Mi primer vuelo 26
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Mi chico se tomó muy en serio lo de la boda.

Y no solo eso, es que también había estado buscando pisos de nueva construcción para comprarnos uno.

―Deberíamos tomárnoslo con más calma, Sebas, lo de meternos en un piso, tal y como están los precios ahora... yo creo que es mucho, sería mejor esperar a que por lo menos apruebes la oposición...

―Bueno, bueno, no corras tanto, te examinas en unos meses, vamos a esperar...

―Ya he escrito a un par de ellos para ir a verlos, tenemos una visita mañana y otra el jueves...

Creo que me quedé blanca cuando dijo eso. El martes por la mañana había quedado con Ismael en el Vivaldi y no podía faltar a mi cita y el jueves todavía tenía pendiente un nuevo encuentro con Paula Fornells, aunque no estaba confirmado.

―No, de eso nada. Anula las citas. Es muy pronto y no vamos a precipitarnos en comprar un piso ya...

―Tampoco hay por qué comprarlo ahora, pero podemos ir mirando ―insistió Sebas.

―Mañana por la mañana había quedado con Sandra, que hace tiempo que no la veo... si quieres vamos por la tarde...

―Joder, Andrea, a ver si me dejan cambiar la hora...

―Seguro que sí, escribe a la inmobiliaria... bueno, anda, voy a ver si me pego una ducha.

Por lo menos tuvimos la noche tranquila, le dije a Sebas que estaba cansada después de haber hecho dos vuelos en un día, y al terminar de cenar, mi chico se quedó medio dormido en el sofá viendo una serie.

En la pantalla del móvil vi que se estaba moviendo el ojo, pero intenté actuar con normalidad, comprando un par de cosas en Amazon y poco más. Revisé el correo antes de acostarme y aunque Ismael no me escribió ningún mensaje, me inquietaba saber que estaba pendiente de mí en todo momento.

Esa noche concilié el sueño porque estaba bastante cansada, pero solo podía pensar en lo que se me avecinaba al día siguiente. Ismael tenía que castigarme por haber llegado al orgasmo y además, ya me había advertido de que no íbamos a estar solos en la habitación de hotel.

Durante el desayuno Sebas me preguntó dónde había quedado con Sandra y a qué hora, por lo que tuve que inventarme algún sitio alejado de su gym, para que no tuviera la tentación de acercarse hasta allí.

―Quería quedar en el centro, en una cafetería que está de moda, ya te diré cuál es...

―Bueno, pues yo me voy a entrenar.

―Luego nos vemos para comer...

Aunque creo que había sonado convincente, no soy nada buena mintiendo y que mi chico insistiera en mi supuesta cita con mi compi, me indicaba que seguía desconfiando de mí.

En cuanto se fue a entrenar, me preparé para ir con tiempo y después de una ducha, me puse un pantalón azul veraniego largo y ancho de lino y una blusita blanca como de ganchillo, vigilando que no se me vieran los pezones.

Con mi poquito maquillaje, me recogí el pelo en una coleta, y al mirarme en el espejo me gustó mi aspecto informal.

Ya en el metro, fue cuando tomé consciencia de lo que estaba haciendo. No podía negar que estaba tremendamente excitada.

Me gusta la sumisión, me gusta que Ismael me ordene cosas porque así no tengo que pensar. Soy suya y cumplo lo que me pide. Y eso me pone cachonda.

Muy cachonda.

Y cada día ese sentimiento se hace más intenso.

Me paso el día pensando en él, fantaseando con cuál será su siguiente ocurrencia y en cuanto veo el ojo moverse en mi móvil me tiemblan las manos.

La convivencia con Sebas y el sexo con él me gusta mucho y es algo que necesito en mi vida; una manera de desconectar de Ismael, o sino me volvería loca.

Fue poner un pie en el hotel y mis nervios se dispararon. Llegué puntual al Vivaldi y Satur ya me estaba esperando en la recepción.

―Buenos días, señorita Kira, ¿qué tal se encuentra?, acompáñeme por favor...

Se me hizo extraño subir en el ascensor con aquel tipo, que una semana antes se bebía el contenido de una botella de champán arrodillado entre mis piernas y después me follaba con ella.

Me había visto desnuda y humillada y a pesar de eso, se mantuvo firme con las manos en la espalda intentando no mirarme, comportándose con toda la cordialidad del mundo.

Me acompañó hasta la 411 y tocó con los nudillos en la puerta. Casi de inmediato apareció Ismael y le despidió con la mano.

―Gracias, Satur, ya puedes irte...

Y al entrar en la habitación comprobé que teníamos compañía.

Una chica alta y delgada estaba de pie frente a la cama, aunque no había forma de saber de quién se trataba, pues estaba vestida con un mono de látex de cuello alto, que cubría sus brazos y sus piernas, llevaba botines y tenía la cabeza tapada con una especie de capucha de cuero negro, con una abertura en la boca, dos pequeños circulitos en la nariz para que respirara y otros dos en los ojos.

Tenía los pechos al descubierto, y de él colgaban dos especies de pompones de color rojo enganchados a sus pezones con unas pinzas.

La presencia de aquella mujer daba miedo, aunque Ismael estaba tan tranquilo, con su camisa blanca casi desabrochada del todo y degustando un licor en un vaso de cristal ancho.

―¡No te muevas! ―me ordenó Ismael y acto seguido, la chica avanzó hasta mí sin recibir ninguna instrucción.

Ella ya sabía lo que tenía que hacer conmigo.

Primero me quitó la blusa, desnudándome de cintura para arriba y se quedó mirando mis pechos, pasando los dedos por el canalillo y acariciando mis pezones muy despacio.

Me ponía la carne de gallina el roce del látex en la piel y después de jugar con mis pechos unos breves segundos, comenzó a desabrocharme el pantalón.

Se puso de rodillas delante de mí y me lo fue sacando hasta que me dejó completamente desnuda.

Con las manos en mi cintura, observó mi cuerpo, girándome y apretando mis glúteos, y al incorporarse, me quitó la goma de la coleta, dejando mi pelo suelto.

Me agarró para llevarme hasta la mesa y yo apoyé las manos y me quedé medio inclinada, mostrándole el culo a Ismael.

La chica de látex solo se separó de mí para acercarse hasta una bolsa que había sobre la cama y de repente sacó una especie de paleta rectangular de color negro.

Un azotador. Tragué saliva y volví la cabeza para no verlo.

Con la mirada perdida en el suelo, esperé a que viniera a por mí.

Ya sabía lo que me esperaba, aunque Ismael se encargó de recordármelo.

―Tienes que castigar bien duro a esta zorra, pero ¡ten cuidado!, le gusta mucho el dolor y se corre con bastante facilidad, ¡haz que sufra un poco! ―y la chica se golpeó con la paleta en la mano.

Ese sonido del plástico duro chocando contra el látex emitió un sonido muy particular y yo todavía me puse más nerviosa, agachando la cabeza y abriendo las piernas.

―Ya te dije que yo no soy muy de castigos físicos, pero cuando os portáis mal para eso tengo a mis ayudantes, je, je, je... ―y yo noté que la chica misteriosa se situaba a mi lado.

Me incorporó con un buen tirón de pelo y me soltó una cachetada con la mano en la mejilla, a la que apenas reaccioné.

Creo que hasta se me escapó un poco de pis por el impacto y ella me agarró por el cuello, acercando su cara a la mía.

Un intenso y desconocido olor a perfume se me metió por la nariz y la ayudante me miró fijamente moviendo la cabeza de lado a lado, tratando de intimidarme y tengo que reconocer que lo consiguió.

Esa puta capucha daba bastante miedo.

Situó un dedo entre mis piernas y me acarició los labios, comprobando mi humedad. Bajo esa máscara se le escapó una sonrisa al ver que su yema se había empapado con tan solo rozarme y después se quitó una de las pinzas que tenía sujeta en los pezones.

Con mucha suavidad, acercó la pinza a mi cuerpo y me colocó la primera sobre mi pecho izquierdo.

Se me escapó un gritito de dolor, pero pude aguantarlo, aunque la muy zorra no me lo quería poner fácil, y tiró del pompón hacia abajo, estirando mis pezones al límite.

Fue bastante molesto, pero ese daño hizo que todavía me mojara más.

Estaba a su completa merced.

Después repitió la misma operación con el otro y me dejó así, con aquellos dos pompones colgando de mis pechos.

Entonces me sujetó con fuerza por el pelo y hundió su cara en mi cuello, dándome un mordisco, antes de arrastrarme un par de metros por la habitación y devolverme hasta el mismo sitio, solo que esta vez de espaldas a ella.

Me recliné sobre la mesa y ella se recostó en mi espalda, jugando con mis pechos y volviendo a tirar de la cadena que sujetaba los pompones.

Se me escapó un pequeño gemido, pero pude aguantar el dolor y eso que ya empezaba a tener los pezones demasiado erectos y sensibles.

Luego me mordisqueó el hombro, recorriéndolo hasta mi cuello y con un nuevo tirón de pelo se separó de mí.

Yo me quedé quieta, indefensa, apoyada en la pequeña mesita y ofreciéndole mi culo. Miré hacia atrás e Ismael, sentado en la cama, afirmó con la cabeza en señal de aprobación. Estaba muy serio, pero podía notar que aquello le excitaba mucho.

Ni tan siquiera lo vi venir y recibí un primer azote de su ayudante, que me incrustó con rabia la paleta negra en mi trasero.

¡¡¡PLASSSSS!!!

Mis piernas y mis glúteos se tensaron y acto seguido recibí el segundo azote, todavía más duro que el primero.

¡¡¡¡PLASSSSSSSS!!!!

―¡¡Auuuuu, Diossss!! ―protesté y como acto reflejo me toqué yo misma, comprobando la zona y sintiendo la piel de mi culo ardiendo.

La ayudante me apartó la mano y me pasó la paleta por el glúteo, haciendo círculos sobre él.

Luego recorrió mi espalda arriba y abajo, rozándome con la esquina de aquel extraño artilugio, hasta que llegó al final y la coló entre mis cachetes, como si me estuviera partiendo el culo en dos.

Sentí cómo pasaba por mi ano y descendió hasta acariciarme mi húmedo sexo, que con cada azote se empapaba más y más.

Aquella espera era un suplicio para mí y deseé que siguiera castigándome. Quería que aquella zorra me castigara delante de Ismael y me giré, apartándome el pelo de la cara y la miré con rabia.

―¡Vamos, sigue, puta!, ¿eso es todo lo que sabes hacer? ―dije para provocarla.

―¡Jo, jo, jo!, esto se pone muy interesante ―le escuché a Ismael unos metros por detrás.

Con una patada en uno de mis tobillos, la ayudante me obligó a abrir más las piernas y el siguiente azote me lo dio justo en el sexo. No lo hizo muy fuerte, solo me estaba tanteando, pero fue tan doloroso como en el glúteo. Incluso más.

―¡Aaaah, joderrrr, ahí no, zorraaaaa!

Y me soltó otro azote en el coño, solo que esta vez incrementó la potencia.

Cerré los ojos y aguanté la respiración unos segundos.

Creo que hasta tensé los glúteos intentando que ese sufrimiento disminuyera lo más rápido posible, pero después vino otro paletazo entre mis piernas, el peor de los tres.

¡¡PLASSS!!

Solté un grito de dolor que se vio interrumpido casi al instante cuando ella se separó un metro de mí y volvió a la carga con toda su energía, descargando su rabia con cuatro o cinco cachetadas en mi glúteo derecho.

¡¡¡¡¡PLASS!!!! ¡¡¡¡¡PLASSS!!!! ¡¡¡¡¡PLASSS!!!! ¡¡¡¡¡PLASSSS!!!!

―¡¡AAAAHHHHG, DIOSSSSS!! ―chillé, cayendo hacia delante cuando los brazos me fallaron.

Eso sí que me había quemado de verdad. Debía tener el culo ya bien colorado y me escocía como si lo tuviera en carne viva. Ahí me asusté y reconozco que estuve a punto de decir la palabra de seguridad.

―Yo que tú, no la provocaría más... ―me sugirió Ismael.

Buena recomendación y me giré sumisa hacia ella, temblando de dolor. La ayudante jadeaba ansiosa, y a duras penas pude volver a incorporarme; entonces tensé los brazos y arqueé la espalda, sacando el culo hacia fuera en una posición más provocativa.

―¿Eso es todo?, ¡vamos, sigue castigándome, PU-TA! ―dije orgullosa, marcando bien las dos sílabas.