Mi primer vuelo 36
78%

36

El mes siguiente fue una auténtica tortura.

Ismael intensificó la frecuencia de sus órdenes y no me dio ni un solo día de tregua.

El lunes por la mañana me hizo ponerme una falda de colegiala, medias verdes hasta las rodillas y camisa blanca, como si fuera el uniforme del colegio.

Y con ese vestuario monté en el metro y saqué de la mochila el libro de Justine, para que todos vieran lo que estaba leyendo.

Durante una hora me paseé por la línea circular, sin despegar el culo del asiento, mostrándome de manera lasciva con esa ropa y por supuesto, fui el centro de atención de todos los pasajeros que se fueron subiendo al metro.

Una chica de casi uno ochenta, vestida de colegiala y leyendo un libro erótico, era imposible que pasara desapercibida.

Aunque al principio me dio un poco de vergüenza, después, esa sensación de sentirme observada fue muy especial, y cuando me bajé del metro estaba terriblemente excitada.

Luego me tuve que masturbar en casa durante diez minutos, quedándome al borde del orgasmo. Esa era otra de las órdenes de Ismael, acariciarme al mediodía y por la noche antes de acostarme.

Los martes quedábamos en el Vivaldi y él solía llevar cada día una ayudante nueva.

Estaba claro que le gustaba mucho ver cómo tenía sexo con otra mujer y solo una vez estuvimos solos en la habitación, aunque al final de la sesión se unió Satur, que se masturbó mientras yo me acariciaba el coño bien abierta de piernas delante de sus narices.

Cuando me tocaba trabajar, me dejaba un poco más tranquila, aunque siempre tenía alguna sorpresa preparada, como hacerme volar con las pinzas puestas en mi sexo, y al aterrizar en la ciudad de destino, tenía los labios muy hinchados y sensibles, e Ismael me obligaba a masturbarme en los aseos del aeropuerto.

Cada poco me llegaba algo al whatsapp para calentarme, si no era un relato erótico, era un audio de Leinasex, o un video de Pornhub sobre BDSM. Y yo tenía que leerlo, o escucharlo y comentarle que me había parecido la escena. Y después me tocaba acariciarme y por la noche de nuevo.

Así un día tras otro. Y lo peor de todo es que no me permitía correrme.

Con Sebas me dejaba follar de vez en cuando, pero estaba claro que mi novio no le caía demasiado en gracia a Ismael, y cuando todo parecía ir bien, de repente y sin que me lo esperara, me prohibía durante cuatro o cinco días acostarme con él, con el consiguiente enfado de mi chico.

Además, en esa época, salió publicada la fecha de las pruebas de acceso al cuerpo de Policía y esa circunstancia le puso mucho más tenso y nervioso a Sebas, lo que todavía repercutió más en nuestra convivencia.

¿Y pasar por todo esto me merecía la pena? La respuesta era muy sencilla.

Ya lo creo que sí.

Llegó un punto en que iba en automático, para mí era como una droga, necesitaba que Ismael me ordenara cosas, que me humillara, ser su sumisa, experimentar ese placer de ser suya, y todo eso, unido a la ausencia de orgasmos, me tenía en un permanente y febril estado de excitación.

Me encantaba estar así todo el día.

Cachonda, mojada, aunque lo que más duro se me hacía era cuando Sebas me follaba y yo tenía que reprimir mis ganas locas de correrme.

Si me masturbaba era mucho más sencillo, conocía mi cuerpo a la perfección e iba incrementando el ritmo para quedarme siempre a puntito, pero con mi chico entraba una variable que yo no podía controlar, y es que a veces Sebas me follaba como un auténtico semental.

Poco a poco fui aprendiendo la técnica de dejar mi mente en blanco mientras me embestía, o si no se me hubiera escapado el orgasmo alguna vez, con el consiguiente castigo de Ismael, aunque de momento lo estaba pudiendo controlar.

Estaba ya tan metida en la dinámica y en esa espiral de sumisión, que ni me acordé que una mañana yo le había llamado a Valti, el mejor amigo de Sebas, para que viniera a pintarnos la habitación.

Me comentó que en cuanto pudiera me hacía un hueco y unos días más tarde, cuando mi chico llegó de estudiar de la biblioteca, me dijo que había hablado con su colega.

―Andrea, me dice Valti que mañana viene, que le habías llamado tú hace un par de semanas...

―Sí, te lo dije, ¿no te acuerdas?

―No me acuerdo... no sé si me lo comentaste, con esto del examen, se me habrá pasado...

―¿Y sobre qué hora viene?

―Pues pronto, a primera hora, así que tendremos que recoger un poco la habitación. Me ha dicho que venía solo... uf, me pilla un poco mal para quedarme con él y ayudarle, ahora estoy a tope con el teórico...

―No te preocupes, no me importa quedarme con él en casa, si tengo que salir a comprar o a hacer algún recado Valti es de confianza, se puede quedar solo perfectamente...

―Sí, es verdad... entonces, ¿no te importa que vaya a estudiar por la mañana?, es que me da cosa dejarte sola con Valti... ¿de verdad no te parece mal?

―Pues claro que no, idiota, el examen es lo más importante, y a Valti ya sabes, con tener un par de cervezas frías en el frigo ya lo tenemos contento.

―Ja, ja, ja... ¡qué bien conoces a mi colega!

Toda esa conversación la tuve con el móvil delante, para que Ismael pudiera escucharnos y cuando terminamos de hablar, ya sabía que me iba a mandar algún mensaje.

Ismael 20:56

Bueno, bueno, esto se pone interesante

Así que vas a estar toda la mañana sola en casita con el amigo de tu novio...

Mmmmmm

Tienes que estar pendiente del móvil, porque te iré mandando cositas

Andrea 20:57

Ok

Aquella noche, reconozco que me acaricié los diez minutos fantaseando con lo que iba a ocurrir al día siguiente y es que no me cabía ninguna duda, de que a Ismael ya se le habían pasado por la cabeza unas cuantas cosas.

Antes de acostarnos dejamos la habitación recogida y bien prontito, a las ocho menos cinco de la mañana, sonó el timbre del portal.

Sebas y yo seguíamos en la cama y pegamos un buen bote en cuanto escuchamos a su amigo.

Apenas me dio tiempo a quitar las sábanas y la colcha y enseguida apareció Valti por la puerta con un mono blanco, una escalera y dos botes de pintura de color terracota.

―Buenos días, no me digáis que os he pillado en la cama... ―dijo dándome dos besos y chocando la mano con mi chico.

―Sí, tío, no sabía que venías tan pronto...

―Si te dije que a las ocho, cabrón.

―Pues te juro que entendí a las nueve; habíamos puesto el despertador para levantarnos ya...

―Vosotros no os preocupéis, que ya tapo yo la cama y todos los muebles, lo único que me tendrás que ayudar a desmontar la puerta...

―Sí, claro.

―Bueno, pues luego te dejamos a lo tuyo, nosotros vamos a desayunar ―le comenté a su amigo―. Si quieres un café...

―No, ya he desayunado, pero luego sí me tomo uno a media mañana ―dijo Valti, que de repente se había convertido en todo un profesional y no era el fanfarrón que acostumbraba con su ropa de marca y sus cadenas y pulseras de oro.

En lo que Sebas y él fueron desmontando la puerta, yo preparé el desayuno y mi chico y yo nos quedamos en la cocina mientras su amigo comenzaba a encintar toda la habitación.

―Oye, Andrea, ya sé que Valti es de confianza, pero no sé, tanto como para que estés así por casa ―me comentó Sebas al ver que tan solo llevaba puesto un pijama primaveral.

―¿Qué le pasa a mi pijama?

―Joder, Andrea, pues que el pantaloncito es muy corto y la camiseta de tirantes... bueno, se te transparenta todo... ¡TODO!

―¿Ahora te va a dar vergüenza que tu amigo me vea así?, ja, ja, ja...

―No, pero tampoco quiero que piense cosas raras, ya sabes que estos son muy cavernícolas...

―Tranquilo, que ahora me cambio...

―¿Y yo qué hago? ―me preguntó Sebas.

―Pues lo de siempre, vete a entrenar y luego a estudiar, tienes el examen a la vuelta de la esquina...

―¿En serio que no te importa quedarte a solas con Valti?

―No, ¿por qué me va a importar?, yo estaré a lo mío, voy a hacer un poco de ejercicio, leeré un rato y luego si eso le pongo un café o una cerveza, lo que quiera...

―Está bien... pues me voy ya a entrenar, y yo hablo con él el tema del dinero y para pagarle le hago un bizum...

―¡Perfecto!

Diez minutos más tarde, escuché que Sebas se despedía de su colega y me quedé a solas con Valti.

Antes de cambiarme, me pasé por la habitación con mi pijama blanco primaveral.

Sebas tenía razón en que era bastante “arriesgado”, pues el short apenas me tapaba el culo y la camiseta era de una tela tan fina, que se me transparentaban bastante los pezones.

Asomé la cabeza por la puerta y me sorprendió ver que Valti trabajaba a muy buen ritmo mientras escuchaba a Estopa con un altavoz bluetooth que había plantado en medio de la habitación.

―¿Qué tal vamos? ―le pregunté.

―Bien, muy bien, no tiene formas raras las paredes, esto lo encinto en un ratito, y luego ya empiezo a pintar...

―¿A qué hora terminarás más o menos?

―Ya le he dicho a Sebas que sobre las dos habré acabado, hoy hace bastante calor y la primera mano se secará rápido...

―¡Genial!

―Y tú a lo tuyo, como si yo no estuviera...

―Voy a entrenar un poco en la habitación de al lado...

―Si tienes que salir de casa o lo que sea, sin problema.

―Sí, claro, ya sé que hay confianza, Valti...

―Una cosa, Andrea, ¿te importa traerme un poco de agua...? ―y al terminar la frase se giró, y desde allí agachado se me quedó mirando descaradamente.

Yo creo que le sorprendió verme todavía con el pijama puesto y desde esa posición, mis piernas desnudas tenían que parecerle incluso más largas.

―Eh, sí, claro, te traigo una botellita..., ahora vuelvo.

Saqué una botella de agua de litro y medio de la terraza y enseguida regresé a la habitación. Valti seguía agachado en una esquina y me aproximé a él.

―No está muy fría, del tiempo... ¿la quieres más fría?, si eso te la mezclo con la del frigo... te la dejo aquí... ―dije poniéndome de cuclillas detrás de él con las rodillas abiertas.

―Así está bien ―dijo tocándola con una mano―. Muchas gracias, Andr... ―y al girarse, me volvió a encontrar en esa pose tan sugerente y su voz se fue apagando a medida que terminaba la frase.

En ese momento se le cambió la cara, y seguro que se acordó del tonteo que habíamos tenido en su habitación. Otro tío quizás se hubiera sentido intimidado por mí, pero Valti no era de esos y me sostuvo la mirada, e incluso se permitió el lujo de fijarse descaradamente en mi escote.

Luego sonrió, se dio media vuelta sin decir nada y continuó encintando los rodapies.

―Bueno, cualquier cosa ya sabes, estaré por aquí ―dije apoyando una mano en su hombro para incorporarme.

―Sí, claro, no te preocupes, vete a hacer tus cosas ―y Valti me dio una cachetada cariñosa en el muslo para despedirme.

Salí de la habitación con la sensación de que no iba a ser muy difícil engatusarlo y no tuve ninguna duda de que llegado el momento de la verdad, a él no le iba a importar que yo fuera la novia de su mejor amigo.

Me puse un conjuntito de sport negro para hacer un poco de deporte en la otra habitación, y cuando estaba a punto de empezar con mi primera serie de sentadillas, me entró un whatsapp.

Ismael 8:35

Q tal con el pintor, Kira?

Es muy emocionante que os hayáis quedado solos

Se me están ocurriendo muchas cosas

Cómo vas vestida?

Andrea 8:36

Llevo un top negro de Nike y un minishort de deporte

Iba a entrenar ahora en casa

Ismael 8:36

Genial

En cuanto estés un poco sudada quiero que le hagas otra visita

Ya te has masturbado hoy?

Andrea 8:37

No, todavía no

Ismael 8:38

Pues tienes que hacerlo

Así estarás más excitada

Estás cachonda?

Andrea 8:39

Sí, anoche me costó dormir

Me estuve acariciando en la cama como me ordenaste

Ismael 8:39

Mmmmm, me encanta

Y hasta dónde estás dispuesta a llegar hoy con ese tío?

Entonces me quedé unos segundos pensando en la respuesta.

No había caído en la cuenta de eso hasta que me lo preguntó Ismael, pero era verdad que me encontraba terriblemente cachonda. Llevaba varios días sin correrme, acariciándome por la mañana y por la noche, y ahora se me presentaba una situación demasiado morbosa.

En la habitación de al lado estaba el mejor amigo de mi novio, que ya me había dejado claras sus intenciones, pegándome un repaso que rozaba lo grosero y yo temblaba de los nervios, muerta de miedo por lo que pudiera pedirme Ismael.

Por supuesto que podía negarme, pero cada vez que me mandaba algo mi cabeza ni tan siquiera se cuestionaba si estaba bien o no.

Solo ejecutaba la orden de manera automática y aquello me provocaba una excitación inimaginable.

Lo que me aterraba es que las órdenes de Ismael cada vez era más arriesgadas y yo las cumplía una tras otra sin medir las consecuencias.

Eso era secundario para mí, lo principal era obedecer a mi amo.

Cogí el móvil con las manos temblorosas y comencé escribir. Ese mensaje podía ser muy peligroso, pero me daba igual. Ya había entrado en un estado tal de calentura que solo deseaba que Ismael me pidiera hacer lo más obsceno y lascivo que se le ocurriera. Y justo le entró mi mensaje.

“Haré todo lo que me pidas”.