16
En una percha puso el traje, con la americana, la camisa y los pantalones, y sobre la silla dejó la ropa interior, ya preparada.
―Fíjate bien, porque esto tendrás que hacerlo tú la siguiente vez que hagamos noche en cualquier hotel...
la maleta me gusta dejarla ahí y el neceser listo en el baño.
Siempre llevo dos camisas, pantalones, ropa para bajar a comer o cenar y varias mudas, que sacarás de la maleta y colocarás con mucho mimo y bien ordenadas en el armario...
, y ahora, terminemos con esto de una vez y firma el contrato ―me pidió dejándose caer en la cama.
―Me lo he puesto... ―dije agarrándome el colgante.
―Ya lo veo... tendrás que llevarlo siempre y no podrás quitártelo bajo ninguna circunstancia... es bonito, ¿verdad?
―Sí...
―Y ahora, firma.
Caminé hasta la mesa y cogí el bolígrafo. No me hizo falta leerlo otra vez, y con el corazón latiendo a toda velocidad, estampé mi rúbrica junto a la suya.
Ya era su SUMISA.
―Te mandaré un whatsapp con el contrato, para que tengas bien presentes los deberes y los guardes en el móvil.
Si te portas bien, yo me portaré bien...
no me ha gustado castigarte antes, no soy muy de castigos físicos, pero ya me he dado cuenta de que a ti sí te excitan...
no te habrás corrido en la habitación, ¿no?
―No...
―Has tardado mucho en volver..., ¿hiciste lo que te pedí?
―Sí...
―¿Y por qué te has demorado tanto?, solo tenías que quitarte la ropa, mirarte al espejo y coger el colgante, ¿para eso has necesitado media hora?
―Porque..., eh... me he depilado...
―Ah, ¿sí?, mmmm, muy bien...
―Y también me he quedado escuchando a Fran y Sandra en la habitación de al lado...
―¿Eso te pone?, ¿escuchar cómo follan?
―Un poco...
―¿Te has tocado?
―Sí ―susurré con timidez.
―Dilo más alto...
―Sí, me he tocado, pero no he..., ya sabes... ―dije anticipándome a su siguiente pregunta.
―Vas a ser una sumisa excelente... mejor de lo que pensaba; antes te has puesto un poco contestona... pero reconozco que eso me gusta también. Hoy es un día muy importante para mí, contigo se cerrará el círculo...
En su voz noté que él también estaba nervioso, aunque intentaba aparentar tranquilidad, recostado en la cama. Me di cuenta de que para Ismael, efectivamente, tenía que ser un día muy especial, pues yo era su quinta elegida. La última.
Conmigo se terminaría todo.
―Antes prometí que iba a darte un regalo, ¿quieres saber cuál es?
―Sí...
―Te voy a dar algo que solo te habían dado tus padres hasta ahora... ¿te imaginas lo que puede ser?
―Ehhh, no...
―Pues muy fácil. Te voy a poner un nuevo nombre ―comenzó a hablar, levantándose de la cama―, hace años, cuando iba con mi hija al zoo, le gustaba mucho una jirafa que acababa de nacer, y esa jirafita me recuerda mucho a ti, tú también acabas de nacer...
se llamaba Kira. A partir de ahora te llamaré Kira...
¿te gusta? ―me preguntó acercándose hasta mí, pasándome un dedo por el hombro.
―Sí, es bonito...
―¿Por qué tiemblas?, no me tienes que tener miedo..., me gustaste mucho el primer día, yo te provoqué y tú me plantaste cara, tienes mucho carácter...
―Estoy un poco nerviosa...
―¿Por qué?
―Supongo que es porque no sé lo que va a pasar ahora.
―Y eso te asusta...
―Sí...
―Pero a la vez te excita.
―Sí, mucho...
―Estaría bien que hoy rompiéramos el hielo con ciertas cosas, como por ejemplo verte desnuda..., ¿te parece bien?
―Me da un poco de...
―¡Desnúdate! ―me ordenó separándose de mí y sentándose de nuevo en la cama a un metro de distancia.
Me quedé frente a él dudando unos segundos y lo primero que hice fue descalzarme. Ismael me miraba atentamente y apoyó las manos, inclinando su cuerpo hacia atrás, para que pudiera apreciar la erección bajo sus pantalones.
Aquel enorme bulto me dejó sorprendida, no pensé que fuera a empalmarse tan rápido, pero enseguida comprendí que aquello no se debía a tenerme delante, sino que lo que le excitó realmente, había sido verme firmar el contrato.
Tampoco tenía mucha ropa que quitarme. La camiseta y el vaquero.
No llevaba ni sujetador ni braguitas, así que empecé por la parte de arriba y me deshice de la camiseta blanca, dejándola en la moqueta del hotel.
Me quedé unos segundos con los brazos caídos, esperando su reacción, pero Ismael no hizo ningún comentario acerca de mis pequeños pechos.
―Los pantalones también...
Mis dedos temblaban tanto que me costó desabrocharme el botón que apretaba mi cintura.
Descendí la cremallera y moviendo mis caderas de lado a lado, me fui bajando los vaqueros, intentando mantener el equilibro para no caerme.
Cuando lo hice puse los brazos en jarra y me quedé allí, expuesta delante de Ismael.
Totalmente desnuda.
―Excelente... date la vuelta, quiero verte por detrás...
Y yo me giré, mostrándole mi espalda y mi culo durante unos segundos.
―Suficiente. Me gusta cómo te has depilado... acércate...
Caminé dos pasos y me situé entre sus piernas. Ismael me miraba el coño con detenimiento y puso una mano en mi cintura.
―Sube un pie y ponlo encima de la cama... eso es, mmmmm, lo tienes brillante, estás muy mojada...
―Aaaaah ―y gemí cuando pasó uno de sus gruesos dedos entre mis labios.
Se quedó mirando su yema húmeda y sonrió antes de plantar su manaza en la pierna que tenía levantada.
Acarició mi muslo delante y atrás, comprobando el tacto de mi piel y al llegar al glúteo hizo una ligera presión, casi imperceptible.
Ismael me tocaba de manera delicada, como si fuera de porcelana.
―¿Estás excitada?
―Sí, mucho... ―suspiré.
―¿Quieres correrte? ―me preguntó directamente.
―Sí...
―¿El primer día y ya quieres correrte?, ja, ja, ja... ―se burló de mí―. No te queda mal ese pendiente en el pezón, pensé que se vería más vulgar... ―afirmó subiendo la mano y pellizcándome allí.
―Aaaaahgggg...
―¿Te ha dolido?
―Sí...
―¿Y tú cómo te los tocas?
―Con más delicadeza...
―¡Hazlo, quiero verlo! ―me ordenó allí sentado, retirando la mano.
Al tocarme el pecho, me di cuenta de lo exageradamente sensible que me encontraba.
Notaba el calor que me subía hasta las mejillas y no podía parar de temblar.
Mi coño palpitaba y el estómago me daba ligeros espasmos como contracciones involuntarias.
Me apreté el pezón con dos dedos y solté un leve gemido, casi como una respiración, que salió de mi boca, luego abarqué todo el pecho e hice presión, levantándolo y moviendo la mano en círculo, y volví a jadear.
―¡Vete hasta donde está el contrato, Kira!, siéntate encima y mastúrbate, pero no te corras hasta que yo te lo diga...
Caminé despacio hasta la mesa, para que me viera la espalda y mi culo, que era la parte que más me gustaba y al llegar me giré, apoyando mis glúteos sobre la fría madera.
Flexioné una rodilla, levantando el pie y abrí bien mis piernas, mostrándome impúdica.
En cuanto me rocé con un dedo tuve que echar la cabeza hacia atrás y saqué la cadera.
―¡¡Aaaaah, joderrr!!
―¡Eso es, Kira, acaríciate!
Se me hacía extraño que él me llamara por mi nombre nuevo, pero cada vez que lo escuchaba, era como si me pellizcaran en el vientre. Una punzada de morbo me entraba afilada en el centro del estómago.
Con una mano me acariciaba el coño, frotándome despacio, disfrutando ese momento de exhibicionismo que me estaba poniendo demasiado cachonda y con la otra me retorcía los pezones, gimiendo, jadeando, tocándome de manera vulgar como si nadie pudiera verme.
Como si estuviera yo sola.
E Ismael me miraba atentamente, con una sonrisa tranquila, satisfecho una vez que ya había logrado su objetivo. El enorme bulto de sus pantalones crecía por momentos y en ese instante deseé que se sacara la polla. Yo también quería verlo desnudo.
―¡No te corras...! ―volvió a repetirme, al ver que mis caderas se mecían delante y atrás más rápido y que mis gemidos habían subido su nivel.
Era muy fácil decirlo, pero otra cosa era hacerlo.
Apenas podía tocarme, porque mi orgasmo era inminente y tuve que bajar drásticamente la velocidad, pasando el dedo entre mis labios lo más delicadamente posible.
Entonces mi cuerpo tembló, miré asustada a Ismael y bajé el pie de la mesa, inclinándome hacia delante y atrapando mis dedos con los muslos.
Fueron unos segundos de lucha, pero al final conseguí retener el clímax y después retiré la mano, me recosté y abrí otra vez las piernas, mostrándole a Ismael mi sexo expuesto y mojado.
―¡No puedo más...! ―le supliqué con voz sensual, tocando mis pechos.
―Buena chica, Kira..., pero tienes que aprender a retener ese orgasmo, hoy voy a ser bueno, pero otro día te pediré que sigas acariciándote y no podrás correrte...
, al final, si no estás bien entrenada, se te escapará el orgasmo y yo tendré que castigarte...
, por hoy ya está bien... hemos terminado.
Ahora recoge toda la ropa de mi armario, excepto lo que está en la percha y la silla, y prepárame la maleta para mañana ―me ordenó poniéndose de pie y entrando al baño.
Cerró la puerta y yo me quedé allí desnuda, con el pecho palpitando y me agarré el colgante.
Tuve que calmarme durante unos segundos, como si todavía no hubiera asimilado lo que estaba haciendo.
Me encontraba muy nerviosa y excitada y enseguida supe que ese sentimiento tan intenso que me envolvía por completo era adictivo.
Necesitaba volver a experimentarlo. Como si fuera una droga.
Hice lo que me pidió y fui colocando su ropa con mimo y delicadeza dentro de la maleta, hasta que comprobé que ya no quedaba nada en el armario. Después esperé a que Ismael saliera del baño y al verme me ordenó que me vistiera.