32
Aquello ya lo había vivido unas cuantas veces, como si de un deja vu se tratara.
Destino a Zurich, Fran e Ismael pilotando el avión, Leticia de sobrecargo, Beatriz en tripulación de cabina y Sandra y yo juntas en la parte de atrás.
Me levanté la falda para apoyar directamente mi culo desnudo en el asiento y crucé las piernas al lado de mi compi.
Extrañamente estaba muy callada y esa no era la Sandra risueña y juguetona que yo conocía.
―¿Estás bien?, te noto muy rara...
―Bueno ―dijo encogiéndose de hombros―. Hoy no es mi mejor día, es que ayer lo dejé con Rober y no sé si he hecho bien...
―Anda, no me lo esperaba... por eso estabas tan callada...
―Se veía venir, a ver , no es que estuviéramos mal del todo y a mí me gustaba estar con él, pero es que estoy muy pillada por Fran, y eso que ya sé que lo nuestro no va a ningún sitio, ¡ufff, si es que soy tonta!
―Ya, pero yo creo que has hecho lo correcto, no podíais seguir así... Roberto no se lo merecía.
―Sí, eso sí, quizás podía haberlo hablado con él, Roberto es bastante flexible, incluso hace unos meses me planteó lo de ser pareja abierta, sin ataduras el uno con el otro, y quizás hubiera sido una buena solución, pero ahí fui un poco egoísta, no me veía en una relación así y además, no quería que Roberto se follara a todas las chicas del gym y que luego ellas me miraran como si fuera una cornuda, ¡eso no lo hubiera soportado!
―Pues ya está, tienes que asumirlo y desde hoy empieza una nueva vida para ti... ―dije estirando el brazo para que ella me diera la mano.
―Ojalá tuviera tu misma suerte, ¡tantos años con tu chico!... y ahora se me hará raro no estar con él ni ir a entrenar con su equipo, ¡eran realmente buenos!
―Es una pena... y ahora, ¿qué tal con Fran?
―Pues yo creía que bien, quedamos el miércoles, me invitó a comer en el Ópera y luego fuimos a su casa...
―¡Genial!, oye, quién sabe si...
―Pero esta mañana ―me interrumpió Sandra―, cuando le he dicho que lo he dejado con mi chico, no parece que le haya hecho mucha gracia. Ni se ha inmutado, no le tenía que haber dicho nada...
―Ya sabes cómo son los tíos, se ha pensado que has cortado con Roberto por él y...
―Seguro... ¡y es que tiene razón!, y lo peor es cuando le he preguntado si íbamos a quedar luego por la noche y me suelta que no sabía, que no le empezara a agobiar ya... ¡será imbécil!
―¿Eso te ha dicho?
―Sí, tía...
―¡Menudo cretino!, podía haber tenido un poco más de tacto...
―Eso he pensado yo, en fin que... ¡si es que no aprendo con estos cabrones!
―Ya verás cómo luego te llama, ¿cómo no va a querer estar con un pibón como tú?
―Si no quedamos, hoy no te me escapas, eh... salimos esta noche por Zurich...
―¡Uf, Sandra, estoy muy cansada!, yo necesito dormir, puedes contar conmigo para lo que quieras, pero para salir...
―Venga, tía, ¿ni una copa?
―¡Qué pereza!
―Como esta noche me dejes sola, te lo recordaré toda la vida ―me amenazó medio en broma.
Sandra me acababa de poner en un serio aprieto. La noche la tenía reservada para Ismael, que no sé qué planes tendría conmigo, por lo que no podía comprometerme con ella; y es que el Comandante ya me había advertido de que iba a recibir la segunda parte del castigo.
De momento no me había dicho nada cuando me vio en el briefing, y tampoco se había dirigido a mí antes de subir al avión.
Ni tan siquiera me había mirado. Nada. Como si no estuviera, pero a mí me provocaba un morbo muy intenso el volar sin ropa interior, obedecerle ya sin que me lo mandara y es que su sola presencia anulaba mi voluntad y yo además, estaba constantemente pendiente de él, deseando que se fijara en su sumisa.
Deseando que me diera una nueva orden.
Aterrizamos ya anocheciendo, y un coche de la compañía nos llevó a los seis hasta el hotel.
Beatriz, Sandra y yo nos sentamos detrás e Ismael, Fran y Leticia en el medio.
Nada más llegar al hotel, quedamos para cenar una hora más tarde y yo entré en la habitación, buscando desesperada tumbarme en la cama.
Solo me apetecía descansar y hablar un ratito con mi novio.
Entonces me llegó un mensaje de Ismael. Ni tan siquiera me había acordado.
Ismael 19:57
Dónde cojones estás?
Es que voy a tener que bajar a buscarte?
La maleta no se va a deshacer sola...
Es verdad. La maleta. Me indicó su número de habitación y sin apenas tiempo para cambiarme, subí desde la cuarta hasta la quinta planta, donde se hospedaban los dos pilotos. La puerta estaba abierta e Ismael me estaba esperando sentado en la cama con cara de pocos amigos.
―¿Por qué has tardado tanto?, ¿es que se te había olvidado?
―No, perdona, estaba...
―¡Ni estaba ni hostias!, lo primero que tienes que hacer en cuanto llegues al hotel es subir a deshacerme la maleta y colgar mis trajes en la percha, ¿entendido?
―Sí, claro...
―Pues ahí está, empieza...
Le saqué la ropa, colocándosela con mucho cuidado en el armario.
Le gustaba que dejara la ropa interior y los calcetines junto a las camisetas, para que estuviera todo en el mismo sitio.
Después colgué la americana del traje en una percha, con el pantalón doblado y una camisa blanca bien limpia.
Y cuando ya estaba finalizando mi tarea, Ismael se puso de pie y comenzó a desabrocharse la camisa que había usado durante el vuelo.
―¿Algo más...? ―le pregunté.
―Toma, esta dóblaba y déjala ya dentro de la maleta ―me pidió quitándosela y quedándose con el torso desnudo.
Ismael era grande, corpulento y aunque había echado un pelín de barriga, para su edad no estaba nada mal de forma. Tenía el pecho cubierto por una maraña de pelo canoso y los brazos grandes y musculados.
―Ya te puedes ir, Kira... esta noche después de cenar quiero que vengas aquí. Te espero a las once en punto. Tienes que ser muy puntual, ¿entendido?
―Sí. ¿y cómo tengo que venir vestida?
―Si no te digo nada, puedes venir como te dé la gana, pero ya sabes... sin ropa interior...
―De acuerdo... ¿ya me puedo ir?
―Espera ―y se acercó a la maleta y sacó una especie de pinzas metálicas―. Esto es para ti, un regalo, no te muevas que te las voy a poner... ―me pidió acercándose por detrás.
Me agarró por el brazo, llevándome hasta la cama y me indicó que me inclinara y apoyara las manos sobre la colcha. Se situó a mi espalda, y de un tirón seco me subió la minifalda del uniforme, dejando mi culo totalmente desnudo.
―Te va a doler un poco, pero enseguida te acostumbrarás, tienes que aguantar con ellas media hora puestas y te las podrás quitar, pero antes de venir a las once, te las tienes que poner otra vez... ¿entendido?
―Sí ―suspiré con mucho miedo.
Y de repente noté una especie de pellizco en mi sexo. Las jodidas pinzas tenían bastante fuerza, más de lo que pensaba y el primer dolor que me vino fue muy intenso. Me había atrapado los dos labios vaginales y en mi cabeza apareció en mayúsculas la palabra COSMOPOLITAN.
¡Qué dolor más insoportable!
Tensaba y relajaba los glúteos, gimoteando, sin moverme en esa postura tan indecorosa e Ismael, soltó la pinza para volver a colocármela otra vez.
―A ver si así te molesta menos... ―dijo poniéndomela de nuevo, pero tengo que decir que el dolor no remitió lo más mínimo.
Aquello era un suplicio, una jodida tortura. ¿Se supone que debía llevar puestas esas pinzas durante media hora y luego otra vez por la noche?
¡Eso era imposible!
Haced la prueba. Pellizcaros con fuerza en el coño o los huevos, presionad hasta que duela, y ahora, imaginad que tenéis que soportar ese sufrimiento durante treinta minutos.
Pues así estaba yo.
E Ismael me rozó el culo con suavidad, pasando sus dedos por mi piel y después coló la mano entre mis piernas, acariciando mi coño.
―¿Te duele mucho?
―Sí, me duele mucho, aaaaahgggg, joderrrr...
―Y si te duele tanto, ¿por qué estás empapada, Kira?, ¿me lo puedes explicar?
―Por favor, Ismael, quítamelas...
―Tienes que acostumbrarte, con el paso de las horas irán perdiendo un poco de presión, ahora son nuevas... ―y me clavó un dedo en el coño.
―¡¡Aaaaah, Diossss!!
―Esto es para que disfrutes un poco también, no va a ser todo pasarlo mal, je, je, je..., ¿quieres que te folle con el dedo?
―¡¡Aaaaaah, sí, por favor, fóllame!! ―le supliqué.
―¿Qué prefieres?, ¿qué te meta el dedo o que te quite las pinzas?
―¡Que me folles, aaaaah, aaaaah!
El dolor era insoportable, pero ese dedo entraba y salía de mí, proporcionándome un placer agudo y profundo, casi tan potente como contradictorio. ¿Cómo podía sentir ese gustazo mientras estaba siendo torturada?
Era extraño y adictivo.
Me volvía loca esa sumisión, y además, sabía que Ismael no iba a dejar que me corriera.
Al menos de momento, todavía quedaba mucha noche y ni tan siquiera habíamos bajado a cenar.
Y así fue, enseguida retiró su dedo, dejó de follarme, y me soltó una pequeña cachetada entre las piernas, con mucho cuidado de no darme en las pinzas.
Eso ya no lo hubiera podido soportar.
―¡Me gusta mucho que siempre estés tan mojada!, ya puedes incorporarte ―me ordenó bajándome la falda.
―Gracias.
―A partir de ahora, quiero que estés cachonda a todas horas, cada minuto, cada segundo del día, desde que te levantes hasta que te acuestes, pero cuando digo cachonda es que te subas por las paredes...
que rabies de excitación, que tengas ganas de frotarte los muslos, de bajar la mano y meterla entre tus piernas, de acariciarte o de follar con el primero que se te ponga por delante... , ¿y sabes cómo vamos a conseguir eso?
―No...
―Pues bien fácil, estimulando tus sentidos, desde hoy no quiero que pienses en otra cosa.
Te mandaré libros eróticos, audiorelatos, videos porno...
todo el rato, yo los buscaré para ti... y además de eso, tienes que masturbarte dos veces al día.
Durante diez minutos. Antes de comer y de acostarte, y te quedarás a punto de correrte, tan excitadísima que no puedas ni rozarte...
―Ufff...