Mi primer vuelo 17
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Al día siguiente me desperté sintiéndome muy mal por Sebas, era mi chico, estaba enamorada de él y no quería perderlo por nada del mundo.

Tenía que intentar que mi sumisión con Ismael afectara lo menos posible a nuestra relación, aunque sabía que eso era muy difícil.

Acababa de empezar una doble vida y debía compaginarla con otra junto a mi novio.

¿Sería capaz de hacerlo?

Y sin que me lo esperara, me llegó un whatsapp.

Buenos días

Q tal anoche?

Te pudiste resistir o te corriste en tu habitación?

Podría haberle dicho que no, pero Ismael es como si tuviera un sexto sentido y si me pillaba mintiéndole, que seguro que lo hacía, el castigo sería mucho peor, así que no quise estar asustada todo el tiempo por si me descubría y confesé.

“Sí, me corrí”.

Ismael 7:46

No sé por qué, ya me lo suponía

Ja, ja, ja...

Me lo tenías que haber contado tú. Punto 10, deberás confesarme todo lo que hagas.

Ahora vienen tus castigos.

Dúchate y al bajar al buffet, no puedes desayunar nada, pero tienes que bajar...

Tampoco puedes acostarte con tu novio durante estas dos semanas.

Puedes satisfacerle de otra manera, pero tienes prohibidísimo que te penetre.

Lo has entendido?

Dentro de dos semanas volveremos a vernos en Barcelona.

Si has vuelto a incumplir estos deberes ya te ordenaré cosas más serias y podría empezar por ese bonito pelo. Te gusta la idea?

¡Qué hijo de puta!

Me estremeció la idea de permitir que me cortara mi preciosa melena y ahí fue cuando me di cuenta de que realmente aquello no era un juego. Mis actos de indisciplina tenían consecuencias que podía ser muy graves e Ismael tenía un abanico de posibilidades que sería mejor no descubrir ya tan pronto.

Por un simple orgasmo me iba a quedar sin desayunar, lo hizo para fastidiarme, pero eso era lo de menos, el otro castigo sí que era más jodido de cumplir, y es que impedir que Sebas me follara durante dos semanas ya eran palabras mayores.

Efectivamente, me acababa de meter en un buen lío.

Después de ducharme, me puse el uniforme, me hice el recogido en el pelo y unos minutos más tarde pasó Sandra a buscarme y bajamos juntas a desayunar. Puse la excusa de que no me encontraba muy bien del estómago y escondí el colgante de la luna bajo la camisa para que no me lo viera nadie.

Durante el desayuno apenas pude hablar con mi amiga, porque nos sentamos en la misma mesa Beatriz, Leticia, Sandra y yo.

La sobrecargo estaba demasiado seria, no podía disimular su enfado con mi compi y apenas habló nada, mientras que Sandra esbozaba una sonrisilla que por más que trataba de ocultar le salía casi natural.

Frente a mí se encontraba Beatriz, que tampoco es que estuviera en su mejor día, y ahí me fijé que sí que llevaba puesto el sujetador bajo la camisa.

No puedo decir que fuera el desayuno más animado del mundo y tuve que ver cómo todas se bebían un café bien calentito, acompañado por unas tostadas con tomate y aceite, mermelada y unos huevos revueltos, mientras mis tripas no paraban de rugir.

Entonces me entró un whatsapp.

Ismael 8:26

Pásate por mi habitación ahora

Me puse muy nerviosa, porque pensé que Ismael iba a castigarme.

Y con razón. La primera noche y no había sido capaz de controlar el calentón que llevaba.

Poniéndome en lo peor, supuse que me azotaría el culo con dureza, solo que esta vez la tela de la minifalda era bastante menos gruesa que los pantalones.

Los azotes con esas manos tan grandes me iban a doler de verdad.

Después de desayunar, acompañé a Sandra hasta la habitación y esperé a que se metiera dentro para pasar de largo y subir a toda velocidad a la de Ismael.

Tampoco teníamos mucho tiempo, apenas veinte minutos para salir hasta el aeropuerto y llamé con urgencia a su puerta, con mucho miedo de que alguien pudiera pillarme allí.

―Pasa, Kira... ―me pidió Ismael.

―¿Qué quieres?

―Siéntate en la cama, tampoco te creas que soy tan malo, ¿cómo voy a dejarte sin desayunar? ―y se acercó hasta la mesa, cogió un minibrik de leche y lo echó en un cuenquito pequeño.

Lo puso en el suelo y le dio unos golpecitos con la palma de la mano.

―Y ahora, súbete la falda, ponte a cuatro patas y ven hasta aquí, vamos... ―y emitió un silbidito como el que llama a un perro.

Aquello era muy humillante, pero no me atreví a llevarle la contraria en su primer castigo. Y me levanté la falda muy despacio, desnudando mi culo y mi sexo y me puse de rodillas, gateando por la moqueta hasta el cuenco de leche.

―Así que ayer te corriste, ¿verdad?

―Sí...

―¿Tan cachonda estabas?

―Lo siento...

―¡Contesta!

―Sí, estaba muy excitada.

―¿Por qué?, ¿por ser mi sumisa?

―Sí...

―¿Y en que pensaste mientras te tocabas?

―En ti...

―Muy bien, Kira... pon las manos en la espalda y ahora puedes beber esa leche, pero sin usar las manos...

―Da igual, no tengo hambre.

―¡Hazlo!

Hice lo que me pedía y puse el abdomen duro intentando no perder el equilibrio. Me incliné sobre el cuenco y en esa postura, lo único que podía hacer era soltar pequeños lametazos, pero Ismael me ordenó que metiera la boca más profundo y absorbí la leche, empapándome toda la cara.

Mientras degustaba mi desayuno, él se situó detrás de mí; me imagino que tendría un primer plano perfecto de mi culo y de mis labios asomando entre mis muslos y eso hizo que me encendiera casi al instante.

―¡Vamos, sigue, no dejes de chupar! ―repitió―. Vaya, es una pena que este coñito se vaya a quedar sin follar un par de semanas ―afirmó rozándome con la punta del pie.

―Aaaaah...

―¿Ya estás así?, joder... te mojas con una facilidad increíble, Kira, ¡menuda guarra estás hecha!, desde aquí se te ve muy bien... ¡tienes muy buen culo!, por cierto, ¿alguna vez te lo han follado?

―No...

―¿En serio?, vaya, eso sí que no me lo esperaba, sinceramente, tienes pinta de que eres de las que se deja encular... mmmmm, interesante, así que este culito es virgen, y eso, ¿por qué?, ¿no te gusta?

―Cuando lo hemos intentando, no hemos podido, me duele demasiado... ―le dije levantando la cara del cuenco, dejando que me gotearan varias gotitas por la barbilla.

―Ya me extrañaba a mí que tu novio no quisiera probar este culo ―y sin que me lo esperara me soltó una patada en el trasero.

Al estar sin manos, caí hacia delante a plomo, golpeando primero con mi boca en el cuenco y luego con la cara.

La leche se derramó por todo el suelo y no pude impedir que se me mojara la camisa.

Me quedé espatarrada unos segundos, confusa y avergonzada, tirada bocabajo mientras Ismael se burlaba de mí.

―Así para otra vez te lo piensas dos veces antes de incumplir tus deberes... ―me amenazó poniéndose de cuclillas y agarrándome con fuerza por el pelo, para aplastarme la cara contra la moqueta―. Saca la lengua y lame la puta leche, más, más, más... eso es...

―Perdona, mmmm, perdona...

―No tienes que pedir perdón, solo tienes que obedecerme, ¿entendido?

―Sí, sí...

―Pues venga, levántate y vete a cambiarte, ¿o prefieres ir así? ―dijo tirando de mi brazo, incorporándome.

Se había quedado un cerco de leche cerca de mi pecho y la tela estaba pegada contra mi cuerpo. Me estremecí solo con pensar que Ismael me hiciera subir al vuelo así vestida y cuando salí de su habitación, ya me había quedado bien clarito que lo mejor era no cabrearlo.

Entré deprisa en mi habitación y me miré al espejo. Se me hacía extraño verme de esa manera; sumisa, humillada, vejada por ese cabrón y aun así, me encontraba en un estado de excitación realmente sorprendente. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa que me pidiera Ismael.

Y lo pensaba muy en serio.

Apenas tuve el tiempo justo para arreglarme el moño y cambiarme la camisa antes de que Sandra pasara a buscarme. En el labio tenía un pequeño golpe, pero apenas se notaba y me eché un poco de corrector para disimularlo.

Tres horas más tarde ya estábamos en Madrid y ahora me quedaba cumplir la segunda parte del castigo; ni más ni menos que dos semanas sin acostarme con mi novio.

Acostumbrados a follar casi a diario o cada dos días, me pregunté cómo sería capaz de frenarle los pies a Sebas, pero era lo que me había buscado.

Lo peor es que me bajé del avión con un calentón importante, y es que me ponía extremadamente cachonda volar sin la ropa interior y en ese estado llegué casa.

Al abrir la puerta tuve suerte de que mi chico todavía no hubiera vuelto del gimnasio, pero no faltaría mucho tampoco y me puse el pijama y recogí la habitación y el salón.

Diez minutos más tarde apareció por la puerta mi “salvaje” con su pelo suelto y la camiseta ajustada...