Mi primer vuelo 40 #2
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40 #2

―Yo tampoco, hoy no me apetece mucho ―le soltó Leticia con desgana y pude ver cómo Sandra esbozaba una tímida sonrisa, que no pudo reprimir.

Se acababa de librar de su competencia. O eso se creía.

―Y vosotras, chicas, ¿qué me decís?, ¿te apetece venir con nosotros, Andrea?

―Sí, hoy sí me animo... así me enseñáis algún sitio interesante en Zurich... ―dije y ahí ya me di cuenta de que no le hizo mucha gracia a Sandra que saliéramos los tres, pero no sonó tan raro que me uniera a ellos, pues antes ya se lo había comentado.

Así que después de cenar, Fran, Sandra y yo, nos acercamos a un bar que estaba a menos de cien metros del hotel y pedimos una copa.

La verdad es que Fran Lomas estuvo bastante simpático con las dos y mientras charlábamos y nos contaba alguna anécdota de sus viajes, yo me fijé en él.

Era un tío bastante atractivo, cerca del 1.

85, con una americana de vestir, vaqueros, camisa blanca y el pelo larguito, peinado a raya.

Olía de maravilla, aunque algo fuerte, no sé qué perfume usaría, pero desde luego que dejaba una buena estela y físicamente se podía decir que era casi un doble de David Beckham.

Era todo un seductor.

No me extrañaba que Sandra estuviera pillada con él, tenía todo lo que una mujer podía desear; belleza, simpatía, educación, vestía muy bien y además era piloto de avión, un trabajo que le daba mucha clase, sin embargo, había algo en él que no me terminaba de encajar.

Me parecía demasiado perfecto y yo había escuchado un par de veces, cómo trataba a Sandra cuando estaba a solas con ella en la habitación.

Ahí se transformaba en un auténtico cabronazo, follándose a mi amiga como si fuera un simple objeto y después de utilizarla a su antojo, pasaba completamente de ella. Y ahora era yo a la que le tocaba ser su objeto. Me lo había ordenado Ismael, y además, tenía que correrme con él.

Me pregunté cómo iba a hacer para librarme de Sandra, pues ella no estaba dispuesta a dejar pasar una nueva oportunidad de dormir una noche con Fran.

Yo notaba en sus gestos y en su mirada, que estaba deseando que me largara de allí y que cada vez sobraba más en ese curioso trío que se había formado, pero Fran se encontraba en su salsa con las dos y poco a poco fue desplazando a Sandra en la conversación, para centrarse solo en mí.

Y mi amiga empezó a molestarse más de lo que me hubiera gustado.

Era evidente que no se lo estaba pasando nada bien y su cara se tranformó en un rictus serio y enfadado.

Y Fran se dio cuenta, pero eso parecía animarlo más a putearla, y cinco minutos más tarde, ya solo tenía ojos para mí, dándole casi la espalda a mi amiga.

―Voy un momento al baño ―nos comentó Sandra.

―Sí, claro ―dijo Fran sin tan siquiera mirarla y aprovechó ese momento para acercarse todavía más a mí, envolviéndome con su perfume y hasta se atrevió a ponerme una mano en la cintura―. Me alegro que hoy hayas querido unirte a la fiesta, estás muy guapa, Andrea...

Al levantar la vista, vi que Sandra se estaba fijando en nosotros antes de entrar en los excusados y negó con la cabeza, perdiéndose definitivamente por el pasillo.

―Gracias...

―Me encantaría invitarte a tomar la última en mi habitación, tú y yo solos, ¿te parece bien?

―Sí ―dije preocupada―, pero no me lo pidas ni hagas nada delante de Sandra, por favor... no quiero que ella...

―No te preocupes por eso, intentaré comportarme, pero con esa faldita que te has puesto, uffff, ¡me va a ser muy difícil!, luego nos vemos, nena, habitación 402... ―y me dio unas palmaditas en el muslo.

―De acuerdo..., y ahora si me permites, voy a hablar con ella...

―Sí, claro... cuando volváis ya nos vamos ―dijo mostrándome su copa vacía―. No puedo esperar más...

Entré al baño y toqué con la mano en la puerta del privado que estaba cerrada.

―Sandra, ¿estás ahí?

―Sí, tía... ¿quieres entrar?

―Claro, abre...

Y allí me la encontré, sentada en la taza, con la minifalda por la cintura y me pasó el bolso para que se lo sujetara mientras se limpiaba.

Luego se puso de pie sin hablarme y yo ocupé su lugar.

No sabía ni qué decir, y lo primero que se me ocurrió fue pedirle perdón, aunque tampoco es que hubiera hecho nada.

De momento.

―Perdona, Sandra, ¿estás enfadada o algo conmigo?, te noto muy seria...

―No, ¿por qué me voy a enfadar?

―No sé, quizás os tenía que haber dejado solos, pero como antes te prometí que hoy te iba a acompañar...

―Sí, claro, claro, sin problema...

―Nada, dice Fran que ya nos vamos al hotel, y os dejo vía libre... por mí ya sabes que no tienes que preocuparte...

―Puedes hacer lo que quieras, eh...

―¿Y ahora por qué dices eso?

―Joder, es evidente que le gustas a Fran, lleváis toda la noche tonteando... y bueno, de él me lo esperaba, pero de ti...

―¡Pero si yo no...!, ya sabía que te habías enfadado... ¡yo no he tonteado con él!, siento si he hecho algo que te haya molestado, de verdad que...

―Da igual, Andrea... déjalo...

―Ahora cuando vayamos al hotel, yo me voy a la habitación y ya podéis hacer lo que queráis... mira, si lo llego a saber que te ibas a poner así, me hubiera quedado descansando, para un día que salgo...

―No, tía, perdona, tienes razón, siempre te estoy dando el coñazo para que vengas a tomar una copa y para una vez que te animas, me entra un patético ataque de celos contigo... ¡perdona, Andrea!

―No hay nada que perdonar... ―dije incorporándome y le di un beso en la mejilla a mi amiga―. Ya sé que te gusta mucho, tonta...

Salimos juntas agarradas de la mano y Fran sonrió al vernos.

Ya se había puesto la americana y nos estaba esperando para regresar al hotel.

Se despidió de nosotras en el ascensor cuando nos bajamos en la segunda planta y él continuó subiendo hasta el cuarto.

Acompañé a Sandra hasta su habitación y nos despedimos con dos besos y un fuerte abrazo.

―Perdona, tía... sabes que te quiero mucho ―le dije de corazón.

―Claro que lo sé, y perdóname tú, ¡he sido una idiota!, no sé cómo me aguantas...

―¡Me encanta aguantarte...!

―¡Eres la mejor!

―Espero que Fran te llame, mañana me cuentas...

―Es un cabrón, estoy por ponerlo en modo avión ―aseguró mostrándome el móvil―, si quiere pasar la noche conmigo, que baje a buscarme...

―Que se joda...

―Que se joda, ja, ja, ja...

Entré en mi habitación y al quedarme a solas, se me borró de un plumazo mi estúpida sonrisa de falsa.

Me sentía fatal por Sandra, y sin embargo, tenía los nervios a flor de piel, con un temblor de manos descontrolado.

Estaba atacadísima, con una taquicardia importante y al mirarme al espejo, esta vez no me gustó lo que vi.

No sé si era el sentimiento de culpabilidad por lo que estaba a punto de hacerle a Sandra, pero me vi como una puta pidiendo guerra, sin ninguna clase, con esa camiseta mostrando el ombligo.

Hasta una quinceañera tendría más estilo que yo.

Escuché a Sandra trastear en la habitación de al lado, esperanzada por recibir una llamada de Fran que no iba a producirse.

Al menos esa noche. Y yo esperé diez minutos más, acariciándome frente al espejo, masturbándome para subir todavía más cachonda.

Me quedé a punto del orgasmo. Dos veces. Fran era un guaperas y un seductor, y seguro que un buen amante, pero lo que estaba a punto de hacer no tenía ningún mérito.

Esa noche me hubiera corrido con cualquiera.

Y yo salí de la habitación sin hacer ningún ruido y me planté en la 402, como me había indicado el piloto, que abrió en cuanto llamé a la puerta.

―Te estaba esperando, ¿por qué has tardado tanto?