Mi primer vuelo 29
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Cuando terminaba una cita tan intensa como la que acababa de tener, me solía quedar hecha polvo, sin un ápice de fuerza, destruida, apagada, fatigada, exhausta. Devastada.

Esa era la palabra. Devastada. Solo me apetecía tumbarme en el sofá y pasar la tarde tranquila con un buen libro. Y a pesar de todo, seguía sintiendo esa punzada en el estómago, unos nervios que no me dejaban relajarme, y un orgasmo latente, queriendo salir sin pedir permiso.

Con ganas de explotar.

Me asusté cuando me miré en el espejo de la habitación antes de ducharme. Tenía los pezones muy irritados y sobre todo, unas marcas preocupantes en el glúteo derecho. Eso no se me iba a quitar ni en un día ni en dos. La ayudante me había sacudido muy fuerte y me había dejado herida en la piel.

Era evidente que me iba a quedar de recuerdo un buen moratón y ahora toda precaución era poca, para que mi chico no viera el estado de mi culo.

Cuando llegó del gimnasio ya estaba duchada y con el pijama puesto.

Por la tarde apenas pude leer un ratito y me dormí una pequeña siesta tapada con una mantita mientras escuchaba a Sebas trastear en su habitación.

Entonces me llegó una notificación del Instagram y al coger el móvil vi que el ojo se había activado.

Paula Fornells me había escrito e Ismael me estaba espiando.

Hola, guapa

Todavía no me has dicho nada, puedes quedar algún día para tomar un café?

El jueves te parece bien? Podemos comer juntas y por la tarde probar el spa

Te gusta el plan?

Y aunque mi intención era no volver a quedar con esa niñata, para no complicar todavía más mi situación, ahora Ismael me lo había ordenado y no solo eso, además tenía su visto bueno para correrme con ella.

Entonces me acordé de nuestro encuentro furtivo en los baños del aeropuerto del Prat.

Paula tenía un cuerpazo impresionante a sus 18 años, y a pesar de su edad, sabía usar la boca y los dedos como toda una experta.

Había hecho que me corriera en apenas unos minutos y tenía que reconocer que también me había gustado tocar sus turgentes tetas y ese culito tan suave y firme.

Me humedecí con la idea de ir a verla a su lujoso hotel de cinco estrellas y pasar el día con ella y antes de contestar, entré en su perfil y estuve ojeando de nuevo sus fotos.

Cada vez me gustaba más esa niñata y me detuve en aquellas en las que se mostraba con sus minibiquinis.

Incluso amplié alguna de las fotos para deleitarme con su culo, porque sabía que también lo estaba viendo Ismael y quería provocarle.

El Comandante no tardó mucho en escribrirme al whatsapp.

Ismael 18:57

No contestas a sus mensajes?

Estas deseando quedar con esa zorrita, ¿eh?

Andrea 18:58

Sí, estoy deseando quedar con ella

Le respondí, sabiendo que tenía que hacerlo en menos de una hora.

Era una de mis obligaciones. Luego borré todo el chat, siempre lo hacía cuando hablaba con Ismael, aunque había cambiado su nombre en la agenda a “Isa compi”, por si me entraba algún whatsapp cuando estuviera Sebas delante, y así no levantar sospechas.

Después le mandé un privado a Paula en su Insta.

Hola, Paula

Vale, en principio sí, me viene bien quedar a comer

Y luego si quieres spa, por mí encantada...

Nos vemos el jueves, muaccc

Y ella me contestó inmediatamente.

Genial!

Spa y masajito, eh...

Comemos aquí en el hotel

Te quedas a dormir?, porfi, porfi...

Yo le puse que no podía, ya que tenía que trabajar al día siguiente, y al igual que con Ismael, también borré toda la conversación con Paula.

Me acosté pronto y madrugué más de lo deseado, y es que tenía ni más ni menos que cuatro vuelos nacionales.

Era un fastidio porque se me hacía muy pesado esos viajes tan cortitos, despegar, aterrizar, volver a embarcar...

y además, tenía de sobrecargo a la odiosa de Leticia, aunque reconozco que esa jornada estuvo bastante amable conmigo.

Le había tocado uno de sus días buenos. Incluso me invitó a tomar un café en el aeropuerto entre vuelo y vuelo.

Estuvimos hablando de trabajo, ella se interesó por mis primeros meses en la compañía e incluso se saltó las formalidades y se atrevió a preguntarme si tenía novio y un poco de mi vida privada.

No digo que nos hiciéramos amigas, pero sin duda alguna, después de ese café yo creo que ya le caía un poquito mejor a Leticia, aunque era consciente de que otro día que nos volviera a tocar trabajar juntas, ni tan siquiera me saludaría.

Ella era así.

Y además, era muy difícil que nos pudiéramos llevar genial, pues era la enemiga número uno de Sandra.

Mientras tomábamos el cafelito me fijé en que era prácticamente lo opuesto a mi mejor amiga.

Seria, recatada, apenas hacía bromas, y siempre iba vestida de manera impoluta.

Perfecta. No llevaba ni una sola arruga en el uniforme y su recogido del pelo era digno de exponer en todas las academias de tripulantes de cabina.

El día fue muy duro y cuando llegué a casa, más tarde de las diez de la noche, Sebas me tenía preparado algo para picar en la mesa del salón. Él ya había cenado y al verme se levantó y vino hacia mí.

―Joder, no me voy a acostumbrar nunca a ese uniforme, ¡ni te imaginas lo que me pones!, y más cuando llevas el pelo así de recogido ―dijo colando sus manos por debajo de la falda.

Dejé que me manoseara el culo y le correspondí su beso, dejándome llevar, pero enseguida le corté y me apreté contra su pecho.

―¡Uf, hoy estoy muy cansada, nene!

―Venga, Andrea... ¿uno rapidito?, te aseguro que no voy a durar mucho tiempo...

―De verdad que no, solo me apetece pegarme una ducha, cenar algo y acostarme.

―Está bien... te dejo, pero solo por hoy, eh, otro día que vuelvas con el uniforme tienes que dejar que te folle... ―me pidió mordiéndose los labios.

―¡Te lo prometo!

Aproveché que se quedó en el salón viendo la tele, para ponerme el pijama a toda velocidad.

Ni tan siquiera me atreví a ducharme por miedo a que me pillara los moratones que tenía en el glúteo.

Y apenas nos vimos más, porque a Sebas le gustaba acostarse pronto para descansar y poder entrenar bien, aunque antes le comenté que al día siguiente había quedado con una amiga.

―Sí, vamos a ir comer juntas y después iremos de tiendas...

―¿Pero con quién has quedado?

―No la conoces, es una chica de Barcelona, es amiga de una compañera, yo la conozco de un par de veces que hemos tomado algo y mañana, aprovechando que viene a Madrid, aunque como su amiga no está porque trabaja, pues al final me ha liado a mí ―le mentí a Sebas, que no terminó de creerse mi rocambolesca historia.

Por lo general, no tenía que darle tantas explicaciones para quedar a comer con quien quisiera, pero últimamente dudaba ante cualquier cosa que le decía.

―Joder, Andrea, no vamos a vernos nada estos días, el viernes también curras y encima haces noche en Zurich...

―Ya, bueno, ¿y yo qué sabía que esta chica iba a venir a Madrid?

―Vale, da igual, no vamos a discutir otra vez por lo mismo.

―Es que no sé por qué te pones así, no sé, parece que no me crees, tranquilo, que mañana te mando una foto cuando esté comiendo con ella... así te quedas más relajadito...

―No hacía falta, pero mira, sí, ya que lo has dicho, mándame una foto...

―Ah, ¿es que no te fías de mí?

―Ahora no te pongas a la defensiva, has sido tú la que has dicho lo de la foto...

―¿Y no prefieres una videollamada? ―pregunté con sorna.

―Pues casi mejor..., una videollamada, así veo a tu nueva “amiga”, y espero que no se te olvide o ya voy a tener que empezar a pensar cosas raras...

―¿Cosas raras?, ¿es que crees que te estoy engañando?, dilo claramente, no con indirectas... pero vamos, si no confías en mí después de tantos años...

―Ya no sé ni qué pensar, estás muy rara desde que empezaste a currar... prefiero acostarme y ya se me pasará el cabreo, buenas noches...

―¡Sebas, no te vayas así!

Pero no me hizo caso y me quedé en el salón sola, picando la ensalada que me había preparado. No tenía ni hambre y dejé el tenedor apoyado en el plato, con la mirada perdida en la tele.

Otra discusión con Sebas, otra vez lo mismo, sus celos, sus inseguridades, aunque en esta ocasión tenía razón.

Le estaba siendo infiel. Muy infiel, aunque no como él se pensaba.

Lo único que tenía claro es que no podíamos continuar así; la mitad de los días, mi chico se iba a la cama con un buen cabreo y yo notaba que sus enfados cada vez iban a más y ya no se le pasaban con tanta facilidad.

Esa noche me acosté preocupada, me costó conciliar el sueño dándole vueltas a mi relación con Sebas. Estuve muy tentada de mandarlo todo a la mierda. Entonces, me agarré el colgante del cuello y me pregunté si aquello merecía la pena.

Y es que Ismael cada vez me lo ponía más difícil; era evidente que lo mío con Sebas no iba a durar mucho si continuaba por el mismo camino, pero no podía hacer nada.

Si ya estaba así, ni me quería imaginar nuestra situación unos meses más tarde.

Cerré el puño y tiré de la cadena, tensándola en mi cuello.

Solo necesitaba un golpe seco y me liberaría de esa tortura para siempre, una parte de mí quería hacerlo, revelarme contra Ismael y tiré con fuerza, deseando que se rompiera el colgante, pero no cedió.

Y otra parte de mí se alegró. En el fondo tenía que reconocer que me encantaba ser su sumisa, y en ese momento era lo que daba sentido a mi vida.

En cuanto me echaba en la cama, con la habitación a oscuras, me transformaba en Kira y la mayoría de noches me dormía tremendamente excitada.

Cerraba los ojos y no se me venía a la cabeza mi boda con Sebas, o comprarme un piso con él, eso podía ser algo pasajero; la mayor parte del tiempo fantaseaba en la habitación del Vivaldi o me mojaba recordando que había volado junto a Ismael sin ropa interior.

Tenía alma de sumisa y me encantaba.

Colé los dedos por debajo de las braguitas y me acaricié mis glúteos marcados a fuego. Me tumbé bocabajo y tensé mi trasero, en mi cabeza sonaban las paletadas que me soltaba la ayudante y cómo me zurcía la piel con cada azote.

Creo que hasta se me escapó un gemido.

Y a mi lado, sentía la respiración agitada de Sebas, no se había dormido todavía, y se movía nervioso e inquieto de un lado a otro. Me sabía muy mal por él, le quería mucho y no me gustaba que se enfadara conmigo, pero aquella noche no podíamos reconciliarnos. No podía follar con él.

Lo tenía prohibido.

Para mí también era una tortura, con la entrepierna empapada, me rozaba el culo con la yema y solo tenía ganas de deslizar un dedo entre mis labios y acariciarme de manera furtiva.

Entonces fantaseé que Ismael me lo ordenaba.

En medio de la noche, tenía que masturbarme en la cama delante de mi novio, mientras él estaba despierto a mi lado sin saber lo que estaba haciendo.

Era casi imposible que Sebas no se diera cuenta, en el silencio de la habitación tarde o temprano escucharía algo, o bien mis dedos chapoteando en mi sexo o se me escaparía algún gemido ahogado; eso como poco.

En el peor de los casos, mi cuerpo temblaría descontrolado mientras un potente orgasmo se me escapaba de lo más profundo de mis entrañas.

Me pasé los dedos por la cara interna de los muslos y Sebas se giró hacia el otro lado, dándome la espalda. Tuve que resistir la tentación de acariciarlo y suplicarle por favor que no se enfadara, pero sabía que si hacía eso, él se iba a poner encima de mí y me terminaría follando como un salvaje.

No sé quién de los dos se durmió antes; bien entrada la madrugada todavía le sentí resoplando, pero el cansancio me venció y terminé cediendo solo por agotamiento.

Por la mañana Sebas se levantó antes que yo, desayunó rápido y entró en la habitación para decirme que se iba a entrenar al gym. Ni tan siquiera esperó mi respuesta. Casi mejor, no me apetecía ni me sentía con fuerzas de tener una nueva discusión con él.

Apoyé la espalda en la cama, quedándome recostada y miré el Instagram de Paula Fornells.

No me lo podía creer; no llevaba ni media hora despierta y ya sentía un calor desmesurado por todo mi cuerpo.

Con las piernas bien abiertas, me acaricié por encima de las braguitas, y ese primer roce me estremeció.

Estaba demasiado excitada pensando en mi cita con Paula, y es que aquella niñata me tenía encendidísima y mientras me pasaba el dedo por el coño, solo podía pensar en lo que había sucedido en los baños del aeropuerto.

Recordaba sus pechos juveniles grandes y tersos, su pequeño culo cubierto por tan solo un fino tanguita de hilo, las marcas del biquini en sus caderas y lo jodidamente bien que besaba la cabrona.

Levanté la cadera e hice más presión, incrustándome el dedo entre los labios.

Gemí alto para que también me escuchara Ismael y durante casi una hora no dejé de acariciarme, quedándome al filo del orgasmo varias veces.

Torturándome yo sola sin que nadie me lo ordenara.

El desayuno me supo delicioso, unas tostadas con mermelada que degusté sin dejar de jugar con mi sexo. Cuando terminé mi café, me encontraba realmente caliente, encendí la cámara del móvil y la dejé sobre la mesa del salón, apuntando con la cámara selfie hacia el sofá.

No solo quería que Ismael me escuchara. También me daba mucho morbo que me viera en ese estado de excitación.

Y antes de aparecer en la pantalla, me quité el pantaloncito de pijama, quedándome tan solo con una camiseta corta de tirantes.

Me senté en el sofá, desnuda de cintura para abajo y abrí las piernas para mostrarle el coño a Ismael.

Miré a la cámara de forma lasciva y bajé una mano para acariciarme durante un par de minutos, exagerando mis gemidos y moviendo las caderas arriba y abajo, mientras que lamía los dedos de la otra y me pellizcaba los pezones por encima de la tela.

Tampoco le quise provocar mucho para que no se enfadara y cambiara de opinión.

Necesitaba correrme esa mañana sí o sí, o me volvería loca, y es que, además de todo lo que llevaba acumulado, exhibirme así antes Ismael, todavía me puso más fuera de sí.

Quedaban un par de horas para mi cita con Paula Fornells, y antes de ducharme preparé un bolso de tela grande, como si fuera a la playa.

Me estuve probando tres o cuatro biquinis y al final me decidí por uno blanco normalito, que había utilizado durante el verano.

No es que fuera muy provocativo, pero su braguita de tiro bajo me quedaba muy bien y la parte de arriba realzaba mis pequeños pechos.

Metí también una toalla, champú, gel, un bote de crema hidratante, desodorante y unas braguitas para cambiarme.

Por si acaso.

Después de la ducha, me puse una camiseta blanca de tirantes, shorts vaqueros, sandalias y salí hacia el hotel cinco estrellas en el que había quedado con Paula...