Mi primer vuelo 20
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Paula Fornells me arrinconó contra la pared y puso las manos en mi cintura.

―Entonces, ¿nunca te has besado con una chica? ―me preguntó.

―No...

Y me soltó un pico con mucha ternura, acariciándome la mejilla.

―¿Qué tal?

―Bien ―contesté, cada vez más nerviosa.

―No puedo dejar de mirarte, eres muy guapa...

Se me hacía muy extraño estar en los baños con aquella niñata que casi no conocía de nada, y que apenas tenía dieciocho años.

Yo jamás había sentido atracción sexual por ninguna mujer, y en ese momento temblaba como una quinceañera, atrapada por esa chiquilla a la que sacaba diez años de edad.

Necesitaba poner un poco de cordura a la situación, pero Paula no me daba tregua, y debido a los nervios, sentía el calor entre mis piernas con mucha más intensidad de lo normal; entonces ella se lanzó de nuevo, sin dejarme pensar en lo que estaba pasando.

Atrapó mis labios con los suyos y después coló su lengua en mi boca.

Acarició mi nuca con sus dedos, clavándome las uñas y bajó la otra mano, para apretar mis glúteos por encima de la falda.

Yo le correspondí el beso, aunque seguía bloqueada; apenas me atrevía a moverme y situé mis manos sobre sus hombros.

―¡Me encanta que estés tan nerviosa... y excitada!, sssssh, tranquilízate ―me pidió dándome besitos por la mejilla y después buscó mi cuello.

―Aaaaaaah, Paula... ¿qué estamos haciendo?

―¿Es que no te gusta? ―me preguntó sacándome despacio la camisa de dentro de la falda.

Se me quedó mirando con cara de zorrita y me mostró la lengua divertida cuando comenzó a desabrocharme los botones de la camisa uno a uno.

―Mmmmm, Paula, podrían pillarnos, podrían hasta despedirme, es muy arriesgado hacerlo aquí, deberíamos parar... ―le pedí volviendo mi cabeza avergonzada.

―Así es más morboso y emocionante, ¿no crees?, ¿es que no te apetece...?, mmmm, no te preocupes por nada, tú déjame a mí ―y poco a poco fue soltando cada botón hasta que llegó al final.

Abrió la camisa y coló sus manos por dentro, acariciando directamente mi cintura desnuda y mi espalda, lo que hizo que me erizara la piel y después se quedó observando mis pequeños pechos, acercándose más a mí para soltarme un lametazo en el pezón que tenía el piercing.

―Son muy bonitas, ¡me encantan!, ¡ni te imaginas lo cachonda que me pones! ―y en un par de segundos, se bajó el fino tirante de un hombro, luego el otro y tiró de su vestido, que cayó hasta sus pies.

Paula Fornells se quedó casi desnuda delante de mí.

Tan solo llevaba un tanguita negro y se separó un par de pasos, pasando las manos por detrás de su espalda, mostrándose ante mí.

―¿Te gusta lo que ves...? ―me preguntó con voz sensual.

Tenía los pechos grandes, casi indecentes, con unas areolas enormes y rosadas que eran toda una tentación.

Me llamó mucho la atención lo duros que tenía los pezones, y lo firmes y erguidas que estaban a pesar del tamaño y volumen.

Esas tetazas eran impúdicas, lascivas, como si no correspondieran con el resto de su cuerpo delgado a medio hacer.

Con esa carita de niña, aparentaba dos o tres años menos, y su cinturita era tan estrecha, que seguro que podría abarcarla por completo con mis dedos.

Sus atléticas piernas brillaban como si se hubiera puesto crema hidratante y se giró un segundo para que también viera su pequeño y apretado culo.

La cabrona lucía un buen moreno de playa y me encantaron las marcas de un biquini más grande en sus glúteos, como si lo hubiera hecho a propósito para así parecer más sexy. ¡Y vaya si lo había conseguido!

“¡Joder con la Paulita Fornells!”, exclamé en mi interior.

Y ella volvió a la carga, buscando de nuevo mi boca y yo le correspondí otra vez el beso, morreándome con ella, solo que esta vez no lo pude resistir y mis manos, casi por inercia, fueron directas a sus pechos.

¡Era imposible tenerlos delante y no tocarlos!

Reconozco que por unos segundos me dio un poco de envidia. Yo estaba muy contenta con mi cuerpo, pero claro que me hubiera gustado tener esas tetas. ¿Y a quién no? Eran turgentes y pesadas, me costaba abarcarlas con mis largos dedos y pude comprobar que efectivamente, eran naturales.

De repente una mano de Paula se coló por debajo de mi falda, me clavó los dedos en el glúteo mientras nos comíamos la boca y luego sentí cómo los aproximaba hasta mi entrepierna. Se sobresaltó al comprobar que no llevaba nada y se separó de mí, rodeando mis labios con su lengua.

―¿También has volado sin braguitas?

―Sí...

―Joder, ¡qué morbo, Andrea!, ¡estás muy mojada! ―suspiró jugando con uno de sus deditos en mi coño y cuando me quise dar cuenta, me lo introdujo sin pedir permiso, follándome muy despacio con él.

Levanté la pierna y apoyé un pie la taza, abriéndome más para facilitarle el trabajo, lo que hizo que se subiera mi minifalda.

Aquella niñata me tenía completamente desarmada, con la camisa abierta y la falda hecha un batiburrillo en mi cintura, mientras me clavaba el dedo a cámara lenta, sin dejar de besuquearme el cuello.

¡Uf, me estaba poniendo cachondísima!

Desde luego que la pija sabía lo que se hacía, me buscaba la boca besándome superdulce, y alternaba con el cuello, pasándome los labios por esa zona tan sensible hasta que volvía a subir y luego cambiaba y me morreaba de manera soez y con rabia, mordiéndome los labios y metiéndome la lengua hasta el fondo.

Nuestras respiraciones se habían transformado en gemidos y yo también bajé mis largos brazos, aplastando su cuerpo contra el mío y agarrando su culazo a dos manos.

Paula me soltó el recogido con la mano libre, mi melena cayó por la espalda y ella sonrió traviesa, acariciándome el pelo y mirándome otra vez con detenimiento.

Con devoción.

―¡Es que eres guapísima!, te lo juro que creo que me he enamorado de ti... ―murmuró mordiéndose los labios, enredando sus dedos en mi pelo, mientras me follaba con la otra mano.

Tenía la boca de Paula incrustada en mi cuello y yo seguía apretando sus dos glúteos, tirando de ellos, dejándome hacer y sintiendo un enorme placer con su dedo entrando y saliendo de mí.

Entonces ella retiró la mano y volvió a la carga, solo que esta vez lo sustituyó por dos dedos y se agachó un poco para comerme las tetas.

Ahora, la que acaricié su pelo fui yo, porque en esa postura ya no llegaba a tocar su culo y dejé que me chupara los pezones, besándolos, mordisqueándolos, pasándome la lengua por el piercing e incrementando todavía más mi calentura.

Aquella niñata me tenía en sus manos.

Cada caricia que me brindaba era mejor a la anterior. Me ponía cachonda cómo me tocaba, el ronroneo de sus labios, la seguridad que transmitía a pesar de ser tan joven y en ese momento me entró la curiosidad de saber a cuántas chicas se habría follado aquella pija clasista.

No me pedía permiso para nada. Se notaba que estaba acostumbrada a hacer lo que le daba la gana, y yo con las piernas abiertas, la camisa abierta, y la falda arremangada, no me vi con fuerzas para negarle lo que ella quisiera.

―¿Estás lista? ―me preguntó jugando con uno de sus dedos en mis labios y nos quedamos mirando fijamente.

―Lista para qué...

―¡Quiero comerte enterita... mmmmm, voy a hacer que te corras, Andrea! ―aseguró, y yo no tuve ninguna duda de que iba a lograrlo.

Antes de comenzar su descenso a los infiernos del placer, nos dimos otro morreo y ella dejó la lengua fuera, pasándola por mi cuello, por mi canalillo y aterrizando en mi ombligo.

Quizás era la parte donde más se notaban mis nervios, pues mi estómago no paraba de tener contracciones involuntarias y Paula lo rodeó con su lengua, haciendo varios círculos y después siguió bajando.

Se quedó mirando sus propios dedos, entrando y saliendo de mi coño, y yo no sé cómo diablos lo hacía, pero se deslizaban con suavidad, moviéndolos con una pequeña rotación hasta que me llegaban lo más profundo que podía.

Entonces los retiró de mi interior y se los metió en la boca, limpiándolos como si estuviera haciendo una mamada y los sacó limpios y relucientes.

―¡Mmmmmm, sabes deliciosa! ―y apoyó las dos manos en mis caderas y me pidió que me girara contra la pared―. ¡Date la vuelta, Andrea, ahora quiero tu culo!

―¿Mi... mi culo? ―pregunté con timidez, dejándome llevar y girándome para apoyarme contra la pared.

Y Paula me besó un glúteo y luego el otro.

Me mordió sin hacer fuerza y pasó su lengua por todo el cachete, recorriéndolo muy despacio.

Como si no tuviera prisa. Humedeció un lado de mi culo, empapándolo casi entero y luego el otro, después puso las dos manos en mis glúteos y tiró hacia fuera de ellos, abriéndolos y su lengua se fue acercando peligrosamente a mi ano.

Saqué las caderas hacia atrás y enredé los dedos en su preciosa melena, gimiendo, moviendo mi cuerpo en pequeños círculos, hasta que la lengua de Paula rozó mi palpitante puerta trasera. Y luego la sentí por mi estrecho paso sin detenerse, y en ese instante deseé que lo hiciera.

Quería que aquella niñata me comiera el culo.

Tampoco tuve que pedírselo, y Paula hizo una ligera presión en mi ano, tratando de penetrarme con su caliente lengua, que se coló por lo menos un centímetro.

Ese caricia casi hace que me corra al instante, pero ella no iba a conformarse con eso y también me penetró con un par de dedos en mi caliente sexo, que no paraba de mojar la cara interna de mis muslos.

―¡Ufff, estás empapada!, ¡me encanta! ―exclamó abandonando otra vez mi coño y poniendo sus dos manos en mi culo, apretándome y clavándome las uñas en la piel; tirando con más fuerza para abrir mis cachetes.