33
Algo tan simple como darme una ducha fue un suplicio. Y ya ni os cuento cuando oriné por primera vez y sentí un escozor insoportable ahí abajo. Apenas llevaba media hora con las pinzas puestas y ya tenía esa zona demasiado sensible y dolorida.
Respiré aliviada cuando me las quité para bajar a cenar, pero muy preocupada porque luego tenía que volver a ponérmelas.
Intenté no pensarlo, seguramente mi cuerpo se fuera acostumbrado a esa sensación tan molesta y punzante y tarde o temprano, el cerebro dejaría de emitir esa señal continua de dolor.
Para bajar a cenar, había llevado una minifalda azul marino del Zara, muy parecida a la del uniforme, pero más corta.
Bastante más corta. Completé mi look con una camiseta básica blanca, aunque tenía la tela muy fina y me transparentaba bastante los pezones.
Para no ir tan formal, me puse unas deportivas blancas y me recogí el pelo en una coleta.
Ya estaba preparada.
Pasé por la habitación de Sandra y bajamos juntas a cenar. Al llegar, solo estaba Beatriz en el comedor y nos sentamos con ella en la mesa.
―¡Uf, tengo un hambre que me comía medio buffet! ―exclamó Sandra, que se fijó en lo que había en el plato de nuestra compañera―. ¡Eso tiene muy buena pinta!, ¿vienes conmigo, Andrea?
―Sí, ahora... voy a pedir el agua al camarero... ―dije sentándome frente a Beatriz.
―Bueno, yo voy yendo... ahora te veo...
―Vale.
Y me quedé a solas con Beatriz. Nos miramos a los ojos, pero ninguna de las dos dijo nada. Por cómo me observaba, estaba claro que Ismael ya le había revelado sus planes para que subiera con nosotros a la habitación.
―Luego nos vemos, ¿no? ―le solté yo.
Ella afirmó con la cabeza sin cambiar el gesto.
Estaba muy seria, y tras aguantarme el pulso unos segundos, continuó cenando como si nada; entonces me pregunté si terminaría la noche teniendo sexo con Beatriz.
Se había puesto un polo rojo y una faldita de cuadros un poco más larga que la mía, para lucir sus fantásticas piernas.
Aunque tenía un físico increíble y me parecía una mujer muy atractiva, no me apetecía nada follar con ella.
Eso ya sería traspasar una nueva línea roja, lo de acostarme con una compañera.
Preferí no pensarlo, relajarme y disfrutar de la cena y me levanté junto con Sandra a llenar mi plato.
Unos minutos más tarde, aparecieron casi a la vez Leticia, con un espectacular pantalón de traje azul marino bien ajustado y una camisa blanca, Fran e Ismael.
Pasaron de largo y se pusieron los tres en su mesa de siempre.
La cena fue un suplicio para Sandra, que no dejó de mirar a Fran, viendo cómo tonteaba con la sobrecargo.
Estaba claro que lo hacía para darle celos, en una actitud muy infantil por parte del piloto, pero desde luego que funcionaba, porque cuando terminamos los postres, mi amiga estaba que se subía por las paredes.
Y todavía se enfureció más, cuando Fran y ella abandonaron juntos el comedor, y al pasar a nuestro lado, el piloto nos dio las “buenas noches” y Leticia sonrió triunfal con una actitud soberbia y altiva.
―¡Hija de puta! ―farfulló Sandra entre dientes y yo le di unos golpecitos en la pierna para que se calmara y no perdiera los papeles―. Bueno, ¿qué hacemos?, saldremos ahora a tomar una copa, ¿no?
―Conmigo no contéis... ―dijo Beatriz.
―Yo paso, tía... estoy bastante cansada, si quieres, tomamos algo aquí en el hotel, están bastante buenas las copas, pero...
―¿Aquí?, ¡joder, qué coñazo!, vamos por ahí a dar una vuelta, que todavía somos jóvenes...
―Bueno, chicas, yo os dejo... ―se despidió de nosotras Beatriz, levantándose de la mesa―. Buenas noches...
―Joder, no sé qué le pasa a esta, últimamente está muy seria ―afirmó Sandra―, ¿no te parece?
―Ni idea... tampoco la conozco tanto como tú, la verdad es que es bastante discreta...
―Antes no era así, pero lleva unas semanas que... ―y a media frase sacó el móvil―. Voy a escribirle a este..., estoy en la 332, por si te apetece pasar, nos vemos, un besito... no, un beso... eh, no, un besito... ala, ¡enviado!
―Entonces, ¿qué hacemos?
―Como no quieres salir, pues nada, en lo que me responde Fran..., nos tomamos la copa aquí...
Llegamos a la barra del bar del hotel y en cuanto pedimos, apareció Ismael con su camisa blanca impoluta, americana y pantalones vaqueros. Se sentó en un taburete alto, a unos tres metros de nosotras, sin despegar la vista de la pantalla del móvil y Sandra se le quedó mirando.
―¿Qué hacemos con este?, ¿le decimos algo? ―me preguntó―. Es que ni nos ha saludado...
―Bah, pasa...
Y de repente me entró un mensaje.
Ismael 22:13
A las 23:00 te espero en mi habitación.
Deshazte de esa puta
Pobrecita, estará triste porque su amiguito se ha ido a follar con Leticia
Je, je, je...
Lo leí disimuladamente y seguí hablando con Sandra, que no dejaba de mirar el móvil, impaciente por si contestaba Fran.
―Nada, tía, ni le llega el mensaje...
―Tranquila, acuérdate de la otra vez, al final se fue contigo, pues hoy igual, ya lo verás... es que vamos, entre tú y Leticia, no hay color...
―Eso pienso yo, pero mira, una cosa te digo, como se haya ido a follar con ella, a mí no me vuelve a ver en su vida, ¡no voy a permitir que ese cabrón juegue conmigo!
..., joder, Andrea, tendríamos que haber salido, esto es deprimente, aquí en este puto hotel con cuatro viejos e Ismael...
, mira cómo bebe, no da muy buena imagen que un piloto se esté tomando un copazo, ¿no?
―Pasa de él, tomamos esto y nos subimos... ―dije con el vaso de la mano.
―¡Qué prisa tienes!, al menos vamos a tomar esta copa tranquilas, y te cuento un poco lo de Rober... me vendrá bien hablarlo contigo...
―Sí, claro...
Diez minutos antes de las once, Ismael se terminó la copa y se subió a la habitación sin tan siquiera despedirse.
Sandra hablaba y hablaba sin parar, contándome que su novio todavía no se había llevado las cosas de su casa, y no sé cuántas historias más; yo solo estaba pendiente de la hora y en cuanto Sandra dejó de hablar, le pedí subir a la habitación.
Al pasar por la de Leticia, mi compañera pegó la oreja a la puerta, pero dentro no se escuchaba nada, y otra vez volvió a mirar el móvil.
―No le ha entrado el whatsapp, está pasando de mí como de la mierda... ¿qué hago?, ¿le llamo a ver dónde está?
―Eso ya va a ser demasiado, déjale un poco de espacio, ya sabes cómo son los tíos, como se sienta un poco agobiado va a ser peor...
―¡Puto cabrón de mierda! ―exclamó Sandra―. Bueno, nena, mañana nos vemos, descansa ―me dijo acompañándome hasta mi habitación y se despidió de mí con un beso en la mejilla.
―Igual, descansa y tranquila... que todavía es pronto y te puede llamar...
―Eso espero...
―Mañana me cuentas...
Apenas faltaban cuatro minutos para las once.
Fui rápido al baño a orinar, me puse otra vez las pinzas en los labios vaginales, sintiendo todavía más dolor al tener la zona ya sensible, me solté la coleta frente al espejo y cogí la tarjeta del hotel.
Ni tan siquiera me llevé el móvil. Subí corriendo por la escalera y llegué a la habitación de Ismael a las once en punto.
Llamé con tres golpecitos y enseguida salió Beatriz a abrirme.
Me quedé en shock al verla con un impresionante conjuntito de lencería negra, con un sujetador transparente, braguitas a juego, medias negras, ligas, ligueros y unos zapatos de tacón. Ismael miró la hora y sonrió, pero no dijo nada.
Diez segundos más y hubiera llegado tarde.
―Pues ya estamos todos... ―anunció el Comandante―. Procede, Beatriz.
Y mi compañera se acercó a una mesita y cogió una bolsa negra.
Al darme la espalda, me fijé bien en ella y debo admitir que ese culazo duro, prieto y definido me impactó de verdad.
¡Estaba todavía más buena de lo que pensaba!
, las braguitas brasileñas se le metían entre los cachetes del culo y al llevar unos taconazos altos, sus muslos y los gemelos estaban en constante tensión.
Me asusté al ver que sacaba de la bolsa una especie de cadena plateada, que terminaba con una cinta circular.
¡¡Era una correa para perros!!
Se acercó a mí, me la puso al cuello y luego comprobó que estaba bien sujeta con un pequeño tirón.
―¡De rodillas! ―me ordenó Ismael―. ¡Joder!
, ¿y esa falda que has traído?, ¿no tenías otra más corta?
, je, je, je, desde aquí se te va a ver el culo ―me advirtió y yo me puse a cuatro patas, girándome para que él pudiera verme desde atrás―.
Lo que yo decía... ¿qué tal las pinzas?, las veo ahí colgando, ¿Te tiran mucho del coño? ―preguntó poniéndose de cuclillas.
―Sí, me hacen daño... no sé si las voy a poder aguantar toda la noche...
―Más te vale que lo hagas..., Beatriz creo que las llevó puestas hasta dos horas una vez, ¿te acuerdas?
―Sí... ―contestó Beatriz―. Fue bastante duro...
―Pero lo hiciste...
―Claro...
―Y ahora dale un paseo a esta perra, hay que domesticarlas desde el principio para que se porten bien...
Beatriz soltó un golpe seco con la correa y me obligó a avanzar a cuatro patas por la habitación.
Era muy humillante dejarme hacer eso, y yo me arrastré por el suelo, con la cabeza agachada, caminando por donde me indicaba Beatriz tirón a tirón, y todavía fue peor cuando Ismael sacó un cuenquito vacío y lo puso a sus pies.
―Perrita, aquí tienes tu comida... ―y me llamó con un par de silbidos para que me acercara.
Gateé hasta su posición, notando cómo mi sexo se iba mojando más y más. Me ponía cachondísima cada vez que Beatriz me soltaba un tirón fuerte para indicarme el camino y al llegar al cuenco de comida me detuve.
―¿Tienes hambre, perrita? ―me preguntó Ismael.
―No...
―Anda, ¿y ahora los perros saben hablar?
Le miré extrañada sin saber a qué se refería y Beatriz me agarró con fuerza del pelo y luego tiró con tanta rabia que me hizo caer de bruces sobre el cuenco.
―¡Las perras no hablan, solo ladran!, ¡ladra, puta! ―me ordenó Beatriz.
―¿Qué...?
―¡Que ladres, joderrr!, deja de hablar o va a ser peor para ti...