Mi primer vuelo 21
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Me recibió Ismael con una sonrisa, pegándome un repaso visual de arriba abajo.

―Buena chica ―fue lo único que dijo, como si solo con verme ya supiera lo que había pasado y después se metió en la cabina de pilotos.

Durante el vuelo me situé en la parte de atrás junto a Beatriz y en los pocos minutos que tuvimos para descansar, estuve ojeando otra vez el Instagram de Paula.

―Es lo que más le gusta... ―me soltó mi compañera.

―¿Perdona...?

―A Ismael, te decía que es lo que más le gusta, vernos con otra chica. Eso le vuelve loco. La chiquilla esa del Starbucks era muy guapa, lo de quedar con ella es cosa suya, ¿verdad?

Y yo me encogí de hombros sin responderla. No tenía por qué darle ninguna explicación a mi antecesora.

―No me veas como una enemiga, yo solo quiero ayudarte... ―me dijo Beatriz, que en ese momento me pareció muy sincera.

―No lo necesito y no te lo he pedido ―aseguré, tocándome el colgante del cuello.

―Está bien, como quieras, pero si algún día cambias de opinión y quieres hablar conmigo, no tengo ningún problema... te aseguro que tarde o temprano lo necesitarás...

Aquellas palabras, lejos de tranquilizarme, que quizás era su objetivo, me inquietaron más. No tenía ni idea de qué era lo siguiente que Ismael tendría en mente y al menos respiré aliviada, al considerar que ya me había levantado el castigo y podía volver a acostarme con mi novio.

Al despedirnos toda la tripulación no me dijo nada el Comandante, pero en cuanto me monté en el coche para regresar a casa, me entró un whatsapp suyo.

Ismael 15:34

Martes, 12:00 de la mañana. Hotel Vivaldi. Habitación 411.

Te estaré esperando. Llega puntual.

Esas eran sus indicaciones. Me citaba en un hotel del centro y poco más, en un plazo de cuatro días.

Cada vez que me llegaba un mensaje suyo, el corazón se me ponía a mil pulsaciones.

Era la primera vez que nos íbamos a ver fuera del trabajo y releí el mensaje varias veces para no equivocarme ni de fecha ni de sitio.

En ese estado de nervios arranqué de camino a casa, aunque al menos podría estar tranquila con mi chico durante unos días.

Necesitaba estar con él el poquito tiempo que tenía libre, recompensarle por lo que había pasado, por mi infidelidad, y por lo mal que me estaba portando.

De momento, era lo que peor estaba llevando de toda esta situación. Después de tantos años, era como si le estuviera fallando a Sebas, y eso me provocaba un sentimiento de culpabilidad al que jamás me podría acostumbrar. Y cada día que pasaba iba a más.

Antes de llegar a casa, me puse en el coche las braguitas que llevaba en el bolso y al entrar por la puerta, me llegó el olor a comida recién calentada.

Mi chico estaba fregando su plato, con tan solo un pantalón corto y esa fue mi primera visión nada más poner un pie en la cocina.

Una espalda ancha y musculada y su pelo recogido en una coleta.

―Hola, cariño ―me saludó nada más verme, sin dejar lo que estaba haciendo y yo solté la maleta, me acerqué a él por detrás y acaricié su abdomen con mis dedos, antes de descender un poco más y palparle la polla por encima del pantalón corto―. Mmmm, Andrea, esto sí que no me lo esperaba...

―¿Ah, no?

―No...

―Estás muy sexy... ―le ronroneé mordiéndole el hombro, sacándosela de las bermudas.

El muy cabrón ya la tenía dura. Me encantaba la facilidad con la que se empalmaba mi chico.

―Joder...

―¿Quieres follarme? ―le susurré al oído.

―Vaya, vaya, cómo has venido...

―¡Vamos, deja eso y métemela!

Lanzó el estropajo a la pila, se limpió el jabón de las manos con el agua y sin secarse se dio media vuelta y me agarró por el cuello, mojándome la camisa.

Buscó desesperado mi boca y sin tiempo que perder, me arrastró hasta la mesa de la cocina y se situó detrás, subiéndome la falda con brusquedad y bajándome las braguitas hasta la mitad del muslo.

―¡Dios, cómo me pones con este puto uniforme!, te voy a reventar...

Se echó un salivazo en la mano, la coló entre mis piernas para humedecerme y puso su glande justo en mi entrada.

Me encantó sentir cómo me penetraba y se abría paso dentro de mí con un solo golpe de cadera.

Lo notaba caliente, palpitante, ansioso y me sujetó de la cintura, embistiéndome con dureza, haciendo chocar su cuerpo contra el mío.

Ocho años de relación y me seguía follando con las mismas ganas que el primer día.

El colgante de la luna se balanceaba delante y atrás y yo me lo metí en la boca, chupándolo mientras mi novio me seguía destrozando. Hacer eso me dio mucho morbo, porque no pude evitar pensar en Ismael con los ojos cerrados.

Y eso me hacía sentir muy sucia.

Por suerte, en apenas un par de minutos se corrió.

Ni tan siquiera me avisó, solo siguió penetrándome y pasó las manos hacia delante para jugar con mis tetas justo cuando se vaciaba dentro de mí con un gruñido que ahogó, mordiéndome el hombro, y moviendo su culo delante y atrás, en círculos, disfrutando de su orgasmo y soltando hasta la última gota sin sacarla.

―¡Ufff, joder, Andrea!, lo siento, pero es que tenía demasiadas ganas... ―jadeó retirando su polla y sentí su caliente semen que se escapaba y comenzaba a escurrirme entre los muslos.

Esa sensación me excitaba mucho y en cierta medida, fue un alivio que Sebas terminara tan rápido, así no tuve que preocuparme por mi propio orgasmo. Cosa que tenía totalmente prohibida. Me subí las braguitas y me coloqué la falda y después nos abrazamos en medio de la cocina.

―Me lo has hecho desear... anda, deja que te caliente la comida, ya es muy tarde ―me pidió mi chico, al que se le acababa de pasar el tremendo enfado que tenía por la mañana.

Era tan fácil hacerle feliz.

El pobre era muy básico y yo creo que por eso le quería tanto, aunque unas horas antes le acababa de ser infiel con Paula.

Quizás no le di la importancia que tenía, porque al tratarse de una chiquilla, para mí no era una infidelidad igual que si le hubiera engañado con otro, pero tampoco podía negarlo.

Le había puesto unos buenos cuernos con una niñata de apenas 18 años.

Todavía me quedaba el sábado para recuperar el tiempo perdido con él, ya que el domingo y el lunes me tocaba trabajar y mientras comía me acordé de la cita con Ismael el martes en el hotel Vivaldi.

Ya me había quedado claro que si no hacía lo que me ordenaba, sus castigos podían afectar seriamente a mi relación de pareja con Sebas, así que estaba dispuesta a cumplir cualquier cosa que me pidiera.

Me pegué una ducha rápida y luego me relajé en el sofá del salón, leyendo una novela con una fina mantita y así pasé la tarde, mientras Sebas trasteaba por casa.

Ya anocheciendo me llegó un mensaje privado en el Instagram y sin abrirlo, me imaginé de quién se trataba.

Efectivamente, era de Paula Fornells.

Llevo todo el día pensando en ti, ufff, ha estado genial

Me ha gustado mucho conocerte y estar contigo. Joder, tía, te lo juro que creo que me he enamorado y no te creas que eso me pasa muy a menudo

La semana que viene tenemos que vernos en Madrid

Hazme un hueco, eeeeeh.

Q tal el vuelo de vuelta?, espero que bien, tenías unos coloretes cuando me he ido, jjajajajaj

Un besote

La verdad es que no supe ni qué contestar.

Sí, lo había pasado bien con ella, pero ya está.

Bastante complicada era mi vida como para empezar una relación con aquella pija y consideré que lo mejor era dejarlo correr.

Me dio un poco de pena, porque la veía muy ilusionada conmigo, pero era muy joven y guapísima, por lo que podía tener a quién le diera la gana.

Seguro que en unos días encontraba un nuevo capricho y se olvidaba de mí.

El sábado volví a reconciliarme con Sebas. Dos veces más. Y el domingo y el lunes otra vez, cuando regresé de trabajar, por si quedaba alguna duda. Fue bastante difícil poder aguantarme, aunque al final conseguí no correrme. Y en ese estado de calentura me levanté el martes por la mañana.

Tampoco madrugamos mucho, nos levantamos sobre las nueve, desayunamos con calma y Sebas preparó la bolsa para irse al gimnasio.

―¿Qué vas a hacer hoy? ―me preguntó antes de irse.

―Pues no sé, quería darme una vuelta por el centro, a ver si me compraba algo de ropa, aunque no he quedado con nadie...

voy a recoger un poco la casa, a dejar la comida preparada y luego nos vemos...

―le dije todavía en la cocina, ojeando el móvil con mi pijama de verano y el pelo recogido en un moñete mal hecho.

―Estás guapísima... sabes que te quiero, ¿verdad?

―Sí, idiota, y yo más, anda vete a entrenar ya, y esta tarde te quiero ver estudiar, eh...

―¿Te pones un poco conmigo para ayudarme?

―Pues claro...

―Eres la mejor, nena ―y se despidió de mí con un pico.

Miré el reloj y ya eran las 9:37, tampoco podía demorarme mucho, porque no podía llegar tarde y para no arriesgarme pillando un atasco, preferí coger el metro. Me pegué una ducha rápida y al salir, me quedé unos segundos desnuda frente al espejo, pensando qué ponerme.

Tampoco me había dado ninguna instrucción sobre mi vestuario, así que me limité a cumplir los deberes que conocía de sobra. Llevar el colgante, no usar ropa interior en su presencia y llegar con la máxima puntualidad.

Dejé mi pelo suelto, y me puse una camiseta blanca de tirantes, una minifalda roja bastante corta y veraniega, unas sandalias sin apenas cuña y salí con tiempo para estar en el hotel diez minutos antes de las doce.

El Vivaldi era un hotelito pequeño y clásico de cinco estrellas bastante exclusivo.

Había oído hablar de él, aunque nunca había estado y su restaurante tenía una fama bien merecida.

Me quedé esperando en el hall, sentada en un sofá con las piernas cruzadas, cuando un conserje se acercó a mí casi de inmediato.

―¿Puedo ayudarle, señorita?

―Había quedado con un amigo que se hospeda aquí...

―¿Es usted Kira? ―me preguntó de repente aquel señor que rondaría los cincuenta años.

Le miré sorprendida al escuchar mi nombre y él sonrió, tratando de no hacerme sentir incómoda.

Era un personajillo singular, regordete, calvo, con mucho pelo por los laterales, llevaba smoking y una pajarita ridícula, pero lo que más llamaba la atención en él era su poblado bigote, que terminaba con varios caracolillos muy graciosos.

―Eh, sí, sí...

―Acompáñeme, por favor... ―me pidió haciendo una reverencia.

―Sí, claro.

Fuimos caminando hasta el ascensor y me subí con el amable conserje, que pulsó el botón de la cuarta planta. Aunque fue bastante discreto, noté que a través del espejo me echaba una mirada de reojo y volvió a hacerme un gesto cortés, inclinándose hacia delante, al verse sorprendido por mí.

―El señor Ismael le está esperando en su habitación, por aquí por favor... ―dijo extendiendo la mano, indicándome la dirección.

Aunque no hacía falta, me acompañó hasta la puerta de la 411 y fue él mismo el que llamó con los nudillos. Ismael abrió casi de inmediato y salió a recibirme con una camisa blanca y pantalón vaquero.

―Buenos días, aquí está su acompañante...

―Muchas gracias, Saturnino, tan eficiente como siempre ―y le soltó un billete de veinte euros―. Y ahora, retírate...

―Ha sido un placer..., si me necesita para cualquier cosa, no dude en llamarme..., señorita, ha sido un placer... ―se despidió de mí, haciendo una nueva reverencia.

Ismael le hizo un gesto con la mano para que se marchara y yo pasé al interior con los brazos cruzados. Luego escuché que se cerraba la puerta tras de mí y de repente me quedé con el Comandante en aquella habitación decorada con unas cuantas antigüedades.

―Bueno, por fin solos, Kira... me alegra mucho que estés aquí...