Mi primer vuelo 18 #2
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18 #2

―Pues claro que quiero, idiota, pero ya sabes cómo somos las mujeres. Estos días estoy un poco con el paso cambiado, no sé cómo explicarlo, es como que me apetecen otras cosas, que me beses, que me toques... ―murmuré sentándome a su lado, recorriendo el abdomen con el dedo.

Era supererótico acariciar los sudorosos abdominales de Sebas, con todos sus genitales empapados en semen y saliva.

Sentí un intenso calor en mi sexo y estuve a punto de ceder y mandarlo todo a la mierda.

Y es que aunque ya no estaba tan dura como antes, la polla de mi chico lucía todavía más apetitosa en ese estado.

―Bueno, si es por eso... es que aparte te noto distinta, no sé, pero no eres la Andrea de siempre...

Me sorprendió que mi chico me percibiera de una manera diferente. Yo había intentado comportarme como de costumbre, y pensé que él no era de los que se fijan en los detalles, y no suele estar muy pendiente de mí, pero estaba claro que todo lo de Ismael ya me estaba afectando más de lo que pensaba.

―Soy la Andrea de siempre, de hecho, te quiero más que nunca, ¿sabes?, es como si en las últimas semanas me hubiera dado cuenta de que eres perfecto para mí y además, incluso valoro más la relación que tenemos, te quiero mucho, Sebas.

―Es que el otro día, cuando te llegó un mensaje, parece que te pusiste nerviosa...

―Puedes revisarme el móvil, no tengo ningún problema ―le dije ofreciéndoselo delante de él.

Evidentemente, había borrado el chat con Ismael, y no había ni rastro de nuestras conversaciones, pero podría darse la casualidad de que mientras me miraba el teléfono, Ismael me mandara algún whatsapp, por lo que mi corazón se aceleró mientras Sebas se pensaba si acceder o no a mi móvil.

―No voy a hacer eso.

―Toma, hazlo... ―insistí de nuevo.

―Confío en ti... de verdad, Andrea, no es necesario...

―¿Y tú me dejarías tu móvil?

―Sí...

―Pues ya está, eso es lo importante, que confiemos el uno en el otro, bueno, anda, voy a darme una ducha... ¿o te apetece que salgamos a pegarnos una caminata ahora que está anocheciendo?

―Nah, dúchate, ya no me apetece salir de casa...

―Vale, pues ahora vuelvo ―dije besándole en el cuello―. Y tápate eso, ¿o piensas quedarte así?, ja, ja, ja...

Me desnudé frente al espejo, dejándome tan solo el tanguita negro y otra vez me invadió esa sensación tan desagradable de que me estaba comportando mal con mi novio. Y es que mi cuerpo, desde hacía unos días, era una contradicción continua.

El yin y el yang.

Quitando esos ratitos en los que se me venía a la cabeza el cuerpazo de Sandra o los que tenía unas ganas locas de follar con Sebas, la mayor parte del tiempo lo pasaba pensando en Ismael.

No imaginé que fuera tan excitante ser su sumisa y me daba mucho morbo saber que en cualquier momento podía llegarme un mensaje de él, ordenándome alguna cosa.

Como ya he dicho, mi vida se había convertido en una montaña rusa de sensaciones, a ratos, eufórica, nerviosa, con ansiedad, con la adrenalina a tope. Me asustaba estar así, tan atacada, esos nervios en el estómago eran increíbles y a la vez me sentía viva. Pletórica. Y sobre todo excitada.

Muy excitada.

Tenía ganas de sexo a todas horas, pero no podía hacerlo con mi novio por el castigo, ni acariciarme yo sola para no llegar al orgasmo, y en el estado en el que me encontraba, si comenzaba a tocarme, como me pasó en Zurich, ya no podría parar hasta el final.

Hacerle una mamada a Sebas me había llevado a otro nivel de calentura.

Me volvía loca cuando me avisaba que ya no podía más, pero yo seguía chupando hasta que se me derramaba en la boca.

Esa sensación de sentir su polla poniéndose muy dura y soltando un disparo tras otro en mi garganta era sublime, pero lo que realmente me tenía de los nervios, era que ya solo faltaban cuatro días para volver a ver a Ismael.

Frente al espejo me agarré el colgante de la luna en mi cuello, yo solía usar ese tipo de collares o pulseras, por lo que Sebas ni se dio cuenta de que lo llevaba, para él era un adorno más, de los cientos que tenía, aunque este era muy diferente, de oro blanco.

Muy especial. Permanecí unos segundos aferrada al colgante, no podía parar de temblar y se apreciaba en mi ropa interior una gran mancha de humedad en mi sexo; y al mirarme en el espejo me encontré más guapa que nunca.

Con las mejillas encendidas, los labios de mi boca hinchados, con una estúpida sonrisa, los pezones erectos, la piel tersa y suave y mi coño depilado y brillante.

Si no fuera por el castigo que me volvería a imponer Ismael si incumplía mis deberes, os prometo que hubiera vuelta al salón y me habría follado a Sebas sin tan siquiera dejar que se limpiara.

A lo salvaje, como nos gustaba a los dos.

Sexo guarro. Sandra decía que eso no me pegaba nada, que yo era una chica buena y formal, pero cuando me encendía junto a mi chico, ya no teníamos medida.

Le hubiera montado a lo bestia hasta que se me corriera dentro mientras me mordía los pezones.

Por suerte ya solo tenía que aguantar cuatro días.

“Solo cuatro días”, repetí en mi cabeza antes de entrar en la ducha.

Ismael me había prometido que el día catorce me iba a dejar correrme y con ese pensamiento me metí bajo el agua caliente, intentando calmarme.

Lo malo es que Sebas volvió a intentarlo al día siguiente. Y al siguiente también, con el mismo resultado, hasta que llegó la noche anterior y cuando me negué en rotundo, mi chico entró en cólera. Yo creo que nunca le había visto tan enfadado.

Por supuesto que no se puso agresivo conmigo, ni violento ni me faltó al respeto ni mucho menos me levantó la mano, eso jamás se lo hubiera permitido, pero si me amenazó que si seguía en ese plan se iba a empezar a replantear ciertas cosas, porque no podíamos seguir así y abandonó el salón soltando un portazo tan fuerte que hasta se cargó el pomo de la puerta, mientras gritaba un “me cago en la puta”.

No sé dónde fue, pero salió de casa, supongo que necesitaba calmarse un poco y cuando regresó de su “excursión” ya no quiso hablar conmigo. En ese plan nos metimos a la cama y a mí no hay cosa que más me fastidie que Sebas se quede callado.

Como le conozco bien, sé que pasó mala noche, lo mismo que yo y ya cansado le debió vencer el sueño de madrugada. Ni tan siquiera se enteró cuando sonó mi despertador para ir a trabajar, pero sí me escuchó trastear por la habitación, aunque se hizo el dormido.

―Me voy, luego te veo, cariño, te quiero mucho.

―Vale.

―No me gusta que estemos así.

Ni tan siquiera me contestó y dejó que me fuera de casa con ese sentimiento de culpa en el pecho.

Y yo cogí el coche hasta al aeropuerto, lo dejé en el parking y antes de bajarme le mandé un mensaje a Paula, para ver a qué hora le venía bien quedar y después me dirigí al briefing por los pasillos de la terminal.

Delante de Ismael, dejaría de llamarme Andrea y pasaría a ser Kira... su “elegida”...