31
Su dedo gordo comenzó a moverse ansioso entre mis labios y Paula me miró con cara de zorrita. Se acariciaba las tetas por debajo del agua y yo saqué la cadera hacia delante, agarrando su pie para presionarlo contra mi entrepierna.
―¡Apártate el biquini! ―me pidió Paula y eché la tela a un lado, para que su dedo entrara en contacto con mi coño.
Fue superexcitante sentir cómo intentaba penetrarme mientras Paula no dejaba de sonreír como una niñata consentida que estaba haciendo una travesura. Movía su pie de arriba abajo y yo intentaba guiar sus acometidas, situándolo en el punto exacto en el que me daba más placer.
Se me escapó un gemido y atrapé su pie entre mis muslos, acompasando los movimientos de Paula, pero cuando más lo estaba disfrutando, ella lo retiró y se acercó a mí, sentándose a mi lado.
Buscó mi boca y yo le correspondí el beso y después subí la mano para toquetear sus pechos por encima de la tela del biquini.
―¡Joder, qué cerda estoy! ―susurró con un lenguaje soez que no le pegaba nada.
Me encantaba que aquella pija hablara así de sucio y yo le apreté los pechos, haciéndola gemir igual que había hecho ella antes conmigo.
Mientras nos comíamos la boca, Paula apartó mi biquini otra vez y me penetró con el dedo corazón.
Aunque estábamos solas, aquel lugar no dejaba de ser un sitio público, pero ya nos dio igual.
Nos habíamos abandonado a la lujuria más absoluta.
Y Paula detuvo su beso, quedándose frente a mí, mirándome con una sonrisa traviesa, sacando la lengua y rozándome la punta de la nariz mientras me follaba suavemente con un solo dedo.
Yo seguía sobando sus pechos, estrujándolos, y de repente Paula se quitó el gorro de baño, dejando suelto su pelazo.
―No podemos hacer eso ―dije yo.
―¡Tampoco podemos follar aquí...! ―y retiró el dedo que me penetraba, se puso de pie y me dio la mano para que saliéramos del jacuzzi.
Entramos juntas en la ducha de contrastes, y pegamos un buen chillido con el agua fría, que nos calmó la calentura durante unos segundos, pero después Paula me arrastró hasta la piscina más grande y nos situamos debajo de la cascada.
El agua estaba muy caliente y otra vez nos besamos, metiéndonos la lengua y tocándonos el culo mutuamente. Paula tiró de mi gorro y me lo quitó, dejando mi pelo suelto, igual que ella.
―Así estás mucho más guapa ―y acto seguido se soltó el enganche del sujetador, se sumergió hasta el cuello y unos segundos más tarde, apareció su prenda roja flotando en el agua.
Cuando volvió a incorporarse ya me mostraba orgullosa sus imponentes tetazas naturales.
―¡Paula!
―¡Ahora te toca a ti...!
―¿Aquí?, ¿quieres que me desnude aquí?
―Por supuesto, ¿tú qué crees?, ¿que somos las primeras que follan en un spa?... es lo más normal, para eso son estos sitios...
―Ah, ¿sí?
―Pues claro, tonta, me encanta que seas tan... discreta y a la vez tan zorra... ―dijo tirando de uno de los tirantes de mi sujetador―. ¿Me dejas hacerlo a mí?
―Sí...
Y Paula me quitó el sujetador con mucha tranquilidad, disfrutando ese momento y dejándome tan solo con la braguita puesta.
―¡Desnúdate del todo!, quiero que lo hagas tú sola, que te desnudes para mí... ―me ordenó y ella se quitó su tanguita, que corrió la misma suerte que la parte de arriba.
Tenía a Paula Fornells completamente desnuda y debajo de esa cascada de agua caliente nos miramos a los ojos; yo fui deslizando la parte de abajo del biquini por mis largas piernas, hasta que me lo saqué por los pies.
Paula me lo arrebató de las manos y lo lanzó hacia atrás, sin tan siquiera mirar donde caía.
―¡Estoy cachondísima, mmmm! ―gimoteó dándome un par de muerdos rápidos, que aprovechó para meter su lengua en mi boca.
Nos fuimos morreando y tocando, mientras andábamos por la piscina, hasta que llegamos a unos pequeños bancos en los que te podías sentar para que te dieran los chorros de agua en la espalda y en los gemelos.
Paula me obligó a sentarme y me pidió que dejara la cadera en el borde del banquito de piedra; luego se sumergió y fue directa hacia mi sexo, jugando con su lengua y lamiéndome debajo del agua por lo menos un minuto; solo salió a coger un poco de aire y darme otro beso, ya me tenía con las piernas abiertas y me clavó un par de dedos en el coño, follándome despacio mientras me soltaba pequeños besitos en el cuello y en los pechos.
Y cuando ya me llevó al límite, otra vez se sumergió, y su boca fue decidida a un único objetivo, atrapando mi clítoris.
Apreté su cabeza contra mi sexo y me dejé llevar.
La niñata me clavó los dedos en los glúteos, me soltó un pequeño mordisco en mi sensible botoncito y eso fue el detonante de mi clímax.
Saqué más la cadera hacia delante y le incrusté el coño en la boca mientras me corría. Tal cual.
Paula tenía mucho aguante. Muchísimo. Yo no sé el tiempo que llevaría bajo el agua, pero se pegó por lo menos un par de minutos sin respirar hasta que terminé.
Al salir, cogió una bocanada de aire y me dio un beso.
Terminamos las dos con la respiración acelerada, exhaustas, aunque cada una por un motivo distinto.
―¡Me encanta hacer que te corras! ―me cuchicheó al oído y atrapó el lóbulo de mi oreja con sus dientes―. Espero que no me dejes con las ganas como el otro día, hoy no vas a salir corriendo, ¿no?
―No... ―susurré en bajito, besándola con ternura―. Ponte aquí y date la vuelta ―y Paula captó la idea al momento, apoyando las rodillas en el bordillo y sacando medio cuerpo fuera de la piscina.
Allí tenía delante de mi cara su culo; duro, terso, redondito, con las marcas de biquini y yo separé sus glúteos con las manos y le lamí el ano, lo que hizo que Paula tensara su trasero.
―¡¡Aaaaah, joder, síííí!!, ¡qué gustazo!, ¡¡uf, qué puto gustazo!! ¡eso es, mmmm, cómeme el ojete, zorra!, ¡¡cómeme el ojete!! ―zarfulló entre dientes tirando de mi pelo mientras me restregaba su culo por toda la cara.
¡Qué mal hablada era la niñata cuando se ponía fuera de sí!
Le metí un dedo en el coño, aunque no hacía falta, porque Paula había bajado la mano y ella misma se acariciaba furiosa el clítoris, sin embargo, ella no parecía satisfecha con nada.
―¡¡Más, másssss, másssss!!, ¡méteme otro dedo, mmmm! ―me pidió echando la cadera hacia delante, sacando el torso de la piscina.
Se quedó prácticamente con todo el cuerpo fuera y el agua le llegaba hasta la mitad de los muslos.
Apoyé las rodillas en el banquillo y le metí dos dedos más de golpe.
Ahora me la follaba con tres y Paula ya gemía de manera vulgar, moviendo su cabeza de lado a lado, golpeando en el suelo con su empapada melena.
Retorciéndose de placer.
Me encantaba jugar con mi lengua en su apretado ano y por cómo chillaba, no le debía faltar mucho para correrse.
Se abrió un glúteo con la mano, tirando hacia arriba de su cachete, abriéndomelo bien para que pudiera martirizarla con mi lengua.
Y yo continué, soltando un lametazo tras otro, tratando de penetrarla, mientras ella no paraba de gritar toda clase de obscenidades que se le pasaban por la cabeza.
―¡Clávame otro dedo, puta, aaaah, aaaah!, cómo me sigas chupando así el culo me voy a correr en toda tu cara, joderrrr, aaaaah, aaaaah!, ¡me voy a correr con todo el culo en tu cara, aaaah, eres una fulana de mierda, aaaaaah!
Y yo le introduje un cuarto dedo en su sexo. ¡¡Ahora me la follaba con cuatro!!, y eso todavía parecía que le sabía a poco; sus labios vaginales ya no podían estar más abiertos y su coño se tragaba mis dedos haciendo una increíble succión.
―¡Dame, pégame en el culo!, ¡dame duro! ―me pidió girándose hacia atrás.
―¿Quieres que te pegue fuerte, putita? ―le pregunté yo, poniéndome a su nivel.
―¡¡Síííí, sííííí, dameeee, dameeeeee, aaaaaah, aaaaaah!! ―y le solté un tremendo azote sin cortarme ni media.
¡¡PLASSSSS!!
―¡¡Aaaahgggg, PUTAAAAA!!, ¡eso ha dolido, joderrrrr!!
―¿Te ha gustado, niñata?
―¡¡Síííí, sííííí, me ha gustado!!
¡¡¡PLASSSSSSSS!!!
―¡¡Aaaaaa, joderrrrrr... no tan fuerte, ufffff!!
¡¡PLASSS, PLASSSS, PLASSSSS!!
―¡¡Aaaaa, Diosssss, Diossss, aaaaaah, me gusta much... aaaaah!! ―jadeó dejando la frase a medio terminar.
Me tiró con más fuerza del pelo, aplastándome la cara contra su trasero y de repente su cuerpo se quedó quieto.
Paula retuvo unos segundos la respiración y después soltó una bocanada de aire, acompañada de un gemido ahogado.
Y empezó con un leve temblor que fue subiendo poco a poco en intensidad, lo mismo que sus gritos de placer.
―¡¡¡ah, aaah, aaaaah, aaaaah, AAAAAH, AAAAAH, SÍÍÍÍÍÍ, SÍÍÍÍÍÍ, AAAAAAH, QUÉ RICO, AAAAAH, AAAAH, ME VENGO, AAAAH, ME VENGO, AAAAAH, AAAAAH, AAAAAH, ME VENGO, AY QUÉ RICO, MMMMM, AAAAAAH!
!!, ¡¡ahora no pares, mmm, con la lengua, pásame la lengua por el ojete, pásamela, cómemelo zorra, sigueee, sigueeee, AAAAAH, AAAAAAH, AAAAAH! !
Yo nunca había tenido un orgasmo así.
¡Qué manera de correrse!, y me sentí orgullosa del trabajo que le había hecho.
Enseguida dejé de castigar su sexo con los dedos, retirándolos, pero continué dándole besitos en sus dos glúteos, y rozando su ano con la punta de la lengua, hasta que Paula cruzó los brazos en el suelo y reposó la cabeza en ellos, como si se fuera a dormir en esa postura.
―¡Uf, ha sido brutal!, ¡qué bueno, Andrea!, mmmmm, ¡qué hija de puta!, me has pegado muy fuerte, pero me ha encantado y además, tienes unos deditos mágicos, ufffff...
Se quedó así otro minuto, disfrutando de su orgasmo y luego se incorporó, girándose hacia mí y buscó mi boca.
Nos besamos despacio, pero sucio, sacando la lengua, saboreando nuestros labios, y después regresamos al jacuzzi y nos masturbamos mutuamente las dos a la vez, mientras nos morreábamos, hasta que terminamos entrelazando las piernas y frotándonos en una tijera incómoda, pero muy placentera.
Antes de acabar nuestro circuito privado en el spa, Paula me pidió que le comiera las tetas.
Según me dijo, después de follar se le quedaban muy sensibles y le volvía loca que se lo hicieran.
Ni nos dimos cuenta de que ya se nos había pasado la hora y cuando la señora que controlaba los horarios entró para avisarnos, me pilló de pleno con las tetazas de Paula en la boca.
¡Vaya cara que puso!
Y además, seguíamos desnudas.
Pudimos relajarnos durante una hora y media con un masaje completo y el tratamiento de chocolate, pero al llegar a la habitación, volvimos a tener sexo.
Paula había traído un arnés con un dildo rosa de juguete y se lo enganchó en la cintura para follarme a cuatro patas en la cama.
Terminamos haciendo un 69 y corriéndonos las dos a la vez.
Llegué a casa bastante tarde, casi a las diez de la noche, exhausta después de cuatro o cinco orgasmos, y con un hambre atroz. Ya me estaba esperando mi chico y el pobre me pidió mil veces perdón por haber desconfiado de mí.
No se imaginaba, ni por lo más remoto, la tarde que había pasado con Paula Fornells.
Había subido varios historys en su Instagram mientras nos hacíamos el masaje y en una de ellas se me veía a mí tapada tan solo con una toalla. La muy cabrona me etiquetó y empezaron a llegarme multitud de solicitudes de amistad, que por supuesto rechacé.
Sebas también había visto esas publicaciones y me dijo que estaba muy sexy. Me senté a su lado en el sofá en cuanto me puse rápido el pijama para que no viera mis moratones en el glúteo y mi chico comenzó a besarme el cuello.
―Me ha puesto muy cachondo verte así con una famosa, haciéndote un masaje... ―me confesó sin dejar de besuquearme.
―Estoy muy cansada, Sebas...
―Venga, solo un poquito.
―¡Ay, no, para! ―pero su mano ya estaba acariciando mis pechos por encima de la camiseta―. Para, tío...
―Venga, mañana te vas de viaje y ya hasta el sábado no nos vemos..., ¿me vas a dejar así? ―y metió sus dedos entre mis piernas.
―Para, Sebas, paraaaa... ―y cuando hizo presión entre mis labios vaginales, le aparté la mano―. ¡Qué te he dicho que pares, joder!
―¿Pero qué coño te pasa?, ¿y ahora por qué te pones así? ―se enfadó de nuevo mi chico.
―Te estoy diciendo que pares y tú erre que erre... si te digo que pares, ¡¡para, joder!!
―¡Nada, otra vez igual! ―protestó levantándose del sofá empalmado.
Se metió al baño, y cinco minutos más tarde le escuché que ya se estaba acostando sin tan siquiera despedirse. Entré en la habitación, preparé rápido la maleta para el día siguiente y me acosté a su lado.
―No te enfades, por favor ―le pedí abrazando su abdomen y besé su musculada espalda.
De nuevo me invadió ese sentimiento de culpa por lo que le estaba haciendo, me rompía el corazón discutir día sí y día también con mi chico, pero a la vez no podía dejar de pensar en Ismael y el morbo que me daba ser su sumisa.
Esos nervios en el estómago era una sensación que me encantaba, y temblaba de excitación sabiendo que al día siguiente iba a volver verlo y a recibir la segunda parte del castigo.
Y es que estaba convencida, de que Ismael ya tenía todo planificado para nuestra “romántica” noche en el hotel de Zurich donde empezó todo...