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Se había despojada de la americana y llevaba la camisa por fuera del pantalón, con cuatro botones desabrochados. Enredó los dedos en su pelo y se repeinó hacia atrás, acercándose a mí.
―Estás muy guapa hoy...
―Gracias.
―Espero que no se haya molestado mucho, Sandra, sé que es tu mejor amiga... aunque os he visto salir juntas del baño y parecía que todo estaba bien entre vosotras, ¿no?
―Sí, todo bien...
Entonces alguien llamó a la puerta con los nudillos. Me puse en alerta, pues yo sabía que era Sandra y le pedí a Fran que por favor no fuera.
―Tranquila, no pasa nada...
―No, no abras... si Sandra me ve aquí...
―¿Y qué hago?, ella sabe que estoy dentro... ―murmuró Fran.
―No abras, por favor...
Pero Sandra insistió y volvió a llamar, esta vez con más insistencia.
―No te preocupes, que no va a pasar... dame un minuto ―aseguró y abrió decidido la puerta un poquito, asomando la cabeza por una pequeña rendija.
Me quedé allí plantada, de pie, en medio de la habitación y escuché a mi amiga al otro lado.
―¿Es que no piensas llamarme?, ¿tú de que vas...?
―Lo siento, Sandra, sabes que me encanta estar contigo, pero hoy no me encuentro muy bien, estoy un poco cansado y me apetecía acostarme pronto...
―Lo tuyo es increíble, primero tonteas con mi mejor amiga delante de mí y ahora esto... de acuerdo, pero esta es la última vez que voy detrás tuyo, no me voy a arrastrar más, el día que quieras algo ya sabes, me llamas y ya veré si estoy disponible...
―No te enfades, Sandra, joder, si sabes que me encanta estar contigo...
―Pues no lo parece... ¿y por qué estamos hablando así?
―¿Así cómo...?
Y de repente Sandra hizo fuerza y empujó la puerta y a Fran, abriendo casi del todo. De un par de zancadas avanzó hasta el interior y me encontró allí, petrificada, con los ojos abiertos de par en par y los brazos cruzados en medio de la habitación.
―¡Ey!, ¿pero qué haces? ―protestó Fran, pero ya era tarde.
―¡¡Serás hija de puta!! ―gritó Sandra―. ¡¡Joder, esto sí que no me lo esperaba de ti!!, ¡iros a tomar por culo los dos y tú no me vuelvas a dirigir la palabra!, ¡¡zorra de mierda!! ―gritó señalándome con el dedo.
―No, Sandra, no es lo... ―intenté excusarme.
―¡Serás hija de puta y falsa!, yo contándote todo y tú... joder, ¿te lo has pasado bien a mi costa?, ¿ya te lo has follado más veces? ―me preguntó mi amiga.
―No digas bobadas ―le contestó Fran―. No hemos hecho nada, solo estábamos hablando y ya está... ¡cálmate! ―y le puso la mano en el hombro.
―¡No me toques, joder!, no me habían pegado una puñalada así en la vida... ¡PASADLO BIEN Y QUE OS FOLLEN A LOS DOS! ―y se marchó pegando un tremendo portazo que debió retumbar en toda la planta del hotel.
Yo me quedé paralizada, con el corazón latiendo a mil pulsaciones y Fran negó con la cabeza antes de girarse hacia mí.
―Perdona, Andrea, no pensé que fuera a entrar a la fuerza... ¿estás bien? ―dijo acercándose a mí, rodeándome con sus brazos al verme tan nerviosa.
Entonces levanté la vista y le miré a los ojos. Con la respiración agitada y sin pensármelo, me lancé a su boca, besándolo en medio de la habitación. Fue algo instintivo, porque si lo hubiera analizado bien, habría salido corriendo. Y Fran me correspondió el beso, comenzando su transformación.
Creo que la escenita de Sandra todavía le puso más cachondo y de repente se convirtió en un crápula, sacando la lengua de manera soez y mutando su rostro a uno mucho más perverso.
Tiró de mi falda y me sobó el culo a dos manos, amasándome los glúteos con ganas y después siguió su descenso por la parte final del culo, hasta que me acarició el coño.
―¡Joder, cómo me pones, Andrea!, hay que ser muy zorrita para presentarte aquí así, sin braguitas...
Miré hacia atrás, retrocedí un par de pasos y le agarré para que me acompañara, antes de subirme a la mesa y abrirme de piernas.
―¡Méteme los dedos! ―le pedí, y Fran pasó el brazo por delante de mi cuerpo y me clavó un par de ellos hasta dentro, comenzando a follarme sin ningún tacto. A lo bestia―. ¡¡Aaaaah, sííííí, eso es, aaaaah, aaaaaaah!
―¡No sabes las ganas que te tenía, mmmmm, desde el primer día que te vi!
―¡Síííí, síííí, sigueeee, no pares, uffff, sigueeee!
―Te gusta esto, ¿eh?
―¡¡Aaaah, sí, joder, aaaaaah!, ¡y ahora, cómemelo! ―le pedí tirando de sus hombros hacia abajo, intentando que se agachara.
―¿Qué...?
―Que me lo comas, por favor... ¡me tienes muy cachonda!
―Ah, ¿sí?, ¿quieres que te lo chupe?, ¿y no prefieres que te folle? ―dijo muy seguro de sí mismo, abriéndose los botones del pantalón vaquero.
Se la sacó, pegándose un par de sacudidas delante de mí para mostrármela. Y no me extrañó que quisiera hacerlo. Su polla era igual que él. Casi perfecta, palpitante y muy dura. La soltó, dejándola caer a plomo en mi coño, para después restregarse contra mí un par de segundos.
―¡Cómemelo antes, por favor!, y te dejo que me la metas...
―¿A pelo?
―Sí, ufffff, como tú quieras...
―Está bien... pero no suelo hacer esto el primer día, y después te va a tocar chupármela a ti, eh...
―Sí, vale, mmmmm ―jadeé.
―¡Joder!, ¿pero cómo puedes estar tan empapada? ―soltó al ponerse de cuclillas delante de mí y yo le agarré la cabeza y se la estampé en mi entrepierna.
Tensé las caderas y un calambrazo recorrió mi cuerpo en cuanto sentí su lengua en mi coño. Fue instantáneo, inmediato, apenas tuvo que esforzarse unos pocos segundos y en cuanto succionó mi clítoris, comencé a correrme.
¡¡Era mi primer orgasmo en un mes!!
No permití que se escapara y entrelacé los dedos en su pelo para hacer todavía más presión. Ya no podía hacer más fuerza ni sacar más la cadera. Le restregué mi empapado coño por toda la cara y me estiré al completo, desde la cabeza a los dedos gordos de los pies.
El grito que solté fue aterrador.
―¡¡¡¡¡AAAAAH, AAAAAH, AAAAAAH, JODERRRR, SÍÍÍÍÍÍ, SÍÍÍÍÍ, CÓMEMELO, CÓMEMELO, CERDO, AAAAAH, AAAAH, ME CORRO, JODERRR, ME CORROOO, ME CORROOO, AAAAAH, AAAAH, AAAAAH!!!!!
Y seguí meciéndome arriba y abajo, empapando descontrolada la cara de Fran, hasta que sentí su nariz penetrándome.
Cuando le liberé cogió aire como pudo y me miró con el rostro cubierto por mis jugos.
Al muy guarro le escurria una gota por la barbilla, como si se acabara de comer una rodaja de sandía.
―No sabía que eran tan bueno comiendo coños, te has corrido en veinte segundos ―se chuleó incorporándose con la polla en la mano.
Tiró de mi camiseta hacia arriba desnudando mis pechos y dejé que los observara durante unos segundos. Me pellizcó los pezones y se entretuvo jugando con mi piercing.
―Me da mucho morbo... un colega me decía que esto solo se lo ponen las guarras y creo que tenía razón... y ahora, ¿qué prefieres?, ¿comérmela o dejar que te folle? ―se pavoneó acercándome la polla.
Y en cuanto recobré la consciencia después de un orgasmo tan intenso, le puse una mano en el pecho impidiéndole avanzar. De un salto me bajé de la mesa y me coloqué la falda y la camiseta.
―Ey, ey, ey, ¿a dónde te crees que vas?
―Yo ya he terminado, cariño... ha estado muy bien, es la mejor comida de coño que me han hecho nunca, pero me tengo que ir... ―dije palmeando su pecho.
Me agarró del brazo con fuerza y tiró de mí.
―Ni se te ocurra irte ahora y dejarme así o...
―¿O qué...?
―No creo que esto le haga mucha gracia a Ismael... y además, podría ir contando lo que vi hace unas semanas en los pasillos de este hotel, te despedirían, zorra...
―¿Ahora me estás chantajeando?, pensé que tendrías más clase... pero veo que no eres más que un puto niñato, y ahora con tus amenazas se me ha pasado todo el calentón... mira, cariño, eres un auténtico cabronazo y tú y yo no vamos a follar jamás, ¿lo has entendido?
―¡Hija de puta!
―Bye, bye, y gracias por el orgasmo, Fran Lomas... ―dije con tranquilidad, pero en cuanto puse un pie en el pasillo, terminé con mi pose y apoyé las manos en las rodillas, tratando de recuperar mi respiración acelerada.
Algo en mí se había liberado, como si hubiera soltado esos nudos que me oprimían por dentro, pero a la vez me sentí fatal por Sandra y rompí a llorar desconsoladamente. No podía parar, y vagué por los pasillos del hotel con las manos en la cara, hasta que llegué a mi habitación.
Al mirar el móvil vi que Ismael me había mandado un mensaje y os juro que en ese preciso momento no podía más y estuve a punto de mandarlo todo a la mierda.
Era demasiada presión acumulada ya; lo de Sebas, lo de Sandra, lo de Fran...
y ahora el Comandante quería que subiera a su habitación y que me pusiera las putas pinzas.
Terminé de llorar un par de minutos más y luego me recompuse frente al espejo, limpiándome el maquillaje que se me había corrido.
“Está bien, ahora subo”
No fue muy agradable ponerme las pinzas en los labios vaginales, con lo sensibles que los tenía después de haberme corrido. El dolor fue intenso, punzante, molesto, pero era sentir el frío metal en mi coño y mi temperatura se disparaba como por arte de magia.
Subí por las escaleras hasta la quinta planta, y al tocar con la mano en la puerta, alguien salió a abrirme, pero no fue Ismael. Me sorprendió comprobar que no estábamos solos en la habitación y esta vez no era Beatriz la que nos acompañaba...