Mi primer vuelo 34
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Aquello era una locura.

No eran ni las doce de la noche y yo estaba a punto de salir a gatas por la quinta planta del hotel.

Cualquiera podría vernos, cruzarse con nosotras.

Y a Beatriz no parecía importarle eso. Yo iba con una minifalda cortísima, mostrando prácticamente todo mi culo, pero ella también estaba medio desnuda, con un conjuntito de lencería y zapatos de tacón.

Le daba igual. Altiva y soberbia me obligó a gatear hasta la puerta y al pasar por delante de Ismael le miré suplicante.

Le pedí compasión y cuando fui a hablar, no me salió ni una palabra. Nada. Solo un triste “guau”, y él sonrió y me dio una patada en el culo. Tras varios pasos más, escuché que la puerta se cerraba trás de mí.

Ya estábamos en el pasillo y yo me quedé paralizada.

―Vamos, Kira... de ti depende de que sea un paseo corto o largo, solo tienes que hacer pis... ―y me soltó un tirón, obligándome a caminar a cuatro patas por la moqueta.

Temblaba de los nervios.

Estaba aterrada, muerta de miedo y los brazos apenas me respondían, como si me fallaran las fuerzas. Mi corazón latía desbocado, y recé para que no nos cruzáramos con nadie. Miré hacia atrás y solo había recorrido tres o cuatro metros, pero en mi cabeza ya llevaba varios kilómetros.

“Solo tienes que hacer pis, Andrea”, me dije a mí misma intentando tranquilizarme, pero antes de salir de mi habitación, ya me había vaciado, y ahora no tenía ganas, aunque los nervios me atenazaban, y era lo único que podía salvarme.

Cuando me ponía muy nerviosa, me daban unas ganas locas de orinar.

Sentí otro tirón y levanté la cabeza, mirando a Beatriz. Ella estaba encantada de conocerse, con ese conjuntito que parecía hecho a medida para su cuerpo fitness.

―¿Qué miras, puta?, ¿no querías ser la elegida?, pues ahora te jodes... ―y me propinó otra sacudida, clavándome la correa en el cuello.

Y yo seguí gateando, tratando de relajarme, aunque en esa situación era muy difícil.

Intenté concentrarme en la respiración y comencé a contraer y aflojar mi músculo pélvico mientras reptaba a cuatro patas.

Ya habíamos avanzado por lo menos cuarenta metros hasta el final del pasillo, cuando de repente escuchamos el ascensor y a lo lejos, comprobamos que alguien se acercaba.

Aprovechamos uno de los recovecos para esconderme, y Beatriz se situó delante de mí, sin moverse. Como una estatua. Unos segundos más tarde, pasó a nuestro lado un señor que rondaría los cincuenta años, regordete, con traje y corbata.

Evidentemente nos vio, aunque no dijo nada y siguió caminando. Unos metros más adelante se giró para comprobar si lo que acababa de ver no había sido una alucinación y tras quedarse unos segundos mirándonos detenidamente, se metió en su habitación.

―¿Has visto lo que has hecho?, todo esto es por tu culpa, joder ―me regañó Beatriz con una nueva sacudida, y reanudamos el camino de vuelta, hasta la habitación de Ismael―.

¡Más te vale que lo hagas deprisa o vamos a acabar detenidas por escándalo público como alguien llame a la recepción del hotel!

Muy bien, Beatriz. Ya lo que me faltaba, que todavía me pusieras más nerviosa.

Después de casi quince minutos, me empezaban a doler las rodillas, las manos, y la pinza, que seguía aferrada a mis labios vaginales, me estaba haciendo polvo.

Y Beatriz continuó tirando de la correa, paseándome arriba y abajo por ese pasillo, que recorrimos entero dos veces.

―Espera un poco... ―le pedí deteniéndome para descansar―. Y para estimularme, colé una mano entre mis piernas y comencé a acariciarme delante de mi compañera.

―¿Y ahora vas a pajearte?, ¿estás de coña?

―Si me toco y me relajo, creo que podré hacerlo, mmmmmm ―gimoteé frotándome con un par de dedos.

Por lo general me gustaba masturbarme con más suavidad, pero en ese pasillo, lo único que quería era estimularme deprisa para poder hacer pis.

Estaba tan jodidamente cachonda, que no me sorprendió encontrarme con mi sexo húmedo y sensible.

Tenía empapadas las caras internas de los muslos y literalmente chorreaba.

―¿Necesitas ayuda? ―se jactó Beatriz, que esperó paciente a ver si eso daba resultado.

Era evidente que ella tampoco quería alejarse mucho más de la puerta de Ismael y yo seguí acariciándome, ejercitando el músculo pélvico a la vez, esforzándome todo lo que podía, gimiendo desesperada, entonces levanté la cabeza.

―¡Aaaaah, ayúdame, uffff, necesito que me ayudes, aaaaah!

―¿Qué tengo que hacer...? ―me preguntó Beatriz.

―¡Lo que quieras!, insúltame, azótame, tírame del pelo... mmmmm, ya me queda poco..., aaaah, aaaaah...

Y Beatriz soltó la correa que rodeaba mi cuello y se quedó con ella de la mano.

―¡Súbete más la falda!

Tampoco hacía falta, porque esa mini apenas me cubría el culo, pero tiré de la tela hacia arriba, mostrándome completamente desnuda y ella descargó su ira en mis glúteos, con un latigazo que me dolió como su puta madre.

―¡¡¡AAAAAH, JODERRRRRR!!! ―protesté con la cabeza agachada, rabiando, mordiéndome los labios para poder soportarlo.

―¿Así o más fuerte?

Levanté la mirada y me aparté el pelo de la cara. Estuve a punto de provocarla, pero preferí no hacerlo, y solo continué acariciándome el clítoris, gimiendo, gritando, retorciéndome de placer. Y al notar que mi orgasmo estaba muy cerca, detuve mis movimientos. Empujé de nuevo y sentí que ahora sí.

Por fin tenía ganas de hacer pis.

―Creo que ya, mmmmm ―susurré acercándome a la pared.

―¡Ey, ey!, ¿pero qué haces?, las perritas mean en las putas esquinas y además... levantan la pierna...

Y me volvió a poner la correa en el cuello, arrastrándome a la fuerza un par de metros, hasta situarme en una esquina del pasillo. Levanté la pierna y justo escuchamos otra vez el ascensor; a lo lejos se aproximaba alguien.

―Vamos, date prisa, date prisa... ¡viene alguien, joder!, ¡¡oh, mierda, mierda!!, ¡el que viene es Fran!, ¡¡es Fran...!! ―exclamó Beatriz.

¡¡¡¿Fran?, ¿Fran Lomas?, ¿el piloto?, ¿nuestro compañero?!!!

Hice el ademán de ponerme de pie, pero Beatriz pegó un tirón y me obligó a que me quedara ahí.

―Ni se te ocurra parar ahora... ¡hazlo, joder! ―me ordenó.

Subí una pata, apoyé una rodilla en la pared y al levantar la mirada, me encontré con Fran prácticamente a mi altura. No puedo describir la cara que puso al vernos. Aquello fue tan humillante y tan excitante, que me relajé y comencé a orinar.

Fran no pasó de largo como el otro señor, se quedó allí parado y en silencio, contemplando la escena al lado de Beatriz y yo no dejé de mirarle a los ojos mientras salpicaba la pared del pasillo.

Creo que hasta se le puso dura.

Y cuando terminé, volví a ponerme a cuatro patas y Beatriz me obligó a gatear en dirección opuesta.

―¡Muy bien, perrita! ―y nos separamos de Fran, que se nos quedó mirando hasta que entró en la habitación.

Rápidamente giramos y al llegar a la puerta de Ismael, tocó con los nudillos y el Comandante nos abrió con la camisa abierta, haciéndonos pasar deprisa.

―¿Ya está?, habéis tardado mucho...

―Esta perrita, que parecía que le gustaba... no te lo vas a creer, pero acabamos de encontrarnos con Fran...

―¿Fran, mi compañero?

―Sí...

―Y os ha visto, claro...

―Sí, no podíamos escondernos.

―¿Os ha dicho algo?

―No, solo se ha quedado mirando cómo esta zorra levantaba la patita y meaba en la pared...

―Ah, ¿sí?, je, je, je, ¡qué bueno!, está bien, por Fran no os preocupéis, yo me encargo de él...

―De acuerdo.

―Así que al final la perrita ha sido obediente...

―Desde luego, aunque he tenido que castigarla una vez...

―¡Muy bien!, ¿y ahora qué quieres hacer con Kira?

―Si te digo la verdad, me encantaría que ahora nos meáramos encima de ella, ¡es lo que se merece! ―soltó Beatriz con rabia.

―Je, je, je, ¡cómo te pasas!, no vamos a hacer eso, no me gusta, ¿entonces dejamos que se corra o no?

―¡Ni de coña!, se ha estado masturbando en medio del pasillo, tendrías que haberla visto, ¡es impresionante!, ¡mira cómo tiene los muslos y el coño!, ¡¡empapados!!... ¡le pone cachonda ser una perrita!

―¡Ay, Kira, Kira!, ¿qué voy a hacer contigo?, ahora vas a tocarte mientras nos miras, pero quiero que lo hagas con ganas, con intensidad, que te escuchemos gemir bien alto y pobrecita de ti cómo se te ocurra parar o correrte... ¡vas a tener que aguantar!, ¿entendido?

―Sí...

Y Beatriz se puso de rodillas a mi lado y me tiró del pelo.

―¿Qué has dicho?

―¡Guau, guau!

―Eso está mejor...

―¡Déjala ya!, ¡átala como antes y acércate! ―ordenó Ismael con su voz grave, quitándose la camisa.

Otra vez me dejaron amarrada a la pata de la cama y Beatriz se acercó con su conjuntito hasta Ismael, le pasó una mano por su pecho peludo y canoso y después coló los dedos por su bragueta abierta.

No tardó ni cinco segundos en sacarle la polla y yo me quedé allí de rodillas, viendo como se la meneaba muy despacio.

Debía estar terriblemente excitado, porque parecía que incluso la tenía más dura que antes, y ella buscó su boca, morreándose con él mientras Ismael sobaba su culo con las dos manazas.

Y yo comencé a acariciarme, como me había pedido Ismael, y al primer contacto ya me di cuenta de que estaba demasiado cachonda, las pinzas me dolían mucho, pero ese dolor hacía que el placer todavía fuera mayor.

De un momento a otro estaban a punto de follar.

Después de tantos años siendo su elegida, se notaba que Beatriz le tenía muchas ganas, solo había que ver cómo le comía la boca y le meneaba la polla.

Yo tenía prohibido besarme con él, pero masturbarle sí podía, aunque Ismael apenas me lo había permitido.

Según la zorra de Beatriz, eso tenía que ganármelo.

Y sin que me lo esperara, Ismael se apartó de ella y vino hasta mí, situándose detrás. Permaneció unos segundos comprobando cómo me acariciaba e hincó la rodilla en el suelo, para después clavarme un par de dedos en el coño.

Eso sí que no me lo esperaba.