquella tarde estaba realmente espectacular, sexy, muy erótica, con una minifalda negra de látex ajustada a su cuerpo, luciendo muslos y caderas y una camiseta blanca sin sujetador, insinuando sus pechos a lo bestia.

Con el pelo rizado suelto y los labios pintados de un rojo intenso, se levantó y me dio dos besos y luego me pidió amablemente que me sentara con ella.

Nos sirvieron un par de cafés y fue Sandra la que rompió el hielo.

―Me ha gustado mucho, muchísimo, escribes muy bien, además es increíble todo lo que cuentas y muy excitante... ―dijo tintineando con los dedos en la portada y me fije en que también llevaba las uñas del mismo color que los labios.

―¿En serio?

―Sí, y bueno... más o menos ahora lo puedo entender todo... ya te digo que más o menos. Por cierto, me gusta el nombre que has elegido para mí, “Sandra”, creo que me pega y el de Ismael también. Joder, Andrea, jamás me lo hubiera imaginado, ¿es cierto todo lo que viene en el libro?

―Sí... al 100%, bueno, he cambiado alguna ubicación, los nombres y pequeños detalles, pero el resto...

―¿Y por qué?, quiero decir, esa es la parte que más me cuesta entender, ¿por qué haces todo lo que te ordena ese tío?

―Es muy difícil de explicar, ni yo misma lo sé, no conocía esa parte de mí; sinceramente, la descubrí mi primer día, cuando me tomé esa copa en el hotel en Zurich, y ahora estoy atrapada en esta nueva vida ―dije agarrando el collar de la luna que colgaba de mi cuello.

―Pero, es algo muy duro, mira lo que te ha pasado conmigo, con Sebas, has perdido a tu novio, estás arriesgando tu trabajo con todo lo que haces..., ¿en serio quieres seguir con él?, ¿te merece la pena?

―Desde luego...

―¿Es que te gusta ser su sumisa?

―Sí, me encanta y no espero que lo comprendas, porque ni yo misma lo hago, ya te digo que es imposible de explicar, pero cuando me convierto en Kira, ni te imaginas lo que siento...

―Ya, pero no lo puedes justificar todo con eso, tiene que haber un límite, una línea roja que no estés dispuesta a cruzar, lo de Fran me jodió bastante, más que por él, me partió el corazón por ti, por perderte, fue muy duro verte en su habitación, me pasé toda la noche llorando... ¡estaba destrozada!

―Lo siento muchísimo, de verdad...

―Me gustaría volver a recuperarte.

―Y a mí también.

―Pero no quiero verte así, tienes que pasar página y dejar que te ayude...

―¿Ayudarme?

―Sí, a salir de esa relación tan tóxica en la que estás metida, tú no lo ves, pero necesitas ayuda y urgentemente; no puedes seguir así y yo no lo puedo permitir, no voy a quedarme de brazos cruzados viendo como mi mejor amiga tira su vida por la borda...

todavía estamos a tiempo de arreglarlo, antes de que sea tarde...

Y entonces miré hacia mi móvil y desbloqueé la pantalla.

―¿Nos está escuchando? ―susurró Sandra.

―Sí...

Ella se puso el dedo en la boca, para hacerme la señal de silencio y luego cogió mi teléfono, lo guardó en mi bolso y cerró la cremallera.

―Andrea, ¿quieres que te ayude o no?

Y yo negué con la cabeza.

―Andrea...

―No, por favor, quiero seguir siendo Kira... ―le supliqué en bajito

―No, Andrea, tú no quieres eso, así que déjalo en mis manos... confía en mí, sé exactamente lo que tengo que hacer...