Mi primer vuelo 33 #2
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33 #2

―No, por favor...

―¿Noooo...? ―dijo Ismael, y cogió una lata de comida para perros.

La abrió delante de mi cara y era una especie de paté que olía a rayos. Casi con el olor ya me dio una arcada y estuve a punto de vomitar. Volcó su contenido en el cuenco con tres golpes secos y luego lanzó la lata a la papelera.

―¡Ata a esta perra! ―le pidió Ismael, y Beatriz pasó la correa por detrás de la pata de la cama e hizo un nudo.

Ismael le pegó una patada al cuenco, separándolo de mí y luego me ordenó que fuera gateando hasta la comida. A cuatro patas avancé hasta que me quedé a medio metro o así. La correa ya estaba tensionada al máximo y no podía seguir más.

―¡Ahora, come sin utilizar las manos...! ―me mandó Ismael―. ¡Venga, come, come... ladra, joder, ladra como si fueras un puto perro y te estuvieras muriendo de hambre! ―dijo arrastrándome por el pelo para que pegara la cara a la moqueta del hotel.

Por más que el Comandante tiraba, yo no podía avanzar ni un centímetro más, la correa oprimía mi cuello y me estaba quedando sin aire.

―¡Ladra!

―¡Guau!

―¡Ladra más, perrita!

―¡Guau, guau!

―Muy bien, Kira, eso eso, ¿ahora quieres comer?

―¡Guau, guau! ―continué, negando con la cabeza.

―Eso es, ya lo vas entendiendo... ahora no pares, sigue ladrando intentando llegar hasta la comida... ―e Ismael le hizo un gesto a Beatriz, que miraba atónita la escena, para que se aproximara a él.

Rodeó su cintura con las manos, sobó su culazo y le metió la lengua en la boca, comenzando a morrearse delante de mí. Se separó de ella con una pequeña nalgada y luego abrió los brazos.

―¡Desnúdame delante de ella y tú sigue ladrando, joder, no te he dicho que pares!

―¡Guau, guau, guau!

Beatriz jadeaba ansiosa y le fue soltando los botones de la camisa uno a uno con impaciencia. Se la quitó a toda velocidad y me la lanzó justo delante de la cara, “toma, perra de mierda”, antes de continuar con la cremallera del pantalón.

―¿Has visto?, tiene sus ventajas no ser mi elegida, antes no podíamos hacer nada de esto... ¿quieres que te folle delante de mi perrita? ―preguntó Ismael.

―Sí, sí, ¡quiero que me folles!, joder, síííí, hoy tienes que follarme, eh...

―Sssssh, no corras tanto, ¡primero muéstrale a Kira lo que ella no puede hacer, para que se moje todavía más! ―fanfarroneó el Comandante.

Y con sumo cuidado le sacó la polla del pantalón.

Era la primera vez que se la veía; la tenía de frente, a menos de un metro de mi cara.

Y era tal y como me la había imaginado. Grande, ancha, dura, venosa y con un glande oscuro e hinchado que parecía querer explotar.

La mano de Beatriz subía y bajaba, arrastrando su piel, meneando esa polla que ya empezaba a tener la cabezota bien mojada.

Yo no podía dejar de mirar cómo lo hacía y Beatriz sonrió, orgullosa de tener en ese estado de excitación a Ismael.

―¡Ladra un poco, puta! ―me soltó Beatriz―. Queremos oír lo bien que ladra esta perrita, ¿te gusta lo que ves...? ―preguntó sacudiéndosela más deprisa y con fuerza.

―¡Guau, guau!

―Eso es... esta polla ahora es mía, ¿lo has escuchado bien?, ¡esta polla es solo mía! ―y se lanzó buscando la boca de Ismael, que volvió a corresponder su beso.

Yo seguía de rodillas delante de ellos, viendo cómo se morreaban, mientras Beatriz le hacía una paja e Ismael manoseaba sus duros glúteos.

Me gustaba ver al Comandante tan excitado, dejándose hacer, y ella aprovechó para comenzar a besuquear su pecho.

Apenas tuvo que inclinarse, pues Ismael era bastante más alto.

―¡Ladra, joder, no dejes de ladrar!, ¡me pone muy cachonda escucharte!

―repitió Beatriz, girándose dos segundos hacia mí, para luego volver a reanudar los besos que le daba en el torso, y fue descendiendo lentamente hasta que se puso de cuclillas delante de él―.

¿Es que no me has escuchado? ―y le soltó un sonoro beso en todo el capullo.

―¡Guau, guau, guau!

Sonrió triunfal mientras le pasaba la lengua por su tronco. Arriba y abajo, abajo y arriba. Se giró para asegurarse de que aquello lo estaba viendo bien, y repitió la misma operación mirándome a los ojos.

―¿Te gustaría lamer esto, perrita?, ohhhhh, qué pena, ¡tú no puedes hacerlo!

, ¿recuerdas?, no podéis intercambiar ningún tipo de fluido ―dijo separándose de él, dejando un reguero de saliva colgando entre sus labios y la polla de Ismael―.

¡Uf, ya no puedo más! ―aseguró y de repente se la metió en la boca.

Hasta el fondo.

Tengo que reconocer que me dio mucha envidia, y deseé ser yo la que estuviera delante de Ismael, comiéndosela, pero me tuve que conformar con ver cómo Beatriz se esmeraba en hacerle una mamada deliciosa, mientras él la tenía sujeta por el pelo.

―Después de tantos años, tenías ganas, ¿eh? ―dijo Ismael.

―Sí, muchasssss, mmmmmm ―ronroneó Beatriz, que ni tan siquiera se la sacó de la boca.

Lo hacía muy bien, acompasando los movimientos de sus labios junto con los de la mano y además, de vez en cuando sacaba la lengua, rozando sus zonas más sensibles, como el frenillo o el pequeño orificio, por donde no hacía más que salir un abundante líquido preseminal.

Ismael también estaba cachondísimo.

―¡Joder, la chupas de vicio, Beatriz!, ¡ufff, cómo sigas así me voy a correr! ―jadeó Ismael, que por unos instantes pareció perder el control de la situación.

―¡Sí, hazlo, no me importa! ―ronroneó ella sacándosela unos segundos, pero sin dejar de pajearle―. Si quieres puedes correrte en mi boca, o en mi cara... ¡me da igual! ―y todavía aceleró más el movimiento de la mano.

Yo seguía a cuatro patas, mirando la escena, sin atreverme a acariciarme, aunque lo estaba deseando. Y es que era demasiado morboso ver cómo Beatriz le hacía esa mamada tan sucia. Tan obscena.

―Vale, para, paraaaa... ¡uf, me has dejado a punto! ―suspiró Ismael, apartándola y sujetando su pelo.

Beatriz le apretó la polla por la base, estrangulándosela para que no se corriera y eso hizo que todavía se le pusiera más dura. Y para darme más envidia se relamió, limpiándose la comisura de los labios con la mano.

―¡Me ha encantado!, ¡te tenías que haber corrido en mi cara! ―le soltó Beatriz, a la que no le importaba que yo estuviera delante.

―Espera, no te limpies... dale un poquito a la perra, para que ella también sepa el gusto que tiene mi polla...

―¿Te gustaría ver eso?

―Por supuesto...

Y ella se puso de pie, aproximándose a mí, y yo la miré desde abajo sin saber lo que pretendía.

―¡Abre la boca! ―exclamó Beatriz, y obedecí sin rechistar, como si fuera Ismael el que estuviera dando la orden; entonces ella dejó caer un salivazo que se coló entre mis labios, aterrizando directamente en mi lengua.

Me dio un poco de asco que aquel grumo, mezcla de sus babas y el flujo de Ismael, me entrara en la boca, casi hasta la garganta.

Ella se burló de mí y no contenta con eso, se agachó, poniendo sus ojos a veinte centímetros de los míos y me soltó otro salivazo, solo que esta vez me aterrizó en toda la cara.

―¡Ja, ja, ja!, ¿te gusta eso, perra?, pues que te aproveche, oye, ¿por qué hemos dejado de escuchar tus ladridos? ―se jactó Beatriz de mí, que ya estaba muy metida en su papel.

Y yo volví a ladrar, mientras me escurría un reguero de saliva por la barbilla, que caía en la moqueta del hotel.

―Yo creo que tiene un poco de hambre ―le dijo la muy hija de puta a Ismael, y recordé el paté de perro que llenaba el cuenco.

No lo dudé ni un segundo.

Si me hacían comer esa mierda, iba a decir la palabra de seguridad.

COSMOPOLITAN. Bastante había aguantando, pero no estaba dispuesta a pasar por aquello.

A cuatro patas, atada a la pata de la cama, ladrando, con la cara llena de babas por el escupitajo de Beatriz y unas pinzas martilleando mi coño, no podía decirse que estuviera en una situación nada cómoda.

Y sin embargo, mi sexo palpitaba más que nunca. Había entrado en otra dimensión y ya no me cuestionaba qué hacía allí y por qué permitía todas esas vejaciones, pero lo de la comida de perro era superior a mí.

―¡Guau, guau, guau! ―negué con la cabeza y los dos se rieron de mí.

―¡Vamos, oblígala a que se lo coma!, ¡quiero verlo! ―dijo una emocionada Beatriz.

―Acaba de cenar, no tendrá mucho hambre..., ¿sabes lo que necesita?... me da a mí que la perrita tiene ganas de hacer pis, ¿tienes ganas de mear, Kira? ―me preguntó Ismael acercándose y me acarició la cabeza con ternura.

Eso todavía fue más humillante que si me hubiera tirado del pelo.

―¡Guau, guau! ―volví a negar con la cabeza.

―Vaya, ¿sabes lo que pasa, Beatriz? ―le dijo a nuestra acompañante―. Es que las perritas, para que hagan pis, hay que sacarlas de paseo, ¿tienes ganas de salir a pasear, Kira?

―¡Guau, guau!

―¿Tampoco?, vaya, vaya, esta perrita no quiere hacer nada...

―e Ismael se agachó, deshaciendo el nudo de la correa y luego empujó el plato de comida con el pie, poniéndolo delante de mi cara―.

Solo tienes dos opciones, o te comes esto, o damos una vueltecita para que te entren ganas de mear, no querrás hacerlo aquí, ¿no? ...

―¡Guau! ―y puse cara de pena.

Le supliqué por favor que no lo hiciera, pero Ismael le pasó la correa a Beatriz y después fue caminando despacio hasta la puerta. La abrió y se quedó allí esperando.

―Pónsela al cuello y saca a Kira a que se dé una vuelta por el hotel... y no regreséis hasta que no haya hecho pis, ¿entendido?

―De acuerdo ―afirmó Beatriz, anudándome la correa al cuello―. ¿Lo has escuchado, perrita?, nos vamos de paseo ―y al incorporarse, me soltó un tirón fuerte, obligándome a caminar a cuatro patas hasta la puerta...